
La gran antena de la emisora de Navacerrada en 1964. La información y el turismo (El Gobierno informa – 25 años de paz -1964).
Nam June Paik, pionero del videoarte, que estaba entonces estudiando música en Alemania, seguro que habría apreciado favorablemente la primera emisión de Televisión Española, que comenzó a las 20:30 horas del domingo, 28 de octubre de 1956. Tras la imagen flash de un locutor presentando el evento, la pantalla transmitió una misa completa a cargo del prelado doméstico de su Santidad, presidida por la imagen de Santa Clara, patrona de la televisión desde que, en 1252, pudo ver cómodamente desde su celda las ceremonia de la noche de Navidad en la iglesia cercana, gracias a una telepantalla de origen celestial. Siguieron dos intervenciones breves de altos cargos que hablaron de que la televisión tenía como objetivo servir a Dios y a España y terminaron dando vivas a España y a Franco.
Entonces llegó la secuencia más importante, la intervención del ministro de Información y Turismo, Gabriel Arias Salgado, encajado en un curioso púlpito. El ministro desveló la razón de inaugurar la emisora el 28 de octubre, la festividad de Cristo Rey, y de comenzar las emisiones regulares el día siguiente, 29 de octubre, XXIII aniversario de la fundación de Falange Española. De esta forma, explicó el ministro, quedaba claro que la televisión española tendría dos grandes principios: la ortodoxia y el rigor religioso y moral, según las normas de la Iglesia Católica y los principios fundamentales del Movimiento Nacional.
Quitando un poco de hierro al asunto, Arias Salgado admitió que los programas deberían ser “amenos y variados”, siempre, claro está, dentro de su papel como instrumento educativo para el perfeccionamiento de las familias españolas. Tras una pausa, comenzó la emisión propiamente dicha, con algunos números musicales, un documental de frailes franceses, un mini-informativo, una actuación de Coros y Danzas, la orquesta de Roberto Inglez con la vocalista Mona Bell, que triunfaba en el Pasapoga, y el pianista José Cubiles (1). Experimentación audiovisual en estado puro. La emisión se hizo en “riguroso directo”, como era costumbre antes del invento del videotape, y no parece haberse conservado, aunque existe un reportaje ad hoc que hizo el No-Do.
La emisión se hizo en el vacío, sin telespectadores. Cualquier poseedor de un receptor de TV que viviera en un radio de menos de 50 kilómetros del número 77 del Paseo de la Habana (Madrid), podría haber disfrutado de la emisión, pero esos dos requisitos los cumplían menos de 200 personas.
Tras este espartano comienzo, la televisión comenzó a emitir unas pocas horas diarias, en plan experimental y cauteloso. El Régimen del Movimiento Nacional no tenía ningún insano interés en el asunto. Su pensamiento al respecto lo había condensado el arzobispo de Barcelona, Gregorio Modrego, dos años antes del discurso casi-televisado de Arias Salgado. El prelado, en un artículo publicado en La Vanguardia, había soltado el argumento habitual de doctor Jekyll y míster Hyde: la televisión podía causar una “inmensa catástrofe moral” si se dejaba que difundiera “escenas y propagandas peligrosas”, es decir, leyendo entre líneas, escenas sicalípticas y propaganda roja y separatista. Claro que, continuaba el arzobispo, la televisión también podía ser una bendición si se ponía al servicio “de la verdad y el bien” (2).
Planteado así el asunto, el ministro de Información y Turismo, principal responsable político del nuevo medio, tenía razones para no ser fan de la televisión. Arias Salgado, el archicensor, sin duda tenía pesadillas con la visión de millones de telepantallas vomitando escenas inadecuadas en millones de hogares españoles. En 1956 el ecosistema de los medios de comunicación de masas en España estaba consolidado y controlado: periódicos de no mucha difusión, pero muy leídos (la sección de deportes y los anuncios, sobre todo), radio comercial sin pretensiones y hasta un noticiario cinematográfico, el No-Do, dedicado a las curiosidades nacionales e internacionales, que se veía en los cines antes de que echaran la película. Arias Salgado y el mismo Generalísimo no veían necesario “abrir las ventanas” audiovisuales del país y que se colara un aire viciado e impuro, metáfora que usó el dictador en su discurso de fin de año de 1955. (3).
Salvó la situación el papa Pío XII, con su carta encíclica Miranda Prorsus sobre el cine, la radio y la televisión, de 8 de septiembre de 1957 (4). El Sumo Pontífice dejaba caer que no había más remedio que convivir con la telepantalla, tomando las debidas precauciones. No es casualidad que pocas semanas después se publicara un decreto
convocando un concurso para la fabricación de un receptor nacional de televisión barato, al alcance de las masas. El receptor nacional de TV debía tener 17 pulgadas, 625 líneas de resolución (se eligió el estándar alemán frente a las 405 líneas británicas y las 819 francesas) y costar menos de 10.000 pesetas, un dineral para la época, pero aproximadamente la mitad de lo que costaba un receptor por entonces (5). A partir de ahí todo vino rodado, comenzó la construcción de otro importante elemento vertebrador del país, que se podría haber llamado la Red Nacional de Telepantallas.
Si Stalin era Gengis Khan con teléfono, Franco se convirtió en los Reyes Católicos con televisión. Al principio la tarea parecía inalcanzable por su pura vastedad. Se trataba de colocar un televisor en cada uno de los siete millones de hogares españoles, y la tecnología disponible proporcionaba únicamente armatostes de carcasa de madera y cañón de electrones, de unos 50 kilos de peso para una pantalla oblonga de 21 pulgadas. El aparato devoraba kilovatios a buen ritmo, elemento importante a tener en cuenta, pues el consumo por habitante de electricidad en 1960 era de unos 150 kWh al año, y un receptor de TV mediano de la época podía consumir fácilmente esa cantidad de energía y más. El concurso del receptor nacional se resolvió en agosto de 1958 adjudicando la fabricación de 20.000 aparatos a una serie de firmas, las más señaladas Marconi Española y Standard Eléctrica. El año siguiente se dictaron las normas para repartir los aparatos: 10.000 debían canalizarse mediante la Organización Sindical, el resto a través de diversas instituciones y señaladamente el Movimiento (6). En 1960 había unos 250.000 receptores en España. En 1970 eran 5,8 millones (7).
Otro asunto a resolver era la extensión de la señal de TV hasta el último rincón del territorio, lo que exigió estaciones conectadas con la señal madre de microondas, que salía de los estudios del Paseo de la Habana en la ciudad de Madrid (Prado del Rey desde 1964, en Pozuelo de Alarcón), escalaba la sierra del Guadarrama hasta la estación de la Bola del Mundo y desde allí se repartía por toda la geografía nacional. El Régimen se tomó muy en serio que la señal de TV llegara a todo el país, y en 1962 alardeaba de que la televisión llegaba ya a más del 78% del territorio nacional, “lo que supone que un 87,8 por 100 de la población total puede beneficiarse de los programas” (8).
Si en países más llanos la opción habitual era construir “torres de televisión”, elevados edificios en las ciudades con emisoras de media potencia, suficientes para expandir la señal en un radio de cientos de kilómetros, en España se prefirió construir emisoras de mucha potencia en lo alto de las cumbres, para repartir la señal por el abrupto territorio de la península Ibérica (9).
La llamada apropiadamente Bola del Mundo, en la sierra del Guadarrama, era el centro del poder blando del franquismo, con su potente emisora de radio y televisión de 300 kilovatios a más de 2.000 metros de altura y sólo 50 kilómetros de Madrid. Era idea general que la Bola del Mundo era el único emisor, mientras que las demás antenas repartidas por el país eran meros “repetidores” –y así se llamaban– de la señal que llegaba de Madrid. Esta función de repetición de la señal oficial procedente de Madrid se insertó a veces de manera sorprendente en antiguas redes de comunicaciones, como ocurrió en Vizcaya con la emisora de televisión del monte Sollube (más conocida como el repetidor de Sollube) (10).
Sollube era la localización ideal para la emisora de TV, a casi 700 m de altura sobre el mar, cerca de Bermeo y dominando un rico y bien poblado territorio. Su papel en las telecomunicaciones es ancestral, pues se usó en la edad media como monte bocinero (Deiadar-Mendiak), uno de los cinco repartidos por toda Bizcaia desde los que se convocaba a la población a las Juntas Generales que se hacían en Guernica. Así pasó el Sollube de altar de las libertades vizcaínas a repetidor de las consignas nacional-católicas emanadas de Madrid.
La señal enviada desde las cumbres debía llegar a las casas, a una antena exterior conectada al receptor. Pronto se creó un próspero mercado de antenas y de antenistas, y los edificios y fachadas se pusieron perdidos con una maraña de mástiles, cables y amplificadores de señal. Muestra de la importancia que el Régimen concedió a la proliferación de la red nacional de TV es un decreto de octubre de 1957 que daba carta blanca a los inquilinos y arrendatarios (muy numerosos por entonces) para instalar antenas receptoras donde les diera la gana, sin hacer ningún caso a los sagrados derechos del propietario del inmueble (9).
Una vez establecidos los parámetros técnicos y legales, quedaba ver la respuesta del público. En principio el producto parecía difícil de vender: gastarse un dineral en un receptor para ver un solo canal (el segundo canal, UHF, llegó en 1966) con una programación rígidamente controlada por la censura de unas 8 o 9 horas diarias. No fue así, y a lo largo de la década de 1960 la televisión se instaló a razón de casi una por hogar. La TV se veía con avidez. El mero desfile de imágenes en blanco y negro con 625 líneas de resolución por la pantalla era suficiente, pues era como tener el cine en casa. Se vendían curiosos filtros para colorear las imágenes hasta que (a comienzos de la década de 1970) comenzaron a popularizarse los receptores en color.
Los temores de Arias Salgado y su jefe supremo no tenían ningún fundamento. La televisión era inmensamente popular; hacia 1975 había desbancado de largo a la radio y a los periódicos como principal medio informativo (11) y de entretenimiento. La programación era asertiva y sencilla, basada en informativos, películas, documentales y series de televisión norteamericanas, en la que la carta de ajuste ocupaba más de un cinco por ciento del tiempo. En 1963 la emisión empezaba a las dos de la tarde y terminaba poco después de medianoche. En 1972 seguía más o menos igual, con una Segunda cadena que empezaba a las siete u ocho de la tarde y terminaba también a medianoche.
Los anuncios ocupaban una parte importante del limitado tiempo de la emisión. TVE se financiaba con un torrente de publicidad, pues el modelo de hacer pagar un canon a los propietarios de receptores se consideró inviable. En mayo de 1969, en respuesta a un editorial del diario ABC titulado “Moderar la publicidad”, un alto cargo de TVE alegó en su respuesta al periódico que los anuncios ocupaban un 7,6% de media del tiempo total de programación, con un máximo de 12,7% en días de mucho trajín publicitario, y que la institución no tenía otros ingresos que los publicitarios (12). Ahí estaba la clave del papel de la televisión en el franquismo superior. Desde el principio se vió que no servía en absoluto para transmitir ningún tipo de murga política del Movimiento Nacional, y que incluso los desfiles de la Victoria y las demostraciones sindicales no daban muy bien en la pequeña pantalla.
Otra cosa es la transmisión de los valores del Régimen de manera indirecta, que se hacía de manera más o menos discreta en los huecos que dejaban en la parrilla las series y películas norteamericanas. Lo que sí funcionaba, y a toda máquina, era el curso acelerado de formación en la sociedad de consumo y su cada vez más complejo ecosistema doméstico, transmitido incesantemente en la publicidad de alimentos procesados, electrodomésticos, tejidos, drogas legales, sugerencias vacacionales, vehículos, etc. El Régimen también usó la TV como vehículo de difusión de campañas cívicas y apolíticas (Mantenga limpia España, Contra incendios forestales, Sonría, por favor, etc.) usando el eficaz formato del anuncio.
Por fin llegó el momento de proponer la instalación de televisores en las aldeas, esos lugares donde, en invierno, se hacía de noche a las cuatro de la tarde «y donde la vida se reduce únicamente a trabajar, comer y dormir». No había más que imaginar el aparato instalado «junto a una estufa chisporroteante» y a los lugareños disfrutando de una corrida de toros o un partido internacional de fútbol (13).
La idea no era nueva ni mucho menos, se había ensayado ya en varios países, incluso bajo los auspicios de la UNESCO. La Superioridad dio su aprobación y la Red Nacional de Teleclubs comenzó a tomar forma. En diciembre de 1964 se inauguró el Teleclub de Almenara de Adaja, provincia de Valladolid. El pueblo contaba con un centenar de habitantes por entonces, y su demografía estaba en caída libre, con la mitad de habitantes que en 1950. Uno de los objetivos de los teleclubs era evitar el éxodo rural, aunque probablemente solo consiguieron acelerarlo. La ceremonia fue lucida, con asistencia de diversas autoridades y jerarquías. El discurso que soltó el Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento, da una idea de la desesperada idea que se tenía por entonces en España sobre la situación en el campo y sobre el pensamiento mágico propio del franquismo. «Hoy se va a constituir aquí un Teleclub para hacer más llevadera la tristeza de estos pueblos… Va a ser una vida nueva y desconocida que va a llegar a vosotros… es vuestra liberación de la ignorancia y la incultura»(14). Como se deduce, el gobernador (y jefe provincial del Movimiento) no concedía ningún valor a la cultura campesina «ancestral», la misma que Miguel Delibes describió en El disputado voto del Señor Cayo. Llegaron a constituirse unos 4.000 teleclubs, casi uno por cada dos pueblos. Algunos llegaron a funcionar como puntos de ignición cultural y social, otros reunían simplemente a personas de edad para ver una película. A mediados de la década de 1970 ya estaban prácticamente extinguidos.
La programación era única y la misma para todo el país, y seguía el ritmo vital del trabajo, terminando a una hora prudencial por la noche (la insalvable barrera de las 00:30 horas) para que todo el mundo pudiera descansar lo suficiente. Era el sueño de una dictadura hecho realidad. También estaban contentos los creativos publicitarios y sus clientes, con una cuota de pantalla garantizada del 100% y un público muy inocente ante las añagazas audiovisuales.
1- Pueblo, 29 de octubre de 1956.
2- Francesc Canosa Farrán: La televisión franquista de papel. Actas del II Congreso Internacional de Historia de Nuestro Tiempo, Logroño, Universidad de la Rioja, 2010.
3- Manuel Palacio: Francisco Franco y la televisión.
4- «La verdad y el bien en las técnicas de la difusión» El Español, nº 460, 22 de octubre de 1957.
5- Decreto de 3 de octubre de 1957 por el que se dan normas con relación al concurso para la fabricación de un modelo de receptor nacional de televisión a precio reducido.
6- El Adelantado de Segovia, 9 de enero de 1959.
7- Jordi Gracia García y Miguel Ángel Ruiz Carnicer: La España de Franco (1939.1975). Cultura y vida cotidiana (Historia de España tercer milenio). Editorial Síntesis, 2001
8- España, libro de propaganda publicado por el SIE (Servicio Informativo Español) en 1962.
9- José María Romeo López: El desarrollo de la televisión en España a través del BOE. bit, nº 159, oct-nov de 2006.
10- “Vizcaya – España en paz”, serie de libros, uno por provincia, parte de las conmemoraciones de los 25 años de paz, Publicaciones españolas, Madrid, 1964.
11- Informe FOESSA 1978.
12- ABC, 27 de mayo de 1969.
13- Nueva Alcarria, 16 de noviembre de 1963.
14- Libertad (Valladolid), 19 de diciembre de 1964.
Asuntos: TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación)
Tochos: El museo del franquismo
