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Una idea de la ciudad para el Movimiento Nacional 

De la portada de la Revista Nacional de Arquitectura, nº 113-114, monográfico dedicado al Gran San Blas, 1968.

El género “Hitler victorioso” es bastante popular, y produce regularmente relatos, novelas, ejercicios de historia alternativa, películas y series. Responde a una inquietante pregunta: ¿Qué habría pasado si el Tercer Reich hubiera ganado la segunda guerra mundial? El género “La República victoriosa”, es decir si la II República española hubiera ganado la guerra civil, es mucho menos frecuentado, aunque algo hay. Pero el de “Franco victorioso” es un género completamente intocado, entre otras razones porque el famoso general ganó la guerra en el mundo real. No obstante, hay algún material de la década de 1940 y después que describe cómo habría sido un franquismo fascista-falangista extra-duro, un mundo alternativo en el que el nacionalsindicalismo triunfante habría determinado grandes cambios en el paisaje y la vida cotidiana, que serían muy distintos de aquellos en los que terminó desembocando en la realidad el Régimen del Movimiento Nacional.

Uno de estos documentos de historia alternativa, y uno de los más interesantes, es el Plan General de Ordenación de Madrid de 1943 (1). El Plan describe la Ciudad de Movimiento, la transmutación completa de un caótico amontonamiento de calles y edificios en una ciudad ordenada, orgánica, jerárquizada y con una misión al servicio de España: “La Capitalidad como función suprema de la Ciudad». A partir de ahí, el Plan se viene arriba y hace una interesante descripción de la Ciudad de Movimiento. Algunas partes del Plan de 1943 son muy técnicas, pero otras (como los Ministerios de Fuerza y Espiritualidad) recuerdan a 1984, de George Orwell.

La visita de la Capital Nacional (La Ciudad del Movimiento) debe comenzar en la elevación que domina la ciudad, en el gran Monumento a los Caídos y a la Victoria del cerro de Garabitas, en la Casa de Campo. A su pie se extiende el muy amplio Salón para concentraciones nacionales, que recuerda al Zeppelinfeld diseñado por Speer en Núremberg, y de ahí, una gran vía procesional de desfiles llega a la fachada de la ciudad. La cual era importante, pues era la imagen oficial de la Capital nacional. Allí, en la cornisa sobre el valle del Manzanares, se levantan tres mega-edificios que representan la Religión, la Patria y la Jerarquía, pilares del nuevo estado. Son la Catedral, el Palacio Nacional y la Casa del Partido. Este último es la sede de F.E.T. y de las J.O.N.S., emplazado “en el solar sagrado del Cuartel de la Montaña.» Allí fue derrotada la sublevación militar en Madrid, en julio de 1936. A mano izquierda la cornisa continúa con los edificios de los Ministerios de Fuerza y Espiritualidad y de las embajadas. Tres grandes avenidas ceremoniales entran en la ciudad: la Vía de la Victoria (la conexión entre el Salón de Garabitas y la fachada), la Vía de Europa (por el norte, conexión con los fascismos europeos) y la Vía del Imperio (por el sur, conexión con África y América).

La parte más antigua de la ciudad (el recinto árabe) está conservada y protegida en plan artístico, pero el resto del casco urbano está severa y radicalmente alterado. El centro sigue una política de “reducción de densidad de trabajo, tráfico y habitantes”, son eliminadas las vías congestionadas, saneadas las manzanas de viviendas, destruidas las insalubres, etc. Toda la ciudad está cuidadosamente dividida en zonas bien delimitadas dedicadas a diversos propósitos, dentro del esquema general de Ciudad con una misión. Aparte del radicalmente remodelado casco urbano, todos los núcleos edificados en la periferia quedan “perfectamente delimitados como islas de vivienda y trabajo, sumergidos en un fondo general verde”. Sus habitantes tienen que cruzar densas cortinas de vegetación para llegar a la ciudad central, donde se supone que no se les ha perdido nada.

Madrid había sufrido mucho daño durante la guerra civil. «…a la liberación de la capital de España hallábase ésta destruida en gran parte» dijo el Ministro de la Gobernación (Blas Pérez) en la sesión de las Cortes Españolas de 25 de noviembre de 1944. Tras este desolador comienzo, el ministro tranquilizó a su público. La destrucción, vino a decir, era una oportunidad para corregir y mejorar la ciudad y elevar su rango. Cargó luego el ministro contra la plaga de los barrios dormitorios. ¿Cómo evitarlos? Con una «sistematización orgánica de barrios y distritos», es decir, creando unidades ciudadanas dotadas de una mezcla equilibrada de viviendas y servicios públicos. De esta forma, concluyó el ministro, se daría a la vida de la ciudad «un tipismo señero» (un aspecto pintoresco, pero correcto) (2).

Este importante discurso sirve para responder la cuestión sobre si el franquismo tenía alguna idea sobre el urbanismo. Las tenía en abundancia, como es lógico en un Régimen cuya obsesión era transformar España. Pero lo que era más sencillo en el campo, más dócil a la hora de dejarse regar, roturar, parcelar, repoblar, anegar, desecar, etc., tenía más dificultades en la ciudad, la cual, por definición, solía estar ya construida en gran parte. Esta evidencia no impidió a Pedro Bidagor, autor principal del Plan de 1943, resumir el objetivo del urbanismo falangista con esta frase bombástica: “La ciudad nuestra, la ciudad del Movimiento será una creación total, máximo de perfección al servicio de una misión superior: la misión universal y eterna de España” (3).

La Ciudad principal era Madrid. Era el premio gordo y al mismo tiempo la principal pesadilla del urbanismo español. Había estado casi toda la guerra civil bajo el fuego de los cañones de las fuerzas nacionales, que habían tenido dos años y medio para examinar minuciosamente la semicercada ciudad con toda clase de gemelos de campaña, telémetros y telescopios militares, precisamente desde el cerro Garabitas de la Casa de Campo. Aunque no faltaron algunas voces que sugirieron prender fuego sin más a Madrid y empezar de cero, en general se concedió que habría que partir de lo existente. En 1939 se creó la Junta de Reconstrucción de Madrid. Su misión era remodelar la ciudad, teniendo como orientación los principios de Movimiento Nacional y al mismo tiempo la reparación de las destrucciones de la guerra. Su herramienta principal sería el Plan General de Ordenación, una expresión de dominio que consiste en marcar sobre un plano lo que se debe hacer idealmente en cada sector de la ciudad, que puede ser muy diferente de lo que se hará en la realidad (4).

La fantasía falangista para Madrid era un modelo organizado y jerarquizado de ciudad, radiocéntrico y planetario, con su vértice en la Casa del Partido del cerro del Príncipe Pío y a partir de ahí fractal, con miniciudades completas como la de Palomeras, por entonces un barrio de chabolas a seis kilómetros hacia el sureste del centro de la ciudad, en la zona de Puente de Vallecas. Su descripción, tal como se publicó en 1942, muestra el modelo de la ciudad capital a menor escala. En una gran plaza central se levanta la iglesia con su torre, la Casa de FET y de las JONS “con amplia explanada para concentraciones, presidida por la Cruz de los Caídos” y el Ayuntamiento, es decir la Religión, la Jerarquía y la Patria, amén de otros edificios de menos empaque para servicios varios. Alrededor de esta plaza imponente se distribuyen, de manera planetaria y concéntrica, cinco núcleos de zonas de vivienda, con sus correspondientes grupos escolares, terminales de autobuses, parques, zonas de deporte, cuarteles de la Guardia Civil, etc. La idea era que las diferentes clases sociales vivieran juntas en armonía en la nueva ciudad de Palomeras. Los barrios segregados excitaban la lucha de clases, los barrios falangistas incluían “toda la jerarquía, desde la máxima a la mínima” (3).

Las ilustraciones que acompañan a tan fantástico proyecto recuerdan las ciudades metafísicas pintadas por Giorgio de Chirico: adustos edificios de proporciones clásicas delimitando grandes plazas vacías y sectores de largas calles rectilíneas (5).

Palomeras fue un interés temprano del urbanismo falangista. En febrero de 1940 el delegado nacional de Sindicatos, camarada Gerardo Salvador Merino, hizo interesantes declaraciones que fueron reproducidas en muchos periódicos. Según el alto jerarca, el Servicio Nacional de Arquitectura, una rama de FET y de las JONS, tenía como misión, además de la reconstrucción de los pueblos dañados por la guerra, nada menos que “la reorganización urbana de todas las grandes capitales”. Y su primer proyecto era la construcción de un poblado en el Cerro Palomeras de Madrid, un gran proyecto modelo “único en Europa” que superaría nada menos que a las ciudades construidas en el gran plan de recuperación, no lejos de Roma, del Agro Pontino, la niña de los ojos del fascismo italiano (6).

No sólo el urbanismo fascista italiano fue fuente de inspiración para el urbanismo falangista. Albert Speer parece que nunca pisó Madrid, pero su exposición – La Nueva Arquitectura Alemana– sí lo hizo, en 1942. Los visitantes pudieron contemplar planos, perspectivas y maquetas que debían comprenderse como “formando parte integrante de un planeamiento urbano total». El doctor Hettlage, factótum de Speer, resumió así la esencia de la arquitectura nacionalsocialista: «una inmensa pureza de las líneas, el empuje monumental de las proporciones, la nítida precisión de las cornisas» (7) Hasta aquí llegaron las fantasías falangistas, fascistas y nacionalsocialistas.

¿Qué se hizo realmente? No hubo monumento a la Victoria ni gran Salón de concentraciones, ni Vías victorianas, europeas ni imperiales, ni cirugía urbana radical sobre el casco de la ciudad, ni cinturones verdes. Palomeras sí terminó como algo único, pero no como ejemplo de urbanismo falangista, sino como el mayor barrio de chabolas de Europa (8).

Para hacerse una idea de lo que pudo ser la Ciudad del Movimiento, hay que visitar el extremo norte de la calle de la Princesa, donde se levanta el pesado edificio sede del Ejército del Aire y del Espacio y varios edificios del mismo estilo alrededor, destinados a viviendas militares. Al NO se alza el arco de la Victoria, con una cuádriga encima y todo, y a la derecha en la misma dirección un amplio edificio circular, previsto como monumento a los caídos, inacabado y que terminó siendo la Junta de Distrito de Moncloa. Todos estos monumentos y edificios se levantaron en la década de 1950.

En 1953 se inauguró el edificio España y en 1960 la Torre de Madrid, dos rascacielos de tipo neoyorquino, que a partir de entonces definieron la fachada de la ciudad. La catedral se inauguró en 1993. En 1972, en el emplazamiento destinado a Casa del Partido se colocó, adecuadamente, un templo egipcio de 2.000 años de antigüedad.

En 1958, la Ciudad del Movimiento volvió a la carga, en circunstancias muy distintas de las que determinaron los proyectos de la Fachada Imperial de Madrid o la miniciudad modelo de Palomeras. El disparador fue el Plan de Urgencia Social de 1957, a su vez fruto de la presión de decenas de miles de inmigrantes que afluían a la capital. Se eligió una extensa zona del este de ciudad, pintada de verde parque en el Plan General, así que el terreno resultó a bajo precio. El promotor era la Obra Sindical de Hogar (OSH). Esta vez no habría calles rectilíneas conduciendo a plazas ceremoniales; en realidad no habría calles. Las instrucciones de la OSH a los arquitectos (algunos renombrados) exigían partir de bloques de viviendas, de cinco plantas como máximo. Se prohibían los patios interiores. Los bloques se dispusieron en alineaciones variadas hasta un total de más de 10.000 viviendas, unos 50.000 habitantes del nuevo Gran San Blas, una ciudad modelo del Régimen del Movimiento.

Como ciudad independiente, habría sido la 40ª o 50ª de España. Como urbanismo, resultaba espartano: “El tratamiento del suelo es prácticamente inexistente, salvo las pequeñas aceras que llevan a los portales. Durante la primavera aparecieron al pie de las viviendas numerosos jardincillos minúsculos de iniciativa privada (9).” Gran San Blas no era únicamente una colección de bloques de viviendas sobre un descampado polvoriento. Fue un intento de crear “un conjunto urbano total”. Estaba previsto construir un montón de edificios nacionalsindicalistas que dieran cuerpo y estructura a la nueva miniciudad: La Oficina Delegación del Movimiento (una versión reducida de la Casa del Partido), el Hogar Central de Juventudes, la Residencia de Productores, la Casa Sindical, la Cátedra José Antonio y varios Centros sociales, centrales y de barrio. Incluso estaba planeado construir un gran monumento para centrar el barrio, al parecer dedicado al Productor Caído. La parte eclesiástica, en cambio, se dejó de lado: en 1968 solo había dos parroquias, instaladas en locales de fortuna, y ninguna iglesia construida. Sólo se levantó la Casa Sindical, un gran edificio “poco frecuentado” y de utilidad dudosa, pero con aire acondicionado, una comodidad insólita en el barrio.

Los edificios no tenían ascensores y las viviendas carecían de calefacción (muchos años después, estas faltas se convirtieron en un serio problema). Aunque cueste creerlo, el porcentaje de gastos de alquiler, contribución o compra de la vivienda era del 2,2 % sobre los gastos familiares totales en el Gran San Blas. Era del 6,8% en el conjunto urbano. Aunque el conjunto se diseñó en 1958, cuando ya arreciaba la petrolización, no se tuvo en cuenta la presencia del butano, el coche o la tv. Las cocinas fueron equipadas con armatostes de hierro forjado (cocinas económicas). Muy pronto la mayoría de las viviendas las cambiaron por instalaciones de cocina y agua caliente de gas butano, y las antenas de TV proliferaron sobre los bloques. Incluso se vió algún amago de motorización con automóviles, aunque los planificadores del barrio habían pensado en alguna que otra moto como mucho. Los ocupantes de las viviendas del barrio modelo las tunearon a fondo, cambiando su espartana distribución y añadiendo comodidades como el receptor de TV (presente en 9 de cada 10 hogares, mucho más que la media nacional), la lavadora y el frigorífico eléctrico (9). Así desembocó la Ciudad del Movimiento en hileras de bloques elevándose sobre descampados, una nueva producción de la especie humana, un nuevo paisaje.

Por fin el 21 de enero de 1961, el propio Caudillo, disfrazado de promotor inmobiliario, inauguró la Ciudad del Movimiento, o aquello en lo que se había convertido. En un extenuante recorrido de sesenta kilómetros visitó 19 nuevos núcleos urbanos , “un nuevo cinturón de cemento y cristal que rodea el perímetro de la ciudad capital de España” (10). El Gran San Blas estaba incluido en el recorrido. El reportaje de El Español, profusamente ilustrado, da las cifras de la operación cuasi militar que fue la explanación de los terrenos del barrio: 45 tractores y cuatro grandes palas excavadoras trabajando sin descanso, hasta remover un total de un millón de metros cúbicos.

El Plan General de Ordenación de Madrid, que adquirió fuerza legal en 1946, terminó siendo conocido como Plan Bidagor, por Pedro Bidagor, principal redactor y gran jefe del urbanismo español de mediados del siglo XX. Lejos ya de las descripciones casi oníricas de la Ciudad del Movimiento, contenía muchas páginas de planos y mapas. Poco a poco se implantó una idea nueva: extender el sistema de mapas de colores del Gran Madrid, donde cada partícula de terreno se clasificaba, organizaba, ordenaba y jerarquizaba, palabras todas que sonaban como música en los oídos de los ideólogos del Movimiento, a todo el territorio de la Nación. Es decir, a un Plan Nacional de Urbanismo.

En 1949 se creó la Jefatura Nacional de Urbanismo y se informó de la preparación del Plan Nacional correspondiente (11). En 1951 el mismo Pedro Bidagor, ya Jefe Nacional de Urbanismo, explicó la sustancia del Plan (12). Justo a medio camino entre la España de 1900, con sus 18 millones de habitantes, y la España del año 2000, con sus 45 millones, había que “buscar con decisión los moldes de la España del próximo futuro”: Es decir, organizar y distribuir todo ese mogollón de población. (Bidagor sobreestimó el crecimiento, los 45 millones no se alcanzaron hasta 2007). La idea general del Plan Nacional de Urbanismo era evitar las grandes aglomeraciones “inorgánicas”, ciudades de 4 millones de habitantes, anárquicas, caóticas y por ende peligrosas. Mucho mejor una ordenada jerarquía de ciudades de 0,1 a 0,5 millones. En 1930 solo había diez ciudades de más de 100.000 habitantes en España, que pasaron a ser 22 en 1950, y 36 en 1968 (13). El crecimiento urbano resultaba inquietante para el Régimen del Movimiento, que tenía fresca en la memoria que en siete de esas diez ciudades grandes el golpe militar había fracasado en 1936. Y de las tres donde triunfó el Alzamiento, Zaragoza y Granada fueron fácilmente ocupadas, pero Sevilla necesitó mucha más violencia. No obstante Bidagor, que conocía el paño, sabía que el crecimiento urbano era difícil o imposible de detener, “tampoco hay que asustarse demasiado de las grandes ciudades”.

Cinco años después del discurso de Bidagor, se dio el pistoletazo de salida de lo que se podría llamar la Urbanización Acelerada de España. En 1956, tras un largo proceso técnico, administrativo e incluso político (en el cauce limitado de la dictadura), se publicó por fin la Ley de Régimen del Suelo y Ordenación Urbana, que, como objetivo máximo y final, encargaba la creación de un Plan Nacional de Urbanismo. Algo así como un Plan Bidagor gigantesco, a escala de todo el territorio nacional. Esta Ley es la misma, con algunas modificaciones, que rige en España en 2026. Esta súperimportante norma legal era una respuesta espacial a la Gran Intensificación que comenzaba a soplar en Europa por entonces. Era la versión territorial de la Planificación que se había convertido en estándar en casi todos los países del mundo: los estados intentaban controlar un futuro en rápido cambio, propiciado por inyecciones masivas de energía fósil. Resultaba fácil redactar listas de objetivos de producción, millones de toneladas de acero o de kilovatios, y de previsiones económicas (usando la herramienta casi mágica del PIB) en los Planes de Desarrollo, pero el territorio, es decir el Plan Nacional de Urbanismo, era un hueso más duro de roer, como no se tardó en comprobar.

Arrese, ministro de Vivienda, explicó así la idea general del Gran Plan Nacional de Ordenación del Territorio, en un discurso de abril de 1957: «Un Plan Nacional de Urbanismo… que mirando a España como un todo geográfico encaminado al logro del más alto nivel de vida, estudie las nuevas órbitas de concentración y desconcentración humana” (como se ve, la retórica falangista todavía tenía fuelle). El PNU sería una visión panorámica del que saldrían los planes provinciales, comarcales y locales. La cosa quedó así por el momento (14).

A partir de las inspiradas palabras de Arrese, el PNU apareció y desapareció regularmente de la atención pública, siempre con el papel de un telón de fondo futurista del cambio ordenado, controlado y benéfico del paisaje de las ciudades del país. Es decir, justo lo contrario de lo que estaba pasando. La Ley del Suelo (nadie se acordó ya de su denominación larga oficial) legalizó el gran negocio urbanístico, el crecimiento explosivo de las ciudades. La palabra mágica era “polígono”. Ya no se trataba de ampliar la ciudad trazando calles y ensanches, sino de marcar una figura geométrica delimitada a huevo sobre el mapa de colores correspondiente, en cualquier lugar conveniente (que podía estar bien alejado del casco urbano), y marcar el objetivo: miles de viviendas apiladas de la manera más compacta posible en el espacio designado. Un Plan Parcial ad hoc, a distancia sideral de cualquier planificación territorial ordenada, legalizaba el asunto.

Poco a poco, todas las ciudades y sus áreas de influencia directa fueron disponiendo de sus planes y sus mapas. Se creó la Gran Barcelona y el Gran Bilbao siguiendo el ejemplo del pionero, el Gran Madrid. El resto de las ciudades siguieron. En 1958, el número especial de El Español dedicado a los logros del 18 de julio informaba de un Plan Nacional de Urbanismo “que atenderá a las necesidades de los españoles hasta el año 2010” (15), un horizonte de medio siglo en un momento en que el Régimen se creía eterno. Pedro Bidagor, director general de Urbanismo, llegó todavía más lejos cuando declaró “… el futuro urbanístico no espera. Se está decidiendo ahora. De lo que ahora se haga dependerá la configuración y habitabilidad de las ciudades españolas en los próximos cincuenta o sesenta años”. Lo dijo en 1969, así que estaba hablando del año 2030 (16). Lo cierto es que el impacto de la política urbanística del Régimen del Movimiento sería de muy largo alcance.

Por entonces, cuando barrios enteros surgían de la noche a la mañana (había en marcha centenares de polígonos), seguía sin haber noticias del PNU. Un artículo de 1968 titulado significativamente “La especulación del suelo” iba al grano: “Cuando se creó el Ministerio de la Vivienda, ya se hablaba de un Plan Nacional de Urbanismo que, desde entonces, ha estado –y sigue estándolo en la actualidad– durmiendo el beatífico sueño de los justos” (17). En 1972, Aragón Exprés, con un lenguaje abrupto indicador del franquismo terminal, sentencia: «El país no tiene un plan nacional de urbanismo. Ni tiene un plan provincial de urbanismo. Ni un plan regional, ni un plan local. Ni siquiera tiene la ciudad unas ordenanzas urbanísticas. Lo que tiene el país son demasiadas gentes interesadas en que no existan planes de urbanismo para seguir forrándose» (18).

Con el nombre de unidad urbanística integrada, nueva ciudad independiente, polo o polígono de crecimiento, ciudad satélite, ciudad dormitorio (19), barrio nuevo periférico, unidad vecinal, etc., el nuevo paisaje urbano seguía extendiéndose y proliferando por todo el país. Bien lejos quedaba la era del urbanismo orgánico y jararquizado falangista.

El proceso PUE (parcelar, urbanizar y edificar) seguía su curso, bajo el paraguas legal de la Ley de Régimen del Suelo y de Ordenación Urbana, que el Régimen del Movimiento entendía como un arnés legal para encauzar el brioso proceso de urbanización del país, basado en la plantilla del Plan General de Madrid o Plan Bidagor, con sus mapas de colores de sectores cuidadosamente delimitados. La idea general de la Ley del Suelo, por lo tanto, partía de una ciudad compacta y bien definida, de tamaño regular, con sus anillos verdes separando mini-ciudades completas, en las que habitaría una jerarquía feliz de ciudadanos. La ciudad bidagoriana crecería lentamente, de manera orgánica y disciplinada (20).

En 1962 el informe del BIRD (Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento), asumido por el Régimen como una biblia económica, recomendó todo lo contrario del bucólico urbanismo Bidagor: movimientos completamente libres y hasta violentos de personas, capitales e industrias por todo el país, sin consideración legal ninguna aparte de la rentabilidad. Ese mismo año la Ley del Suelo fue seriamente enmendada por una norma legal sobre valoración de terrenos (21), que autorizó la delimitación de zonas (polígonos) para urbanizar en cualquier lugar que se quisiera, sin hacer caso de ningún Plan o mapa de colores preexistente. El asunto se legalizaba mediante un Plan Parcial y listo. En los primeros 13 años de vigencia de la Ley del Suelo se pusieron en marcha 250 polígonos (22). Años después, Luis Pastor marcó un hito con su canción Plan parcial, que anima a los vecinos de los suburbios de Vallecas a unirse y defender sus derechos frente al Urbanismo Crematístico. El estribillo se hizo famoso:
¡Vamos! No lo pienses más,
¡Únete a tus vecinos!
¡que te pilla el plan parcial!
(Luis Pastor, 1977)

En 1963 La ley de centros y zonas de interés turístico asestó otra puñalada a la Ley del Suelo, al determinar que las construcciones turísticas de cualquier tamaño podían hacer caso omiso de cualquier Plan preexistente. La Manga del Mar Menor es el extraordinario fósil viviente de esta Ley. Los Planes de Desarrollo (tres fueron efectivos), por su parte, erigían polígonos industriales por doquier.

En 1970 llegaron los ACTUR (23). Un ACTUR o Actuación Urbanística Urgente era una amplia zona en la que se podían construir muchas viviendas, fábricas, oficinas, talleres y demás, de manera «integrada» y haciendo caso omiso a cualquier planeamiento anterior (24).

En 1975 llegó la hora de una reforma en profundidad de la Ley del suelo de 1956 (25). Fue una reacción del Régimen del Movimiento a un crecimiento de las ciudades que se veía como desbocado. La nueva Ley estimaba en 22 millones los habitantes que se iban a añadir a la población española entre 1975 y 2000, un gentío considerable que obligaría a parcelar, urbanizar y edificar a toda máquina. La consigna era pues facilitar el proceso masivo de construcción de la ciudad, «flexibilizar», a años luz ya de los mapas de colores bidagorianos. Es verdad que también se señalaron mejoras obligatorias del paisaje urbano (limitación de alturas, espacio reservado para parques y escuelas, etc.) Y también espacio reservado para aparcamiento, en plena motorización. O el Gobierno exageraba o se trata de una errata: en 1975 había 36 millones de habitantes (a solo cuatro del gran objetivo de 40 millones del franquismo inferior), pero en 2000 no hubo 36 + 22 = 58 millones, sino solamente 40.

El llamado Urbanismo Concertado, fase final del urbanismo del franquismo, se definió legalmente en abril de 1976, en el texto refundido de la reforma de 1975 (26). El promotor se encargaba de todo: planificar, urbanizar y edificar, una vez obtenida la concesión del poder público. Implicó “nada menos que un reparto de la superficie edificable de las próximas décadas entre varios grupos de interés de reciente formación, con base en los tradicionales grupos financieros nacionales”, escribe Juan Salcedo en 1976. Algo así como el reparto de África en la conferencia de Berlín de 1884 (27). Aprovechando hasta el último aliento del Régimen, (“en los últimos meses del gabinete Arias, las decisiones en materia urbanística parecen haber cobrado una urgencia inusitada”), se entregó a los grandes grupos financieros el control del inmenso pastel, las zonas edificables de las próximas décadas, “condicionando nada menos que el proceso urbano y de asentamiento de población e industria durante los próximos cincuenta años, cuando menos”. Con lo que llegamos a cercanías de 2030, otra de las bombas de tiempo del Régimen del Movimiento. El Urbanismo Concertado sobrevivió al final del Régimen, como toda la profusa legislación urbanística que se creó a partir de 1956.

En 1982 Francisco Perales, director general de Acción Territorial y Urbanismo, hizo balance del –en sus palabras– “desorden urbanístico nacional” y sentenció el Plan Nacional de Urbanismo como “verdaderamente utópico” e imposible de sacar adelante. Entre otras razones, “por la dispersión y fuerza de los distintos agentes intervinientes”, maravilloso eufemismo del baile de promotores, grandes propietarios, financieras y otros directos beneficiarios del gran pastel urbanístico, que ya estaba bajo la jurisdicción de las Comunidades Autónomas (28). Así se olvidó y enterró el santo grial del urbanismo del Régimen del Movimiento, el mapa de una España ciudadana ordenada, jerarquizada y orgánica.

A la altura de 1974, con todo el pescado urbanístico vendido, una revisión de los estándares urbanísticos mostró como el crecimiento ultrarrápido de las ciudades españolas se había apoyado en bien escasas normas. La principal databa de 1924 y estaba recogida en el Reglamento de Obras, Servicios y Bienes Municipales. Este importante documento establecía por ejemplo una densidad máxima de 200 habitantes por hectárea y alertaba de la necesidad de evitar excesivo hacinamiento en los nuevos núcleos urbanos, e incluía algunos detalles casi enternecedores, como que «toda vivienda habrá de recibir los rayos solares, como mínimo, durante una hora en el día más corto del año». La siguiente norma más importante era la Ley sobre el Régimen del Suelo de 1956, amén de leyes municipales de 1924, 1935 y 1950. El resultado final real fue definido sencillamente como “elefantiasis urbana” (29).

En 1977, año final del Régimen del Movimiento Nacional, el “cinturón de cemento y cristal” ya estaba completamente consolidado. Era un ancho territorio que rodeaba la capital y que tenía versiones más reducidas en todas las ciudades de España. Datos oficiales de 2011 mostraron cómo el 40% de todas las viviendas del país habían sido construidas entre 1951 y 1980, y que en ellas habitaba el 80% de la población de las ciudades (30). Esta mitad aproximada de las ciudades españolas se hizo con la fórmula del polígono trazado y rellenado por densas agrupaciones de bloques. Por lo general, las calles y las dotaciones (colegios, mercados) se hicieron después. Hay muchas diferencias entre promociones para la clase clase media, con una urbanización decente y vistosas galerías comerciales, y los barrios obreros con “urbanismo mínimo”, en los que la venta de fruta y verdura se hacía en puestos clandestinos que se levantaban en cuando llegaba la policía municipal, como el Gran San Blas en 1968 (9). Pero en general la calidad urbanística era baja. Se trabajó mucho en las décadas siguientes para “coser” estas zonas al resto de la ciudad. Este tipo de ciudad podía verse de muchas maneras, desde apreciar las alineaciones de bloques “inundados de sol”, en contraste con la falta de aire y luz en el centro de la ciudad, a criticarlos cuando el urbanismo no acompañaba: “Vivir no es hacinarse en paralepípedos” (22).

La construcción de la última corteza de la ciudad por ahora, la llamada España de las piscinas (amplias avenidas a cuyos lados se levantan edificios muy grandes con forma de castillo medieval, con un parquecillo y una piscina en el gran patio central) deja a la España de los bloques como una gran oportunidad de mejorar la calidad de la ciudad, entre la parte histórica de edificios en manzanas y la corteza exterior de condominios y adosados. Por ejemplo, para procurar su renaturalización, aprovechando los espacios interbloques, tierra de nadie urbana.

Si el urbanismo falangista ha dejado bien escasas huellas, el urbanismo franquista (dicho así) ha determinado la sustancia del paisaje urbano actual en España. Un ejemplo entre muchos: en toda la historia, sólo hubo dos décadas en las que se alcanzó y se superó la marca de 100.000 edificios construidos de más de cinco plantas: 1960 y 1970. El skyline (línea del horizonte) de las ciudades españolas se definió en buena medida en esos años (31).

No se consiguió una jerarquía ordenada y armoniosa de ciudades. Ya en 1971 el pionero del ecologismo Mario Gaviria certifica el proceso de hinchazón de las ciudades españolas, dentro del proceso general «gigantesco y acelerado» de cambio en la configuración del territorio del país. «En quince años un país de labriegos se ha convertido en predominantemente industrial y urbano… Las grandes ciudades industriales cada vez más inhabitables y ricas; la gran meseta y las montañas cada vez más deshabitadas y pobres… Las ciudades, saturadas, se desparraman en las afueras; los campos se despueblan …»(32).

La reforma refundida de la ley del suelo de abril de 1976 habló de un nuevo concepto derivado de y más allá del urbanismo, la ordenación del territorio, y estableció una fantástica jerarquía de Planes, desde el Plan Nacional de Ordenación a los Planes Directores Territoriales a escalas menores (33). Era el viejo mapa de colores, pero ahora marcando sectores diferenciados desde el punto de vista de la ecología. La ordenación del territorio serviría para objetivos decididamente extraños y recién llegados al Régimen del Movimiento, como la conservación, defensa y mejora de los recursos naturales y el medio ambiente. Era un concepto moderno y se trabajó mucho en ella tras el fin del Régimen. Pero esa es otra historia.

1- Ministerio de la Gobernación. Junta de Reconstrucción de Madrid. Plan General de Ordenación de Madrid. 28 de marzo de 1943.

2- Discurso del Excmo. Sr. Ministro de la Gobernación D. Blas Pérez González en la Sesión de las Cortes Españolas del día 25 de noviembre de 1944, en Gran Madrid, nº 1, año 1948.

3- En Ideas Generales sobre el Plan Nacional de Ordenación y Reconstrucción, 1939, en Parrilla Recuero, Antonio (2020). Urbanismo y vivienda en el Madrid de posguerra. La Falange, entre el derecho a la ciudad y la segregación espacial. URBS. Revista de Estudios Urbanos y Ciencias Sociales, 10 (1), 117-126.

4- Función para la Comisaría General de Ordenación Urbana de Madrid y sus Alrededores, Gran Madrid, nº 1, 1948.

5- El poblado de Palomeras, según proyecto de la Dirección General de Arquitectura (1941).Fuente: Revista Nacional de Arquitectura, n.º 10-11, 1942.

6- Baleares: órgano de Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S.: Año II Número 189 – 18 de febrero de 1940.

7- Del discurso del dr. Hettlage, representante de Speer, en la inauguración de la exposición La Nueva Arquitectura Alemana, Barcelona, La Prensa, 20 de octubre de 1942.

8- Manuel Valenzuela Rubio: De suburbio a ciudad. Las barriadas suburbiales obreras en el Madrid de la posguerra (1939-1956). El puente de Vallecas como arquetipo. Boletín de la R.S.G., CLV, 2020 (157-237).

9- Revista Nacional de Arquitectura, nº113-114, monográfico dedicado al estudio del Gran San Blas, 1968.

10- El Español, 29 de enero- 4 de febrero de 1961.

11- Se prepara un plan nacional de urbanismo – Un decreto crea la Jefatura Nacional de Urbanismo- Diario de Burgos : de avisos y noticias: Año LIX Número 18217 – 16 de octubre de 1949.

12- Pedro Bidagor Lasarte: Hacia un plan nacional de urbanismo. Su necesidad, significación y posibilidades. REVL, nº 57, 1951.

13- Vilá Valentí – Horacio Capel: Campo y ciudad en la geografía española. Biblioteca Básica Salvat- Libros RTVE, 1970.

14- Arrese, en Pueblo: Diario del Trabajo Nacional: Año XVIII Número 5492, 30 de abril de 1957.

15- El Español, 26 de julio de 1958, especial logros del Régimen.

16- Balance de la Ley del Suelo. Reseña de la conferencia del director general de Urbanismo, don Pedro Bidagor: “ La coyuntura actual del urbanismo en España”. ABC, 20 de marzo de 1969.

17- José Luis Calzada Picón: La especulación del suelo, Diario de Burgos : de avisos y noticias: Año LXXVIII Número 23760 – 23 de marzo de 1968.

18- «Guindillas en aceite, Aragón Exprés, 7 de noviembre de 1972.

19- Sara Izquierdo Álvarez: España y los nuevos asentamientos de población. En Anales de Geografia de la Universidad Complutense. n.0 9-253-270. Ed. Un. Comp. Madrid. 1989.

20- Fernando de Terán: El Plan General Metropolitano de Barcelona en el contexto del urbanismo español de los setenta. Papers. Regió Metropolitana de Barcelona. Nº 28, novembre 1997, pàgs 55-61.

21- Ley 52/1962, de 21 de julio, sobre valoración de terrenos sujetos a expropiación en ejecución de los planes de vivienda y urbanismo.

22- Hoja del Lunes, 14 de julio de 1969.

23- Decreto-Ley 7/1970, de 27 de junio, de Actuaciones Urbanísticas Urgentes.

24- Francisco Perales Madueño: La primera reforma de la Ley del Suelo: 1956-1975. Ciudad y Territorio Estudios Territoriales, XXVIII (107-108), 1996.

25- Ley 19/1975, de 2 de mayo, de reforma de la Ley sobre Régimen del Suelo y Ordenación Urbana.

26- Ley sobre el Régimen del suelo y ordenación urbana, Real Decreto 1346/1976 de 9 de Abril.

27- Juan Salcedo: Madrid culpable. Editorial Tecnos, Madrid, 1977.

28- Hoja del Lunes, 11 de octubre de 1982.

29- Federico Larios Tabuenca: Los “standards” urbanísticos en cincuenta años de legislación (1924-1974) Revista de Estudios de la Vida Local –1975, núm. 185.

30- Boletín Especial Censo 2011 elaborado por el Observatorio de Vivienda y Suelo dependiente del Ministerio de Fomento, en Daniel Navas Carrillo: La ley sobre Régimen del Suelo y Ordenación Urbana de 1956. Un cambio de rumbo en la planificación del crecimiento urbano. En Los nuevos crecimientos urbanos. Teoría y práctica de la Ordenación Urbanística en Andalucía. María del Carmen de Tomas Medina (ed. lit.), 2017, págs. 43-53 (2017).

31- España vive en pisos: por qué hemos construido nuestras ciudades en vertical. Un proyecto de elDiario.es con datos del Catastro.(especiales.eldiario.es/espana-vive-en-pisos) (c.2024)

32- Citado por Ignacio Ballester Ros, Ideas para una nueva ordenación del territorio, Revista de Estudios de la Vida Local. nº 169, 1971.

33- Alfredo Pérez Morales y Salvador Gil Guirado: La ordenación del territorio en España. Balance crítico ante la crisis actual. En: Conflictos de poder sobre el espacio. Manual de ordenación territorial a diferentes escalas (pp.183-210) Publisher: eumed.netEditors: Maria Teresa Ayllon Trujillo. Octubre de 2014.

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