Pisos y tiendas en el barrio del Pilar, Madrid. Anuncio publicado en el Diario Pueblo, 20 de abril de 1965.
El 19 de agosto de 1957, José Luis Arrese, ministro de la Vivienda, inauguró la Era del Ladrillo en España lanzando un tractor enorme, conducido por él mismo, contra varias chabolas del asentamiento de Jaime el Conquistador, en el centro de la ciudad de Madrid. Los “leves muros de ladrillo” de las chabolas no opusieron resistencia. Triunfante, el ministro se trasladó a continuación al kilómetro 5 de la carretera de Andalucía, a la barriada de San Fermín, lugar de realojamiento de los chabolistas de Jaime el Conquistador (1). San Fermín era un concepto antiguo, casas espartanas (herederas de la idea antigua de casas baratas para obreros), construidas por el gobierno, de 120 pesetas mensuales de renta. Una unidad de la sección Femenina destacada allí en plan misionero proporcionaba ajuares que se podían pagar en cómodos plazos.
El futuro estaba en el antiguo asentamiento chabolista destruido por la propia mano del ministro, a pocos minutos de la estación de Atocha y del Paseo del Prado. Allí, y en miles de enclaves más, el estado adoptó una política nueva. En lugar de casas baratas en alquiler, casas caras –pero accesibles, tras un esfuerzo de décadas– en propiedad. El estado se limitaría a tender un puente de plata a la iniciativa privada en forma de ventajas fiscales, subvenciones y algo de urbanización (tendidos eléctricos, conducciones de agua, etc.).
El departamento dirigido por el camarada Arrese (era falangista histórico) pervivió hasta el final del franquismo, en 1977. Arrese mismo fue destituido solo tres años después de su nombramiento.
El ministerio de la Vivienda se convirtió en algo así como la tapadera falangista de la verdadera política de vivienda del Régimen. El negocio era enorme y su crecimiento parecía ilimitado. Los promotores-constructores eran la parte más visible del tinglado, y algunos se hicieron famosos, como José Banús, pero todo el mundo tenía algo que ganar: los ayuntamientos, los propietarios del suelo públicos o privados, los fabricantes de maquinaria y materiales de construcción, y no en último lugar las notarías, que se hartaron de redactar escrituras de propiedad –abreviadamente, con sonido bíblico, “las escrituras” [del piso], que cada familia consideraba como su más preciada propiedad. En segunda posición, trabajadores de la construcción y compradores de los pisos. En tercer lugar, los perdedores: el paisaje urbano, la eficiencia energética, etc.
La fórmula final de construcción fue el bloque de viviendas, que fue creciendo en tamaño, al principio de tres o cuatro alturas y un par de docenas de viviendas por edificio, luego hasta diez o doce plantas y más de un centenar de pisos por bloque. La bella idea de Le Corbusier (“un bloque vertical inmerso en un mar verde”) (ooo) fue envilecida y exprimida a fondo. La idea inicial de una máquina de vivir erguida sobre un amplio jardín se transformó en alineaciones de bloques demasiado juntos con algunas calles en medio, rodeando los centros urbanos hasta perderse en el horizonte. Aquí viene un ejemplo real.
El objeto ocupa los números 3, 5 y 7 de la calle XXX en Madrid y tiene la forma de un bloque de pisos. Fue construido en 1966. Tiene planta rectangular, de 27 m en su parte más estrecha y 60 m por su parte más ancha, lo que da un total de 1.620 m. Los patios interiores, cajas de ascensor y entrantes del edificio reducen el espacio habitable a 1.400 m. El edificio tiene 11 plantas, cada una de las cuales contiene 18 pisos, con un total de 198 viviendas. Cada uno de los pisos mide aproximadamente 65 metros cuadrados. En el edificio viven entre 800 y 1.000 personas. Tiene ascensor (hay seis en total), calefacción y agua caliente central. Los pisos están diseñados para acoger a una familia bastante numerosa. Son algo así como una versión de bolsillo de un piso para la clase media, tal como se entendía éste en la década de 1950. Tienen tres dormitorios (dos grandes y uno pequeño), un salón, una cocina con espacio para comer y galería, para colocar electrodomésticos y tender la ropa, un cuarto de baño, un aseo y un pasillo para unirlo todo. Costaba 600.000 pesetas (en 1966). En 2022, según Idealista, se vendería por unos 250.000 euros. Con una tasa de inflación entre 1966 y 2020 de x28, debería tener un precio actual de 100.000 euros.
Las familias que vivían en esta especie de ciudad aérea se preguntaban a veces qué pasaría si el edificio se venía abajo, ¿cuál sería entonces su propiedad? Un sencillo cálculo mostraba que a cada piso le tocaría un espacio de ocho metros cuadrados en el solar virtual de allá abajo. Mientras el edificio siguiera en pie, una súperimportante ley regulaba la propiedad de cada familia allá arriba, entre escaleras y patios de ventilación.
La Ley sobre propiedad horizontal de 1960 era «la ordenación «ex novo», de manera completa, de la propiedad por pisos», «la única posible para grandes sectores de personas». Después de todo, dice la Ley, se trataba del “espacio y elementos indispensables para atender a las propias necesidades», así que, nada de escalinatas de mármol o piscinas, sino algo asequible para casi todos: el pisito. Otro aspecto importante que dejó clara la Ley es que el piso era de su propietario y de nadie más, sin que el resto de los propietarios de pisos del edificio tuviera nada que decir de puertas para adentro. De puertas para afuera, los elementos comunes se delimitaban con precisión, lo que no evitó que fueran el origen de muchas broncas en las reuniones de las juntas de propietarios.
La propiedad horizontal (la propiedad por pisos dentro de un edificio) era un concepto moderno con el que se tropezó el franquismo. Significativamente, la Real Academia no admitió en su diccionario la definición «Conjunto de habitaciones que constituyen vivienda independiente en una casa de varios altos» para la palabra «piso» hasta 1950. Antes piso era donde se pone la planta del pie o las diferentes alturas de un edificio. La Ley de 1960, con ligeros retoques, sigue en vigor y determina casi más que ninguna otra la vida cotidiana de millones de españoles.
En 1950, sólo una de cada cinco familias en España, el 20%, vivía en una vivienda de su propiedad. En 1970 la situación se había casi invertido: el 70% de las familias vivían ya en propiedad. El gran quiebro se dió a lo largo de la década de 1960 (3).
El cambio comenzó desde cifras inferiores en las grandes ciudades, pues en los pueblos sí era corriente vivir en casa propia. Pero aún así terminó funcionando. En Barcelona, se pasó de un 5,2% de familias viviendo en su casa particular en 1950 a un 52% en 1981. El gran salto se dio entre 1960 y 1970, cuando se pasó de un 11,2% a un 34,2% (3).
Hasta 1956 aproximadamente se perdió mucho tiempo en fantasías falangistas sobre dónde y cómo habría que alojar a los muchos millares de españoles que vivían en condiciones infrahumanas en suburbios, chabolas, cuevas, infraviviendas y compartiendo pisos hacinados hasta los inverosímil. Regularmente la Autoridad, a veces el Caudillo en persona, hacía acto de presencia e inauguraba algún grupo de casas para obreros, en los mejores casos una barriada entera. Estas viviendas, con suerte, seguían la idea ya antigua de la casita con huerto (hay un buen ejemplo en Soria, la conocida como Barriada de Yagüe), y en el peor eran casas extraordinariamente espartanas, cuatro paredes, un techo y muy poco más. Hay un ejemplo casi arqueológico de estas ideas falangistas en el barrio de Haza de Cuevas en Málaga, de 1941 (4).
Los arquitectos trabajaron mucho sobre el desiderátum de construir muchas viviendas modestas pero suficientes, con el mínimo gasto de dinero y materiales. Una primera solución era evidentemente hacerlas pequeñas. «…tenemos una superficie media de la vivienda excesiva en España (…) tenemos que acomodar el coste de la vivienda a las posibilidades adquisitivas de nuestras gentes más modestas» declaró Vicente Mortes, Director general de la Vivienda, en 1958. (5)
En 1951 Miguel Fisac, que luego alcanzaría fama como arquitecto, ganó el premio de un concurso de proyectos para viviendas “de renta reducida” con un diseño de vivienda para una familia de seis miembros (padre, madre, y cuatro hijos) de 30,2 metros cuadrados (6). El diseño incluía literas sólidamente amarradas con palomillas a la pared, para evitar molestias a los durmientes. El estándar de cinco metros cuadrados por persona era muy habitual en los pisos. Hubo cierta discusión entre profesionales sobre si era o no correcto diseñar pisos con solo 2,2 metros de altura. A mediados de la década de 1950 todavía se trabajaba mucho con proyectos de casitas independientes o adosadas, de poca altura y en barrios de cierta extensión.
En 1956 se publicó otra ley destinada a perdurar, la del Suelo y Ordenación Urbana. El documento legal era en buena parte una respuesta a la avalancha de emigrantes que necesitaban casa en las ciudades, especialmente en las grandes ciudades –solo a la ciudad de Madrid llegaron de media 170 inmigrantes cada día durante toda la década de 1950 (7). La ley creaba el sagrado concepto binario de suelo rústico/suelo urbanizable, y el no menos sagrado de Planeamiento urbanístico.
En 1957, 1958 y 1959 se lanzaron los Planes de Urgencia Social de Madrid, Barcelona y Bilbao. Planteaban la construcción a toda prisa de viviendas para alojar a los que afluían a las ciudades, aunque dedicaban mucho espacio a amenazar con la deportación a los inmigrantes ilegales. El problema era tan grande y acuciante que se plantearon soluciones poco ortodoxas, como los Poblados Dirigidos. Estos se levantaban mediante la colaboración entre arquitectos de renombre, constructores profesionales y los propios habitantes de las viviendas a erigir, que trabajaban de albañiles los fines de semana bajo la dirección técnica de los primeros. No tenían dinero ni siquiera para la exigua entrada que se les pedía, así que tenían que pagar trabajando. En Madrid se hizo algo famoso el más logrado de estos poblados, el de Caño Roto. Sucesivos Planes Nacionales y Sindicales de Vivienda se extendieron por el país, y la Obra Sindical del Hogar aceleró algo su anémico ritmo de construcción de viviendas.
En 1958 José Banús comenzó a anunciar en la prensa su gran promoción de bloques de pisos en el Barrio del Pilar. En 1960 los anuncios incluyeron una vista aérea del barrio, una sucesión inacabable de bloques de pisos de color blanco en el norte de la ciudad de Madrid. Se siguieron construyendo viviendas sociales, como las Unidades Vecinales de Absorción, un híbrido entre un barracón y una hilera de adosados, y se siguieron “entregando” pisos en ceremonias oficiales a ciudadanos agraciados por puntos, sorteos y baremos diversos. Pero el futuro estaba en los innumerables Barrios del Pilar que se levantaron en todo el país.
La nueva fórmula para conseguir una vivienda no necesitaba ceremonias, aparte de la firma ante notario de las escrituras del piso. Se basaba en la publicidad de ¡¡¡PISOS!!! y en la firma de innumerables letras (pagarés), antecesoras de la moderna hipoteca. Hacia 1960 la petrolización general permitía usar maquinaria en abundancia, así como fabricar hormigón, ladrillos y otros materiales de construcción a mansalva. El software legal de la Ley del Suelo y de la Propiedad Horizontal encauzaba un ritmo veloz de erección de bloques de pisos en la periferia de las ciudades. Las normas MV (Ministerio de la Vivienda) evitaron males mayores, al determinar aspectos cruciales de calidad de la construcción para que no se vinieran abajo los edificios, pero olvidaron cualquier elemento de confort térmico y acústico. Muchas de las nuevas viviendas eran cascarones de ladrillo y hormigón, sin ningún aislamiento contra la pérdida de calor o frío o contra el ruido, pero todas tenían agua corriente y electricidad. Las anunciadas como “viviendas de lujo” alardeaban de elementos exóticos como el aislamiento térmico y acústico, que iban en el mismo paquete que las chimeneas francesas en el salón o los “saneamientos en color”.
Según el Instituto Nacional de Estadística, el ritmo aparente de construcción de viviendas (en unidades por día) coincidiendo aproximadamente con las cuatro décadas del franquismo (1941-1980) fue aproximadamente de 150 / 360 / 740 / 1020. Es decir, en la etapa final se construían viviendas a la velocidad aproximada de 40 por hora. (El récord de todos los tiempos se alcanzó en 2006, con 865.000 viviendas construidas, casi 100 por hora. Pero los datos anteriores se refieren a décadas).
El fósil más aparente del franquismo corresponde a unos cinco millones de viviendas, construidas entre 1955 y 1975 en la modalidad de bloques de pisos, con una calificación energética «E» o inferior, siendo “A” la mejor y “G” la peor, y una demanda de energía del orden de 100 kWh/m2. Esto por lo que respecta a la construcción física y el paisaje. Otras herencias conspicuas de esta etapa son un parque de vivienda de propiedad pública minúsculo, un porcentaje de vivienda en propiedad muy elevado, y un parque de viviendas muy grande en relación con la población.
La fórmula de “todos propietarios” se hizo a base de bloques de pisos, solución estándar. El enorme parque de bloques de pisos realizados entre 1955 y 1975 está todavía en pie, muchos de ellos sometidos a costosas operaciones de rehabilitación para dotarlos de aislamiento térmico efectivo, sistemas de calefacción o incluso ascensores.
El barrio de Bellvitge, en Hospitalet de Llobregat, Barcelona, se levantó entre 1964 y 1974 y tiene 8.300 viviendas, construidas a un ritmo de 2,3 diarias. La explicación de tanta velocidad está en que se usaron paneles prefabricados de hormigón armado para la estructura y losas de hormigón para los paramentos. Los prefabricados se hacían allí mismo, en una fábrica construida ad hoc. El resultado de usar planchas de hormigón de 13 cm. para las paredes exteriores, sin aislamiento, se pudo ver años después, cuando se calculó una demanda de energía (es decir, la necesaria para mantener la casa caliente en invierno o fresca en verano) de 91 kWh por metro cuadrado, casi el doble de la media actual en España (50 kWh/m2) y casi el triple de la establecida en el Código Técnico de la Edificación actualmente en vigor, 35 kWh/m2 (8). En términos coloquiales, eran casas neveras en invierno y hornos en verano.
La clases trabajadoras se atrincheraron en el piso y lo dotaron con toda clase de equipamientos. La rápida construcción del ecosistema doméstico español, de tipo occidental estandarizado, se puede ver en las dos Encuestas de Equipamiento y Nivel Cultural de las Familias Españolas, de 1968 y 1975. En estos siete años, la ausencia de agua corriente pasó de más de un tercio a solo el 13% de las viviendas, y la presencia de agua caliente de un escaso 18% a la mitad, un impacto claro de la petrolización a base de gas butano. El 94% de las viviendas carecían de calefacción en la Encuesta de 1968. En la de 1975, esa cifra se había reducido al 45%, pero a base de calefacción individual, la central parecía seguir reservada a las viviendas más caras. De los Tres Electrodomésticos Imprescindibles, la lavadora pasó de 39% a 60%, el frigorífico de 35% a 74%, y el televisor de 38% a 79%, una impresionante progresión paralela. Que los hogares con automóvil pasaran de 13% a 34% entre 1968 y 1975 indica una motorización consolidada, mientras que la posesión de bicicletas (que estaba abandonando rápidamente su papel de medio de transporte para pasar a elemento de ocio) disminuyó ligeramente.
“El negocio escandaloso de la VENTA DE PISOS pronto dejará de existir” fue el detonante titular de la portada del diario Pueblo (órgano de la Delegación Nacional de Sindicatos) el 6 de abril de 1957. Era el resumen de la primera entrevista que el ministro de la Vivienda concedía a los periodistas. En realidad Arrese no dijo nada parecido, sino que se combatirían los abusos en los precios de la vivienda, etc. El titular fue extraordinariamente profético, pues se publicó exactamente en el momento en que la compraventa de pisos se disparaba y avanzaba para ocupar el lugar central de la economía española, conocido como “el ladrillo”. Las clases trabajadoras iban a hacer un gigantesco esfuerzo, pagándose la casa y de paso subvencionando todo lo demás, todo el resto de la economía, enfilada a sucesivas burbujas. Los gastos de vivienda, que siempre habían sido secundarios en comparación con la comida e incluso el vestido, se dispararon. Los españoles se dividieron entre los que estaban “dentro” (con la casa pagada o con posibilidades de pagarla) y los que estaban “fuera” (malviviendo de alquiler). La burbuja inmobiliaria estalló con estrépito en 2007/2008, cuando el precio de los pisos dejó de crecer a toda velocidad, año tras año y se desplomó.
1- NO-DO, 26 de agosto de 1957: “Obra constructiva” en rtve.es/filmoteca/no-do y ABC, 20 de agosto de 1957.
2- Diario Pueblo, 8 de mayo de 1957.
3- Datos de José Candela Ochotorena en «El franquismo y el triunfo de la vivienda en propiedad: las periferias obreras de Barcelona (1939-1975), por Manel Guàrdia, José-Luis Oyón, Maribel Rossell, David Hernández-Falagan y Joan Roger. Del proyecto de investigación ‘La revolución del entorno cotidiano obrero y popular. Vivienda y espacio urbano en el distrito de Nou Barris de Barcelona, 1950-1975’ (Plan Nacional,
HAR2017-82965-R).
4-Viviendas Protegidas. Una obra de la Falange. Folleto editado por la Jefatura Provincial de Propaganda de Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S. – Málaga, 1941.
5- Jesús López Díaz: La vivienda social en Madrid, 1939-1959. Espacio, Tiempo y Forma, Serie VII, Hª del Arte, t. 15, 2002.
6- Revista de Arquitectura, nº 109, 1951.
7- Madrid y el inmigrante. 1. El crecimiento, por Emilio Larrodera. Revista Nacional de Arquitectura, nº 83, 1965.
8- Edificios prefabricados en los años 60: Propuesta de mejora de la envolvente del edificio situado en la Rambla marina, 100-108 de Bellvitge (Memoria). Proyectista: Fco. Javier Garcia Zumaquero. Director: Manuel Agustiño Otero. Convocatoria: Junio 2012. Escola Politècnica Superior d’Edificació de Barcelona. Universitat Politécnica de Catalunya.
Asuntos: Vivienda
Tochos: El museo del franquismo
