Una vista panorámica de la Universidad Laboral de Gijón, en un folleto de propaganda de c.1954.
A partir de la guerra civil, por primera vez en la historia de España (los esfuerzos de la dictadura de Primo de Rivera y de la República al respecto no habían sido tan convincentes), el trabajo fue considerado oficialmente como una virtud por encima de todas las demás, y la ociosidad se vio como una abominación. Es cierto que la guerra civil, entre cosas, se había hecho para escarmentar a los trabajadores-proletarios, e impedir que mean fuera del tiesto y ocuparan posiciones de poder. Pero no se podía volver sin más a la situación anterior de ricos ostentosos y pobres solemnes. La ideología oficial del nuevo Régimen se llamaba nada menos que nacional-sindicalismo y el color de la camisa del uniforme del partido único (el “serio y proletario” azul mahón) evocaba el mono de los obreros.
Así que desaparecieron las fotos de lánguidos señoritos sobre tumbona y de señoritas desmayadas sobre chaise longue, que poblaban las páginas de las revistas los primeros 35 años del siglo. Las fiestas en el Ritz y el Palace organizadas por la aristocracia, que antes se anunciaban con lujo de detalles en la prensa, se siguieron celebrando, pero sin reseñas. El régimen del Movimiento asignaba al trabajo un valor supremo y patriótico, de manera que los ricos ociosos tuvieron que aparentar que trabajaban y en general mantener un perfil bajo en sus despliegues de opulencia.
Los ricos tuvieron que practicar la pereza prácticamente en la clandestinidad, cuando antaño había sido su gran marca de fábrica (como decían muchos, ¿de qué me sirve ser rico si no puedo estar todo el día sin hacer nada?). Ser rentista dejó de estar bien visto, y desapareció de la lista oficial de ocupaciones de la población. Los ociosos propietarios de grandes fincas debían aparentar al menos un repentino interés por la gestión agropecuaria. Todos debían trabajar, cada uno en el puesto asignado dentro de la gran jerarquía de la dictadura del 18 de julio.
El Fuero del Trabajo, publicado en marzo de 1938 y una de las Leyes Fundamentales del régimen del Movimiento, ponía los conceptos principales en negro sobre blanco: “El trabajo, como deber social, será exigido inexcusablemente, en cualquiera de sus formas, a todos los españoles no impedidos, estimándolo tributo obligado al patrimonio nacional.” El 18 de julio, la principal fiesta del Régimen, fue declarado Fiesta de Exaltación del Trabajo, y se hacían vistosos desfiles de trabajadores marcando el paso, uniformizados y disciplinados. Estas concentraciones paramilitares de “obreros-productores” (1) recordaban que el deber primordial del trabajador ya no era la “diligencia”, como marcaba la Ley de contratos de trabajo de 1931, sino la obediencia, el cumplimiento de los reglamentos y órdenes, en la versión de 1944 (2).
Esa era la idea: el trabajador como parte de la jerarquía de la producción nacional, “a la manera de un ejército creador”, según la definición oficial de los sindicatos del partido único. Lo de “obrero-productor”, que poco a poco se convirtió en “productor” a secas, era algo más que un eufemismo, simbolizaba un ecosistema laboral diseñado para ofrecer toda la fuerza laboral del país, sin intermediarios ni distracciones, al servicio de los objetivos económicos del estado, es decir la autarquía hasta 1959 y el crecentismo después.
Este trabajador no podía dejar de trabajar, salvo en caso de fallecimiento o enfermedad. La huelga se convirtió en uno de los delitos máximos del Régimen, una traición a la patria como el separatismo y el control de la natalidad. La huelga era el gran delito laboral, pero el constante temor era el del sabotaje. Algunos accidentes sonados fueron achacados al sabotaje deliberado, aunque este fenómeno debía ser escasísimo. Por si acaso, muchas empresas sancionaban con abundancia y contundencia a sus trabajadores, considerados por algunos patronos como ex-rojos o rojos en potencia.
Naturalmente tanto palo no era suficiente, y menos en las condiciones de penuria en que se trabajaba en los primeros años del franquismo inferior. El ministro de trabajo, el casi eterno camarada Girón (ostentó el cargo entre 1941 y 1957) estaba todo el día dando coba a los obreros, hablando de la Revolución próxima, etc, y se fue creando un sistema de paguillas, puntos y subsidios para ayudar a sacar adelante la vida con sueldos tan escasos, de donde han quedado como dos fósiles la paga extra de verano y la de navidad. Se intentó dar un paso más, crear el hombre nuevo en la sociedad nueva que estaba creando el Régimen. Es decir, el trabajador culto, patriota, consciente, dedicado en cuerpo y alma a la tarea de elevar España. El hombre nuevo estaba representado «antonomásticamente» (3) por el mismo Generalísimo Franco, que era a su vez el súper-trabajador nacional, día y noche velando desde su despacho de El Pardo.
José Antonio Girón de Velasco desarrolló el asunto en una importante conferencia dictada en noviembre de 1950, en un momento incierto de la guerra de Corea, en el teatro San Fernando de Sevilla. (4). Girón tranquilizó a su auditorio, un poco escamado de tanta alusión a la educación de los obreros: «No quiere decir que haya que transformar a todos los trabajadores en intelectuales». Y aportó la solución clarividente de Franco al problema de civilizar a los trabajadores sin meterles ideas disolventes en la cabeza : «los institutos de Enseñanza Media Laboral para la formación humana de las clases operarias sin detrimento de su eficacia». En resumen, civilizar el pueblo «desde cualquier sitio en que el pueblo se encuentre: el taller, la mina, el agro, la nave», los lugares donde la gente se partía el lomo. Girón terminó su charla con una alusión al gran escarmiento de los trabajadores que se hizo durante y después de la guerra civil. Ahora, dijo el ministro, «Los abismos [se entiende, entre las clases dirigentes y las trabajadoras] se salvan mejor con libros que con cadáveres». Sólo en el cementerio de Paterna fusilaron a 2.337 personas entre abril de 1939 y noviembre de 1956. En 1950 fueron 11, bien lejos de las 948 víctimas del año peor, 1940 (5).
El Régimen insistió mucho en la formación profesional como salida perfecta para los muchachos de clase obrera. Una de las imágenes fuerza del franquismo son amplias naves industriales con hileras de bancos y máquinas herramientas donde hileras de jóvenes aprenden su oficio bajo la supervisión de benévolos instructores. También aquí el servicio militar debía funcionar repescando y enseñando un oficio (conductor, mecánico) a los que no lo tenían. Las Universidades Laborales fueron la expresión cumbre de esta idea. Con el lema «Cada Universidad Laboral cierra una cárcel» se construyeron varias, pues las UULL eran antes que nada reales, pesadamente construidas sobre muchas hectáreas de edificios coronados por alguna torre.
La más importante de todas, la UL de Gijón era (y es) una vasta acumulación de edificios, una especie de cruce entre la basílica de El Pilar y una gran fábrica de Detroit. Comenzó a funcionar en 1955. Creaban un camino especial para la educación de las clases trabajadoras, que mezclaba los conocimientos técnicos con los humanísticos. Algunos alumnos selectos de las UULL superdotados o genios podrían insertarse en la enseñanza superior, la cantera de las clases dirigentes. En resumen, «La vara de la inteligencia medirá a los hijos de los hombres de España- En la Universidad laboral se forjará el nuevo hombre español» (6). Una clase especial recibió estímulo oficial: la de aquellos inferiores que, gracias a un esfuerzo sobrehumano, conseguían trabajar y estudiar al mismo tiempo y sacar un título de médico o de ingeniero.
Sin tanto proceso selectivo por delante, los muchachos de clase media tenían la opción de hacer el bachillerato, la puerta de una buena colocación (algo diferente y mucho mejor que un buen empleo) y del funcionariado. También podrían participar en la forja del hombre nuevo, pero desde una palanca diferente, el mito de la clase media vertebradora del país, otra de las obsesiones del Régimen.
En el franquismo inferior, escaso de recursos y de energía y obcecado en la fórmula de la autarquía, el trabajo era de mala calidad y estaba muy mal pagado, en el sentido de que muchas veces no permitía a la gente vivir de su salario, que se estiraba hasta lo inverosímil, y había que apañárselas con trabajillos secundarios y terciarios, a veces pagados en especie. Los años muy duros de la autarquía fueron financiados, por decirlo así, por una masa laboral que trabajaba mucho recibiendo a cambio muy poco. En el franquismo medio y superior los salarios mejoraron, pero la costumbre de los trabajos secundarios se mantuvo. Un resultado no buscado fue la consolidación de la jornada laboral clásica española, muy larga, entrecortada con una comida tardía a las 2 de la tarde y que obligaba a cenar muy tarde, a las 9 o después.
Una serie de anuncios publicada en 1969 por Unesa, la patronal eléctrica, para celebrar su 25 aniversario y de paso alentar el consumo de energía –que en aquellos años crecía a toda velocidad– describe así un clásico héroe laboral del franquismo:
«Juan Camps lleva 16 años llegando tarde a cenar…
… y aún se lleva papeles a casa.
Por la mañana, a la oficina. Por la tarde, una contabilidad. Por la noche, clases. Y corregir ejercicios después de cenar.
–Cualquier día, tú revientas–. Le dicen sus amigos. Pero él no se queja. Sus chicos sacan buenas notas. Su mujer habla cada vez menos, pero le quiere cada vez más.»
Sin explicar por qué la esposa del protagonista se está quedando muda, el anuncio termina con una nota optimista: Juan Camps ha conseguido ahorrar unas pesetas (“menos de ochenta mil”) y las ha invertido en acciones de las compañías eléctricas (7).
La otra cara del pluriempleo era menos presentable. «Se trabaja de prisa, sin orden ni gusto en tres o cuatro empleos a un tiempo […] La chapuza está a la orden del día […] El trabajo bien hecho no está pagado. Los obreros se lamentan de no poder trabajar como quisieran:
– A mí me gusta dejarlo curioso, pero no puede ser.»(8). Héroes laborales o chapuceros profesionales, el resultado final encajaba con el cretinismo del franquismo superior: trabajar mucho, tener muchos hijos, adquirir muchos bienes materiales, ir a una vida de alta energía, la cantidad siempre por delante de la calidad. Muchos años después, persiste la leyenda de los infatigables trabajadores pre-boomers, que se deslomaron para conseguir un piso, un coche, un nivel de vida que luego aprovechó la generación sobrante y regalada, los boomers.
El paso paulatino de un estado débil y barato a un estado fuerte y más caro, se manifestó a lo largo de la vida del Régimen en una multiplicación de los puestos de trabajo en la administración. Estos puestos de trabajo alcanzaban la categoría máxima de “colocación”, y una buena colocación era la máxima aspiración. Los funcionarios civiles fueron organizados y consolidados por una serie de leyes y normas (en 1958 y 1963) que los convirtieron en una clase privilegiada e intocable, a la que se accedía mediante rigurosa oposición, lo que facilitó las cosas cuando llegó la Transición. Se creó una nueva rama de la Administración, el Movimiento Nacional. Un funcionario de buen nivel del Movimiento combinaba una completa seguridad laboral para toda la vida, una faena que podía ser bastante o muy tranquila y un sueldo no muy elevado pero con infinidad de oportunidades de complementarlo. Era otra versión, en este caso casi literal, del hombre nuevo del franquismo.
Los que trabajaban en la empresa privada debían moverse en un sistema de relaciones laborales extraño, en el que, por un lado, el jefe de la empresa era el padre virtual y la autoridad suprema legal de todos sus empleados, que no tenían derecho a recurrir a la huelga ni ninguna medida de presión colectiva, y por otro funcionaba un entramado de enlaces y delegados sindicales organizado por el Sindicato Vertical (en realidad 26 sindicatos, desde el del Olivo al de Transformados Metálicos) que en teoría representaba a los trabajadores en sus demandas ante la dirección de la empresa. Toda la fuerza laboral española estaba encuadrada en los Sindicatos Verticales, y dentro de cada uno en las categorías de Empresario, Técnico y Obrero (esta última se denominaba muchas veces de manera más abstracta, “Productor”). Los delegados sindicales eran elegidos en teoría por los trabajadores y formaban la base del complicado engranaje sindical del todavía más complicado mecanismo de la democracia orgánica, siendo las otras dos el Municipio y la Familia.
Los empresarios se quejaban crónicamente del bajo rendimiento, baja cualificación y baja motivación de sus empleados (9). Hay que tener en cuenta que el despido era oficialmente muy mal visto (aunque existían fórmulas para solucionar este handicap empresarial, como el contrato en cadena), lo que se veía como una contrapartida a la inexistencia del derecho a la huelga y de todo derecho de asociación de los trabajadores para defender sus intereses. Muchos empresarios se quejaban amargamente de la falta de despido, olvidando la absoluta indefensión legal de sus trabajadores. Pero no era tampoco un sistema en que se fingiera pagar a la gente y ésta fingiera trabajar. Las draconianas leyes laborales del franquismo inferior se suavizaron por la ley de Convenios Colectivos de 1958, que permitía un cierto margen de negociación trabajador-empresa, y estuvo en vigor hasta el Estatuto de los Trabajadores de 1980. El Seguro Obligatorio de Enfermedad (SOE) era otra de las pesadillas empresariales. A comienzos de los años 60 comenzaba a tener un funcionamiento real, y podía adjudicar una baja laboral legal al trabajador. La enfermedad dejaba de ser una catástrofe para los trabajadores y se convertía en algunos casos en una tabla de salvación ante insoportables circunstancias laborales.
Algunas quejas empresariales revelaban problemas de hondas raíces, propios de sociedades a medio camino entre el campo y la industria: muchos obreros abandonaban las tareas de la fábrica para dedicarse a las del campo, especialmente en las épocas de buenos jornales ligadas a la recogida de cosechas de aceituna, uva o naranja. En el norte era más bien la demanda de trabajo de la huerta familiar la que apartaba al trabajador de la industrialización. La vida social en general competía con la vida laboral en su obligatoriedad. Los entierros, fiestas e incluso buenas pescas distraían a mucha gente durante días enteros. Esto ocurría en trabajadores encuadrados: el colmo de la indisciplina laboral se daba en personas que trabajaban eventualmente y las horas justas para mantenerse. Este tipo de relación laboral propia de salvajes desapareció paulatinamente durante el Régimen del 18 de julio, hasta ser reivindicado hacia 1970 por el movimiento hippy.
Disciplinar al trabajador era necesario y debía terminar con lo que Pilar Primo de Rivera, en un discurso de comienzos de la década de 1960 (10), llamaba “espontaneidad salvaje” propia de muchos españoles, antifranquista por definición, que iba unida a una serie de características indeseables, como la poca previsión del futuro, trabajos esporádicos, la irreligiosidad, tener hijos sin casarse antes, conductas violentas, afición al vino, rechazo y mofa de la autoridad, etc. Una contrafigura del hombre nuevo del régimen del Movimiento Nacional.
En el franquismo superior, el crecentismo desatado dio paso a una nueva actitud: las mujeres podían trabajar, con la debidas precauciones. Una serie de leyes a comienzos de la década de 1960 liberalizaron su capacidad de contratar y obrar profesionalmente. Las mujeres debían trabajar, pero no en cualquier cosa. Se publicaron listas oficiales de los empleos a los que podía aspirar una mujer, aunque dejando bien claro que su principal tarea debía ser la de llevar la casa, el marido y los hijos. Este fue el origen de la superwoman, capaz de sacar adelante casa y trabajo. En 1950 las mujeres representaban el 15% de la población activa registrada, en 1974 ya eran el 30% (11).
Tras años trabajando, llegaba la jubilación, que no equivalía a una pensión garantizada y descuentos en tiendas y transportes, sino a una etapa de penuria para muchos, que se suponía que las familias tenían que arreglar en estricta intimidad. Los subsidios de vejez se habían ido generalizando, pero los ancianos solo empezaron a ser numerosos en el franquismo superior, que fue cuando empezaron a tener pensiones ya tener existencia real la Seguridad Social. Hay que tener en cuenta que la esperanza de vida en varones era de unos 46 años en 1940, y pasó a más de 60 en 1975 (estas cifras no quieren decir que la gente tendiera a morir a los 46 años en 1940, sino que la gran mortalidad infantil reducía mucho la esperanza vital; aunque también es cierto que era más difícil llegar a los ochenta años que en la actualidad, en que la esperanza de vida roza esa edad). La idea franquista de la tercera edad no era la de un alegre jubilado con treinta años por delante para disfrutar de su pensión, sino la de un abnegado trabajador que, en general, se iba para el otro barrio hacia los 65 años, la edad de retiro universal.
La contrafigura del trabajador, héroe oficial del régimen del Movimiento Nacional, era el vago, otra categoría legal. La ley de vagos y maleantes de agosto de 1933, creada con un gobierno izquierdista durante la República, conoció un vigoroso desarrollo después de la guerra durante el franquismo. Era una norma legal ideal para dominar y reprimir un país díscolo, flexible en su aplicación a cualquier conducta antisocial y sin la necesidad de poner en marcha un lento y costoso procedimiento judicial. El Código Penal (se reformó en 1944) castigaba los delitos ya cometidos, la Ley de Vagos afrontaba el futuro, «la vehemente presunción de que una determinada persona quebrantará la Ley penal». En el reglamento republicano de 1934, el vago habitual fue definido legalmente como la persona con “aversión al trabajo”, sin entrar en si tenía o carecía de bienes, rentas o ingresos, una definición que incluía potencialmente a los ricos ociosos.
Durante los primeros años de la posguerra la miseria se extendió de tal manera que el estado se limitaba a controlar, encerrar y despiojar regularmente a las hordas de mendigos que recorrían el país, muchos de ellos niños. En Madrid existían algunos parques de mendigos, donde colocaban a los retirados de la vía pública (esta costumbre también era de antes de la guerra). Se hizo tristemente notorio el verdadero campo de concentración de indigentes que se creó en el Matadero de Madrid, un lugar donde la mortalidad alcanzó espantosos niveles.
En mayo de 1948 se creó una nueva figura de peligrosidad social, la de los acaparadores y especuladores del mercado negro, plenamente justificada pero que llegaba diez años tarde. En julio de 1954 se añadieron a la lista los gais, dentro de la categoría “homoxesuales (sic), rufianes y proxenetas”. Ese mismo año se creó la Colonia Agrícola de Tefía, en Fuerteventura, donde recluyeron a un centenar de personas de orientación sexual alternativa de las Islas. El campo cerró sus puertas en 1966. (12) . La LVM, bienamada del franquismo, fue redondeada con la creación de dos juzgados especiales de vagos y maleantes en Madrid y Barcelona, centros principales de la escoria que había que limpiar, y añadiendo el “gamberrismo” a la lista de conductas peligrosas (en abril de 1958). Poco después se creó el juzgado especial de Málaga, que se unía a los creados años atrás en Las Palmas de Gran Canaria y San Roque (Cádiz), como parte de la solución del problema del Sur.
En 1970 se actualizó la LVM. La nueva Ley sobre peligrosidad y rehabilitación social incluía nuevas categorías de riesgo y amenaza, como el tráfico de pornografía y la conducción peligrosa. La Ley de Peligrosidad incluía un imposible, al exigir “un conocimiento lo más perfecto posible de la personalidad biopsicopatológica del presunto peligroso y su probabilidad de delinquir, [basado en] sus condiciones antropológicas, psíquicas y patológicas”. Fue una de las pocas veces o la única en que el franquismo se adentró con claridad en el sendero de la biopolítica, o al menos declaró su intención de hacerlo, porque los detenidos por la Ley de peligrosidad no solían ver los enjambres de antropólogos, psicólogos y médicos que la ley parecía convocar. Era el año 1970 y la explicación de la ley concluye con una declaración buenista. La intención de la actualización de la Ley de Vagos y Maleantes no es otra que: “la plena reintegración de los hombres y de las mujeres que, voluntariamente o no, hayan podido quedar marginados de una vida ordenada y normal”. Es decir, devolverlos al seno del paraíso de la clase media que el franquismo estaba construyendo.
Una circular del Tribunal Supremo de 1972 cambió la definición de la vagancia habitual de 1934 por otra donde lo importante no era la falta de ganas de trabajar, sino la carencia de bienes, rentas e ingresos, castigando así la pobreza más que la conducta. Tal vez algún potentado ocioso y desafecto al trabajo (13) se dio cuenta del peligroso portillo legal que abría el reglamento de 1934. La Ley de Peligrosidad Social fue reformada en 1978, con la eliminación de muchos estados peligrosos (como la homosexualidad) y por fin derogada cuando se aprobó el Código penal de 1995.
Dejando atrás a los delincuentes potenciales como el vago habitual, borracho sempiterno o mendigo profesional, entre el descuidero y el asesino en serie hay un campo muy ancho, en el que se entra ya en el terreno de la delincuencia efectiva. En este terreno el franquismo reflejó con bastante precisión sus etapas evolutivas. Durante los años del hambre, el hurto famélico (es término judicial) era el indicador de la miseria de buena parte de la población, así como los pequeños delitos relacionados con la compraventa ilegal de alimentos. A partir de la década de 1950 crecieron mucho las estafas inmobiliarias, y a partir de la década de 1960 los delitos por infracción de las normas del tráfico, que terminaron por colapsar los juzgados en el franquismo final. Las zonas turísticas tenían su propia delincuencia moderna, así como las cada vez más pobladas ciudades. En general las tasas de criminalidad común eran bajas comparadas con el estándar europeo. En lo que se llamaría después la España vaciada la delincuencia bajaba por pura falta tanto de delincuentes como de víctimas potenciales. El fiscal de la audiencia de Guadalajara afirmaba a comienzos de la década de 1960 que la provincia de su jurisdicción, “con precaria vida, sin industria y con constante y aumentado éxodo de emigración, tiene poca delincuencia» (14).
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1- La Almudaina, 15 de julio de 1944.
2- Carme Molinero y Pere Ysás: Productores disciplinados: control y represión laboral durante el franquismo (1939-1958). Cuadernos de relaciones laborales, Nº 3, Edit. Complutense, Madrid, 1993.
3- Pueblo, 20 de julio de 1945.
4-Imperio, (Zamora), 26 de noviembre de 1950.
5- Andrea Moreno Martín, Miguel Mezquida Fernández, Eloy Ariza Jiménez: No sólo cuerpos: La cultura material exhumada de las fosas del franquismo en Paterna. Sagvntvm, 2021, 213-235.
6- Recorte de prensa sin fecha, en Universidades laborales, c. 1954, folleto sin fecha ni autoría.
7- La Vanguardia de Barcelona, en El viaje del ecociudadano (elviajedelecociudadano.net)
8- Luis Carandell: Los españoles. Editorial Estela, Barcelona, 1968-1971.
9- Linz, JJ & De Miguel, A: El empresario ante los problemas laborales. Revista de Política Social, nº 60, oct-dic 1963.
10- Discurso de apertura del Consejo de la Sección Femenina, en Sección Femenina de F.E.T. y de las J.O.N.S.: Economía Doméstica, 1963.
11- William Chislett. “Microhistoria de España”.
12 – Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía (Fuerteventura). Gobierno de Canarias (https://www.gobiernodecanarias.org/justicia/memoriahistorica/disidenciagenero/lugaressignificativos/fuerteventura/)
13- Terradillos Basoco, en Cristian Sánchez Benítez: Marginación y peligrosidad social en la legislación histórica española. Revista Sistema penal Crítico. Del Congreso Internacional “Aporofobia y Derecho Penal en el Estado Social” Año 2021, Número 2.
14- Ana Fernández Asperilla: Franquismo, delincuencia y cambio social. Espacio, Tiempo y Forma, Serie V, Historia Contemporánea, t. 17, 2005, págs. 297-309 (UNED).
Tochos: El museo del franquismo
