El año que duró 35 años

El campo de deportes de San Mamés durante un acto gimnástico (aparentemente de la Sección Femenina) celebrado como parte de las Fiestas de la Liberación de Bilbao (II aniversario), junio de 1939. Biblioteca Digital Hispánica.

Este año el Carnaval viene con frío, al parecer seco, pero da lo mismo, porque sus fechas son en la vía pública iguales a las demás del año.

SIC: Madrid al día. ABC, 16 de febrero de 1949

Kilómetro cero del año en la Puerta del Sol

Sonaban los cuartos y las doce campanadas en el reloj de Gobernación, retransmitidas por Radio Nacional de España, y el año empezaba. El reloj estaba colocado en una torrecilla sobre la antigua Casa de Correos de la Puerta del Sol de Madrid, luego Ministerio de la Gobernación y durante el franquismo la Dirección General de Seguridad, conocida como la degeese, con sus pavorosos calabozos en los sótanos donde se golpeaba y torturaba a los detenidos, que recibían algo de luz por unas aspilleras negras al nivel de la acera. A diez metros por delante del reloj estaba el kilómetro cero de las carreteras españolas. Así, con orden y gobierno, en un punto perfectamente central, comenzaba el nuevo año. Otra cosa era la juerga en la plaza, que solía ser desbordante.

Reyes, civiles y militares

Pocos días después los niños recibían juguetes, en cantidades crecientes a medida que el franquismo avanzaba en PIB per cápita, y tenía lugar una fiesta importante, si bien privada para el elemento castrense: la Pascua militar. Creada por una tradición de regalitos en el día de Reyes de Fernando VII a su guardia pretoriana, se consolidó durante el franquismo como una ceremonia múltiple de adhesión al Generalísimo en todas las unidades militares del país, con su epicentro en la recepción en el Palacio de El Pardo, atiborrada de tenientes generales. El Caudillo y sus sub-caudillos militares expresaban solemnemente su confianza mutua mediante discursos rituales y luego se iban a comer.

Los aciagos días de carnaval

Las carnestolendas en general eran un problema para el franquismo, que no tenía nada en contra de las romerías a la vera de una ermita, sana diversión de aldeanos vestidos de traje típico bailando en prados soleados, pero sí contra “actos obscenos, lascivos y en general corruptores de la juventud”, como decía el Gobernador Civil de Soria en una circular de enero de 1940 detallando la aplicación de la Orden de prohibición del carnaval.

La Orden del Ministerio de la Gobernación, firmada por Serrano Suñer el 12 de enero de 1940, prolongaba para la eternidad el triste estado mental de la guerra: “Suspendidas en años anteriores las llamadas fiestas de Carnaval, y no existiendo razones que aconsejen rectificar dicha decisión… Este Ministerio ha resuelto mantenerla y recordar, a todas las autoridades dependientes de él, la prohibición absoluta de la celebración de tales fiestas (1).

La posibilidad de que las máscaras se metieran en casas particulares para dedicarse al desenfreno estaba prevista: no se podía organizar “ningún baile en local cerrado por Sociedades o empresas de recreo que con anterioridad venían celebrando todos los años”. Paradójicamente, la Circular nº 21 del Gobernador Civil pintaba la extraña imagen de una Sodoma y Gomorra en el congelado invierno soriano. Como era característico del franquismo, sucesivas órdenes y circulares dejaron claro que, si bien la fiesta seguía oficialmente prohibida, se podía celebrar siempre que se hicieran con discreción y, ya en plan Groucho Marx, se podían hacer los carnavales tomando la precaución de “que no tengan carácter carnavalesco” (de la circular de la Dirección General de Seguridad de 1957), recuérdese que años después se permitió el uso de la píldora anticonceptiva, pero solo si no se usaba con fines anticonceptivos. Lo que sí estaba prohibido “de modo absoluto” era circular por la vía pública con antifaces o máscaras. Como apuntó José María Pemán, el carnaval aplastado renació como una lagartija cuando la pisan y se reencarnó en otras fiestas aparentemente más serias a las que “carnavalizó”, existiendo la sospecha de que su antítesis, la Semana Santa, era una de ellas.

Con los años los carnavales volvieron a rebrotar, en Cádiz bajo el disfraz de Fiestas Típicas Gaditanas y en otros lugares bajo el camuflaje de Fiestas de Invierno. En Lanz el antiguo carnaval del Miel Otxin volvió gracias a Julio Caro Baroja, que lo investigó, organizó y convenció al gobernador civil de Navarra para que lo autorizara, en 1964, 28 años después del último, celebrado en 1936. El 5 de febrero de 1977 se celebró el solemne entierro de las Fiestas Típicas Gaditanas y regresó el Carnaval legítimo.

El Carnaval se podía barrer de un plumazo, como se hizo, pero ¿qué se podía hacer con las innumerables fiestas populares, desde las grandes a las de las pequeñas aldeas? Una solución fue, en el franquismo inferior, la obligación de pedir permiso para cualquier celebración al Gobernador civil, que decidía sobre la base del informe de la Guardia Civil local. La mayoría de los peticionarios aludían al carácter inmemorial de la actividad festiva que había que aprobar o denegar, aunque se hubiera inventado una década antes. En segundo lugar, las fiestas locales se tunearon con un sólido programa de actos religiosos y procesiones con hombres armados y uniformados rodeando las imágenes sagradas. Eso era fácil, pues todos los pueblos tenían su virgen, santo o devoción. En tercer lugar, se podían autorizar las verbenas, bailes, romerías y actos similares, pero en plan sano y confraternizador, sin peleas entre mozos locales y forasteros ni actos sicalípticos.

En general las fiestas se domesticaron hasta donde se pudo. Era la continuación dictatorial de era un proceso que había comenzado a comienzos del siglo XX, cuando se comercializaron cada vez más y se reconoció su potencial interés para el turismo, aunque las fiestas donde se corría la pólvora, como La Descarga de Cangas del Narcea, en Asturias, tuvieron que poner nervioso al Gobernador Civil.

Ya en el franquismo superior se dio la paradoja de que fiestas bárbaras como el Toro de la Vega (Tordesillas, Valladolid) fueron prohibidas por su imagen poco civilizada (en 1963), recuperadas y vueltas a prohibir por el gobierno en 2015.

El carnaval era la principal fiesta negativa del franquismo, pero había otras, como el 14 de abril, cuya celebración clandestina (ya en el franquismo muy tardío) consistía en salir a pasear tres amigos con jerseys de color rojo, amarillo y morado. El primero de mayo era otra de las fechas negativas del franquismo (véase abajo).

El culto a los muertos

Había cinco actores importantes en los rituales funerarios del franquismo. Por orden de importancia eran el militar, el eclesiástico, el falangista (en sentido amplio, el Movimiento), la autoridad civil y el pueblo llano. Hubo algunos roces poco importantes, como cuando el cardenal Segura, arzobispo de Sevilla, se negó a permitir la celebración de misas de campaña en las concentraciones de la Falange, con el argumento de que incrustar una misa en un espectáculo público era una profanación sacrílega (2). Pero en general los obispos hacían con naturalidad el saludo fascista y los falangistas se arrodillaban ante las imágenes sagradas.

El decorado tipo del culto a los muertos se creó pronto, y solía consistir en algo de arquitectura efímera de color oscuro o francamente negro con algunas pocas palabras y símbolos en dorado o rojo, con una gran cruz blanca en medio como símbolo de los mártires, oficialmente los Caídos por Dios y por España. Como señala Zira Box en España, año cero, los muertos estaban ahí, atentos y vigilantes, bajo las cruces en las fachadas de las iglesias y en los miles de monumentos permanentes que se levantaron por todo el país cuando pasó la época de la arquitectura efímera (3). Los muertos eran la suprema autoridad del régimen, su principal justificación, la estructura rígida dentro de la cual había que funcionar.

En la ciudad de Soria se levantó una gran cruz blanca con altar delante y pórtico del mismo color detrás, en el extremo oeste de la gran pradera del Alto de la Dehesa, tradicional lugar de esparcimiento herbáceo de la gente de la ciudad, que decía con orgullo “como en los parques de Londres”. El Régimen marcaba así territorio con su violencia característica, sin complejos ni contemplaciones. De esta forma la pradera se convirtió en multiusos, y pasaba de acoger escenas propias de Esplendor en la hierba a actos de afirmación del Régimen en los que participaban cientos de personas, más o menos uniformadas, mirando hacia la cruz del Alto de la Dehesa. El monumento fue inaugurado el 20 de noviembre de 1954.

Los rituales del culto a los muertos se celebraban mediante ceremonias más o menos públicas y más o menos asociadas a determinadas organizaciones, principalmente la Falange o el carlismo. Cada estamento y corporación, desde los Ingenieros de caminos a los registradores de la propiedad, tenía además ceremonias propias de conmemoración de sus muertos.

Con carácter general, el año funerario comenzaba el 9 de febrero, Día del Estudiante Caído, que conmemoraba el asesinato de Matías Montero, uno de los fundadores de la Falange, en 1934. Era festividad docente y se celebraba con un homenaje solemne y muchos uniformes en la tumba del mártir. El 10 de marzo, Día de los Mártires de la Tradición, era una fiesta estrictamente carlista, instituida por el Pretendiente de turno en 1895, y no conmemoraba ningún hecho heroico o sangriento, sino la muerte de su abuelo, exiliado en Trieste, el 10 de marzo de 1855. El franquismo la incorporó a la lista con cierta reluctancia y no le prestó más atención ceremonial que la estrictamente debida. Otras fechas importantes del culto a los muertos eran el 12 de julio, el 29 de octubre y el 20 de noviembre (ver abajo).

La Semana del Fervor Popular

El Miércoles de Ceniza (movible) inauguraba el fin del no-carnaval con la fiesta (que no se celebraba, salvo en Murcia, semanas después e integrado hábilmente en sus Fiestas de Primavera) del Entierro de la sardina. Comenzaba la época de la cuaresma con las carnestolendas vencidas y desarmadas y faltaba más de un mes para el gran espectáculo de la Semana Santa.
Todo lo deseado estaba allí: el fervor popular, encauzado en las cofradías y asociaciones correspondientes e incluso acarreando sobre sus espaldas estatuas sagradas de varias toneladas de peso, la religiosidad espectacular y dominando la vía pública, las autoridades civiles, eclesiásticas y militares acompañando las procesiones, y todo eso una semana entera y a todas horas. Los periódicos y revistas dedicaban prolijos reportajes a los rituales de la Semana Santa, que eran innumerables, pues muchas cofradías se remontaban al siglo XVI. La vida secular, o la versión de ella permitida en el franquismo, se suspendía en la semana santa. Los cines cambiaban su programación, así como la radio, televisión y periódicos, evitando cuidadosamente cualquier elemento profano o sicalíptico. Solamente Hollywood daba un respiro a la pesada atmósfera de religiosidad gracias a sus peliculones bíblicos, que se podían ver en Semana Santa e incluían carreras de cuádrigas, romanos en abundancia y Gina Lollobrigida en el papel de Dalila. Queda un resto arqueológico de esta costumbre en la programación de las televisiones autonómicas gobernadas por el Partido Popular durante la Semana Santa.

El Día de la Victoria

El primero de abril el régimen hacía su gran demostración de fuerza, con el Desfile del Día de la Victoria o abreviadamente
el desfile de la Victoria. La tribuna para el Caudillo se instalaba en la esquina del paseo de la Castellana con la calle de Lista y marcaba inequívocamente su jerarquía suprema al colocarlo en una especie de púlpito adelantado sobre la avenida. El resto de las autoridades, militares en su mayoría, se colocaban tras él y enfrente se instalaba la tribuna para la esposa del dictador y su familia. El desfile duraba un par de horas e incluia una representación de toda la gente armada de España, Ejército, Marina, Aviación, Policía Armada y Guardia Civil. Se celebró en 36 ocasiones, a lo largo de las cuales la gorra de plato del Caudillo pareció agrandarse a medida que la figura del dictador empequeñecía con la edad. El mensaje no necesitaba explicación adicional: los militares mandaban, y punto.

El Desfile de la Victoria, como festividad totalitaria por excelencia, era completamente fractal, como todas las fiestas del franquismo. El gran desfile de Madrid tenía versiones en todas las provincias, algunas muy lucidas, como los desfiles que se hacían en las ciudades sedes de Región militar, con el Capitán General a la cabeza. Las capitales de provincia de menor rango y otras localidades se tenían que contentar con paradas militares o simples misas castrenses, a veces con la incongruente imagen del obispo de la diócesis revistando a las tropas de la guarnición local.

Mientras que otros rituales del franquismo perdieron vigor con el tiempo, al perder por así decir cuota de pantalla (caso de la Fiesta de Exaltación del Trabajo o el Día del Caudillo), el Desfile de la Victoria nunca perdió gancho, y en realidad lo mantuvo e incluso acrecentó por su carácter de espectáculo público de gran formato. Los soldados a pie no habían cambiado mucho desde el primer e impresionante desfile de mayo de 1939, para el que se construyó una tribuna enorme para el dictador, a gran altura sobre el suelo, con la altura de un edificio de ocho plantas y dos únicas palabras inscritas: Victoria (una vez) y Franco (repetida seis veces).

Los soldados no variaban, pero los tanques eran cada vez más grandes y los aviones más rápidos y ruidosos. El Régimen no reparaba en gastos con el desfile, y su parte aérea adquirió mucha importancia por lo vistosa. En cierta ocasión se reunió un centenar de F-86 Sabres para que volaran estruendosamente sobre Madrid. Además, con el servicio militar obligatorio en vigor, muchos espectadores –que no faltaban– tenían un hijo o un hermano en las filas de soldados que pasaban ante ellos.

El 19 de abril, Día del Movimiento Nacional (Día de la Unificación) conmemoraba la creación del monstruo político llamado FET y de las JONS ese mismo día de 1937, en Salamanca. Se resolvía con una misa rezada, responso y ofrenda de coronas a los caídos.

Primero de mayo, la fiesta de los trabajadores

Eliminado durante la guerra civil, fue sustituido por el 18 de julio, fiesta del Alzamiento y también de Exaltación del Trabajo. El Primero de mayo recibió toda clase de descalificaciones por parte del régimen como fiesta disolvente, anarcomarxista y de clase, completamente opuesta a la idea de Comunidad Popular. La decisión del Vaticano de trasladar simbólicamente la fiesta católica del trabajo, el 19 de marzo (San José Artesano, luego Día del Padre) al Primero de mayo, con una manifestación monstruo de obreros católicos en Milán en 1955, pilló un poco a contramano al Régimen, que reaccionó no obstante como buen hijo de la Iglesia organizando un fiestón ese día para los productores españoles. Consistía en una gran “demostración sindical” en el estadio Santiago Bernabéu de estilo norcoreano, con exhibiciones gimnásticas y folclóricas. Se celebró 18 veces, en una de las últimas un coche bomba explotó en los alrededores del estadio. En el franquismo superior, coincidía con jornada de lucha obrera, que se intentaba contrarrestar con una gran oferta de fútbol y películas en la televisión.

Dos de mayo: día de la Independencia

El 12 de abril de 1937 la Junta Técnica del Estado de Burgos (el gobierno nacionalista) tuvo que legislar a toda prisa la eliminación del calendario festivo republicano, pues se echaba encima la fiesta nacional vigente por entonces, el 14 de abril. Se proclamó el 2 de mayo como nueva fiesta nacional. Poco después se sustituyó por el 18 de julio, y en general el franquismo no se sintió nunca cómodo con la festividad, pues era la única que compartía con su enemigo, la República. Durante la guerra civil y después nacionales y republicanos usaron el 2 de mayo como acicate para la defensa de España del invasor extranjero, fascista por un lado y “ruso” por otro.

Dos fiestas religiosas importantes, movibles, eran la Ascensión y el Corpus, 40 y 60 días después del Domingo de Resurrección. Caían a fines de primavera y comienzos de verano y en ellas la Iglesia solía echar el resto, con presencia de las habituales autoridades militares y civiles.

De veranear a irse de vacaciones

Las vacaciones de verano comenzaron siendo un mito en el franquismo inferior, algo que existía pero que pocos experimentaban, salvo los tradicionales veraneantes con dinero, que solían ir a pueblos frescos de la montaña próxima a su ciudad como los ingleses en la India iban a Darjeeling. Solo una súper élite veraneaba en San Sebastián, meca de las vacaciones de los ricos –el propio Franco pasaba unos días allí todos los veranos en el palacio de Ayete. El resto combatía el calor de la ciudad o a veces incluso simulaba irse de vacaciones sin hacerlo. Esto cambió en el franquismo superior, en que la creciente disponibilidad de vehículo, el aumento exponencial de la oferta turística y una disminución paulatina de los precios puso las vacaciones al alcance de cada vez más gente. En el mundo ordenado y orgánico del franquismo, echar el cierre a las ciudades, por ejemplo a Madrid, y que todo el mundo se fuera de vacaciones, era una aspiración plausible. Organizaciones como la Obra Sindical de Eduación y Descanso mantenían una red paralela de alojamientos y distracciones no desdeñable. En Marbella, una airosa iglesia pintada de blanco dominaba la ciudad de vacaciones de la Obra Sindical, donde las gentes del interior podían probar por primera vez el gazpacho y luego ir a misa como Dios manda.

Culto a los muertos, segunda parte

Tres conmemoraciones funerarias importantes de la segunda mitad del año eran el 12 de julio, aniversario de la muerte de Calvo Sotelo, el Día de los Caídos, que conmemoraba el acto fundacional de Falange en el teatro de la Comedia el 29 de octubre de 1933 y el 20 de noviembre, aniversario del fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera. La primera tuvo poco relieve popular, salvo los primeros años. El Día de los Caídos se celebró al principio siguiendo la fórmula habitual ceremonial ante una cruz de los caídos permanente o instalada para la ocasión en algún lugar céntrico, con una misa funeral y revista a las milicias falangistas. Con el tiempo la ceremonia se recluyó en alguna iglesia grande. Al estar tan cerca del día de recuerdo de los muertos, el 2 de noviembre, el régimen hizo algún intento de fusionar ambas festividades, pero sin éxito, y siguió habiendo muertos privados y muertos falangistas.

El 20 de noviembre era la fiesta mayor oficiosa de la Falange, y se solía celebrar en tres epicentros, la tumba del Fundador (era su denominación oficial) primero en el Escorial y desde 1959 en el Valle de los Caídos, el que fue su despacho en la cuesta de Santo Domingo, 3, escalera izquierda, primer piso y la cárcel de Alicante, donde fue fusilado y donde se conservaba su primera tumba. Era una ceremonia mortecina, con largas veladas a pie firme y guardias nocturnas –que a veces hacían los ministros– entre hachones encendidos y colgaduras negras.

En la última de estas ceremonias a la que asistió Franco, la número XXXVIII, a un año exacto de su propia muerte, el cansancio del redactor del periódico ya es evidente, en una breve reseña que contrasta con las páginas y páginas que se dedicaban al asunto en el franquismo inferior: “… altos organismos civiles y castrenses, “lignum crucis”, agua bendita, entrada bajo palio, corona de laurel depositada por el Caudillo sobre la sencilla sepultura del fundador de Falange (corona transportada a pie desde Madrid), asistencia nutrida de fieles, concurrencia del cuerpo diplomático, cánticos litúrgicos de misericordia y de esperanza; Pilar Primo de Rivera en destacado lugar; muchas camisas azules; “Cara al Sol”…” El redactor, José Baró Quesada, se contiene a tiempo de colocar un “etcétera, etcétera” al final de la tirada de texto (4).

18 de julio, la fiesta mayor del franquismo

El Régimen del 18 de julio celebraba con entusiasmo el aniversario de su creación, en realidad oficialmente con tres días festivos que repetían exactamente las tres jornadas del caótico golpe militar, previsto para la madrugada del 19 pero que comenzó a destiempo, la tarde del 17 en Marruecos, desde donde se extendió en sentido sur – norte a toda España. Así que el 17 era el Día de África, el 18 el Día del Alzamiento Nacional y el 19 el Día de la Revolución Española. Además de las habituales ceremonias religiosas y militares, lo más interesante del 18 de de julio es que fue declarado muy pronto Fiesta de Exaltación del Trabajo, con intención de sustituir al Primero de Mayo. La desbordante retórica del franquismo inferior hizo su trabajo, y al final la idea general es que la mejor manera de celebrar esta fiesta mayor del trabajo era haciendo comidas de confraternización entre los obreros y los patronos, sentados a la misma mesa. También estaba bien visto hacer alguna subida de sueldo ese día, o conceder alguna gratificación. La paga extra del 18 de julio (que equivalía a una semana) se consolidó a finales de la década de 1940 y todavía existe hoy, incrustada en el Estatuto de los Trabajadores. Es algo que no existe en muchos otros países y al que se alude corrientemente como “las catorce pagas”, juntando la extra de Navidad. La fiesta del 18 de julio se celebró hasta 1977 inclusive.

25 de julio, Santiago Apóstol (patrón de España)

Santiago fue fiesta nacional desde 1937, pues el año anterior cayó solo una semana después del golpe militar. Santiago Matamoros ya era de fábrica el súper santo batallador, y se suponía que las tropas, desde muchos siglos atrás, cargaban contra el enemigo invocando su nombre, Santiago y cierra España. Pieza central de la festividad era la Ofrenda al santo, que se hacía en la catedral de Santiago de parte del Estado español a la manera de compensación por los servicios prestados.

Cancelada durante las Cortes de Cádiz, restaurada por Fernando VII, suspendida por el gobierno revolucionario de 1869, reanudada por la monarquía borbónica restaurada, anulada por la segunda República y, por fin, restablecida por el general Franco en 1937, hasta nuestros días. En teoría la Ofrenda debía hacerla el mismo jefe del Estado, pero muy pocos monarcas se acercaron a Santiago de Compostela el 25 de julio para postrarse ante el santo. Franco tomó la costumbre de hacerlo él mismo, “postrado de rodillas en las gradas del altar mayor” (6) los años santos jacobeos, cuando el 25 de julio cae en domingo, costumbre que siguió fielmente su sucesor Juan Carlos I. (Su hijo Felipe VI la hizo en 2014, aunque no era año santo, para inaugurar como es debido su reinado).

En la práctica, durante el franquismo, solía ser el capitán general de Galicia el que presidía la ceremonia (7). En la Ofrenda de 1954, en la que participó una multitud que incluía desde el Generalísimo al obispo de Missouri, pasando por una sección completa vestida de gala de la guardia montada municipal de Madrid y 15 estudiantes de medicina taiwaneses, se hizo un crossover entre la festividad del apóstol y la de la Inmaculada Concepción, cuyo centenario del dogma papal correspondiente se cumplía ese año. Con motivo de esta “feliz coincidencia”, se promulgó un indulto general parcial. Versiones más pequeñas de esta fiesta se hacían en todas las ciudades y pueblos de España.

1 de octubre, día del Caudillo

A pesar de algunos esfuerzos por sacarla a la calle con actos públicos, banderas y colgaduras en los balcones, terminó siendo una fiesta privada del franquismo, algo así como su cumpleaños, solventado con recepciones del gobernador civil a todas las jerarquías civiles, militares y del Movimiento Nacional.

El Día de la Raza (Hispana)

12 de octubre era el día de la Hispanidad o de la Raza, fiesta de la virgen del Pilar, patrona de españa y capitana general. La fiesta, establecida oficiosamente desde finales del siglo XIX y formalmente desde 1918, era un verdadero contenedor festivo en el que cabía el día de la Raza, la Hispanidad, la evocación falangista del Imperio y la potente imagen de la virgen del Pilar. Además, era fiesta popular en Aragón. Actualmente es la fiesta nacional de España.

8 de diciembre, la Inmaculada Concepción

Fue la primera de las fiestas declaradas oficialmente por el nuevo régimen, el 6 de diciembre de 1936. Era una fiesta muy adecuada para la circunstancia del momento, pues la virgen era Patrona de Infantería desde 1892 y un fetiche militar del mismo rango que Santiago a lomos de un caballo blanco. El año siguiente se decretó que ese día se hiciera la Fiesta de la Banderita de la Cruz Roja, una de las más importantes de las abundantes e intimidatorias colectas callejeras que tenían que sortear los súdbitos del nuevo estado. En 1938 el cardenal Gomá dió otra vuelta de tuerca al Día la Inmaculada al declararlo Día del Cruzado [Anticomunista]. Por fin, en 1939 la Falange proclamó el 8 de diciembre, que ya empezaba a estar demasiado lleno, Día de la Madre, una copia del día de la madre pagano instituido en la Alemania nazi. Los falangistas reconocían así su deuda con el fascismo pero al mismo demostraban que eran mega católicos. (4)

Las Navidades, de la miseria a una relativa opulencia

La Navidad era el principal indicador del nivel de vida corriente cada año. En el franquismo inferior, era la ocasión para reparto de juguetes a los niños pobres y de cestas de comida a las familias en apuros, tarea de la que se encargaba la Sección Femenina y a veces la misma esposa del caudillo, capitaneando una tropa de señoras de orden. Poco a poco, la Navidad, época de excesos, fue relajando la escasez y haciéndose cada vez más copiosa. Las empresas mantenían la costumbre de la cesta de Navidad (que existe todavía, cada vez más atenuada) mitad como obsequio social y mitad como una paguilla extra a sus empleados. La composición y la cuantía de las cestas eran sometidas a un examen minucioso para saber si correspondían correctamente con la categoría social del oferente y del recipiente. Había cestas minimalistas de postín, una botella de whisky y una lata de caviar, y cestas repletas de vituallas, entre ellas el clásico cilindro de un kilo de mortadela con aceitunas que despertaba sospechas: ¿se pensarán que pasamos hambre?

Discurso de fin de año

El fin del año de la marmota del franquismo tenía un momento preciso, las diez de la noche del 31 de diciembre, cuando el Caudillo “entraba en la intimidad de los hogares” con su discurso de balance del año, bastante largo y prolijo, desde los micrófonos de Radio Nacional de España (8), retransmitido por televisión desde 1958. Ese año muy pocos hogares tenían televisor, pero casi todos tenían radio. La voz aflautada del Generalísimo llegaba hasta el último rincón del país, certificando con la frase de arranque, “Españoles, un año más…” la eterna existencia del Régimen, que daba la sensación de que siempre había existido y de que siempre existiría. Cuando el jefe del estado se callaba y sonaba la fanfarria del himno nacional, el país sabía que el año siguiente se repetiría puntual y exactamente toda la secuencia ritual del Régimen.

(1) BOE del 13 de enero de 1940
(2) Enrique A. Antuna Gancedo: LA INTERVENCIÓN DEL PRIMER FRANQUISMO SOBRE LA FIESTA POPULAR: UNA APROXIMACIÓN A TRAVÉS DEL CASO ASTURIANO (1937-1945). HISPANIA NOVA, Revista de Historia Contemporánea Núm. 14, año 2016
(3) Stanley G. Payne, El régimen de Franco, 1936–1975. Madrid: Alianza Editorial, 1987
(4) Zira Box: España, año cero. La construcción simbólica del franquismo, Alianza, Madrid, 2010. También se puede consultar en internet la tesis doctoral completa en que se basa el libro (UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID – FACULTAD DE CIENCIAS POLÍTICAS Y SOCIOLOGÍA – Departamento de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos LA FUNDACIÓN DE UN RÉGIMEN. LA CONSTRUCCIÓN SIMBÓLICA DEL FRANQUISMO: MEMORIA PARA OPTAR AL GRADO DE DOCTOR PRESENTADA POR Zira Box Varela bajo la dirección del doctor Fernando del Rey Reguillo. Madrid, 2008).
(5) ABC, 21 de noviembre de 1974
(6) ABC, 27 de julio de 1954
(7) Ofrenda nacional al apóstol Santiago (xacopedia.com)
(8) La Vanguardia, 1 de enero de 1948

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