
De la portada del suplemento que TeleRadio dedicó al coloquio sobre el Plan de desarrollo. Nº 288, junio de 1963.
El 12 de junio de 1963, el I Plan de Desarrollo Económico y Social para 1964-1967 se presentó de manera ultramoderna, mediante un debate (oficialmente Foro) televisado que fue bastante visto (el equipamiento en receptores de TV ya era considerable). Descartando el presentador (Victoriano Fernández Asís, el Walter Cronkite del franquismo), el Comisario del Plan (Laureano López Rodó) y un periodista influencer (Emilio Romero, director de Pueblo), los cuatro restantes representaban las fuerzas económicas del país y daban una idea del peso relativo de estas fuerzas: dos aristócratas –José María Oriol y Urquijo, marqués de Casa Oriol, presidente de Hidroeléctrica Española, y Jaime Gómez Acebo, marqués de Deleitosa, presidente del Banco Español de Crédito–, un jerarca del sindicato único –Nicolás de las Peñas, vicesecretario de Ordenación Social de la Organización Sindical Española– y un representante del pueblo, Pedro Rodríguez, oficial primero en los talleres de Construcciones Aeronáuticas (1).
Intrigado ante la presencia de un obrero auténtico en el plató, el presentador le asestó un par de preguntas que difícilmente podría haber hecho al resto de la concurrencia:
“P. –¿Cómo trabaja usted ahí? ¿Qué hace usted?
R. –Trabajo como mecánico de reparación de aviones.
P. – ¿Eso lo hace usted con plena competencia y conoce usted a fondo su oficio?
R. – Creo que sí.”
Oriol Urquijo abrió el fuego planteando la gran pregunta: “Plan” suena a “planificación” y eso apesta a Rusia soviética y a socialismo, vino a decir. López Rodó tranquilizó al gran empresario. Lejos de haber comunismo por ningún sitio en el Plan de Desarrollo, lo que había era un plan fundado en la economía de mercado, verdaderamente democrático, “en el sentido en que es la voluntad del pueblo consumidor, con sus preferencias y sus predilecciones, la que marca la pauta del desarrollo”. El Plan obligaba solo al sector público, la empresa privada podría hacer lo que le diera la gana, resumió el Comisario del Plan.
El representante de la banca expresó su preocupación (infundada, aclaró en seguida López Rodó) por un posible aumento de la presión fiscal. El representante de los trabajadores planteó una pregunta “quizá un poco egoísta”: ¿qué ganaría el obrero con el Plan? Más puestos de trabajo, mejores salarios y, algo más nebulosamente, “promoción social”, respondió el Comisario. El banquero alertó entonces contra “elevaciones ficticias de salarios”, es decir, no ligadas a “un aumento de la productividad”.
Tras un rato de estas divagaciones, López Rodó agarró un puntero y utilizó unos cuantos gráficos pegados a la pared del estudio de televisión para resumir la sustancia del Plan. El más fácil de apreciar era el del cambio de ocupación de la población activa. Un ejército de campesinos sale de un paisaje rural y se encamina a un paisaje industrial sobre la leyenda “La agricultura cede a la industria y servicios 340.000 personas”, en la previsión de 1962-1967. Era un vuelco importante.
Ya no se trataba de plantar árboles, establecer regadíos, llenar embalses, construir silos o carreteras, o “redimir” zonas concretas, como en el Plan Badajoz o el Plan Jaén. Llegaba la hora de una perspectiva superior, diseñada ya en términos de la nación en su totalidad, y ya no cuantificable solamente en hectáreas transformadas o toneladas fabricadas, sino en indicadores algo más esotéricos, de riqueza nacional, productividad y en general poderío económico. Es decir, desarrollo a toda máquina dentro de un orden político férreo.
El objetivo último, visión o misión del Plan de Desarrollo Económico y Social 1964/1967, en las palabras de Laureano López Rodó, era nada menos que conseguir un Producto Interior Bruto por habitante de 1.000 dólares al año. Cuando se llegara a ese momento mágico, la subversión de las hordas marxistas y anarquistas no tendría nada que hacer. España se transformaría en un sólido país listo incluso para alguna versión vigilada de la democracia.
Formalmente, el asunto del Plan comenzó en 1962, cuando se creó la Comisaría del Plan de Desarrollo (dirigida por López Rodó entre 1962 y 1973), el mismo año en que se publicó el importante Informe del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, solicitado el año anterior por el gobierno español, subtitulado ”El desarrollo económico de España”, repleto de recetas y recomendaciones para la “expansión y modernización de la economía española” y que funcionó como la justificación y preámbulo del Plan de desarrollo. Por entonces, el franquismo no daba un paso en la economía sin la aprobación de una nutrida representación de expertos internacionales.
Por entonces los grandes planes de desarrollo estatales eran la norma mundial. Cuatrienales o quinquenales, todos ellos establecían la posibilidad de diseñar el futuro. Todos establecían posiciones de partida de los diversos aspectos de las economías nacionales y fijaban metas, cuantificadas: desde consumo de carne a kilovatios hora por habitante. Y por encima de todo el PIB, que dividido por los habitantes del país daba idea casi infalible de su posición en la jerarquía mundial.
El Plan arrancó por lo tanto en un contexto internacional muy favorable. Las ideas dominantes, tal como se expresaban en artículos ilustrados en la revista Life, mostraban las fases ineludibles del desarrollo económico, siguiendo las cuales cualquier país, por muy atrasado y pobre que fuese, podría proporcionar a casi todos sus ciudadanos bienestar, lavadoras y frigoríficos, motocicletas, tal incluso un coche, combinando sabiamente la planificación económica no-comunista con el dinamismo de la iniciativa privada. Se entendía que el proceso tenía lugar bajo la tutela benévola de los Estados Unidos. La plantilla del Plan la proporcionó Francia, que llevaba desde 1947 aplicando sucesivos Planes de desarrollo, desde el primero y famoso Plan de modernisation et d’équipement (plan Monnet) 1947-1953.
Próximo el año 1964, importante porque en él se cumplía el 25 aniversario de la derrota de la República (oficialmente los XXV Años de Paz), el Régimen se sentía lo bastante seguro como para abandonar casi por completo la retórica fascista-surrealista de sus primeros tiempos, sustituyéndolo por un argumentario “frío” muy centrado en las estadísticas, aflojar los aspectos más brutales de la represión y tocar en la puerta de Europa y su Mercado Común.
Según la ley correspondiente, el Plan de Desarrollo tenía el objetivo bastante ramplón de “conseguir la elevación del nivel de vida de todos los españoles” (siguen otros al viejo estilo: justicia social, libertad y dignidad de la persona, etc.). Tras poner a toda la Administración del Estado en todos sus rangos y escalones al servicio incondicional del Plan de desarrollo, el texto legal se apresura a tranquilizar al capitalismo: “Las previsiones y objetivos consignados en el plan no constituyen obligaciones para el sector privado […] (2) ” El flanco laboral estaba bien cubierto, a cargo de la Organización Sindical, “como entidad representativa de empleados y trabajadores” (los Sindicatos Verticales reunían a empresarios, técnicos y obreros en una jerarquía feliz organizada en 26 ramas de producción, desde “Madera y Corcho” a “Actividades Diversas”). El Plan se anunció en los medios de comunicación como un extraordinario esfuerzo nacional dentro de un orden, en el que todo el mundo tenía algo que ganar.
España era una dictadura, contaba con equipos de tecnócratas bastante buenos (aparte de la infatigable dirección de López Rodó) y el petróleo era barato y fluía casi literalmente a chorro vivo. ¿Qué podía fallar?
El mecanismo del Plan consistía en sacudir todo el ecosistema económico español inyectando en él gran cantidad de energía fósil, tecnología, “saber hacer” (proporcionado por un enjambre de consultoras y misiones internacionales) y por supuesto dinero, a base de capitales extranjeros, remesas de los emigrantes e ingresos del turismo. Había que importar gran cantidad de cosas, como fertilizantes, maquinaria, y por encima de todo petróleo. Todos estos ingredientes se agitaban en una salsa de productividad (palabra mágica de la época y después) y producían desarrollo, desde la multiplicación de tractores, coches y frigoríficos al incremento del consumo de carne y de gas butano. El Gobierno proporcionaba incentivos fiscales y exenciones de tributos, estímulos diversos en dinero y crédito y las empresas y sus agrupaciones entraban al trapo. También proporcionaba las metas, prolijas listas de objetivos de producción.
“Habrá que impulsar el consumo de gasolina”, declaraba ingenuamente en un apartado la norma legal que resume el I Plan de Desarrollo Económico y Social para 1964-1967 (1). Resulta que había tantas refinerías en operación y en construcción que la oferta prevista de combustible petrolífero superaba de largo la demanda. El consumo de gasolina creció a toda velocidad, superando las previsiones del Plan.
También había que duplicar el consumo de azúcar, y hacer “un aumento espectacular” del número de máquinas agrícolas. Uno se podía imaginar pasar de la triste situación de 1962, un tractor solitario por cada 240 hectáreas, a un saludable embotellamiento de tractores. Esta escala ascendente funcionaba en todos los aspectos que se puedan imaginar. Como dijo en televisión el Comisario del Plan, Laureano López Rodó, “se trata de ir a más” (1).
El Plan fijaba metas realmente vistosas, y las justificaba como una manera de acercar España al nivel de los países civilizados de Europa. En el caso del azúcar, había que pasar de poco más de 16 kilos por habitante y año a 31,2 kilos en 1967, “cifra bastante cercana al promedio europeo”. Se trataba de duplicar el consumo del actual enemigo número uno de la dieta sana, en apenas cinco años.
Toda esta multiplicación de azúcar, tractores, gasolina y muchas cosas más debía funcionar a escala nacional, pero la influencia francesa se notó en un elemento especial, la aspiración (más bien teórica) al desarrollo regional. Se suponía que las partes más “atrasadas” del país debían recuperar terreno y acortar la distancia que las separaba de las regiones ricas, dentro de la elevación general de la riqueza de la nación. A comienzos de los años 60 la concentración industrial era notoria en sólo tres provincias (Madrid, Barcelona y Vizcaya) y gran parte del resto era lo que se llamaba un completo desierto industrial (y más tarde demográfico). El horror que sentía el Régimen por cualquier división operativa de España en regiones frustró este apartado del Plan.
La solución no-regional que planteó el Plan fueron los polos (“punto destacado que atrae la atención o el interés”), planteados como desencadenadores de círculos virtuosos de desarrollo industrial, puntos de ignición económica, lugares calientes donde la concentración de energías fósiles y de tecnología multiplicaría la producción.
Los Polos de Desarrollo estaban pensados para puntos de rentas bajas, con algo de industria previa (en el I Plan de Desarrollo se crearon los de Sevilla, Zaragoza, Valladolid, Vigo y La Coruña). Los Polos de Promoción pretendían actuar partiendo de la nada, en zonas sin tradición industrial pero con recursos suficientes. Fueron en principio los de Burgos y Huelva.
ABC publicó en enero de 1964 el mapa de estas chinchetas industriales que se iban colocando sobre el mapa de España, con un largo comentario sobre las razones de su localización. No es casualidad que los bastiones republicanos de la guerra civil, zonas industriales tradicionales, estuvieran excluidos de antemano de los estudios para localizar los Polos: Asturias, Cantabria, País Vasco, Cataluña, Valencia y Madrid. Navarra también fue excluida, pero porque su seudoautonomía foral le permitió hacerse una especie de mini-plan de desarrollo a medida. En el resto, equipos de consultoría barajaron datos para fijar localizaciones, basadas en diversas consideraciones. Por ejemplo Huelva estaba conectada con una gran zona minera y tenía grandes recursos de madera de eucalipto, además de tener un buen puerto, mientras que Zaragoza estaba equidistante de “Madrid, Barcelona y Vascongadas, es decir, de los principales centros de actividad económica del país” (4).
El Plan de Desarrollo era tecnocracia fría, pero no se permitía olvidar que España era una dictadura. Los polos se «concedían» a las «provincias favorecidas». Según se informó, «se han producido manifestaciones populares de júbilo en Burgos y Huelva y han sido enviados numerosos telegramas de gratitud al Jefe del Estado, al vicepresidente del Gobierno, al ministro subsecretario de la Presidencia del Gobierno y a otras personalidades, por los gobernadores civiles y demás autoridades de las provincias favorecidas» (4).
Existían otras fórmulas: polígonos industriales, polígonos de descongestión industrial (para rarificar zonas industriales demasiado densas, como Madrid y Barcelona), zonas de preferente localización industrial (en zonas “a redimir” (Tierra de Campos, Canarias, Campo de Gibraltar, etc.) o con graves problemas sociales (Mieres, Langreo). Al final puede decirse que ninguna población de cierta entidad careció de su propia versión de proyecto de parque industrial.
En enero de 1966 Laureano López Rodó pudo demostrar matemáticamente (con datos de 1965) que España ya no era un país subdesarrollado. Sea un país con una renta nacional de 1,12 billones de pesetas y una población de 32 millones. La renta por habitante sale a 35.629 pesetas, es decir (al cambio de 60 pesetas por dólar U.S.A.), 594 dólares anuales. Como “la frontera del desarrollo” está en 500 dólares, “los españoles hemos dejado atrás la pobreza”, cómo se quería demostrar (5). Superar los 500 dólares era un jalón de la perfectamente ortodoxa hoja de ruta de España hacia la prosperidad.
Esta ruta única tenía una traducción directa en el paso a una vida cotidiana de alto consumo de energía, mediante “la motorización, la neverización, butanización y electrificación de los hogares españoles” y funcionaba en la práctica en una secuencia particular, que se propagaba siguiendo estas etapas: “En principio fue el piso. Luego entró la nevera; después, el calentador de agua a gas butano; más tarde, el televisor y el teléfono. Ahora, el matrimonio… empieza a guardar su dinerín para adquirir una “Vespa” con sidecar. Y de allí, ya se sabe, pasarán al “600” de segunda mano, que esta es la escala del progreso de los obreros españoles de hoy” (6). Todo la maquinaria del franquismo confluia en el piso en propiedad, más bien pequeño, formando un ecosistema doméstico con cada vez más aparatos y más botones que pulsar.
“Julián… ahorró primero con todas sus fuerzas para ir ya a la boda sobre el seguro de un pisito propio en el barrio del Pilar”(6). Los Julianes eran el nuevo tipo de trabajador alentado por el Régimen: sólidamente amarrado a una hipoteca de por vida y a las innumerables letras (recibos) de electrodomésticos y del cochecito que tendría que pagar.
En 1966 las familias todavía dedicaban la mayor parte de su hacienda a pagar la comida (que se llevaba casi la mitad) y el vestido (trajes y zapatos se llevaban más del 15% del dinero disponible). La casa (un 14% aproximadamente del gasto total, menos que el vestido) y el transporte (un 4%) no eran todavía el principal quebradero de cabeza de las familias, pero eso iba a cambiar con bastante rapidez. A finales de la década de 1970, coincidiendo con la extinción del franquismo, casa y coche ya era la tercera parte del gasto total, mientras que la comida y el vestido habían retrocedido a menos de un 40% en total. El gasto en comida se desplomó literalmente, como corresponde a las economías domésticas de un país desarrollado.
Los tres planes de desarrollo que tuvieron alguna consecuencia práctica fueron el I (1964/1967), el II (1968/1971) y el III (1972/1975).
En el último, el Gran Salto Adelante tropezó con estrépito con la crisis petrolera de 1973, y se extinguió poco después (hubo intentos fallidos de hacer funcionar un IV Plan de Desarrollo).
¿Qué hubo al final? Sea lo que sea que mida el PIB, este indicador se disparó, sobre todo al principio, cuando hubo cuatro años consecutivos en que superó el 10% de crecimiento anual. La población se homogeneizó en estándares de vida. El territorio se hizo más heterogéneo y de grano cada vez más grueso; de mosaicos de parcelitas variadas a grandes extensiones monotemáticas dedicadas al cultivo de cereal, o al turismo, o a cualquier otra cosa. Los cambios en la vida cotidiana cambiaron el paisaje –por ejemplo, la generalización del gas butano tuvo mucha parte en el abandono del monte, cuya leña ya no se necesitaba–.
Los polos (de desarrollo, de promoción, etc.) funcionaron bien donde había una semilla previa industrial-mecánica (por ejemplo, fabricación de automóviles, en Vigo –Citröen– y en Valladolid –Renault–) y menos bien cuando se intentó organizar casi de cero una industria químico-energética a lo grande (caso de A Coruña y Huelva).
Una consecuencia a largo plazo fue el culto cargo del polígono industrial. No hay ninguna población que no tenga unas cuantas parcelas urbanizadas, pavimentadas y con acometidas de agua y electricidad, con la esperanza de que eso “atraiga a la industria”, como los aldeanos de Melanesia construían aeropuertos de maleza para atraer a los aviones cargueros estadounidenses.
1- TeleRadio, suplemento al núm. 288 – 1 al 7 de julio de 1963.
2- Ley 194/1963, de 28 de diciembre, por la que se aprueba el Plan de Desarrollo Económico y Social para el período 1964/1967 y se dictan normas relativas a su cumplimiento. El artículo continúa: “…salvo que se establezcan por Ley o cuando se acepten libremente en función de los beneficios o incentivos otorgados por el Estado y demás Entidades públicas”.
3- En Jesús Prados Arrarte: Plan de desarrollo de España 1964-1967. Exposición y crítica. Tecnos, 1965.
4-ABC, 26 de enero de 1964.
5- Crónica de un año de España (18 de julio 1965-18 de julio 1966). Servicio Informativo Español (1966).
6- Veinte escritores españoles hablan de 25 años de paz. Documentos informativos, Servicio Informativo Español (1964).
Asuntos: Economía
Tochos: El museo del franquismo
