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La vida racionada

Imagen: SOVAFIL (Sociedad valenciana de Filatelistas).

El 28 de marzo de 1939 las tropas nacionales entraron en Madrid. En realidad llevaban dos años y medio a las puertas de la ciudad, y no tardaron más de unos minutos en recorrer la distancia entre la línea del frente y la Puerta del Sol. Con las tropas, según la prensa, “Enormes convoyes cargados de víveres entran también en la capital”. Los días siguientes, «La entrada de camiones y vehículos de todas clases con víveres no cesa. Ante ellos se reúnen los madrileños que ven, como si fuera un sueño, el aprovisionamiento insospechado». Los camiones de Auxilio Social llegan a la Puerta del Sol, «desde los cuales las muchachas de Falange Española empezaron a arrojar pan, chocolate, botes de leche, cigarrillos…” (1). Por fin, «A partir de hoy los madrileños podrán comprar todo el pan que necesiten» informaron los periódicos el 1 de abril de 1939. La guerra había terminado, se contaba con grandes existencias de leche condensada, carne y carbón y por fin, los cafés y bares de la capital podrían volver a expender virguerías como “café auténtico» (2).

Esta época de abundancia oficial duró apenas seis semanas. Coincidiendo de manera bastante inoportuna con la información sobre el grandioso desfile de la victoria en Madrid, la prensa tuvo que insertar la noticia de la implantación del racionamiento en todo el territorio nacional (3). Ni siquiera se necesitó un decreto. Bastó una orden del Ministerio de Industria y Comercio, firmada en Bilbao el 14 de mayo de 1939 –los ministerios todavía no se habían instalado en la capital, ocupada hacía solo seis semanas. Así dieron comienzo oficial los años de la penuria, que se extendieron hasta el fin de las cartillas de racionamiento en 1952. El Régimen del Movimiento Nacional tomaba el control de todo el país, y casi lo primero que hizo fue declarar el racionamiento general de alimentos. «Racionar» como «Someter los artículos de primera necesidad en caso de escasez a una distribución establecida por la autoridad» no aparece en el Diccionario de la Real Academia hasta 1956. Hasta entonces era un concepto militar, «Distribuir raciones a las tropas».

El racionamiento de alimentos había existido en la zona republicana durante la guerra civil, comenzando en Madrid en noviembre de 1936. En la zona nacional no se consideró necesario establecerlo, aunque sí hubo un estrecho control de precios. La República se había quedado con las grandes ciudades, tenía mucha población y poco trigo, mientras que el estado nacionalista dominaba las principales zonas de producción de alimentos. El racionamiento general era una clara derrota para el nuevo Régimen del Movimiento Nacional, que había llegado a bombardear Madrid con sacos de pan y cuyo mensaje es que la escasez de comida de la República era una consecuencia única y directa de la barbarie roja.

¿Por qué se estableció el racionamiento en todo el país? La orden que lo inició no se tomó muchas molestias en explicar la razón. Aludió simplemente a “La necesidad de asegurar el normal abastecimiento de la población y la de impedir que prospere cierta tendencia al acaparamiento de algunas mercancías, movida por el agio y fomentada por las falsas noticias”. (4) Naturalmente, la razón principal para el racionamiento era la escasez, y su objetivo una virtuosa distribución de recursos, descrita así pocos años después en una publicación oficial: “Ante la distribución ordenada, el dinero pierde su valor adquisitivo para comprar más víveres intervenidos y las capacidades de los consumidores, [pobres o ricos] quedan igualadas” (5). Hasta ahí bien, un país poblado por patriotas que practican la disciplina en la comida, con un objetivo: “ni hambre en las masas ni sobrealimentación en los potentados. Ración justa y, si no es suficiente, igual para todos”.

La Orden de 14 de mayo sugiere que el racionamiento se implantaba precisamente para frenar el mercado negro, definido como “acaparamiento movido por el agio”. De esta forma, se trataba de una medida disciplinaria, necesaria para meter en cintura a un país contaminado y repleto de enemigos. Según Alimentación Nacional, revista mensual de la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes, que se publicó desde 1941 a 1955, el acaparamiento, el mercado negro y el estraperlo eran «lacras de la zona roja, cuyos procedimientos nefastos prendieron en todas las almas ruines» (5), que se habían extendido por toda España como consecuencia indeseada de la victoria del estado nacional, más o menos como se extiende una epidemia de tifus.

La escasez también era culpa de la República, al haber destruido la mitad del país bajo su jurisdicción, dañando seriamente al resto. En 1943, el comisario general de Abastecimientos y Transportes insistió en este argumento, achacando la escasez que conduce al racionamiento a «cuatro años de guerra interior que cegaron las fuentes de recursos nacionales en lo que fue zona roja, e inmediatamente tres años de guerra mundial» (6).

Así se fue construyendo y justificando el peculiar racionamiento español, que, a diferencia de todos los demás racionamientos de aquellos años, siempre justificados por la maldad del mundo exterior, era culpa del propio país, o al menos de la mitad insana de él. Eso explica alguna de sus características operativas.

En 1941 se consolidó la vasta estructura administrativa del racionamiento mediante una Ley que reorganizó la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes (7), cuya introducción deja claro que el problema es económico y moral: Una cosecha de alimentos reducida con respecto a la normal y encima una gran distancia entre la mermada cosecha de alimentos real y la más reducida todavía que era entregada y controlada por el Gobierno, diferencia provocada por el egoísmo (así tal cual) de productores e intermediarios.

El mismo Franco, en un importante discurso ante el Consejo General de F.E.T. y de las J.O.N.S., recogió los dos argumentos principales, el ecológico y el social (un país destruido + codicia especuladora) y añadió un tercero bastante surrealista que refleja el espíritu de la era fascista, “un ambiente económico pleno de errores y de prejuicios judáico-liberales”. Esta declaración del dictador figura en la primera página del libro «Crisis? Escasez? Especulación? ¡Racionamiento!”, de 1944, un título que resume bien la idea general. El autor, Benito Cid de la Llave, era Comandante de Intendencia y Comisario de Recursos de la Zona Norte de Abastecimiento (8).

En mayo de 1939 España era el único país de Europa racionado. En el mundo en general, solo Japón y China, en circunstancias muy distintas de agresor y agredido, llevaban practicándolo desde 1937. En 1940 todos los países europeos tenían ya una u otra forma de racionamiento, y en 1942 ya era un fenómeno prácticamente universal, que no terminó hasta 1950 aproximadamente. El racionamiento español se camufló detrás de este racionamiento universal, pero tenía características especiales, que lo hacen único.

Se pueden ver con la clásica comparación entre el racionamiento en España y en Reino Unido, que empezaron casi a la par (1939 y 1940) y terminaron no muy alejados (1952 y 1954). En UK se suponía que el racionamiento proporcionaba de manera regular una alimentación básica sana, que mejoraba la de las clases populares de la preguerra y empeoraba la de las clases ricas. En España, el racionamiento proporcionaba de manera irregular un núcleo mínimo de alimentación, insuficiente para mantener a una persona saludable, y dejaba fuera a una parte no desdeñable de la población, que no tenía dinero para el mercado negro o ni siquiera para pagar el racionamiento. Otras diferencias importantes eran que en UK el racionamiento era un arma de la guerra contra el Eje, mientras que España estaba en paz, al menos de cara al exterior, así como que UK importaba la gran mayoría de sus alimentos, mientras que España era autosuficiente en gran medida. También eran diferentes el reparto de población rural y urbana, así como la pauta de alimentación de antes de la guerra, y la diferencia en calidad de la alimentación entre las clases adineradas y las populares. Y sería interesante calibrar como las diferentes versiones de la ciencia vigente de la alimentación en cada país, en España y en UK, determinaron el reparto de productos. Una diferencia fundamental entre ambos sistemas es que en España el largo racionamiento coexistió con una grave hambruna, con picos en 1941 y 1946, hambruna que no existió en UK y su todavía más largo racionamiento.

En febrero de 1943 el Comisario General de la CGAT habló largo y tendido sobre su ingrata tarea en «Arriba» (9). El Comisario General definió con precisión los tres principales acicates con los que el racionamiento disparaba el mercado negro. Los productores gemían ante la requisa forzada de sus productos y los bajos precios que recibían por su ellos. Los intermediarios veían anuladas sus posibilidades de especulación, potencialmente muy boyantes. Los ricos no podían comprar todo lo que quisieran, al precio que fuera. La consecuencia (esto no lo declaró el Comisario, aunque resultaba evidente leyendo entre líneas) era que los productores colocaban buena parte de su producción fuera del ojo del estado, en el mercado negro, donde los intermediarios funcionaban a toda máquina, alentados por la espectacular diferencia entre los precios oficiales y los reales, y la gente con dinero suficiente obtenía cualquier producto, por caro y escaso que fuera, sin ninguna dificultad.

Si el racionamiento hubiera sido suficiente, al estilo de Reino Unido, el mercado negro se habría detenido ahí, una manera de obtener comida extra o delicatessen. El problema en España es que el racionamiento era muy insuficiente, así que la gente con poco dinero también tenía que recurrir al mercado negro, y no solo como compradores, sino como intermediarios, para sacar un dinerillo que les permitiera adquirir productos de primera necesidad… en el mercado negro. Así que el racionamiento tenía pillado a todo el mundo de dos maneras: por la parte oficial (cupos, precios de tasa, cartillas y cupones) y por el lado ilegal (compras y ventas fraudulentas en todos los niveles, desde cien toneladas de aceite a medio kilo de pan).

Hay razones para pensar que el racionamiento español de 1939 a 1952, establecido como medida temporal, de urgencia, se prolongó interminables años cuando se vio que funcionaba como un prodigioso instrumento de control de la población, omnipresente y de grano fino, día tras día, familia a familia, gramo a gramo de pan o de aceite.
La versión española del sistema de control de subsistencias fue desembocando en un sistema más afinado de control, a muy largo plazo, que sustituyó a las cartillas de racionamiento y los salvoconductos por el Documento Nacional de Identidad.

El racionamiento fue una pesadilla de larga duración. En febrero de 1938, El Adelantado de Segovia dió idea a sus lectores de la «desesperada» situación del abastecimiento en la zona roja con la estremecedora noticia de que el racionamiento de huevos en Madrid adjudicaba solo uno por persona. (10). En enero de 1940, el mismo periódico tuvo que informar de un reparto de huevos en Segovia, a razón del mismo y siniestro huevo único por persona (11). Diez años después, en noviembre de 1950, Pueblo informó a sus lectores de un reparto de huevos en Madrid, otra vez un huevo por persona, al precio de 1,5 pesetas unidad, previo corte del cupón número 123 de Varios (12). En mayo de 1951 periódico segoviano pudo por fin cantar victoria, anunciando un suministro de huevos a razón de dos por persona (13). El racionamiento terminó oficialmente el 1 de junio de 1952.

La Orden de 14 de mayo de 1939 estableció las líneas generales de la cuestión, basadas en que toda la población debía registrarse, y en que cada familia recibiría una cartilla con cupones desprendibles que debería canjear por comida en su proveedor habitual de alimentos. Las Delegaciones de Abastecimientos locales señalarían los días y horas en que se entregarían los alimentos a la población. En un rasgo de sarcasmo, el legislador añadió la “prohibición terminante” de formación de colas para recibir los suministros. Las colas eran el principal indicador visual de que había problemas en el abastecimiento de artículos de primera necesidad. Tras este ligero esbozo, el sistema del racionamiento se fue completando con infinidad de Circulares, Órdenes, Notas y Anuncios.

A lo largo de 1939 se puso en marcha la no sencilla maquinaria de reparto y asignación de cartillas. El proceso se hace manu militari: se reparten impresos a los vecinos, que deben rellenar «sin excusa de ningún género» y bajo amenaza de severísimos castigos si no siguen correctamente las instrucciones. Los Jefes de Casa (es decir, los porteros de la finca, o en su defecto, el inquilino del bajo derecha del edificio) entregan estos impresos en la Delegación Provincial de Abastecimientos y Transportes. (14). Los titulares de la cartilla, una vez recibida, debían acudir a los establecimientos detallados en la misma. Allí se toma nota de todos sus datos y de las raciones asignadas, se envía todo a la DPAT. Cada tienda suma cuántas raciones debe servir, y hace el pedido correspondiente al mayorista proveedor. Cuando la DPAT da luz verde (es decir, anuncia el suministro en los medios de comunicación, prensa local y escaparates) el comerciante despacha las raciones, corta los cupones correspondientes y los envía al mayorista/DPAT.

Todo este sistema cuartelero estaba dirigido por peritos en intendencia y militares. El Comisario general de la CGAT, Rufino Beltrán Vivar, del Arma de Artillería, había adquirido experiencia organizando, durante la guerra civil, Transportes y Abastecimientos militares en el Estado Mayor del Generalísimo. Ramiro Campos Turmo, director técnico de Consumo y Racionamiento era teniente coronel de Intendencia (15). El toque militar y los viajes de estudios a Alemania, epítome de la buena organización, definían la cúpula de la CGAT. En realidad había una idea de España como fortín (una idea fuerza del franquismo inferior, plasmada literalmente en líneas de fortificaciones en costas y fronteras), rodeado de enemigos, y en una plaza sitiada los alimentos se racionan.

La cartilla era la piedra angular del sistema. De tamaño octavilla, impresa en cartulina ligera de color grisáceo, tenía tres partes principales: la identificación del usuario, la colección de cupones y los establecimientos de suministro. Los cupones recortables venían en varias hojas separadas y cada uno estaba identificado con tres informaciones clave: el número de cartilla, el tipo de suministro (pan, aceite, etc.) y la fecha. Por ejemplo: ACEITE, mayo de 1943, número XXXX. Día tras día, millones de estos cupones transitaban desde las cartillas a las tiendas de alimentación, dando soporte informativo y justificación legal al flujo de alimentos desde las tiendas a los consumidores. El estado imprimía las cartillas y las repartía, previo pago, con una cadencia más o menos mensual. La cartilla funcionaba como una computadora analógica, mostrando en todo momento el paisaje alimentario accesible más o menos en teoría (PAN, PATATAS, VARIOS, CAFÉ, etc.) y la carga de la batería alimentaria del usuario, que se acababa cuando se terminaba el último cupón.

Varios concursos públicos se hicieron para comprar e imprimir los muchos millones de cartulinas necesarias. Las cartillas se repartieron, asociadas por un lado al establecimiento que distribuía los productos y por otro a sus parroquianos asignados, como si fueran miembros de un club. Las cartillas costaban entre 25 céntimos las de tercera categoría a tres pesetas las de primera (16), un periódico costaba unos 20 céntimos, un kilo de pan rondaba la peseta. Imprimir tantas cartillas necesitaba mucho papel. Cuando terminó el racionamiento, la DPAT de Mallorca anunció la subasta de sus existencias de cartillas como papel viejo, que debían ser cuantiosas (17).

Perder la cartilla era un asunto muy serio. Conseguir una nueva significaba pasar por «una detallada información» que debía resolverse a favor o en contra, y mientras tanto no había suministro alguno de alimentos (18). Los anuncios de «Perdida cartilla de racionamiento» aparecían en la prensa junto a los de extravío de joyas familiares. Un documento tan valioso era fácil de pasar al lado de estraperlo, y el porcentaje de cartillas fraudulentas parece que llegó a ser alto (19).

La cartilla de racionamiento era un gran instrumento de control de la población. Cada entrega de una nueva remesa de cartillas podía llevar incluida algún requisito, como la necesidad de entregar el certificado de vacunación contra la viruela para recibir la nueva cartilla (20), o bien se ordenaba sellar todas las cartillas en las oficinas locales de FET y de las JONS; sin el sello, la cartilla no servía para obtener comida en las tiendas (21).

La importantísima Orden de 28 de junio de 1939 estableció cuatro tipos de seres humanos a efectos de alimentación: hombres adultos, mujeres adultas, hombres y mujeres mayores de 60 años y niños y niñas hasta los 14 años. Las mujeres y la tercera edad tenían derecho a una ración tipo del 80% de la asignada al hombre adulto, y los niños a otra del 60%.

El sistema se fue complicando paulatinamente. En noviembre de 1940 se clasificó a toda la población en doce categorías a efectos del racionamiento (22). Se establecieron cartillas de primera, segunda y tercera categoría, correspondientes a clase «alta, media y humilde». La idea general era que a los pobres les costara menos hacerse con la ración de pan, su salvavidas alimenticio. Las poblaciones se dividieron en cuatro grupos, en teoría según su coste de vida (grandes capitales –Madrid, Barcelona, Bilbao y Sevilla– ciudades grandes, ciudades medianas y municipios menores de 10.000 habitantes). En noviembre de 1942 se estableció la cartilla individual, en vez de la familiar que regía antes. La cartilla individual permitía un control mucho más estrecho del racionamiento.

¿Cómo se traducía este complicado tinglado burocrático en alimentos reales que llevarse a la boca? Lo primero era redactar la lista de raciones tipo diarias, es decir, el racionamiento tal cómo debería ser idealmente. Esta lista se publicó en la Orden de 18 de junio de 1939.

La ración tipo individual total para hombres adultos consistía en 400 gramos de pan, poco menos de la cantidad tradicional de pan que se supone que se metía entre pecho y espalda cada español, la ración nacional de casi medio kilo diario de pan que mantenía el país en marcha. Seguía un cuarto de kilo de patatas, y cerraba el terceto fundamental de alimentos cien gramos de legumbres secas, incluyendo lentejas, garbanzos, judías y arroz. La ración también incluía 50 gramos de aceite.

En 1930, el año de referencia de antes de la guerra, los cereales (es decir el pan, las gachas y las pastas alimenticias), las patatas y las legumbres secas aportaban a la dieta media nada menos que el 61% de las calorías y el 64% de las proteínas (23). Añadiendo el aceite, estos cuatro grandes de la alimentación llenaban las tres cuartas partes del plato de comida en España. Carne, pescado, lácteos, verduras y frutas frescas iban de acompañamiento.

Los cuatro tipos de alimentos que encabezaban la lista de la ración tipo eran los componentes del rancho básico, capaz de mantener con vida al personal durante largos periodos de tiempo, y que se servía tradicionalmente en cárceles y cuarteles. La cocina popular había llegado al virtuosismo con estos elementos, por ejemplo combinando arroz con legumbres para obtener guisos de mucho alimento. Al arroz le falta lisina y a los garbanzos metionina, pero juntos forman una combinación de proteína muy completa, casi a la altura de la del huevo. El mejor ejemplo es el Recao de Binéfar, una cumbre de la cocina vegana tradicional española, que une alubias, patatas, arroz y aceite.

El resto de los componentes de la ración tipo eran ciencia ficción: 10 gramos de café, 30 de azúcar, y cuatro componentes animales: 125 gramos de carne, 25 de tocino, 75 de bacalao y 200 de pescado fresco. La Orden deja muy claro que la ración tipo se fijaba para dar una idea general del asunto, y que no quería decir ni de lejos que cada persona tuviera que recibir diariamente las cantidades establecidas en la lista.

Según un análisis de las cantidades de alimentos racionados distribuidas oficialmente entre la población (que eran publicadas regularmente en el Anuario Estadístico), la distribución de aceite funcionó bastante bien, entre un mínimo del 25% en 1946 y un máximo del 55% en 1948. El arroz y las legumbres casi nunca superaron el 10% distribuido de la ración tipo, las patatas se movieron en torno a un 20% y el tocino y el bacalao eran de reparto simbólico: apenas alcanzaron el 2% de la ración tipo. El racionamiento establecido en 1939 no incluía frutas, verduras, leche, queso ni mantequilla.

La crucial ración de pan de racionamiento, es decir, vendido a precio oficial («precio de tasa») parece ser que rara vez superaba los 200 gramos, la mitad de lo establecido en la ración tipo. En conjunto, sumando el oficial y el extraoficial, el abastecimiento de pan se redujo en un 25% como media, lo cual era peligroso teniendo en cuenta su papel de puntal de la dieta, y el de patatas y legumbres prácticamente descendió a la mitad de la ración normal. Para estimar lo que comía realmente la población hay que tener en cuenta además que se utilizaron toda clase de sucedáneos de los alimentos originales: harinas groseras de diversos orígenes, incluyendo cebada, almortas en lugar de garbanzos, boniatos en vez de patatas.

El racionamiento era muy aleatorio, excepto en el caso del pan, que se intentó mantener siempre como un salvavidas alimentario de último recurso. El pan era el núcleo duro de la comida. Siempre había sido importante, pero entre 1939 y 1952 se volvió crucial. “… el pan era lo que satisfacía. […] en las casas que no había ni pá comprar el pan había la enfermedad esa del hambre” (24)

El pan de racionamiento, el combustible nacional, había sido definido legalmente en julio de 1939. Se trataba de pan elaborado con harina integral, sin contemplaciones ni porcentajes: “el producto íntegro de la molturación del trigo industrialmente puro”. Un pan bravío: la harina “ofrecerá un marcado buen aspecto, sin ser áspera al tacto ni presentar grandes fragmentos de salvado a la vista”. Es posible que en la vida real el grado de extracción no fuera del 100%, sino algo inferior. El caso es que este pan atiborrado de fibra, minerales y vitaminas, tenía un punto flaco: el exceso de salvado, que lo hacía indigesto y se consideraba que era perjudicial para el intestino (25) (es curiosa la abundancia de anuncios de laxantes y compuestos antiestreñimiento en la década de 1940). El estado volvió a legislar sobre la composición del pan en julio de 1950, estableciendo como pan estándar el de 84% de extracción (equivalente a un buen pan integral actual). Más adelante, en agosto de 1951, se amplió la consideración de pan a variedades ya más flojas y blancas, entre el 80% y el 70% de extracción, esta última típica de un buen pan blanco actual. Este era el pan teórico, el real podía estar compuesto de mezclas inverosímiles de harinas de cualquier procedencia.

Este era el núcleo del racionamiento, pero la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes podía racionar (“intervenir”) cualquier mercancía, y no únicamente alimentos. Esto quería decir que el producto en cuestión no podía circular sin una Guía asociada, un documento que justificaba y legalizaba su existencia, origen, transporte y compraventa. La CGAT publicaba periódicamente las listas de productos racionados, que incluían por ejemplo carbón, jabón, neumáticos, papel o gasolina. Los tejidos y el calzado también estaban contados. Se hicieron algunos esfuerzos para diseñar zapatos baratos de tipo popular, y había una rica cultura de tuneo, reparación y estiramiento de la ropa. Todavía en encuestas de mediados de la década de 1960 la máquina de coser era considerada tan importante como el frigorífico.

Otro elemento racionado era la libertad de movimientos. Los salvoconductos (documentos que permitían a portador ir de un sitio a otro para hacer tal o cual cosa, por gracia de la autoridad competente) no se suprimieron hasta principios de 1948 (26); hasta 1947, la prensa publicaba regularmente las listas de multas por viajar sin salvoconducto. En 1948 se acabó oficialmente la guerra civil y comenzó la laboriosa tarea de implantación del DNI. El nivel de rigor o blandura del requisito del salvoconducto era potestad del Gobernador civil. La cartilla de racionamiento era en sí misma un buen control de movimientos: estaba unida a un lugar determinado y no funcionaba fuera de él, a no ser después de prolijos trámites. Cuando terminó la utilidad de las cartillas de racionamiento en 1952, se ordenó a la población que conservara y mantuviera actualizadas las Tarjetas de Abastecimiento o Tarjetas Blancas, “que tienen todo su valor como documentos oficiales y públicos que acreditan la personalidad”. Se dio a entender que se canjearían en fecha próxima por el documento de inscripción en el “registro general de población de España”, que parece ser el DNI (27).

El racionamiento de comida trastocaba completamente la relación tradicional entre comprador y vendedor. Los alimentos perdían ya su impronta de calidad, marca o marchamo de origen cualquiera. Los garbanzos no eran ya pedrosillanos o de manteca, sino garbanzos a secas, y gracias. Tampoco estaban disponibles todo el tiempo ni en cualquier lugar, bien al contrario en plazos muy limitados y en puntos concretos de distribución. No se podía adquirir cualquier cantidad, sino una fija establecida en gramos o en unidades, al precio establecido por la Autoridad. El racionamiento se daba, sin explicación de porqué ese producto y no otro y en esa y no otra cantidad.

En todo momento, en los trece años que duró el racionamiento, la población recibió prolijas instrucciones sobre qué alimentos (suministros) estaban disponibles, cómo obtenerlos, qué cupones entregar. Por ejemplo, en diciembre de 1940 se acabaron los cupones de pan en Barcelona, así que la Autoridad estableció que la distribución de pan se haría con los cupones correspondientes al suministro de tocino, que evidentemente tenían menos posibilidades de agotarse (28). O bien se advertía al público de tal o cual distrito que el racionamiento de patatas se haría con el cupón número tal de café (29). Los tenderos tenían sus propias instrucciones, una contabilidad increíblemente prolija de las raciones entregadas en la que se llegaba a especificar usar lápiz rojo para determinados conceptos y azul para otros. Todo funcionaba en medio de una granizada de declaraciones juradas de existencias, de ingresos (para clasificar las cartillas en categorías), de comités clasificatorios y de Órdenes, Notas y Circulares.

El sistema del racionamiento oficial tenía un enfoque teórico y otro práctico. En teoría, el Estado era capaz de saber en todo momento las existencias de alimentos en todo el país, productor tras productor, más los sacos almacenados en los puertos de importaciones, menos las exportaciones (algo que en los años del hambre se intentaba ocultar). Estas cantidades se sumaban y restaban laboriosamente en las delegaciones de la Comisaría de Abastecimientos y Transportes hasta obtener los totales disponibles, que a continuación se dividían entre las bocas a alimentar. El Estado compraba la comida a los agricultores a precio oficial y la vendía en establecimientos controlados por él a precio igualmente oficial, limitando las cantidades por familia gracias a las cartillas de racionamiento. Sucesivas Juntas y Comisarías de Abastos a nivel nacional, provincial y local se encargaban de reproducir en diferentes escalas el sistema general.

La secuencia práctica del racionamiento comenzaba cuando se obtenía una cierta cantidad suficiente de algún producto alimenticio. Por ejemplo, llegaba un barco cargado con x toneladas de azúcar al puerto de Barcelona, o el Sindicato remolachero anunciaba que se disponía de z toneladas en sus almacenes de Zaragoza. La burocracia alimentaria se ponía en marcha y dividía las existencias de producto por cierto número de cartillas hasta llegar a una cifra aceptable. Oficialmente, se hacían «minuciosos cálculos para que ningún ciudadano se quede sin su ración». Se enviaban ciertas cantidades a los detallistas, los cruciales intermediarios de la distribución. Los comerciantes colgaban entonces un cartel indicando la cantidad recibida. El público, tras hacer un rato de cola, presentaba su tarjeta de racionamiento. El tendero anotaba la entrega de azúcar en cada tarjeta. Con todo el suministro entregado y vendido, el comerciante formaba un documento con la relación de ventas, el cual era enviado a la Jefatura de los Servicios de Abastecimientos y Transportes, donde se tomaba nota de todo. El papeleo alimentario era abrumador, e incluía un sinfín de estadillos y documentos. Todo este despliegue alimentario-policial se dio en Barcelona, en noviembre de 1939 (30) y tenía como objeto entregar a cada parroquiano 75 (setenta y cinco) gramos de azúcar, al precio de 2.05 pesetas el kilo. En Vitoria, pocas semanas después, tuvieron más suerte: la ración era de 400 (cuatrocientos) gramos por persona, al precio de 1,85 pesetas el kilo (31).

En diciembre de 1941, el peor invierno de todos, se publicó este anuncio oficial que da idea del objetivo casi maníaco de controlar todos los inputs y outputs de alimentos en España: «Las existencias de sardinas.- Se pone en conocimiento de los industriales y almacenistas que en el plazo improrrogable de tres días deberán presentar en la Delegación provincial de Abastecimientos y Transportes, Mayor, 69, declaración jurada de las existencias de sardinas salprensadas y a media sal que posean» (32). Esta extraordinaria minuciosidad y rigidez del sistema, que habría funcionado mejor con un potente sistema de inteligencia artificial e internet de las cosas, pero que funcionaba en realidad a base de estadillos, tarjetas de cartón y copias de papel carbón, explica en parte su fracaso y por ende la hambruna.

El racionamiento y todo su papeleo, centrado en la cartilla, era solo una parte del importante proceso que organizaba la alimentación cotidiana. Desde el punto de vista del consumidor-comprador de alimentos, conseguir comida no era una actividad sencilla como recorrer los pasillos de un supermercado echando paquetes a un carrito, sino una secuencia de actividades más o menos complejas, delicadas y en ocasiones delictivas.

En la práctica, el Estado controlaba sólo parte de la producción y de venta de alimentos, al parecer ni siquiera la mayor parte, lo que alentó un floreciente mercado paralelo de subsistencias en el que estaba implicada toda la población sin excepciones. Una vez agotadas las posibilidades del racionamiento, los hambrientos ciudadanos volvían sus ojos a una crucial fuente de suministros, la segunda en importancia: el estraperlo. La otra mitad de la comida que no llegaba al racionamiento estaba en el mercado negro, a disposición de cualquiera que tuviera dinero, entre dos y tres veces por encima del precio oficial. Este era el punto de vista del lado del comprador.
El lado estraperlista del mercado negro se podía hacer manejando miles de litros de aceite o toneladas de harina desde un despacho con teléfono o simplemente caminando unos cuantos kilómetros para agenciar una docena de huevos y luego revenderla, sin pagar el impuesto de consumos.

El estraperlo de alimentos era un mercado clandestino, pero importante y aceptado: «En Valencia el mercado negro sigue funcionando con toda normalidad» aseguraba un informe local de diciembre de 1943 compilado por la Dirección General de Seguridad. (33) La cotización de los alimentos de estraperlo se examinaba día tras día, pues las subidas demasiado abruptas podían poner la comida fuera del alcance de demasiadas personas, provocando, como dice un informe de La Coruña de esa fecha, «el malestar de los humildes». En Sabadell, en 1946, el peor año después de 1941, el pan se llegó a vender a cuatro veces el precio oficial, y el aceite a seis. No había escasez estructural de alimentos; comer bien era estrictamente una cuestión de dinero.

Gerald Brenan, en 1949, cuando ya había pasado lo peor, da esta imagen casi folklórica del mercado negro en Málaga: “… en las calles más estrechas que conducen hacia el oeste, alejándose de la calle Larios, uno llega al reino del mercado negro. Chicas jóvenes acicaladamente vestidas, llevando al brazo cestos con panecillos de pan blanco, vocean constantemente su mercancía, “Pan de contrabando” … El pan de racionamiento, aunque yo lo considero tan bueno como gran parte del pan inglés, es detestado …” (34)

Se vendía comida por las calles como muchos años después se venderían drogas ilegales, más o menos con la misma estructura de grandes traficantes inmensamente ricos y escalas descendentes de comisionistas y camellos. Pero todo el mundo participaba de un modo u otro, pues todo el mundo necesitaba comer. Siendo todo este tráfico ilegal, toda la población era criminal en potencia y estaba expuesta a la arbitrariedad de dureza o blandura en la represión del mercado negro que pusiera en cada momento la autoridad local, a su vez en estrecho contacto orgánico con el gobernador civil y éste con el Ministerio de la Gobernación. Desde luego era un sistema brutal de control, y funcionaba al nivel más básico y central de la existencia de las personas, el alimento cotidiano.

En la práctica, los ciudadanos andaban todo el día al acecho de cualquier oportunidad de agenciarse comida en el mercado, tanto legal como ilegal. Funcionaba una red de transmisión de información casi instantánea acerca de las novedades en el mermado mercado de distribución de alimentos. Muchas personas llevaban siempre una gran cartera bajo el brazo o en bandolera, con la esperanza de poder llenarla con alguna oportunidad de conseguir comida.

Igual que en la edad de piedra, la mujer llevaba toda la carga del abastecimiento menudo diario, que implicaba considerable maña para localizar fuentes alimentarias diversas, desde el racionamiento oficial a todo lo demás, desde compras en el mercado legal a trueques y hasta estraperlo a pequeña escala, mientras que los maridos se especializaban en presas mayores y esporádicas, “organizando” de vez en cuando un saco de harina o de garbanzos. Las cartas de los novios de la época solían comenzar con requiebros, pero terminaban casi siempre con detalladas descripciones de las posibilidades de obtener aceite o azúcar en sus localidades de residencia.

La compra en el mercado de los alimentos no sujetos a racionamiento (por ejemplo, pescado, frutas o verduras) requería gran astucia, habilidad y tesón para detectar los alimentos en estado comestible y a un precio razonable, como muestra esta descripción publicada en agosto de 1942 del poco boyante aspecto de un mercado de Madrid:
“Alrededor de estos montones de alimentos deambulan las mujeres capacho en ristre. Primero son dos vueltas al mercado para localizar el producto y su importe; y cuando ya se conocen de memoria hasta el rojo de las agallas de todos los besugos, a esa tercera vuelta ya tienen fichados los cuatro tenderetes donde lo que ellas buscan tiene el precio conveniente”. (35)

Se podía saber con bastante aproximación si los huevos eran frescos o no, o si el pescado estaba pasado, pero otros tipos de alimentos desafiaban cualquier escrutinio. Esta fue una edad de oro de los sucedáneos de comida, precursores en cierta forma de los alimentos ultraprocesados. Los inquietantes anuncios de comida de la década de 1940 dan una idea:

“¡Pida usted caldo HOC y tomará caldo! ¡Pida usted flan HOC y tomará flan! ¡Pida usted helado HOC y tomará helado!”

Este anuncio de 1940 de productos Montal (fabricación nacional, Jesús, 18, Barcelona) utiliza un argumento publicitario sencillo y de impacto: el fabricante anuncia que vende exactamente lo que anuncia, y no otra cosa. Indirectamente, la competencia queda en entredicho: ¿qué eran su caldos, flanes y helados? Adviértase que el anunciante no dice nada sobre la calidad o sabor de sus productos, solo apela a su autenticidad (36).

El caldo Muller, uno de los muchos sucedáneos de comida que proliferaron en la década de 1940, se anunciaba en 1942 como un «substitutivo exquisito y eficaz del aceite». En este caso, el argumento principal es «contiene las grasas que faltan hoy en la alimentación corriente» (37). Así que «Convertirá los platos vegetales en platos fuertes». La publicidad no dice una palabra sobre el origen de este ersatz del aceite. Los sucedáneos de la comida de verdad imitaban por lo general dos elementos que escasean en el paisaje alimentario racionado: las proteínas animales y las grasas.

Otra opción era acudir a un restaurante o una casa de comidas, pues la potente industria de restauración seguía funcionando. Era una parte peculiar de la vida racionada. Al ser establecimientos públicos, fueron sometidos a una legislación muy prolija que les marcaba su margen de maniobra en la nueva situación de escasez y control, incluso visual. Ya existían limitaciones a la cantidad de platos que se podían incluir en la carta, así como el Día del Plato Único y el Día sin Postre. En abril de 1942, una circular de la CGAT prohibió a los hoteles, restaurantes, pensiones, tabernas, cafés, bares y similares «La ostentación en escaparates de artículos alimenticios en proporciones tales que constituya un alarde de abundancia». La medida se explicó para que nadie pensara que imperaba en el país “un régimen de desigualdad” (38). la idea era También estaba prohibido freir, asar o cocinar a la vista del público de la calle, servir más de un huevo por persona o usar azúcar molido para endulzar el café (sólo azúcar en terrones, máximo de cinco gramos por taza). La hostelería bandeó la avalancha de restricciones oficiales y siguió ofreciendo su servicio básico por un lado y por otro cualquier delicatessen imaginable a quienes podían pagarlas… siempre que no fueran visibles desde la calle.

En el peor de los casos, era necesario obtener beneficencia, en comedores o en forma de “auxilio en frío”. Dos ejemplos de los sueltos que publicaba diariamente el periódico Patria, de Granada, durante el invierno de 1941, bajo el titulillo «Auxilio Social. Raciones servidas en el día de ayer», dan una idea (39). Las raciones consistían en potaje de lentejas con patatas y calabaza y potaje de garbanzos con arroz, dos platos al parecer estrictamente veganos, y pan. El número de raciones servidas al día, según estos datos dados a la publicidad, estaba entre las 6.000 y las 7.000, aproximadamente un 5% de la población total de la ciudad, que entonces era de unas 150.000 personas. Si se tiene en cuenta que había otros comedores de beneficencia y repartos de comida dependientes de conventos, cuarteles y otras instituciones, probablemente al menos el 10% de la población de Granada estaba al borde la inanición. El resto debía buscarse la vida con las cartillas de racionamiento y el mercado negro.

Quedaban dos últimos recursos. Uno era conseguir alimentos no convencionales, regresando a la era paleolítica de la caza y recolección. Hay infinidad de testimonios de recogida de hierbas y frutos del campo (collejas, tagarninas, verdolagas, algarrobas, etc.), así como animales (como caracoles y cangrejos) para ayudar a pasar el hambre, así como de captura de toda clase de animales, no solamente los asignados a la caza menor como liebres, conejos, perdices y codornices. Cada pueblo solía tener uno o dos cazadores semiprofesionales. Esta fuente de alimentos es imposible de cuantificar.

Robar comida era la última opción, entrando en los corrales y las eras y rapiñando lo que hubiera, o recogiendo de manera ilegal bellotas y frutas en huertos y dehesas. En 1950 en Píñar (Granada) la Guardia Civil arrestó a un jornalero por hurtar un kilo de habas. En el atestado correspondiente, consta que justificó su acción porque llevaba tres días en paro y quería dar de comer a sus hijos. El código penal, desde comienzos del siglo XIX, reconocía el atenuante del hurto famélico (40).

El sistema de racionamiento que funcionó entre 1939 y 1952 fue incapaz de proporcionar a la población una alimentación “suficiente y decorosa”, y la situación alimentaria tardó en normalizarse hasta la mejora radical de la década de 1960. Así lo deja caer una publicación formativa de la Organización Sindical de 1957, que reconoce una mejora de la situación alimentaria desde el año 1951, pero que establece que el “consumo ideal” de alimentos “no se ve demasiado próximo todavía”.

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1- El Adelantado de Segovia, 28, 19 y 30 de marzo de 1939.

2- Hierro, 1 de abril de 1939.

3- El Avisador Numantino, 20 de mayo de 1939.

4- Ministerio de Industria y Comercio. Orden de 14 de mayo de 1939 estableciendo el régimen de racionamiento en todo el territorio nacional para los productos alimenticios que se designen por este Ministerio.

5- Alimentación Nacional. Publicación de la Sección de Información de la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes Madrid, 15 abril 1942.

6- ABC, 27 de febrero de 1943.

7- JEFATURA DEL ESTADO. LEY DE 24 DE JUNIO DE 1941 por la que se reorganiza la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes. BOE de 27 de junio de 1941.

8- «Crisis? Escasez? Especulación? ¡Racionamiento!- Consideraciones sobre el problema del abastecimiento Nacional, su origen y causas. Madrid, 1944. Hallado en todocoleccion.net).

9- Reproducido en ABC, 27 de febrero de 1943.

10- El Adelantado de Segovia, 21 de febrero de 1938.

11- El Adelantado de Segovia, 20 de enero de 1940.

12- Pueblo, 9 de noviembre de 1950.

13- El adelantado de Segovia, 22 de mayo de 1951

14- Boletín Oficial de la Provincia de Guadalajara, 23 de septiembre de 1939.

15- ABC, 22 de julio de 1941.

16- Boletín Oficial de la Provincia de Guadalajara, 17 de septiembre de 1943.

17- Correo de Mallorca, 16 de enero de 1953.

18- Imperio -Zamora- 23 de agosto de 1939.

19- Miguel Ángel del Arco Blanco: La hambruna española (2025).

20- La Rioja, 13 de enero de 1940.

21- La Rioja, 28 de septiembre de 1939.

22- ABC, 28 de diciembre de 1941.

23- X. Cussó y R. Garrabou: La transición nutricional en la España contemporánea: las variaciones en el consumo de pan, patatas y legumbres. VIII Congreso de la Asocación Española de Historia Económica. Sesión A: El nivel de vida en la España contemporánea. Galicia, septiembre de 2005.

24-David Conde-Caballero y Borja Rivero Jiménez: Recursos culinarios para tiempos de hambre. Una aproximación etnográfica a la posguerra en Extremadura. Revista de Estudios Extremeños, 2020, Tomo LXXVI, N.º II, pp. 77-97

25- Miguel Comenge Gerpe: Análisis de alimentos, tomo III Escelicer, 1964.

26- Una colección de huellas. Los orígenes totalitarios del Documento Nacional de Identidad español – Miguel Díaz Sánchez Ayer 131/2023 (3): 245-268.

27- Jornada, 31 de mayo de 1952.

28-La Vanguardia Española, 20 de diciembre de 1940

29- La Vanguardia Española, 31 de octubre de 1942.

30- La Vanguardia Española, 21 de noviembre de 1939

31- El Pensamiento Alavés, 13 de diciembre de 1939

32- ABC, 28 de diciembre de 1941.

33- Carme Molinero y Pere Ysàs: Las condiciones de vida y laborales durante el primer franquismo. La subsistencia, ¿un problema político?

34- Brenan, La faz de España.

35- Enrique Ambard: Cómo gastan las mujeres el dinero en el mercado, Revista “Y”, agosto de 1942.

36- Revista «Y», Órgano de la Sección Femenina de FET y de las JONS (Revista para la mujer), junio de 1940.

37- «Y», Revista para la mujer, abril de 1942.

38- Alimentación nacional, agosto de 1942.

39- Patria (Granada) 4 y 15 de enero de 1941.

40- Gloria Román Ruiz Miguel Ángel del Arco Blanco: ¿Resistir con hambre? Estrategias cotidianas contra la autarquía en la consolidación del franquismo Ayer, 126/2022 (2): 107-130.

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