El documento franquista que todos llevamos en el bolsillo

Un falsificación perfecta: el DNI de Santiago Carrillo, fabricado por el equipo de fabricación de documentos para el Partido Comunista de España de Domingo Malagón. Fondo Domingo Malagón, Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla. Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid.

 

El 10 de abril de 1938, justo el mismo día en que los austríacos votaban servicialmente en el referéndum del Anschluss –99,7% estuvieron a favor de integrarse en el Reich alemán– el Boletín Oficial del Estado impreso en Burgos daba un paso importante para disciplinar España al publicar las bases legales del futuro Documento Nacional de Identidad, “tras diversos intentos… frustrados reiteradamente”. La coincidencia de la fotografía a bajo precio, las fundas de plástico, un estado ansioso de filtrar, depurar y fichar a toda la población y una ideología militarizada propiciaron que esta vez el DNI se hiciera realidad. Pero antes tuvieron que pasar muchos años, pues la tarea era enorme.

La tecnología necesaria para la identificación precisa y detallada de toda la población de un país fue proporcionada por los nuevos sistemas de ficheros y por la fotografía. La fotografía permitía la identificación de manera mucho más completa que el viejo sistema de señas personales. Fue utilizada por primera vez para la identificación de personas en sanatorios psiquiátricos ingleses hacia 1850. No obstante, el sistema anglosajón no adoptó un sistema explícito de documento nacional de identidad, cosa que sí hizo el estado español.

El DNI tiene su origen en la necesidad de identificar a las personas por métodos fotográficos en un país atestado de delincuentes potenciales. En España, la identificación fotográfica se utilizó por primera vez en la represión del bandolerismo andaluz, a finales del siglo XIX, y después, gracias al DNI, se extendió a toda la población, incluyendo ficha de cartón con datos personales e impresión de huellas dactilares, herencias del bertillonaje, (el sistema de fichas para la identificación de delincuentes inventado por Alphonse Bertillon) y la dactiloscopia desarrollada para la policía de Buenos Aires por Juan Vucetich.

Como solución de compromiso entre la fotografía ideal, de frente y de perfil, se ordenó la exhibición de la oreja derecha en la foto única, pero la ley estableció que el que tuviera “alguna señal característica en la oreja izquierda” debería hacerlo constar (1). Esto era herencia de los métodos de Cesare Lombroso, el inventor de la antropología criminal, que concedía mucha importancia a la forma de las orejas para distinguir a los “criminales natos”. Todo aquello venía de la identificación de delincuentes, y su aplicación a las personas honradas debió ser explicada más adelante, cosa rara en el franquismo, que en general no justificaba sus medidas de mantenimiento del orden.

El 2 de marzo de 1944 el gobierno español ordenó la retirada de la Legión Española de Voluntarios, sucesora de la División Azul, prueba de que ya no creía en la victoria de Alemania, y se publicó el Decreto de creación del DNI, esta vez ya completamente en serio.

Tal y como se estableció al principio, el documento nacional de identidad era una mezcla entre una ficha policial y una cartilla militar. No se trataba solo de identificar inequívocamente a una persona, sino de que esta mostrase, al exhibir su DNI, todos los hechos relevantes de su vida de interés para el Estado. Se evitaba así la necesidad de confiar para la identificación y circunstancias propias de una persona (para “saber con quién se estaba hablando”) en testimonios ajenos o del propio interesado. El nuevo documento nacional de identidad, tal como estaba previsto, debía incluir una foto del sujeto “a medio busto”, su filiación completa (nombre, estado civil, filiación, domicilio), su profesión y dos elementos habituales en las fichas de la policía: la descripción de las características físicas del individuo y otras informaciones expresadas en una clave, como la que se usaban en las fichas del método Bertillon. Los obreros y empleados tenían que consignar su historial laboral completo.

Fue muy importante el establecimiento de un orden estricto para el reparto de los documentos nacionales de identidad entre la población. Primero iban los delincuentes notorios y los enemigos fichados del régimen, es decir los presos en prisión atenuada o libertad vigilada, después los varones “con cambios frecuentes de domicilio por causa de su oficio”, y luego los varones residentes en grandes poblaciones (más de 100.000 habitantes). En 1944 había muchísima gente en la calle recién salida de la cárcel y vagando de una ciudad a otra. (2) Una vez fichados los delincuentes, vagabundos y habitantes de la gran ciudad (que venían a ser lo mismo para el Régimen desde el punto de vista de su peligrosidad) la lista continuaba con los habitantes varones de ciudades no tan grandes, mujeres en movimiento, mujeres habitantes de grandes ciudades y mujeres habitantes de ciudades de tamaño medio. Tras esta segunda división de la peligrosidad social venía la tercera, con menos necesidad de control: hombres y mujeres habitando poblaciones con menos de 25.000 habitantes y el resto de los españoles y algunos extranjeros.

Siguieron decretos y más decretos, órdenes y aclaraciones, compra de cartulinas por millones, concurso para buscar un impresor acreditado de los nuevos DNIs, reserva de espacio en dependencias policiales, procedimientos a seguir y en general la lenta organización de un proceso que resultó ser mucho más complejo de lo que se creía. Consignar el historial completo de los trabajadores se abandonó pronto, a pesar de la gran ventaja que supondría para el control social de las clases peligrosas. Se dictaron normas muy detalladas de tamaños, formatos, colores, postura en la que había que sacarse la fotografía, etc.

En 1948 tomó posesión el zar del DNI, el general Fidel de la Cuerda, al cargo de toda la operación. En la ceremonia correspondiente, el director general de seguridad glosó la importancia del asunto: la implantación del documento nacional de identidad, era un cometido “lleno de dificultades y de extraordinaria delicadeza, ya que representa nada menos que dotar a todos los españoles dei documento que ha de identificarles en todo momento y con absoluta seguridad, y que el público debe acoger con simpatía y satisfacción, puesto que ha de servir para su identificación absoluta, y no como un nuevo tributo” (3). Se refería a la antigua cédula de identificación, que no era otra cosa que un documento tributario.

A lo largo de 1951 comenzó el trabajo de elaborar la ficha policial de más de 20 millones de personas, todas las mayores de 16 años. Se establecieron tres categorías de carnés de identidad, de primera, segunda y tercera, para lo cual se usaron las categorías de las cartillas de racionamiento. El coste del DNI iba en proporción con estas categorías, los trabajadores en paro lo podían obtener gratis. En enero de ese año, tras una cumbre de jefes provinciales de la policía en Madrid y una arenga de Blas Pérez, Ministro de la Gobernación, todo estaba listo. Fidel de la Cuerda, poco después, ponderó las dificultades del trabajo y estableció precedentes: Chile en 1921, Argentina y la zona americana de ocupación en Alemania. Y por fin llegó la irritación popular, que debió ser algo notoria, pues exigió la distribución a la prensa de una nota oficial de la Dirección General de Seguridad. Según la DGS,

“se advierte en algún sector una inexplicable repugnancia a la obligación de estampar la huella dactilar en el propio documento, acto que hay quien estima depresivo por ser análogo al empleado con los delincuentes al obtener su ficha. El Servicio quiere salir al paso de tan pintoresco comentario. Como es sabido, para la perfecta identificación personal no basta la fotografía, ni la firma del titular, y por ello, en el documento, a esos datos personales, se añade la huella dactilar, que ofrece superior garantía de identidad y que, por cierto, en los distintos países, y en el nuestro se viene estampando en el pasaporte para viajar al extranjero, sin que nadie se haya considerado mortificado por tal requisito, del mismo modo que nadie piensa, al darse una ducha de aseo, al cortarse el pelo o al someterse a vacunación preventiva antitífica, por ejemplo, que realiza un acto que es también practicado en los locales de recogida de mendigos o en los establecimientos penitenciarios.” (4)

Tal vez alguna persona de orden se sintió ultrajada cuando le pidieron que se manchara los dedos de tinta para imprimir su huella dactilar como un delincuente cualquiera, pero el conato de rebelión popular anti-DNI se extinguió antes de nacer. En las décadas por seguir, millones de españoles de ambos sexos se pringaron los dedos sin rechistar.

Un anuncio publicado en agosto de 1952 plantea una horrible posibilidad: “Documento Nacional de Identidad. Ahora ya lo tiene usted. ¿Y si lo pierde? Prevéngase con una fotocopia Efic”. Desde el primer momento el DNI creó una industria a su alrededor, comenzando por el famoso fotomatón, en realidad la “acreditada casa PHOTOMATON”, útil para los que no se hacían la foto de carné en un estudio, que eran muchos. Photomaton tenía ya nueve equipos fijos instalados en Barcelona en 1951 y ofrecía equipos móviles para llevarlos a “fábricas, industrias y demás lugares de concentración de personal”. En general los fotógrafos y los fabricantes de papel fotográfico hicieron su agosto, en un país donde hacerle una fotografía a uno era un acontecimiento.

El DNI no terminó su implantación efectiva hasta finales de la década de 1950. Todavía en 1962 un decreto recordaba que era obligatorio para todo el mundo, y, lo que es más importante, establecía una lista bastante completa de circunstancias de la vida en que uno podría verse obligado a utilizarlo, que eran muchas, y de los castigos por no exhibirlo cuando lo solicitaba una Autoridad. Una nota local publicada en La Vanguardia poco después describía el ambientazo en los alrededores de la oficina del DNI de Torre Llobeta, en el distrito de Nou Barris, y mostraba que el asunto se había vuelto muy serio:

“Hay personas que se colocan a la cola al filo de la medianoche para tener la seguridad de que a las diez u once de la mañana serán despachadas […] Todas las mañanas se ve esta cola triste, formada por seres encerrados en un fatalismo oriental y a merced de la bondad o la iracundia de los burócratas […] Con indolencia moruna la gente se sienta en los quicios. […]. Los que intentan conseguir por primera vez el carnet, los que lo perdieron y necesitan otro y los que han de renovarlo ansían los bancos redentores.” (5)

Pronto ningún español o española se atrevió a salir a la calle sin carné, ya que sin él, como decía la canción de Los Toreros Muertos

No puedo sacar dinero del banco,
No me puedo matricular en la facultad,
No me prestan un libro en la biblioteca.

Para la época de la muerte de Franco el triunfo del DNI ya era completo. Posteriormente salieron nuevas versiones muy sofisticadas, con un chip que seguramente puede contener gran cantidad de información (el sueño del legislador de 1938), aunque es necesario seguir imprimiendo las huellas dactilares, cosa que ahora se hace mediante un escáner, y sin rodillos de tinta. Hacia 2010 ya era imposible dar un paso sin el DNI, entre otros motivos porque el uso de medios de pago electrónicos obliga a exhibirlo continuamente. Pero, moderno y eléctrónico, su origen sigue anclado indeleblemente en abril de 1938, cuando las fuerzas nacionalistas estaban a punto de llegar al mar Mediterráneo por Vinaroz.

1- La fotografía como documento de identidad. Juan MIGUEL SÁNCHEZ VIGIL / Belén FERNÁNDEZ FUENTES. Facultad de Ciencias de la Información, Universidad Complutense de Madrid. Documentación de las Ciencias de la Información 189, 2005, vol, 28, 189-195.
2- Martí Marín Corbera: La gestación del DNI: un proyecto de control totalitario para la España franquista. Actas del II Congreso Internacional de Historia de Nuestro Tiempo. Logroño, Universidad de La Rioja, 2010.
3- La Vanguardia, 21 de marzo de 1948
4-La Vanguardia, 18 de marzo de 1951
5 – “Cola en Torre Lloveta”. La Vanguardia, 14 de noviembre de 1963

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