
La idea general del turismo en los primeros tiempos del franquismo: un guía muestra un monumento a un grupo de visitantes de aspecto serio. Viñeta del libro de propaganda «30 millones de españoles», publicado por el Banco Exterior de España en 1959.
La fórmula quedó establecida en un cartel de 1930 del Patronato Nacional de Turismo. Bajo la imagen de la Giralda al fondo, enmarcada por palmeras, cielo de azul intenso y arcos morunos, la oferta resultaba irresistible: “Le confort de l’Europe – La luxuriance de l’Afrique – vous attendent en Espagne” (El confort de Europa – La exuberancia de África – le esperan en España). Veinte años después, un folleto de la Dirección General de Turismo insiste en la idea, que quedó ya troquelada para las décadas siguientes: “el encanto de Oriente y el confort de Occidente”. Richard Ford, que recorrió toda España un siglo atrás y halló mucho Oriente pero poco confort, no habría podido estar más de acuerdo.
La Dirección General de Turismo publicó en agosto de 1939 detalladas normas para que la parte “confort de l’Europe” estuviera asegurada. Recogiendo las quejas y los estereotipos de los anteriores turistas por las bravías tierras de España, la circular ordenaba una limpieza escrupulosa de los establecimientos (la cual, con el lenguaje característico del franquismo inferior, se “vigilaría estrechamente” y sería objeto de “severos castigos” si no llegaba al estándar exigido), que el personal al cargo se afeitara todos los días y que los espejos se colocaran a mayor altura, en atención a los visitantes extranjeros de una raza literalmente superior (1). Por entonces la D.G. de Turismo dependía del Ministerio de la Gobernación, dedicado al control de la Administración y del orden público.
El recelo de Lytton Strachey, cuando visitó a Gerald Brenan en Las Alpujarras en 1920 y tuvo que regresar enseguida a Londres, horrorizado por la comida local, demasiado rica en ajo y aceite de oliva para su gusto, era compartido por la D.G. de Turismo, que atrapada entre el nacionalismo culinario oficial y la necesidad de captar Stracheys, ordenaba servir comida española de calidad, evitando “condimentos excesivamente fuertes y desconocidos fuera de España”. El ajo y el picante se condenaban, pero el aceite de oliva sí se podía usar, siempre que fuera de la mejor calidad. Muy lejos todavía de su consideración como alimento panacea, que adquirió a finales del siglo XX, el aceite de oliva siguió siendo visto como un elemento negativo para el turismo. La influyente Guía Fielding de 1961-62 previene al incauto visitante sobre el “strong, coarse, harsh” (demasiado fuerte, áspero y en definitiva hostil) aceite de oliva usado habitualmente en las cocinas españolas, y sugiere al turista que insista en que todo sea preparado en mantequilla (“cooked in butter”), arrojando por la borda así más de la mitad de la cocina ibérica (2). Era una muestra de la interminable lucha entre confort familiar y autenticidad exótica que determina el rumbo del turismo.
El franquismo inició la explotación del filón turístico español partiendo de cero, cuando la guerra civil todavía no había terminado. En 1938 se organizaron unas rutas turísticas de guerra en el norte de la Península, versiones adelantadas a su tiempo del tanatoturismo o turismo macabro. En ellas los pocos visitantes, mitad viajeros excéntricos y mitad periodistas, podían recorrer los escenarios de la guerra civil, que había terminado en aquella zona aproximadamente un año antes, incluyendo las huellas del cerco de Oviedo y el Cinturón de Hierro de Bilbao. La ruta completa, Irún-Oviedo, duraba 9 días. El modelo gustó a la Superioridad, pues implicaba grupos organizados en régimen de pensión completa, con guía asignado y un salvoconducto colectivo, traídos y llevados para que vieran exactamente lo que el Régimen quería que vieran. Luis Bolín, el responsable de Turismo en el estado nacional, tuvo que comprar 20 autocares de modelo escolar en Estados Unidos para empezar a funcionar. Con ellos y algunos hoteles y paradores supervivientes, comenzaron a funcionar las Rutas Nacionales de Guerra, un producto turístico ciertamente singular (3).
Cuando la guerra terminó, quedaron cinco meses justos hasta la invasión de Polonia, tiempo insuficiente para organizar nada, aparte de dictar unas cuantas circulares como la que se cita arriba. Hubo que esperar hasta 1945 y después, ya que, ocupados en conseguir alimento y cobijo, los europeos hicieron poco turismo hasta finales de la década de 1940. Al principio la DG de Turismo intentó seguir el modelo de las Rutas Nacionales organizadas y cerradas, de las que se trazaron docenas, regionales, temáticas e incluso sugerencias de temporada, por ejemplo para publicitar frescos lugares de veraneo en la provincia de Soria (4). Una extenuante Ruta de las Catedrales recorría ocho monumentos de grueso calibre gótico y románico en las ciudades de la cuenca del Duero. No se pretendía cantidad, sino calidad: turistas selectos traídos y llevados a través de la rica variedad artística, folklórica, paisajística y gastronómica de España (con las debidas precauciones con el ajo). Estos visitantes verían la realidad española de manera favorable, se esperaba, y la contarían al regreso a sus países, algo muy necesario en un país paria internacional como la España del franquismo inferior.
Entonces comenzaron los atascos en la frontera de Hendaya-Irún y en Port Bou. Los franceses empezaban a visitar España al volante de su propio coche, y una vez que se simplificó el papeleo que estaban obligados a cumplimentar, que al principio era prolijo e incluía visado, permiso de circulación, etc., los turistas empezaron a entrar en cantidad. En 1950 fueron menos de medio millón, en 1955 cerca de un millón y medio. Aquello, de manera inesperada, empezaba a funcionar, y no en la forma de rutas controladas de alto contenido cultural. Al principio la Superioridad no supo bien cómo reaccionar, aparte de reconocer que el turismo se estaba convirtiendo en un importante sector de la economía. Un documento oficial de 1953 insistía en que el objetivo número uno del turismo era “el conocimiento directo de una realidad desfigurada por la propaganda tendenciosa” (1), es decir un mero instrumento para contrarrestar las “campañas antiespañolas” que eran una obsesión principal del régimen. Luego se vió que a los turistas, en general, no les interesaba nada la política. En realidad tampoco les interesaba gran cosa el rico patrimonio cultural y paisajístico español. Lo que sí apreciaban en grado sumo eran los precios baratos, la calma general del país, el buen clima y las playas rodeadas de discotecas.
La motivación turística llamada oficialmente “sol y playa” explicaba a comienzos de la década de 1970 las tres cuartas partes de las visitas. La naturaleza, un atractivo de España que siempre contó con un público fiel, apenas un 2%. Las visitas culturales un 10%. Entre 1950 y 1973, año de crisis mundial y comienzo del franquismo terminal, el turismo se multiplicó sostenida y regularmente y se encauzó decididamente hacia apenas un 5% del territorio nacional, la costa de media docena de provincias mediterráneas (Gerona, Tarragona, Castellón, Alicante, Murcia y Málaga) y las islas Canarias y Baleares. No sólo era un fenómeno muy constreñido en el espacio, sino también en el tiempo, con un alto porcentaje de visitantes concentrados en julio, agosto y septiembre.
La costa útil para el turismo era de unos 5.000 km de longitud (incluyendo Baleares y Canarias). Con una profundidad de unos 10 km desde donde rompen las olas hacia el interior, Turislandia era un país de unos 50.000 km2 con una población pulsante, mucho mayor en verano que en invierno.
Esta considerable masa turística se sumó a la alta densidad de la costa del Mediterráneo, notable ya desde los tiempos del emperador Augusto. En verano, la densidad de población de Turislandia debía oscilar entre más de 1.000 habitantes por km2 en los puntos calientes (como la costa alicantina y malagueña) y unos 200 en zonas menos tocadas. La densidad media de España era de 70 habitantes por kilómetro cuadrado.
En 1973, año cumbre del turismo «franquista», se rozaron dos hitos: un turista por habitante (unos 35 millones) y una décima parte del PIB achacable al turismo.
El Régimen se encontró con una bicoca inesperada. En la década de 1930 España recibía unos 200.000 visitantes anuales, cifra raquítica comparada con los casi cuatro millones que viajaban a Italia. Nada parecía augurar la conversión de un país a la cola del turismo mundial en una gran potencia turística, pero eso fue precisamente lo que ocurrió entre 1950 y 1973. En 1940 entraron en España unos 20.000 supuestos turistas. En 1950, 460.000. En 1960, 4.330.000 (5).
La Superioridad vió con cierta perplejidad que ya no era necesario diseñar rutas, conservar monumentos, adecentar paisajes y conducir a los turistas para que vieran la cara más favorable del país. Los turistas venían solos, tenían unos requerimientos fáciles de satisfacer (un alojamiento en primera línea de playa y unos cuantos chiringuitos era todo lo que necesitaban), disfrutaban de sus vacaciones y, lo mejor de todo, regresaban a sus lugares de origen con ganas de volver y sin (al menos en apariencia) darse cuenta de que pasaban sus vacaciones en un país sometido a un gobierno dictatorial.
Los intentos de parte de la opinión pública, política y sindical de Francia, Alemania o Reino Unido por condenar el pasar las vacaciones en un país gobernado por una dictadura pseudofascista cayeron en saco roto. Año tras año, los turistas llegaban cada vez en mayor número, multiplicando su número en los mismos lugares y en las mismas fechas. La riada de visitantes creó su propio paisaje, haciendo como un molusco que segrega una concha, y el artefacto segregado fue el conspicuo y ubicuo bloque de apartamentos turísticos, un objeto singular y un abundante fósil del franquismo, que continuó su expansión y multiplicación bastantes años después de la extinción del régimen del Movimiento nacional.
En el libro “Veinte escritores españoles hablan de 25 años de paz”, un panfleto que formó parte del aluvión de propaganda del año 1964, las ilustraciones recogen los iconos clásicos del triunfo del franquismo: un repetidor de TV, el Talgo, la refinería de Escombreras, la presa de Buendía en Guadalajara, el silo de Peñafiel en Valladolid y la Universidad Laboral de Gijón. Y un bloque de apartamentos de diez plantas en la playa del Postiguet, Alicante, tapando casi por completo las bonitas edificaciones del paseo marítimo. El modelo estándar de alojamiento turístico era una torre de unas diez plantas con muchas cristaleras, donde podían alojarse de 40 a 60 familias. La fórmula podía ser un hotel convencional, un apartotel u otras maneras de empaquetar a los visitantes. Una secuencia de fotos publicada en el libro “Benidorm, ciudad nueva”, de 1977, ilustra el fenómeno de expansión del objeto bloque turístico. Las imágenes de la playa de Levante, tomadas entre 1960 y 1973, muestran una increíble proliferación en poco más de una década, desde unos cuantos edificios más bien chaparros dispersos entre la vegetación a una vista digna de Manhattan (6).
Italia (la principal potencia turística del mundo, y seguramente la más experimentada), Grecia y en menor medida Portugal también comenzaron en la década de 1960 a recibir turistas en gran cantidad. Las economías del norte y centro de Europa eran capaces de pagar salarios a una amplia franja de su población que permitían unas vacaciones pagadas en el extranjero, una especie de versión proletaria del Grand Tour. Las libras, francos o marcos destinados a este fin llegaban a las arcas de grandes empresas capaces de organizarlo todo: desde el transporte aéreo hasta el punto de destino, a las comidas en el hotel de la playa donde los europeos disfrutaban de sus vacaciones. El conjunto, el paquete turístico básico, solía durar dos semanas, con casi todo incluido. Era una enorme cantidad de dinero que se repartía entre aerolíneas, tanto regulares como chárter, transportes diversos por mar y tierra, alojamientos y servicios. El dinero circulaba en abundancia, y una parte de él terminaba alimentando empresas españolas, de la construcción, el transporte y la hostelería. Los turistas franceses en sus coches fueron complementados con visitantes que bajaban la escalerilla del avión que los había llevado en vuelo directo desde Manchester o Hamburgo hasta aeropuertos recién construidos en Málaga o Palma de Mallorca, desde donde embarcarían en autobuses que los dejarían en su resort playero en unos minutos. De los algo más de 40 aeropuertos operativos que hay en España, 9 (el 21%) se construyeron en sólo cinco años, entre 1965 y 1970.
En la Costa del Sol, entre Málaga y Cádiz, entre “bosques de grúas” podían verse las huellas de uno de los booms turísticos mayores de la historia, con más de 112.000 plazas hoteleras construidas entre 1970 y 1972. Este nuevo paisaje estaba rotulado en inglés y en parte en alemán: Wimpy Pure Beef Hamburgers, Viking Scandinavian Bakery, Orange Julius, English Tea House, Zum Blauen Bock, Hof Van Holland. Torremolinos integraba “todos los horrores del turismo salido de madre” (all the horrors of tourism run amuck) (7): cientos de hoteles, bares, restaurantes y discotecas construídos al pie de una playa emporcada por las aguas residuales de la cercana ciudad de Málaga. La Costa del Sol había pasado de recibir 70.000 visitantes en 1956 a 850.000 solo seis años después, en 1962. Otro paisaje extraordinario fue el que se creó de la nada en La Manga del Mar Menor, un estrecho cordón arenoso que separa una gran laguna salada del Mediterráneo, perteneciente a los municipios de San Javier y Cartagena, en Murcia.
La manhattanización de la costa española se unió a las sucesivas oleadas que la versión franquista de la Gran Aceleración volcaba sobre el país, como sucesivas pasadas de impresora sobre un folio, es decir la motorización, forestación, butanización, petrolización, etc. Los profesionales del paisaje, arquitectos principalmente, reaccionaron al principio con timidez, esgrimiendo la necesidad de redactar planes de ordenación urbanística y elevando algún lamento ocasional. “Tossa del Mar. ¿Quién reconoce aquí a la deliciosa Tossa de hace veinte años?” reza un pie de foto publicado en la Revista de Arquitectura en 1963.
Por entonces, la avalancha turística chocó inevitablemente con el I Plan de Desarrollo (1964-1967). Laureano López Rodó y sus secuaces no estaban tan entusiasmados con el fenómeno como lo estaba Manuel Fraga, ministro de Información y Turismo entre 1962 y 1969. Para ellos, el turismo no era una base sólida de crecimiento económico, no era algo serio como la industria. Fraga pensaba, por el contrario, que el turismo podía ser una exportación muy importante (así fue, y sigue siéndolo a comienzos del siglo XXI) y que además podía dar un gran sacudón cultural al país, en términos de acercarlo a la Europa civilizada. En cualquier caso, parecía urgente poner algo de orden en el desbarajuste que provocaba el crecimiento exponencial del turismo.
Como es tradicional, se publicó una importante norma legal que, en teoría, organizaba y ordenaba el asunto, la Ley de Centros y Zonas de Interés Turístico Nacional de 1963. En la práctica, fue una ley clásica del aceleracionismo del franquismo superior, como la de Autopistas y tantas otras, en la que los promotores de cualquier cosa que atrajera turismo adinerado obtenían cuantiosos beneficios directos e indirectos. Por si fuera poco, un anexo de la ley establecía que los proyectos ya algo avanzados tendrían preferencia en la declaración de Centros y Zonas de Interés Turístico nacional, «pudiendo dispensárseles de aquellos trámites que reglamentariamente se determinen». Fraga mismo expresó su pensamiento en un articulillo que publicó en la Revista Nacional de Arquitectura en 1964. Tras admitir un tanto a regañadientes que es importante conservar “las bellezas naturales o artificiales”, hace una descripción del paisaje turístico español digna de una novela de ciencia-ficción:
«Es hermoso el melancólico atardecer declinante sentido en soledad abrupta. Pero también es bello volver la cabeza, cuando llegó ya la noche, y descubrir en la lejanía como un nuevo amanecer de luces de neón y mercurio, autopistas fosforescentes y edificios deslumbrantes entre masas de verdura vegetal o sobre las montañas o frente al mar». (8)
El folleto “España para usted”, ilustrado por Máximo, del que se tiraron millones de ejemplares en varios idiomas, mostraba en la portada un complacido turista al que le ofrecen, literalmente, un país en bandeja. Convertir España en un país bueno para el turismo no solo implicaba construir aeropuertos, carreteras y edificios, sino también mejorar la presentación del producto, pulir ciertas asperezas de la cultura local. Los aspectos más brutales del folklore fueron prohibidos u ocultados por el Régimen; eso incluyó algunas fiestas en las que se maltrataba animales y muchas representaciones públicas consideradas soeces o indecentes. Por ejemplo, el Toro Jubilo, una fiesta que consiste en correr un animal con las puntas de los cuernos embadurnadas de pez ardiendo, fue prohibida por el Gobernador Civil de la provincia de Soria, y el Toro de la Vega, festejo que consiste en perseguir y alancear a un toro en los alrededores de Tordesillas (Valladolid) fue prohibido (en su versión sangrienta) entre 1963 y 1970, por una circular del Ministerio de Información y Turismo firmada por Manuel Fraga (9).
En paralelo, se fue creando un catálogo oficial de folklore más presentable. La Sección Femenina en concreto fabricó gran cantidad de material, convirtiendo el material original, más bien desgarrado, en Coros y Danzas perfectamente uniformados que quedaban muy bien en los festivales internacionales de música popular. Una foto publicada en el libro de propaganda “España” muestra una visión perfectamente domesticada de las bravías fiestas de San Fermín en Pamplona, con danzantes de trajes típicos con bordados de colores preparándose para actuar, mientras un turista domina la imagen grabando la escena con su cámara.
Mientras los guiris invadían España, ¿qué pasaba con los potenciales o reales turistas nativos? Los que viajaban al extranjero eran pocos, lo que daba a la balanza de ingresos turísticos un potente sesgo positivo a favor, entraban muchas más divisas de las que salían (divisa, “Moneda extranjera referida a la unidad del país de que se trata”, se usa en plural, es otro término habitual de la Lingua Francorum). Pero una proporción de los que se quedaban en el país empezaban a tener vacaciones pagadas de varias semanas, y bastantes de ellos hacían turismo “de interior”. En su versión más sencilla y barata consistía en regresar a la localidad donde se vivía antes de emigrar a la gran ciudad, a pasar unos días de descanso. Los niños urbanitas pasaban así muchos días en plena naturaleza, una circunstancia que marcó para siempre a la generación boomer. Si había algo de dinero, se podía alquilar un apartamento playero o hacer uso breve de alguna instalación hotelera.
El Régimen no obstaculizaba estas vacaciones no regladas, pero aspiraba a más. Aquí intervenía la Obra Sindical Educación y Descanso, una especie de fósil viviente de lo que fueron las organizaciones de ocio laboral nazi (Kraft dur freude) y fascista (Dopolavoro), pues descendía en línea directa de ellas. En el día a día del ocio obrero no se consiguió ningún éxito, a pesar de ideas estrambóticas como el Hogar del Productor, lugares donde se suponía que los trabajadores podían disfrutar de un descanso activo, educativo, sano y reparador, ojeando textos joseantonianos y tomando algún refresco. Eran la versión franquista de las Casas del Pueblo socialistas y los Ateneos Libertarios y a veces funcionaron en sus propios locales incautados.
En la parte vacacional hubo mejor respuesta. Se terminó creando una red de una cincuentena de Albergues y Residencias sindicales, donde las familias podían disfrutar de dos semanas de vacaciones a precio reducido. Entre 1955 y 1964 se pusieron en funcionamiento tres Ciudades Sindicales de vacaciones, basadas en la idea de bungalows junto al mar. En total podían acoger a más de 3.000 residentes. Se construyeron con un criterio estrictamente geométrico: una en mitad de la costa cantábrica (Perlora, en Asturias), otra en el meditérraneo este (Tarragona) y otra en el mediterráneo sur (Marbella, Málaga). Se suponía que esta disposición minimizaba los viajes de los productores desde cualquier punto de España (10).
En 1964, Residencias, Albergues y Ciudades dieron servicio a 80.000 trabajadores. Por ejemplo, la Ciudad Residencial de Perlora podía albergar a 16.000 personas por temporada (veraniega), unas 4.000 familias, en turnos de 15 días (11). No estaba mal, pero en total la capacidad de las instalaciones turísticas de la Obra Sindical Educación y Descanso no alcanzaba ni al 1 % de la población española. La más interesante de estas instalaciones fue probablemente la Ciudad Sindical de vacaciones de Marbella, que tenía 200 chalets diseminados construidos en estilo almeriense, encalados y rodeados de jardines y zonas verdes. Los chalets, a razón de uno por familia, eran de cuatro tipos, para familias de diferente tamaño. La Ciudad incluía una zona de servicios con comedor, campos de deportes, iglesia de arquitectura moderna y otras dependencias. Se esperaba que las familias acudieran a misa en los domingos y fiestas de guardar que incluyera su estancia.
1- Sasha Pack: La invasión pacífica – Los turistas y la España de Franco. Turner (2009).
2- Temple Fielding: Fielding’s Travel Guide to Europe. 1961-62 Edition. William Sloane Associates, Inc, New York.
3-Luis Bolín: Los años vitales (1967).
4- Isabel del Río Lafuente: Cultura y paisaje en la política turística del primer franquismo (1939-1956). Estudios geográficos, Nº 281, 2016.
5- Rafael Vallejo Pousada: Economía e historia del turismo español del siglo XX. Historia Contemporánea 25. (2002). Del mismo autor, ¿Bendición del cielo o plaga?. El turismo en la España franquista, 1939-1975. Cuadernos de Historia Contemporánea, vol. 37, 2015.
6- Mario Gaviria et al: Benidorm, ciudad nueva (tomo 2). Editora Nacional, 1977.
7- La Fay, H & Scherschel, J.J.: “Andalusia. The Spirit of Spain” Nat. Geog. Vol 147, nº 6- jun 1975.
8- Manuel Fraga Iribarne: “Arquitectura y Turismo”. Revista de Arquitectura, nº 65, 1964.
9- Juan Carlos Blanco: Cuando el Toro de la Vega estuvo prohibido por el franquismo. El País, 16 de septiembre de 2015.
10- Ricardo Carcelén González: Ciudades de vacaciones de Educación y Descanso: cuando la clase obrera española se hizo turista. Universidad Politécnica de Cartagena (España). PASOS. Revista de Turismo y Patrimonio Cultural. Nº 5. Octubre-Diciembre de 2019.
11- “Parques sindicales para Asturias” ABC, 22 de agosto de 1965.
Asuntos: Turismo
Tochos: El museo del franquismo
