La Margen Izquierda del Mediterráneo

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Los altos hornos de Sagunto componen una sugerente escultura en esta fotografía, publicada en la Geografía de España de José Terrero, editorial Ramón Sopena, Barcelona, 1958.

Todo empezó hace tres mil años más o menos, cuando unos cuantos celtíberos emprendedores, seguramente de la nación de los belos, comenzaron a fabricar hierro a base de quemar en grandes montones de leña un mineral rojizo que se encontraba en abundancia en lo que se llama hoy Sierra Menera, en el límite entre Teruel y Guadalajara. El mineral era hematites, óxido de hierro, rojo como la sangre, que había sido usado para dar color a los bisontes pintados en Altamira 11.000 años atrás. Tanto quemar y arañar la tierra, aunque fuera a una escala tan preindustrial, dejó serias marcas en el paisaje, grandes hoyos negruzcos aquí y allá, que vinieron a dar nombre al pueblo principal de la zona, Ojos Negros, provincia de Teruel.

Pasaron los milenios sobre la Idoúbeda y llegó el último año del siglo XIX, cuando Ramón de la Sota y asociados decidieron crear una versión mediterránea del gran tinglado industrial y portuario de la Ría de Bilbao. Ramón de la Sota era un personaje extraordinario, el epítome del capitán industrial vasco. Don Ramón, más tarde Sir Ramón, pensaba a lo grande. Había creado un gran grupo de empresas, uno de verdad, que incluía minas de hierro, los barcos para transportar el mineral, los astilleros para construir los barcos (los famosos astilleros Euskalduna) y una gran compañía de seguros para garantizar los fletes (La Polar).

Sierra Menera tenía buen mineral de hierro, pero también la dificultad de hallarse a más de 400 km de Bilbao, mientras que bastaban unos pocos kilómetros para acercar el mineral de Triano a la Ría. La solución consistió en construir un puerto en Sagunto, heroica ciudad que dormitaba por entonces dedicada a la pesca y a cultivar algunos huertos, y trazar un ferrocarril de más de 200 km entre Ojos Negros y el mar. En Sagunto (Sagunt en valenciano) tuvo lugar entonces una extraordinaria terraformación, o más bien vizcayaformación, el trasplante de un paisaje completo desde las riberas del Nervión a las costas del Mediterráneo.

En 1917 Ramón de la Sota pasó a ser Sir Ramón, cuando Jorge V en persona le nombró caballero de la orden del Imperio Británico. Fue una pequeña recompensa a los servicios prestados por la naviera del industrial vasco, que funcionó durante toda la primera guerra mundial como una franquicia de la Royal Navy. En general, los industriales vascos se sentían mucho más cerca de Inglaterra que de España, como demuestra la venerable antiguedad del Athletic Futbol Club de Bilbao.

El primer barco que llevó mineral de hierro de Sagunto a Maryport, en Inglaterra, se llamaba Gorbea-Mendi, Monte Gorbea, y todos los barcos de la naviera Sota y Aznar eran mendigoizales, montañeros, llevando por el mundo el nombre de las sagradas cumbres de Euzkadi. Hay que decir que Sir Ramón era patriota, pero vasco, no español. Se puede decir que entre él y Sabin Arana y Goiri fundaron el Partido Nacionalista Vasco, pero eso es otra historia. Al principio todo fue bien: la industria británica necesitaba mineral de hierro en cantidad para fabricar entre otras cosas acorazados y cañones. Los barcos de Sota y Aznar salían de Sagunto bien cargados de hierro y regresaban con otra carga, por ejemplo carbón británico de calidad, que se vendía muy bien en el litoral mediterráneo, donde llevar carbón de Asturias resultaba muy caro.

Pronto se repitió en Sagunto la idea de la Ría de Bilbao, de transformar allí mismo parte del mineral de hierro en buen acero, y se construyó una gran planta siderúrgica, a la que afluyeron obreros de toda la región y más allá. Los obreros necesitaban casas, comida y diversiones, y pronto se creó una ciudad nacida de la nada, Puerto de Sagunto.

Doscientos kilómetros montaña arriba, la cosa no era tan lucida: en la Sierra Menera el invierno dura once meses, y los mineros (la mayoría venían de los pueblos de la región) trabajaban duramente a pico y pala arrancando el mineral, la primera máquina de vapor no se instaló hasta 1921. Los obreros que quedaron para contarlo narran un mundo con el frío metido en los huesos, muy alejado de la lujuria mediterránea de Sagunto, “Muchos años subimos andando; a las seis de la mañana, pin, pan, todos juntos a pelotones y llegabas allí muchos días nevando” (En Diego Arribas, Minas de Ojos Negros, 1999). En Maryport la huelga general de 1926 dió la primera señal de que un mundo se estaba acabando: diez años después era una ciudad fantasma, con la minas de carbón cerrando una tras otra y las acerías haciendo lo mismo.

Era la economía de la globalización, que lo mismo que da prosperidad a una ciudad, una región o un país, se la quita en virtud de oscuros movimientos financieros allá arriba, que hacen que una actividad determinada sea rentable y tal otra no, a capricho de los dioses del dinero. El resultado son millares de trabajadores que pasan de un día para otro de una relativa prosperidad a la miseria. El mundo del acero y la minería en general es muy proclive a estos bandazos. La crisis de 1929 golpeó con dureza a la ciudad al otro lado de la línea de Maryport, Sagunto. Se pudo aguantar mal que bien con ayuda del Gobierno, después de una larga serie de huelgas y conflictos.

Durante la guerra civil, las instalaciones de Sagunto se convirtieron, una vez que los nacionales ocuparon Bilbao, en la principal fábrica de aceros de la zona republicana. La aviación nacionalista española, es decir italiana, atacó incesantemente el puerto y las instalaciones industriales. Los aviones solían partir de bases en Mallorca. Sagunto se unió así a Madrid, Barcelona y Guernica en la lista de ciudades machacadas por los bombardeos.

Hacia mediados de la década de 1940, Altos Hornos de Vizcaya era indiscutiblemente la acería más importante de España, con sus instalaciones “situadas a lo largo del Nervión y en Sagunto”, dice con exactitud la Geografía económica de España de Cortada Reus (1946). Este autor proporciona una lista de producciones de Altos Hornos que explica por qué las acerías eran el nudo y el corazón de la civilización industrial: “aceros Siemens y Bessemer, aceros al carbono, al cromo níquel y al níquel…, carriles, viguería, chapa, piezas de forja, ejes, cigueñales, herrajes de timón, codastes, piezas para cañones, proyectiles”. Eso sin contar infinidad de productos derivados, desde el benzol (benceno, un buen disolvente) al sulfato amónico, precursor de abonos artificiales.

Todo este esplendor siderúrgico desapareció a partir de la década de 1980, actualmente quedan unas enormes instalaciones en Avilés en funcionamiento y algo en Sestao, propiedad de Arcelor-Mittal, junto con varias docenas de pequeñas fábricas especializadas. Algunos altos hornos, que es donde se hacía la mezcla de carbono y hierro para producir acero, se han reconvertido en instalaciones turísticas y educativas. Actualmente se trabaja mucho la siderurgia eléctrica, que usa chatarra como materia prima, tal vez dentro de poco no haga falta sacar mineral de hierro de la tierra como se hacía en la Sierra Menera y en Gallarta.

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