Los trabajos a llevar a cabo en la laguna de Antela. El Pueblo Gallego, 5 de septiembre de 1959.
Las lagunas y los lagos siempre han sido puertas a otros mundos, los agujeros de gusano de antes de la ciencia-ficción. En la laguna de Antela los mosquitos eran caballeros del rey Arturo que esperaban así discretamente su regreso y se oía por la noche el tañido de campanas de la misteriosa ciudad sumergida de Antioquía (1). Elementos reales eran las sanguijuelas, las más profesionales de Europa según los entendidos, que se vendían muy bien en París, donde chuparon la sangre de muchos ilustrados, y las ranas, cuyas ancas eran consideradas un bocado exquisito. Más importante eran los ricos pastos de verano que dejaban las aguas al retirarse en verano, en los que se alimentaban muchas vacas de la comarca. La laguna bullía de animales de día y de noche, y había tal abundancia de aves que en 1913 una sociedad excursionista de Londres escribió al Ayuntamiento de Ginzo, capital de la comarca de La Limia, solicitando información sobre la caza en la laguna, sus modalidades y permisos necesarios.
Era lo mismo, la laguna estaba sentenciada desde hacía mucho tiempo. Incluso figuraba en el catálogo de Los Males de la Patria publicado por Lucas Mallada en 1890, que decía así: “… la laguna de Antela, de 5.800 hectáreas de suelo fértil dónde se crían raquíticos y enfermizos, con agua hasta el vientre, los ganados de ocho ayuntamientos de la provincia de Orense” (2).
Los intentos para desecar la laguna se sucedieron desde los tiempos de Décimo Junio Bruto, el Galaico, que incorporó la Limia al Imperio romano cien años antes de Cristo. El río Limia, donde desagua la laguna de Antela, tenía fama de ser el Leteo, el río que hacía perder todos sus recuerdos a los que lo cruzaban (el Galaico cruzó el río sin perder la memoria, lo que demostró llamando a sus soldados uno a uno por su nombre desde la otra orilla). Se conservan restos del canal de desagüe que trazaron, sin éxito, los ingenieros romanos.
Haciendo caso omiso de su potente carga simbólica, siglo tras siglo, los poderes actuantes en La Limia consideraron eliminar la laguna y convertirla en tierra de labor. En el siglo XIX se hicieron algunos intentos muy serios, siguiendo la fórmula típica de la época de concesión a una empresa, una de las cuales se llamó nada menos que The Limia Company Limited. Se iniciaron y se abandonaron obras. La Laguna de Antela siguió incólume, acogiendo la única colonia de gansos silvestres nidificantes de la Península. En 1949 se firmó la última concesión a una empresa, que no consiguió nada.
Por fin, hacia 1955, la laguna se convirtió en una pieza más del gigantesco puzzle de transformación del territorio que comenzaba a armar el Régimen del Movimiento. Sanear la laguna de Antela se convirtió en la solución panacea para todos los problemas de la provincia. Podría acoger a los campesinos expulsados de sus tierras por los embalses hidroeléctricos que se construían por entonces, evitar la emigración de los comarcanos de la Limia, eliminar un foco de paludismo (si bien este no fue nunca un problema en Antela) y en general aumentar el nivel de vida de la región al crear más de 4.000 hectáreas nuevas de tierra fértil y bien regada. Si la cerrada del embalse era un dique contra el comunismo, sanear una laguna, de manera casi automática, alejaba la idea de revolución de la mente de los campesinos.
En 1955 el Régimen se sentía seguro, tras firmar dos años antes el acuerdo con los Estados Unidos que hacía ingresar a España en el llamado Mundo Libre. Parte del acuerdo implicaba la llegada de maquinaria pesada de obras públicas, buldócers, grúas y excavadoras de gran potencia. En La Limia todo estaba a punto para convertir a la laguna de Antela de pintoresca en intolerable. Cosa extraña, hubo oposición a la desecación, lo bastante importante como para salir en los periódicos, donde se la despreció como fruto de la rutina, la ignorancia (el campesino sabio que hoy domina es un invento reciente) y de temores infundados, como que se perdería pasto para el ganado (3). Otros críticos señalaron la incongruencia de sumergir terrenos al mismo tiempo que se desecaban otros (4), sin caer en la cuenta de que esa era precisamente la idea del Régimen: corregir a gran escala una naturaleza considerada incorrecta. Justo a tiempo, todavía en 1955, Ramón Margalef, uno de los fundadores de la ecología en España, pudo recorrer la laguna a bordo de una patera y estudiar su riqueza en plantas y animales.
El 30 de diciembre de 1956 el Boletín Oficial del Estado publicó la Ley sobre saneamiento y colonización de la laguna de Antela. A lo más que se había llegado antes (en 1868) era a un Real Decreto estableciendo la utilidad pública de la obra, y antes y después se habían publicado innumerables disposiciones administrativas de menor rango. La Ley era otra cosa. El Estado tomaba las riendas de una actuación “de alto interés nacional” destinada a resolver el problema, que era principalmente la “presión demográfica rural excesiva” que soportaba la comarca de La Limia.
Este trompetazo de la Superioridad hizo que las ruedas de la maquinaria de transformación del territorio comenzaran a moverse de manera inexorable. La Ley establecía que la obra sería una empresa conjunta del Instituto Nacional de Colonización y de la D. G. de Obras Hidráulicas, es decir de los Ministerios de Agricultura y de Obras Públicas. Los infinitos problemas legales potenciales derivados de la delimitación de la propiedad de las parcelas afectadas debían resolverse a toda velocidad y sin contemplaciones: “Los Tribunales de Justicia rechazarán de plano toda acción interdictal encaminada a retener o recobrar la posesión de dichas fincas o terrenos.”
Las obras de excavación comenzaron en 1958, tras un período de estudios previos y sondeos demasiado breve, de apenas dos meses (1). La maquinaria la proporcionó el Parque del Instituto Nacional de Colonización, del que se decía repetidamente en la prensa que era de los mejores de Europa. En la práctica se usaron una decena de tractores y topadoras Internacional y una novedad tecnológica, excavadoras japonesas Hitachi.
El trabajo consistía en cavar una profunda zanja de desagüe en mitad de la laguna. La zanja desembocaba en el río Limia, que a su vez fue transformado en un canal para evacuar el agua con rapidez, a lo largo de más de 20 kilómetros.
El 20 de septiembre de 1958, el Caudillo en persona se acercó a la laguna de Antela. En su regreso a Madrid después de pasar unos días de vacaciones en Vigo, a bordo del Azor, Franco pasó sin detenerse por Orense. Pero en Ginzo de Limia, tal vez para evitar la escena del veloz paso de los americanos en Bienvenido, Míster Marshall –estrenada en 1953– se detuvo “unos instantes”, saludó al alcalde y recibió la “gratitud unánime” de la multitud reunida al efecto, por el comienzo de las obras de saneamiento de la laguna (5).
Los ministros de Agricultura y de Obras Públicas visitaron media docena de veces las obras de desecación. «El señor Ministro y las Altas Jerarquías del Ministerio de Agricultura» subieron a una altura que dominaba la laguna y allí Cirilo Cánovas (ministro de agricultura entre 1957 y 1965) la escrutó minuciosamente con ayuda de unos prismáticos, como un general que examina el enemigo a batir. No había uniformes ni camisas azules en el grupo (aunque estaba el jefe del estrambótico Departamento de Acción Política Local), solo tecnócratas de traje y corbata. Estaban los ingenieros Jefes provinciales de Agronomía, Bosques, Colonización, Concentración Parcelaria y Ganadería, equivalentes a los jefes de distrito colonial, que acudieron a cumplimentar a sus Jefes nacionales correspondientes en el límite provincial, como era costumbre. Eran los expertos derramando sabiduría sobre un pueblo inculto. En los pueblos de Tintores y Vilela habían sido recibidos con letreros, uno de los cuales decía «Los agricultores queremos aprender para mejorar» (6).
En mayo de 1962 se dio por terminada la obra. Se abrió el cauce de desagüe al río Limia. Los ingenieros calcularon que se tardarían dos meses en poder empezar a cultivar (7).
Entonces empezaron los problemas. Parte de ellos derivaban de la gran cantidad de energía y maquinaria puestas en la ejecución de la obra. Los canales de desagüe eran muy profundos y estrechos. En verano, su profundidad permitía avenar el agua con tanta eficacia que convertían el terreno en un secarral polvoriento, con la capa húmeda fuera del alcance de las raíces de las plantas. En invierno, por el contrario, la estrechez de los canales no permitía evacuar el agua con la suficiente rapidez, y el terreno se encharcaba (8). La idea original había sido trazar una completa red de regadío de las nuevas tierras desecadas, pero intentar corregir los errores de la primera fase se llevó todo el dinero.
El otro problema era que Antela no tenía ni buen clima ni buena tierra. A 600 metros de altura y retirada del mar, los inviernos son muy fríos en la comarca. A finales de diciembre de 1962, en medio de una intensa ola de frío, encontraron muerto por congelación en su garita al vigilante de las obras de la laguna (9). El terreno de la laguna es muy arenoso, poco apto para el cultivo a menos que se usen fertilizantes en cantidad. El plan inicial era parcelar la tierra, asentar colonos (procedentes de las tierras anegadas por embalses) y construir un nuevo pueblo de colonización, que se llamaría Antela, pero nada de eso pudo hacerse. Al final se vendió la tierra desecada, por parcelas, a los agricultores locales con más dineros, que organizaron un inmenso patatal –el único cultivo que soporta fríos inviernos y suelos arenosos– en los terrenos de la antigua laguna bullente de vida.
Antela fue uno más de los muchos casos de corrección de las partes incorrectas del territorio que se llevaron a cabo durante el franquismo, que fue el primer poder actuante dotado de maquinaria pesada movida por combustible petrolífero y mando totalitario. Así, pudo realizar de manera implacable planes de desecación trazados muchas veces décadas o incluso siglos atrás.
La «transformación profunda» de grandes extensiones de terreno, apodada la colonización, era un objetivo principal del Régimen del Movimiento Nacional.
En 1956 se publicó la Ley (10) que determinaba la desecación de una extensa zona húmeda de La Mancha, unos 300 km2 entre los ríos Záncara, Cigüela y Guadiana. Se trataba de «rescatar» estos territorios perdidos para el cultivo agrícola. Como en el retorno del hijo pródigo, un paisaje disoluto dedicado a alimentar aves acuáticas y a producir miasmas volvería al orden y a las buenas costumbres. Y de paso, dice la Ley, se solucionan «problemas agrosociales», que existen en la región.
La llamada Mancha Húmeda se reveló como un hueso algo más duro de roer que Antela. Al filo de la década de 1970, la Gran Desecación se encontró con un obstáculo inesperado: un movimiento internacional de protección de los humedales que se manifestó en un sonado tratado, el Convenio relativo a los Humedales de Importancia Internacional, aprobado en 1971 en la ciudad iraní de Ramsar. España envió observadores, pero no se adhirió al tratado hasta 1982.
Así se explica que solo 17 años después de la Ley de desecación de los humedales manchegos, en la reseña oficial del Consejo de Ministros de 28 de julio de 1973, se pudiera leer esto: «Las Tablas de Daimiel constituyen un espléndido joyel [joya pequeña] natural que compendia las más valiosas características de la Mancha Húmeda». Nada de terrenos insalubres ni de encharcamientos mefíticos. La reseña continúa en ese plan: «la excepcional riqueza de su flora y fauna han ganado para las Tablas de Daimiel una merecida resonancia internacional” (como en el caso de Doñana, el Régimen encontró una manera fácil y poco comprometida de ganar respetabilidad en el exterior). En 1966 se había creado en la zona una Reserva Nacional de Caza, una especie de pre-espacio natural protegido, y ahora se creaba el Parque Nacional (11).
La información oficial finaliza con un toque de atención, para que nadie se llamara a engaño sobre si ya no funcionaba el gran objetivo de transformación profunda del territorio del Régimen: «De forma simultánea con la creación del Parque, se continuarán los estudios y trabajos precisos para desecar con fines agrícolas determinadas zonas húmedas de la mancha de las cuencas de los ríos Guadiana y Cigüela». La palabra joyel era sorprendentemente precisa.
Por entonces la furia desecadora ya era objeto de comentarios, y no precisamente elogiosos, en la prensa. Este corresponde a 1974 y se publicó en el diario Pueblo, órgano de la Organización Sindical Española: «Por desgracia (y a pesar de ser España signataria del convenio de Ramsar para la protección de zonas húmedas) seguimos con la «furia» de la desecación y urbanización en regiones que debieran ser «tabú». Sobran nombres por ser de todos conocidos. La catástrofe de las lagunas de La Nava, Antela y La Janda o de los valles del Záncara y el Cigüela no nos han servido de lección, por lo visto” (12).
La desecación de la laguna de la Nava, cerca de la ciudad de Palencia, se planteó en serio por primera vez en tiempos de Felipe II. En 1935 se aprobó la Ley para la desecación de la laguna de la Nava de Campos. En 1940 se replanteó todo el asunto, ahora bajo la justificación de “higiene pública y orden social”. Empero no había maquinaria, ni energía. La solución fue acudir al Servicio Militar de Construcciones, fundado en 1943, que utilizaba tanto personal civil como prisioneros políticos como mano de obra. El trabajo duró mucho tiempo, y no se aceleró hasta que no se dispuso de maquinaria pesada, ya a finales de la década de 1950. A mediados de la década siguiente la desecación ya se había completado, y se construyó un pueblo paradójico en medio de la antigua laguna, Cascón de la Nava, para alojar a los expulsados de sus casas por la construcción de varios pantanos, una demostración del sistema pulsante conectado de anegación/desecación. Ya puestos a enmendar la plana al paisaje tradicional, se creó un ecosistema ganadero de tipo holandés en los terrenos de la antigua laguna. La cría de vacas lecheras contrastaba agudamente con el paisaje clásico de la zona, basado en el cultivo de inmensos trigales.
Antela, la Mancha Húmeda y La Nava fueron solo tres de los principales humedales desecados durante la gran transformación del franquismo, pero hubo muchos otros. La Ley Cambó de 1918, que sentenciaba oficialmente “la desecación y saneamiento de lagunas, marismas y terrenos pantanosos y encharcadizos” no se derogó hasta la Ley de Aguas de 1985. En los últimos años, todos los humedales desecados, en mayor o menor grado, están siendo sometidos a iniciativas de reconstrucción de sus ecosistemas originales. En ocasiones basta con dejar actuar a la naturaleza, que termina por recuperar la zona encharcadiza, otras veces se necesitan actuaciones más laboriosas. Uno de los animales símbolo de los humedales, el pato malvasía, pasó de unos 1.000 ejemplares a mediados del siglo XX a solo 22 en 1977, al borde la extinción. De manera parecida al caso del lince, a partir de entonces una serie de actuaciones conservacionistas consiguieron una remontada in extremis de la población de este pato cabeciblanco, con varios miles de ejemplares a partir del año 2000.
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1- Francisco Zapata Tejedor: Desecación y saneamiento de la laguna de Antela. Revista de Obras Públicas, junio de 1967.
2- Lucas Mallada: Los males de la patria y la futura revolución española. Consideraciones generales acerca de sus causas y efectos. Tipografía de Manuel Ginés Hernández, Madrid, 1890.(en archive.org).
3- José Vidal de Bustamante: Saneamiento, cultivo y praderío de la Laguna de Antela. El Pueblo Gallego, 28 de abril de 1955.
4- Borobó, en La Noche, único diario de la tarde en Galicia, 1 de abril de 1957.
5- El Pueblo Gallego, 21 de septiembre de 1958.
6- El Pueblo Gallego, 5 de septiembre de 1959.
7- ABC, 10 de mayo de 1962.
8- Manuel Fernández Soto, Aladino Fernández García, Gaspar Fernández Cuesta y José Ramón Fernández Prieto: la desecación de la laguna de Antela. Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles N.º 57 – 2011.
9- La Noche, 29 de diciembre de 1962.
10- Ley de 17 de julio de 1956 sobre «saneamiento y colonización de los terrenos pantanosos que se extienden inmediatos a las márgenes de los ríos Guadiana, Cigüela, Záncara y afluentes de estos dos últimos en las provincias de Ciudad Real, Toledo y Cuenca».
11- Mediterráneo, 29 de julio de 1973.
12- Eduardo Trigo de Yarto: Incierto porvenir para las acuáticas. Pueblo, 10 de agosto de 1974.
13- José Naranjo-Ramírez, Martín Torres-Márquez y Rafael F. Vega-Pozuelo: La desecación histórica de los humedales del medio Guadalquivir. Relaciones ecoculturales, económicas y sanitarias. Departamento de Geografía y Ciencias del Territorio. Universidad de Córdoba. En el libro: Paisaje, cultura territorial y vivencia de la geografía: Libro homenaje al profesor Alfredo Morales Gil, Vera Rebollo, José Fernando (coord.) Olcina Cantos, Jorge (coord.) Hernández Hernández, María (coord.) Morales Gil, Alfredo (hom.). Instituto Interuniversitario de Geografía ; Universidad de Alicante / Universitat d’Alacant (2016).
Tochos: El museo del franquismo
