El paisaje de aeropuerto y la teleportación entre el Tercer Mundo y la Fortaleza del Norte

Ilustración de un anuncio del Douglas DC-8, “El jet de pasajeros más distinguido del mundo” (Edición española del Selecciones del Reader’s Digest, agosto de 1960).

La aviación comercial ha creado un mundo aparte casi desconectado del mundo real, el llamado paisaje de aeropuerto. A una velocidad comercial de poco más de un kilómetro por hora, y suponiendo un ritmo sostenido de viaje, una persona (y algunas lo han hecho) podía recorrer el mundo entero a pie en apenas 10 años, veinte contando las paradas. En ese período de tiempo el viajero podría cubrir unos 60.000 kilómetros. Es el mismo kilometraje que hace un cocinero famoso en apenas ocho viajes París-Nueva York-París, que se pueden cubrir cómodamente en tres semanas. El mundo se ha convertido en un pequeño pañuelo gracias a la aviación comercial, pero se trata de un pañuelo muy distinto. Los aviones, por ejemplo, permiten repetir incesantemente los viajes lejanos a partir de una base, cosa que estaba muy limitada en tiempos de políticos viajeros preindustriales, como Carlomagno o Carlos Quinto. La forma del viaje antiguo de largo recorrido era serpenteante pero con tendencia a formar un solo bucle, como muestra el mapa de itinerarios europeos de Alberto Magno o el de itinerarios mundiales de James Cook.

El viaje moderno (ya desde los tiempos del ferrocarril) suele formar parte de una roseta con un punto central fijo del que se sale y al que se vuelve sin cesar. Otra cosa que ha cambiado mucho es la gradación del paisaje. El viajero antiguo se movía a través de un decorado movido a manivela. Raras veces podía apreciar una discontinuidad brusca y notable. El pasajero aéreo emplea por el contrario la teleportación: entra en la cabina correspondiente, se sienta un rato y sale por la puerta a otro continente o al menos a otro paisaje completamente distinto. Con la velocidad comercial actual de los jets, la amplitud de las cabinas y las diminutas ventanillas, la sensación de teleportación es casi perfecta.De nuevo esta sensación fue anticipada –y lamentada– por el ferrocarril, pero la aviación la ha llevado al límite. Para repetir las antiguas sensaciones asociadas con el desplazamiento a través de la superficie de la tierra, el viajero moderno debe, una vez que baja del avión, coger medios de transporte cada vez más primitivos, como los autobuses locales, para tener la sensación de que está viajando.

Sólo algunos excéntricos practican ya el viaje como en los tiempos de Alberto Magno. Lo que hace todo el mundo es pasar de una habitación a otra del mundo en las cabinas de teleportación, en lo que se puede llamar la red mundial de paisaje de aeropuerto. Esta red se compone de una secuencia de escenarios que arranca en el aeropuerto de salida, la cabina de pasajeros del avión, el aeropuerto de llegada, el medio de transporte al centro urbano de que se trate –o el resort turístico– el alojamiento razonablemente cómodo, el circuito por los recursos locales, el regreso al aeropuerto, etc.

Esta sucesión de escenarios está bastante bien protegida del mundo real, aunque no deja de tener sus inevitables fugas, como los taxistas dispuestos al desplume de viajeros en la terminal, los hoteleros poco escrupulosos, atracadores callejeros, comida pasada de fecha, etc. Pero en general la red de paisaje aeroportuario funciona bastante bien, aunque no tan perfectamente como el paisaje de crucero, tan relajante en el interior del navío que los pasajeros se niegan a los pocos días a abandonar los placeres y la seguridad del barco por excursiones dudosas en el interior continental. Pero lo que para algunos es un mundo seguro y lleno de atractivos, para otros es la entrada, llena de trampas y peligros, del Tercer Mundo a la Fortaleza del Norte.

En el Museo Alemán de la ciencia y la técnica de Munich puede verse, a pocos pasos de un Starfighter, un avión singular, construído al parecer artesanalmente en el patio de una casa de Berlín Oriental con la intención de pasar el Muro volando. No lo consiguió, pero la idea era buena, pues no en vano los aviones terminaron con la era de Planilandia. Años después, muchas otras personas también intentan utilizar aviones para saltar un muro. La valla en cuestión es la que separa los países ricos de los pobres. Se localiza en los escalones abruptos que forman la zona de contacto entre un PIB per cápita de 3.000 y de 30.000 $ (Marruecos/España) o 10.000 y 50.000 $ (México/USA). El muro protege la Fortaleza del Norte de los intentos de los hambrientos del resto del mundo de asaltarla.

En Estados Unidos la Border Patrol (para la cual se diseñó un avión, el Ayres Vigilante) se encarga de la frontera del Río Grande, y en España la Guardia Civil controla el estrecho de Gibraltar y los perímetros de Ceuta y Melilla (enclaves españoles en la costa marroquí) con la ayuda de alambradas de cinco metros de alto y sistemas de visión nocturna. Muchos futuros inmigrantes ilegales pasan la frontera clandestinamente a pie o bien se embarcan para peligrosos trayectos marítimos de muchas millas en barcas podridas. Una vez que se ha pisado suelo de la Fortaleza, el movimiento dentro de ella era relativamente fácil hasta hace unos años, especialmente si se trata de un país firmante del convenio de Schengen, cuyo conjunto forma un bloque completamente libre de aduanas y pasaportes (actualmente esta libertad de  movimientos en el interior de Europa se ha limitado mucho).

Otra manera de inmigrar que gana en popularidad es simplemente coger un avión y aterrizar en un aeropuerto internacional situado en el interior de la Fortaleza del Norte. Parece fácil, pero no lo es. Sin contar con el precio del pasaje, que puede suponer fácilmente un año entero de trabajo para muchas personas, está la cuestión del visado. El visado, en su versión feroz, consiste en que un ciudadano que quiere visitar otro país debe ir a la embajada correspondiente, entregar una serie de documentos y solicitar formalmente una visa de estancia por una duración determinada. Los funcionarios del gobierno del país en cuestión se supone que examinarán cuidadosamente sus documentos, consultarán sus archivos y decidirán si es usted persona grata o non grata . En el primer caso, le llamarán al cabo de cierto tiempo y le entregarán un documento que le permite la entrada (siempre por tiempo determinado y para hacer según que cosas, por ejemplo turismo). En caso contrario, no podrá viajar a ese destino. Impresionante, ¿verdad?.

Muchos felices habitantes de la Fortaleza del Norte no han solicitado un visado en su vida, aunque los han usado muchas veces. Este aparente contrasentido se explica porque por lo general las agencias de viaje se encargan de hacer los trámites (sin investigación previa de ninguna clase) para todo el grupo de viajeros. En algunos países el visado se concede automáticamente en el mismo aeropuerto de llegada, pasando por una ventanilla y entregando diez dólares a un funcionario. No piden papeles ni nada de eso. Todo el sistema internacional de visados, en teoría perfectamente recíproco, funciona facilitando la entrada de los ciudadanos de los países ricos en los países pobres y disuadiendo a los ciudadanos de los países pobres de hacer lo mismo en los países ricos. Los aeropuertos internacionales cumplen un papel fundamental como frontera de la Fortaleza del Norte. En algunos casos una persona de piel oscura desciende de un avión procedente de un país pobre con una flamante visa de turista en la mano. No le servirá de nada. Será interrogado por la policía acerca de qué ciudades quiere visitar, qué momumentos conoce del país, dónde se piensa alojar, etc. En España, por ejemplo, ignorar la existencia de la Giralda de Sevilla es motivo de expulsión.

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