Un plan para Badajoz

Plano del proyecto de Guadiana del Caudillo. “La Plaza o Centro Cívico ocupa la encrucijada de las dos calles principales y tendrá forma rectangular prolongada hacia la derecha con un paseo-jardín para recreo de los vecinos. Dicha plaza estará rodeada por un conjunto formado por el Ayuntamiento y los Sindicatos, Parroquia, Acción Católica y vivienda del Cura, y en edificios aparte, el Casino-teatro, el Dispensario Médico, Farmacia y el Parador o Posada”. (Anteproyecto de febrero de 1947 por Francisco Giménez de la Cruz, arquitecto).
Justo García Navarro: Evolución urbanística de los poblados ejecutados por el Instituto Nacional de Colonización en Extremadura: la zona de Montijo. Tesis Doctoral de la E.T.S. de Arquitectura de la U. Politécnica de Madrid, junio de 1988.

Herrera del Duque está a 200 km de Badajoz y a 199 de Madrid. Si alguien se pone enfermo en La Siberia sabe que puede ir a curarse al moderno hospital de Don Benito-Villanueva, pero los casos realmente graves se solucionan en Madrid. Lo mismo ocurre con el papeleo, puede que para algún asunto de poca monta haya que ir a la lejana Mérida, capital de la región autónoma, pero la documentación de fuste se soluciona en Madrid, como ha sido desde tiempo inmemorial.

Tradicionalmente, los políticos madrileños viajaban a Extremadura y recorrían la región con cara de susto. Se informaban de los problemas económicos y sociales de la tierra de los Conquistadores, todos ellos pavorosos: paro obrero, paludismo, falta de escuelas y miseria en general, todo ello en un paisaje de dehesas y campos de labor con fincas que se tardaban tres días en recorrerlas a caballo y un señoritismo soez, como reveló el famoso crimen de Don Benito. La vía revolucionaria para resolver estos problemas fue aplastada por el procedimiento de fusilar a entre 11.000 y 19.000 personas solamente en la provincia de Badajoz. La alternativa de la gente de orden fue el Plan Badajoz, sin duda el último arreón del regeneracionismo.

La idea había surgido en los sucesos de Jerez de 1892, cuando una turba de jornaleros sin tierra se había adueñado de la ciudad durante un día entero. Se propuso entonces un plan genial, que consistía en dividir 50.000 hectáreas del término municipal de Jerez de la Frontera en 5.000 lotes de 10 hectáreas, dotar a cada lote de una vivienda modesta y algunos aperos de labranza, y entregarlos a continuación a 5.000 jornaleros jerezanos, los mismos que habían asaltado la ciudad en 1892. La formidable barrera de parcelas y casitas garantizaría que el asalto de Jerez por las masas hambrientas no se repetiría jamás. La idea no se puso en práctica, aunque una versión modificada a gran escala se implantó en todo el país a partir de 1960 aproximadamente, convirtiendo a casi todas las familias españolas en propietarias de su vivienda y alejándolas para siempre de toda tentación antisistema.

Dividir parcelas y construir casitas no parecía suficiente, faltaba algo que convirtiese la pobreza en riqueza, una palanca mágica. Los energúmenos del regeneracionismo la encontraron en el regadío, la solución panacea. En vez de jornaleros muertos de hambre sobre secanos polvorientos, prósperos agricultores con una parcela bien provista de agua, una vaca y una casita. Los ingenieros del Ministerio de Fomento se pusieron manos a la obra en el gran edificio de la Glorieta de Atocha. El asunto era casi tan complejo como una superproducción de Hollywood.

Lo primero era el embalse, la llave y clave de todo el sistema. En Egipto tienen una gran presa, Assuan, la reserva de agua que da la vida a todo el país. Pero en España hay cientos de grandes presas. Había que buscar una cerrada prometedora en el curso de un río, algún estrechamiento que permitiera acopiar mucha agua sin hacer una presa demasiado ancha y por lo tanto costosa. Felizmente, el catálogo de embalses por construir estaba hecho desde 1902, en los tiempos de D. Rafael Gasset.

Tras décadas de trabajo y arduos problemas legales (había que expropiar, indemnizar y compensar de alguna manera a muchas personas y pueblos enteros cuyas propiedades sería sumergidas) se terminaba la presa, que comenzaba a llenarse de agua, es decir, el oro líquido capaz de transformarse en alimentos y energía como por arte de magia. Lo demás eran detalles: construir los canales que llevarían el agua a los campos, resolver arduos problemas legales de valoración de la tierra (los secanos convertidos en huertos floridos gracias al agua multiplicaban su precio por diez como poco), trazar nuevas parcelas, traer colonos, construir pueblos de colonización (se pueden ver varios buenos ejemplos en el valle del Guadiana), trazar caminos, contratar curas para las nuevas iglesias y maestros para las nuevas escuelas y preparar las inauguraciones, a las que asistían todas las jerarquías del Régimen, Caudillo, Ministros, Gobernadores Civiles y Militares (y Jefes provinciales del Movimiento), Alcaldes y notabilidades extranjeras. Se conserva una foto del ingeniero de Madrid aleccionando a un grupo de agricultores en algún lugar de las riberas del Guadiana. El señor ingeniero está subido sobre un gran tubo de hormigón, parte de un canal de riego, y se nota que está entusiasmado, metido en su papel.

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