El disparador de la sociedad de consumo. Un televisor Marconi, parte de un anuncio de la casa de Tv y radio Feymar. Pueblo, 3 de febrero de 1958.
Todo empezó con la telepantalla. En 1958, dos años después del cauteloso comienzo oficial de las emisiones, se fabricaban anualmente 4.000 receptores en España; a ese ritmo se necesitarían más de mil años para cubrir la demanda potencial de siete millones de hogares. No hizo falta esperar tanto. En 1964, solo seis años después, salieron de las fábricas 439.000 aparatos, cien veces más. La progresión continuó, menos veloz pero firme. En 1966 ya tenían televisor cuatro de cada diez hogares. En 1973, 85 de cada 100. La cobertura total se alcanzó en 1980.
Si hubiera que elegir entre una cosa u otra, probablemente muchas personas preferirían disponer de agua caliente a tener televisión. En 1970, menos de la mitad de las casas tenían agua caliente, pero el 70% tenían televisión. En muchos hogares, era posible ver el telediario, pero no darse una ducha caliente. Bastante peor era el caso de la calefacción, un elemento inexistente en la mayoría de los hogares.
La televisión funcionó como dispositivo de arranque, arrastre y consolidación de la peculiar versión de la sociedad de consumo que se creó en el régimen del Movimiento Nacional. Así lo explicó el sociólogo José Castillo, pocos años después de la extinción del régimen (1) “…los españoles… empezamos por consumir simbólicamente –gracias ante todo al denodado esfuerzo de televisión española– los maravillosos objetos propios de las sociedades de consumo foráneas mucho antes de que aparecieran en el mercado español”. O más bien de que fueran accesibles para la gente común, lejos de la era de los anuncios de aristócratas comprando una lavadora o disfrutando de un Frigidaire.
El cruce de aspiraciones y realidades creó una jerarquía (término muy franquista) de comodidades consideradas imprescindibles (como el televisor), necesarias (como el frigorífico), deseables pero prescindibles (como un buen sistema de calefacción), virguerías (como el lavavajillas) y de ciencia-ficción (como el aire acondicionado). En enero de 1965 el CIS publicó los resultados de una encuesta realizada para calar el impacto del Plan de Desarrollo (el primero, que funcionó desde 1964 a 1967). Comienza con una pregunta importante: “¿Tiene usted TV?, ¿La considera usted necesaria para una familia más o menos como la suya?. De ahí salen cuatro posibles respuestas: la tiene y la considera necesaria (28%), la tiene y no la considera necesaria (8%), no la tiene y sí la considera necesaria (29%), y no la tiene y no la considera necesaria (34%). Esta respuesta, “Ni lo tengo ni lo necesito” da una idea de la escala de valores en relación con el ecosistema doméstico. En esta escala, según la encuesta del CIS, se ven tres grupos bastante bien definidos.
Nadie dice que no necesite agua corriente, pero un 16% de los hogares declaran no contar con ese equipamiento fundamental. Sólo un 5% rechaza la radio, que por entonces sonaba en casi 9 de cada diez hogares. Un sorprendente 10% de los encuestados declara que ni tiene ni necesita baño o ducha, pero casi cuatro de cada diez hogares declaran carecer a su pesar de este elemento. El 20% repudia la lavadora, presente en uno de cada dos hogares. Un impresionante 24%, indicador de una sociedad espartana o más bien acostumbrada a lo peor, dice no tener ni necesitar agua caliente ni calentador de agua. El equipamiento en este aspecto era de un 34% y un 41 % declara aspirar a tenerlo algún día. Por último, el 28% no veían necesaria la nevera eléctrica, presente (según la encuesta) en uno de cada tres hogares. La refrigeración doméstica estaba por entonces terminando su transición desde la nevera de hielo hasta el frigorífico eléctrico. Hasta aquí el grupo de las necesidades principales.
Mintiendo como bellacos, un robusto 34% declara no necesitar para nada un televisor, existente según la encuesta en un 36% de los hogares. El tercio restante de la población eran televidentes frustrados y aspiracionales. Las cifras para el teléfono son muy parecidas. El grupo de las telecomunicaciones (salvo la radio) se reparte a tercios entre rechazadores, aspiracionales y ya usuarios y propietarios.
Por fin, el grupo de las cosas innecesarias, lujos o virguerías. Aquí va el automóvil, que casi siete de cada diez hogares declaran no tener ni necesitar. Solo un 14% reconoce tener coche, y solo un 16% declara no tenerlo pero sí necesitarlo. Aspirador y tocadiscos van a continuación en la lista de superfluidades, así como la moto.
Dos elementos no figuran en la encuesta, la imprescindible cocina (en plena transición por entonces de la cocina económica de carbón o leña a la de gas (butano) y el extremo opuesto de máxima prescindibilidad, el lavavajillas, por entonces una curiosidad de embajadas y casas ricas.
Tampoco se indaga en el equipamiento en calefacción, resuelto a base de estufillas y braseros salvo en los pisos de postín con calefacción central de carbón, y el colmo del lujo en la climatización, el aire acondicionado, que penetró en la vida cotidiana a partir de su uso en cines, tiendas, oficinas, hogares muy adinerados y algunas dependencias del Movimiento Nacional.
La construcción de un nuevo ecosistema doméstico nunca visto fue rápida pero laboriosa. Para empezar, se necesitaba dinero para gastar en las nuevas adquisiciones. La primera encuesta de gastos familiares se hizo en 1958, y mostró poco margen para cualquier cosa que no fuera la alimentación (que se llevaba más del 55%) y el vestido y calzado (13%). Casi siete de cada diez pesetas se iban a estas necesidades básicas. Pagar la casa (alquileres, hipotecas y así) era en cambio poco importante: un 5%, probablemente muy infraestimado. Los gastos de la casa (agua, energía, reparaciones) se llevaban algo más del 8%, y restaba un amplio cajón de sastre (18%) para pagar el colegio, el bar, el cine o el autobús. Dos décadas después el gasto en comida había bajado a un 30%, el de pagar la casa se había más que duplicado, y el gasto en transporte (que reflejaba sobre todo el coche privado) empezaba a ser importante. Esta tendencia continuó hasta dar, hacia 2025, un reparto de gastos que apenas requiere un 20% para la comida y el vestido, mientras que necesita mucho dinero para pagar la casa y el coche.
El dinero para pagar los “maravillosos objetos” propios de la sociedad de consumo salió de unos salarios que en 1958 llevaban casi veinte años rígidamente controlados a la baja. La Ley de Convenios Colectivos de abril de 1958 desbloqueó los salarios, al mismo tiempo que España ingresaba en la OIT (2). El pluriempleo y montones de horas extras (echar horas) permitieron un cierto margen, y el mecanismo de las letras dio soporte a las ventas a plazos. Las letras (pagarés) se firmaban y se protestaban si no se pagaban en el plazo indicado. En 1968 “Los desaprensivos seguían firmando letras alegremente, los protestos de letra sobrepasaron la cifra fabulosa de 50.000 millones de pesetas” (3) . La idea general era la de una familia surfeando una colección interminable de letras, cada una asociada a un importante bien de consumo.
La primera ley de defensa de consumidores y usuarios llegó en 1984. Hasta entonces hubo que apañarse con alguna regulación de la venta a plazos (1965), de las entregas a cuenta de viviendas no construidas –”comprar sobre plano” (1968) y algunas normas generales asociadas, como la de prácticas restrictivas de la competencia (1963), el Estatuto de la Publicidad (1964) o sobre disciplina de mercado (1966) (4).
Comprar electrodomésticos era solo una parte de la versión de la sociedad de consumo que surgió bajo el régimen del Movimiento Nacional. El ecosistema doméstico se deformó de muchas maneras, como se muestra en el anuncio pionero (1958) de dos señoras a punto de iniciar un paseo motorizado. Pueden hacerlo porque tienen una lavadora Bru que facilita la colada, y una Vespa para aprovechar el tiempo de ocio así obtenido. Bien lejos de la laboriosa actividad tradicional de compra de alimentos en un mercado, que implicaba calibrar cuidadosamente calidades y precios hasta tomar la decisión de compra, los supermercados (que se fueron consolidando bastante tarde, ya hacia la década de 1970) permitían automatizar el proceso de compra: “El público se abastece por sí mismo. Coge de cada estantería lo que necesita y a la salida se contabiliza su compra. Con ello se ahorra tiempo y molestias. Es una forma de comercio práctico y de acuerdo con el ritmo acelerado de la vida moderna”. Esta descripción es ciencia-ficción, corresponde a un suelto de prensa de 1959 informando de la próxima instalación en Palencia de un supermercado, gracias a las gestiones del Gobernador Civil. El Gobernador y Jefe Provincial del Movimiento ejerce así su papel de gran proveedor (5). Con tanta novedad que ahorra tiempo, paradójicamente, también se hace popular el concepto del “ritmo acelerado de la vida moderna”, que terminó siendo el gran motor del consumismo.
Nada ejemplificó mejor el nuevo ecosistema doméstico que la proliferación de los plásticos, el gran epítome de la nueva sociedad de consumo. Ya en 1959 el folleto de propaganda “30 millones de españoles”, lujosamente editado por el Banco Exterior de España para atraer inversores extranjeros, y sin referencia alguna al régimen del Movimiento Nacional (la única personalidad retratada en el folleto es Abraham Lincoln) da la bienvenida a la Era de los Plásticos, dando idea de la más bien raquítica industria española del ramo. Las cosas iban a cambiar con rapidez, gracias a grandes factorías petroquímicas como la de Tarragona. Diez años después, los plásticos ya se acercaban al 3% de la composición en peso de las basuras de Barcelona, se habían multiplicado por cinco en solo tres años (1966-1969).
La plastificación del país inundó los hogares de objetos ligeros y resistentes de colores variados, y su versión desechable encontró su camino a la basura urbana. Antes de la era de los plásticos y del consumo de masas los municipios españoles no gastaban mucho ni consideraban como un problema los residuos, que se trabajaban gracias a una red más o menos informal de traperos, basureros y patios de clasificación. La basura era pesada y valiosa, y todo se reciclaba de una u otra forma. La nueva basura era mucho más abundante, mucho más ligera y mucho menos valiosa. La red de recogedores privados, que hacían su trabajo casa por casa, terminó, y los ayuntamientos tuvieron que organizar costosos sistemas de recogida a base de cubos y contenedores varios en la calle.
Además de publicidad, legislación, dinero y nuevos materiales, la nueva sociedad de consumo asociada a la segunda revolución industrial necesitaba cantidades enormes de energía, y no de cualquier tipo, sino de cierta calidad, como la electricidad bien conocida desde hacía décadas pero que ahora podía ser vista desde una nueva perspectiva, ya no únicamente asociada a la iluminación. “Decir que su estupendo tocadiscos “gasta luz” es como decir que sus bombillas “gastan tocadiscos” (6). Con este símil algo enrevesado Unesa, en su 25 aniversario (1969), transmitió el mensaje: ninguno de sus “servidores eléctricos” (lavadora, televisión, etc.) gasta luz. Lo que gastan es electricidad, y cada vez más. Y ahí estaban las eléctricas para fabricarla y suministrarla, cada vez más, sin límite a la vista.
El consumo eléctrico se disparó. Se duplicó en ocho años, entre 1965 y 1972. En 1969 había crecido un 13% con respecto al año anterior. Entre 1950 y 1972, último año antes de la gran crisis energética, se contaron 13 años con incrementos anuales de más del 10%. Partiendo de muy poco (244 kWh por habitante y año en 1950) el crecimiento fue tan rápido que en 1976 ya se había multiplicado por diez (2.547 kWh) (El máximo histórico se alcanzó en 2004, con 6.508 kWh por habitante y año). Partiendo casi de cero, pues, la electrificación se expandió de una manera que se podía palpar físicamente, enumerando la lista de electrodomésticos presentes en cada casa. Tan boyante crecimiento se interpretó incluso como la posibilidad de “alcanzar” a los países ricos. En 1970 se preveía que Alemania podía ser alcanzada en poco más de ocho años, Italia en menos de 4 (7). Todavía en 1976 la publicidad de Enher (Empresa Nacional Hidroeléctrica del Ribagorzana, propiedad del INI) insistía: «La electricidad no se termina con las bombillas. Estas son sólo el comienzo», pintando un rosado panorama de lavavajillas, aire acondicionado y cadenas de alta fidelidad (8).
La construcción acelerada de nuevos barrios para alojar a los inmigrantes que afluían a las ciudades fue otro empujón hacia la sociedad de consumo, pero antes hubo una transición inesperada. Estos barrios carecían de servicios públicos y comerciales, como los lavaderos comunitarios o las fábricas de hielo, que habían solventado las necesidades de lavado de ropa y refrigeración de alimentos durante mucho tiempo. Comprar una lavadora eléctrica salía por un pico, y se sabe que en barrios del extrarradio, como Badalona, cerca de Barcelona, se alquilaban lavadoras o se compartían entre varios vecinos. Incluso se construyeron pre-lavadoras artesanales instalando pequeñas turbinas accionadas por motores eléctricos en las piletas que servían de lavabo, pila de fregar e incluso bañera (Roca todavía vende una versión de su todo en uno, Bañaseo) en muchos mini-pisos de los bloques de nueva construcción (9). Fabricar un frigorífico eléctrico artesanal es más dificil, y las neveras de hielo tenían sus días contados en el nuevo ecosistema urbano de los nuevos barrios.
Cuando el régimen del Movimiento Nacional llegó a su fin, los básicos (lavadora, frigorífico, televisión) ya eran de difusión universal en los hogares. La velocidad de propagación general fue impresionante en el caso de la TV, de 0 a 90% en apenas 15 años, seguida a corta distancia por el frigorífico eléctrico, casi tan veloz, y después la lavadora. Otras propagaciones fueron más pausadas, como la del coche o el teléfono, y terminaron el período con algo menos de un 50% de implantación. Hacia 1980 se podía distinguir entre elementos populares, aquellos que tenían en casa tanto los ricos como la gente modesta (frigorífico, lavadora, máquina de coser, radio, tv en blanco y negro, moto y bicicleta) de los elitistas, casi ausentes en los hogares de menos dinero (lavadora automática, lavavajillas, aspirador, televisión en color, aparato de música, cámara de fotos y automóvil) (1). Más adelante el nuevo estándar de la televisión, el aparato en color, llegó a todas las casas, ricas y humildes, en un plazo muy corto. Otros elementos nunca llegaron al cien por cien de implantación como la trilogía imprescindible (tv + frigo + lavadora), y su implantación creció pausadamente durante la Transición y la democracia.
También había notables diferencias de equipamiento entre provincias ricas y pobres. En 1975, el 38,8% de los hogares extremeños carecían de agua corriente, contra el 1,8% en “Vascongadas y Navarra”. Esta enorme distancia se acortaba mucho en el caso de la TV o la radio, y la implantación del gas butano era universal, con poca diferencia entre regiones (10).
La propagación de las maravillas de la sociedad de consumo, desde las casas pudientes de las grandes ciudades de las regiones ricas, hasta los hogares humildes de los pueblos de las regiones pobres, se apoyó en una boyante industria de electrodomésticos: entre 1958 y 1964 la producción de televisores se multiplicó por 100, la de frigoríficos por 14 y la de lavadoras por 5. La de radios solo se duplicó, como corresponde a un elemento bien consolidado, herencia del antiguo ecosistema doméstico (11). El gráfico de producción de electrodomésticos de la línea blanca en España muestra un crecimiento muy sostenido, con solo algunos tropezones, hasta 1978 aproximadamente. Luego el ritmo acelerado se detuvo y comenzó una historia de altibajos (12).
En conjunto, las industrias ganadoras de la nueva sociedad consumista fueron las dedicadas a la carne, la leche y las conservas, las bebidas refrescantes (su consumo se multiplicó por 8 entre 1958 y 1980 (12), el automóvil, los electrodomésticos, los plásticos… y los productos de limpieza ( jabones, detergentes, etc.), muy lejos ya los años de Jabonia, el ersatz del jabón de verdad. (Cabe la pregunta de si la nueva sociedad de consumo española no era un ersatz, un decorado de una sociedad opulenta o al menos de bienestar). Muchas de estas industrias tenían una alta penetración extranjera, como reflejo de la anti-autarquía o dependencia completa del extranjero, que era la nueva política oficial (14).
La primera sociedad de consumo española fue de corta duración, apenas quince años entre 1958 y 1973. Tuvo el interés de la novedad y de la aceleración. Oficialmente comenzó en 1964 (15), es decir, comenzó por decisión de la Superioridad porque se puso en marcha el Plan de Desarrollo, que alimentó el concepto clave, la “constante elevación del nivel de vida de los españoles”, un proceso definido como un nuevo estado de conciencia. Como dijo Laureano López Rodó, ministro y comisario del Plan de Desarrollo, “Somos un pueblo que ha despertado a un deseo ya irrefrenable de progreso en todos los órdenes” (15). Se puede cambiar “progreso” por “consumo” para hacerse una idea.
En octubre de 1964 los periódicos de la prensa del Movimiento (16) publicaron un editorial bajo el titular “Coordinación”, que parece algo así como el pistoletazo de salida oficial del consumo de masas: «Dispuestas todas las cosas para que la sociedad española sea una sociedad de consumo –dispuesta la sociedad misma, y los gestores del Estado y el Movimiento– …» [se plantea] «una dinámica nueva dentro del cuerpo político, social y administrativo de la Nación”. A partir de 1965 aproximadamente, se puede observar una aproximación asintótica a esta “nueva dinámica”. Los periódicos hablan de acercamiento, aproximación, estar al borde, etc., de la sociedad de consumo… pero no a darla por hecho. López Rodó fue algo menos cauteloso en un largo artículo sobre el II Plan de desarrollo publicado en octubre de 1968 (17). Durante el I Plan (1964-1967) describe el ministro comisario del Plan, entre otros logros, “se matricularon más de un millón y medio de vehículos, se fabricaron más de dos millones de televisores” Pero, aquí viene lo importante, “El millón y medio de automóviles… no fueron adquiridos por una minoría de privilegiados. Esos coches, como las viviendas, como los televisores, como las escuelas, fueron para todos. Esta es la pura verdad”. No era así, y la distribución de los rutilantes signos externos de la sociedad de consumo siguió estrechamente relacionada con la estructura de clases (mucho menos en el caso de los televisores que en el de los coches). Pero la idea básica (cada kit de frigorífico + lavadora + televisión encamina a una familia hacia la clase media) seguía estando vigente. Esta nueva sociedad de consumo era prístina, se construyó casi sobre cero. En 1973, Mercedes Ballesteros lo expresa con contundencia: «Antes de tener un «Seiscientos» no se tenía nada» Se puede cambiar “Seiscientos” por cualquier otro elemento del hogar moderno (18).
Esta implantación de la versión franquista de la sociedad de consumo se apoyaba en tres elementos principales, que el Régimen medía y esgrimía como demostración del progreso del país. Los banales, como el consumo de carne, leche y azúcar, se medían en kilos por persona y año, y su progresión, que se aclamaba como siempre creciente, eran un fijo de la propaganda desde la década de 1950. Los inequívocos o de hardware, como el 600 y el televisor, pasaban de no existir (atraso, pobreza) a colonizar todos los hogares (indicando un estándar europeo) y comenzaron a funcionar como indicadores de éxito del Régimen más tarde, ya en la década de 1960. Los elementos del consumo más difíciles de medir o virtuales, como viajes, vacaciones, ocio, cultura, etc., recibían menos atención propagandística y esta fue también tardía.
El nuevo paisaje en la cocina y el salón era la demostración de que el régimen del Movimiento Nacional funcionaba. Si se estaba transformando el paisaje exterior a base de repoblaciones forestales, regadíos, embalses, desecaciones, barriadas de bloques en torno a las ciudades, autopistas, etc, la transformación del paisaje interior se podía enfocar de manera similar: “la motorización, la neverización, butanización y electrificación de los hogares españoles” (19), similares a las sucesivas oleadas de mecanización, tractorización, petrolización, etc., de la economía.
Para 1968, según la propaganda del Régimen, los tropezones de la economía, como el que hubo por entonces, ya no significaban que el sujeto español pasara hambre, sino simplemente «que no compró aquellas cortinas que le chiflaban a su mujer, o aquella lavadora superautomática que sustituyera a la anticuada» (20). La opción predominante de la primera sociedad de consumo, en apariencia ya alcanzada, fue la de un hogar equipado y atrincherado, con proporciones de uso de servicios externos muy pequeñas. Por ejemplo, la lavadora compartida, un servicio muy usado en países europeos, apenas existió en España, donde triunfó la lavadora unifamiliar (21), «el motor menos utilizado en nuestra civilización” (1). Las cifras de dotaciones de electrodomésticos, consumo de alimentos de prestigio, vacaciones, etc., comenzaban a cuadrar, pero dejando de lado serias carencias en servicios públicos. Un buen ejemplo es la proliferación del automóvil, que se acompañó de un notable deterioro del transporte público. En Madrid, las riadas de coches destruyeron la apreciable red de tranvías, por incompatibilidad manifiesta. El transporte privado derrotó al transporte público, y empezó un forcejeo que todavía sigue, más de medio siglo después.
Naturalmente la oposición al Régimen no estaba contenta con el consumismo (más o menos virtual) tan apreciado por la Superioridad. Esta opinión es de 1970: “¿Por qué no se pone coto a esa delirante promoción de nuestra sociedad de consumo que se hace a través de T.V.E. creando un falso clima nacional de fácil acceso a todos los refinamientos, cuando la realidad es que el salario oficial apenas llega para cubrir las mínimas necesidades?” (22). El consumismo fue acusado de toda clase de males por la izquierda y por la derecha, desde la desmovilización obrera a la destrucción de los sanos valores familiares. Pero la gente siguió firmando letras y haciendo horas extras para poder comprar “los maravillosos objetos” propios de la sociedad de consumo.
Entonces llegó la guerra de Octubre o del Yom Kippur. El crash petrolero de 1973 tuvo un impacto enorme no solo en la economía en general, sino en esa visión de “constante elevación del nivel de vida” sobre la que se sustentaba la justificación y la legitimidad del régimen del 18 de julio. De la noche a la mañana, los mensajes cambiaron de dirección y empezaron a hablar de restricciones y ahorros. Se llegó a plantear si habría que racionar la gasolina. “Racionamiento” era una palabra muy fea en un país que había terminado oficialmente con las cartillas de racionamiento apenas una generación atrás.
Se empezó con cautelosas medidas a finales de 1973. Paradójicamente, la dictadura no podía imponer sin más una dura política de restricciones, como la que había llevado sin pestañear en la década de 1940 y parte de la siguiente. Los gobiernos democráticos de Francia, Italia, el Reino Unido o Alemania tenían legitimidad para ordenarla, pero el Régimen no. En Francia, donde la recuperación de los desastres de la guerra había llevado apenas cinco años, entre 1945 y 1950, triunfó la expresión “Les Trente glorieuses”, para definir la época de bonanza entre el final de la segunda guerra mundial y el batacazo de 1973. En España, donde la recuperación se hizo esperar desde 1939 hasta mediados de la década de 1950, se podría haber hablado como mucho de los Diez de prosperidad (1964-1973), precedidos de los Veinticinco de penuria. Una batería de serios ajustes económicos, por ejemplo encareciendo la energía (petrolífera en un 75%) estaba fuera del orden político del Régimen a la altura de 1973.
«En España, hasta el momento, solo restricciones voluntarias», publicaron los periódicos. Las recomendaciones de no usar el coche cayeron en oídos sordos. En noviembre de 1973 se plantearon restricciones en las iluminaciones de Navidad, un gran indicador anual de la prosperidad, pero lo peor llegó en diciembre de 1973, cuando un Consejo de Ministros estableció el cierre de las emisiones de TV a las 11:30 de la noche. Esta medida se reiteró en varias ocasiones en los meses siguientes (23) y suponía un duro golpe simbólico al motor de la sociedad de consumo.
En 1975 se lanzó una Campaña para Uso Racional de la Energía muy vistosa, en la que muñequitos animados animaban a los usuarios de la calefacción, por ejemplo, a echar el guante a las huidizas calorías. Todo muy moderno, y muy alejado del Ordeno y Mando habitual.
En el verano de 1976 (justo cuando Arias Navarro dejó paso a Adolfo Suárez) se lanzó la Campaña Nacional de Ahorro de Energía: «Aunque usted pueda pagarla, España no puede», con un mensaje completamente antifranquista: «Consuma gas como si quedara poco. Consuma electricidad como si quedara poca». El argumento patriótico no se traduce en nada grave, solo en «acostumbrarnos a unos pequeños gestos cotidianos». Por ejemplo, «cerrar la nevera mientras nos servimos la cerveza» (24). «Hay que gastar menos» fue el mensaje oficial. Cerrar así, tan pronto, la breve era de la prosperidad en España tras tantos años de escasez, fue un mensaje muy mal recibido. No en vano se puede decir que la Transición española fue producto en parte de la guerra del Yom Kipur (25).
—-
1- José Castillo Castillo: Avatares de la sociedad de consumo española. Estudios sobre Consumo, nº 1, abril de 1984, Ministerio de Sanidad y Consumo.
2- Carlos Barciela López, Mª Inmaculada López Ortiz, Joaquín Melgarejo Moreno y José Antonio Miranda Encarnación: La España de Franco (1939-1975). Economía. Historia de España 3er milenio, Editorial Síntesis, 2001.
3- Luis Mira Izquierdo, España 1968: un año cargado de futuro. Proa (León), 31 de diciembre de 1968. En España en su prensa 1969. Documentos informativos, nº 19. Servicio Informativo Español, Ministerio de Información y Turismo, 1969)
4- Alberto Bercovitz; La protección de los consumidores en el Derecho español. Estudios sobre Consumo, nº 1, abril de 1984, Ministerio de Sanidad y Consumo.
5- El Diario Palentino, Número 5616, 4 de mayo de 1959.
.
6- De la campaña publicitaria de Unesa de 1969.
7- Aumenta el consumo de electricidad en España. La revista vinícola y de Agricultura: Número 2021, 31 de agosto de 1970.
8-La Vanguardia, 16 de noviembre de 1976.
9- Mercedes Tatjer Mir: La electricidad en el lavado de ropa doméstica y colectiva. Un lento proceso desde las lavadoras manuales hasta la difusión de las lavadoras eléctricas: Barcelona 1880-1990.En V Simposio Internacional de la Historia de la Electrificación: La electricidad y la transformación de la vida urbana y social. Évora, 6-11 de mayo de 2019.
10- Dos artículos de Ignacio Ballester Ros: El nivel cultural, la vivienda y su equipamiento en el hogar. Revista de estudios de la vida local, Nº 161, 1969. Ignacio Ballester Ros: Notas sobre el equipamiento del hogar y el nivel cultural de las familias en el ámbito local. Revista de estudios de la vida local, Nº 192, 1976.
11- Ramón Tamames: Estructura económica de España, Vol II industria y servicios, 1973.
12- Joseba De la Torre: Auge, quiebra y reconversión de la industria de electrodomésticos en España a la luz del Grupo Orbaiceta SA, c. 1950-1990. Investigaciones de Historia Económica – Economic History Research 13 (2017) 26–37.
13- Alfonso Rebollo Arévalo: Análisis de las fuentes de información estadística sobre el consumo en España. Estudios sobre Consumo, nº 1, abril de 1984, Ministerio de Sanidad y Consumo.
14- Mikel Buesa y José Molero: Concentración y transnacionalización de las industrias productoras de bienes de consumo. Estudios sobre Consumo, nº 1, abril de 1984, Ministerio de Sanidad y Consumo.
15- Crónica de un año de España, julio 68-julio 69. Servicio Informativo Español.
16- p.e. Baleares, 24 de octubre de 1964.
17- ABC, 11 de octubre de 1968, en España en su prensa, 1969, Servicio Informativo Español.
18- Mercedes Ballesteros: Adiós al «Seiscientos» ABC de Madrid, 8 de diciembre de 1973).
19- Crónica de un año de España, julio 1965-julio 1966. Servicio Informativo Español.
20- Luis Mira Izquierdo: España, 1968: un año cargado de futuro. Proa, León, 31 de diciembre de 1968. En España en su prensa 1969, Servicio Informativo Español.
21-España Económica (Crónica Económica 1970). Editorial Fundamentos.
22- Belcebú, en la sección «¿Por qué? ¿Por qué?», Aragón exprés, Número 152, 24 de julio de 1970.
23- La Vanguardia, 26 de octubre de 1974.
24- La Vanguardia, 7 y 28 de julio de 1976.
25- Enric Juliana: La transición española fue hija de la guerra del Yom Kipur. La Vanguardia, 15 de octubre de 2023.
Asuntos: Consumo, Televisión
Tochos: El museo del franquismo

