Disciplinados: «Desfile de productores de todas las ramas de la industria y el comercio, con motivo de la Fiesta Nacional (18 julio 1940). Fotografía publicada en La obra realizada por el Ayuntamiento de Barcelona después de la liberación (1939-1941).
En junio de 1940, una Orden (1) definió con precisión la estratificación social de las galletas. Las galletas populares debían llevar como mínimo seis kilos de aceite de oliva o sebo por cada cien kilos de harina corriente. Las galletas finas, catorce kilos de manteca de cerdo o vaca o margarina por cada cien kilos de harina blanca de primera calidad. Las galletas de lujo, treinta y dos kilos de manteca de cerdo o vaca por cada cien kilos de flor de harina (de la que solo se sacaban unos 40 kilos por cien kilos de cereal).
Desde el punto de vista actual, en un mundo donde se vende serrín (salvado) en cajas bajo la etiqueta de “cereales para desayuno ricos en fibra”, las galletas de lujo resultan aterradoras: una reunión de tres grandes enemigos de la salud (harina refinada, azúcar y grasa animal) en groseras proporciones. En comparación, las galletas populares (en su versión de aceite de oliva y harina integral) merecerían la aprobación de cualquier experto en nutrición. Pero en 1940 los tres tipos de galletas marcaban con nitidez tres compartimentos de calidad humana, como la Renfe marcaba los vagones de primera, segunda y tercera clase. Esto no fue un invento del franquismo ni mucho menos, pero el franquismo reforzó la idea de una jerarquía social natural y la utilizó como base de funcionamiento.
Las jerarquías (sindicales, provinciales, comarcales, del Movimiento, etc.) eran una referencia habitual en la prensa española entre finales de la guerra civil y comienzos de la década de 1970, es decir durante toda la duración del Régimen. Asistían a toda clase de actos públicos representando al poder efectivo del Estado. Podían ser las jerarquías de Auxilio Social de la ciudad de Lugo, acompañadas de «señoritas catequistas», con motivo de la primera comunión de un grupo de niños y niñas asistidos en los comedores de esta institución (2) o solemnes y multitudinarios actos con asistencia de las jerarquías nacionales del partido, máximas autoridades militares, altas dignidades eclesiásticas, etc. “Jerarquía” era originalmente el orden entre los diversos coros de los ángeles, y luego se fue extendiendo a los grados de la Iglesia y por fin a los peldaños de un escalafón. En el Régimen del Movimiento funcionaban diversos niveles de mando, anidados unos dentro de otros, dentro de una gran escala única que comenzaba por abajo con la familia, “generaciones y jerarquías naturales y sagradas”, como dijo el dictador es su mensaje de fin de año de 1953 (3). Por arriba, un tal Francisco Franco Bahamonde encabezaba la escala nacional de mando, ostentando personalmente su grado máximo. Fungió como Jefe de Estado del país al completo desde abril de 1939 hasta noviembre de 1975, y como Jefe de Gobierno algo menos, desde la primera fecha hasta junio de 1973.
El Generalísimo Franco actuaba en representación de la Divinidad, como se podía comprobar examinando cualquier moneda, que llevaban en su anverso la leyenda “FRANCISCO FRANCO CAUDILLO DE ESPAÑA POR LA G. DE DIOS”. “G.” significaba “GRACIA” y podía tener diversas interpretaciones, desde “favor sobrenatural que Dios concede”, la oficial, a “cosa que molesta e irrita”, más popular.
Bajo el Caudillo, no muy lejos, estaban los capitanes y tenientes generales, esa especie de sanedrín de altos oficiales que le dieron el poder en octubre de 1936. Las Regiones militares tenían cada una a su cabeza un capitán general, aunque formalmente ese rango solo lo tenía el Generalísimo. Había un sistema similar de Departamentos navales y Regiones aéreas, cuyos mandos formaban parte también de la cúpula militar del Régimen. Los altos cargos de las fuerzas armadas también podían ser Gobernadores militares (o civiles) de las provincias, ministros (no solo de los ministerios militares), procuradores en Cortes, etc., etc. En conjunto, formaban aproximadamente un 30% de la Superioridad.
A diferencia de la jerarquía, concepto moderno y muy asociado al régimen del Movimiento, la Superioridad era un concepto muy antiguo. Había superioridades temáticas de bajo rango (como la Federación Española de Motociclismo, órgano decisorio supremo de su ramo, por ejemplo) y luego estaba La Superioridad, la cúpula del poder nacional y sus ramificaciones provinciales.
A la gran cúpula militar seguían los ministros, muy importantes en el franquismo por su larga duración y amplio rango de autonomía en su departamento. Tres de ellos debían ser militares (del Aire, Marina y Ejército), aunque hubo militares también en otros ministerios. Su número fluctuó entre poco más de diez y casi 20, con un total de un centenar aproximadamente en 40 años, lo que da una idea de la ultraestabilidad del Régimen.
La firmeza y larga duración de los cargos era un elemento fundamental de la que se podría llamar gobernanza del franquismo. El cargo de dictador principal era vitalicio, y duró 36 años cumplidos. El cargo de vicedictador de facto (Luis Carrero Blanco) duró 32 años, desde su nombramiento en mayo de 1941 como Subsecretario de la Presidencia del Gobierno (luego Ministro Subsecretario, luego además Vicepresidente del Gobierno, luego Presidente del Gobierno, hasta su asesinato en diciembre de 1973).
Un vistazo al gráfico de ministros de Fomento u Obras Públicas a lo largo del siglo XX muestra claramente esta tendencia: la duración media de los ministros entre 1900 y 1936 fue de 0,6 años, de casi cinco años durante el régimen del Movimiento y de poco más de tres años en los cuarenta años siguientes. Es una consecuencia lógica de la ausencia de partidos políticos y de gobiernos electos, pero además la larga duración de un cargo ministerial enviaba un mensaje de orden y control que el franquismo apreciaba por encima de todo. Los cambios de ministros se dilataban todo lo posible, salvo en algún caso, raro, de insostenibilidad flagrante.
Continuaban los Gobernadores civiles y militares y altas jerarquías del Movimiento Nacional (el partido único, FET y de las JONS), que formaban una nube elevada e interconectada (los gobernadores civiles eran los jefes provinciales del Movimiento, y todos los oficiales de las fuerzas armadas era miembros del Partido). Los Gobernadores civiles eran cargos muy importantes, especialmente en el franquismo inferior en que decidían mucho sobre el abastecimiento de alimentos de la provincia bajo su mando. Se nombraron aproximadamente 500 gobernadores civiles entre 1939 y 1975, así que tocaron a diez por provincia de media, con una duración en el cargo de unos cuatro años. El 30% eran militares. Los Gobiernos civiles fueron suprimidos en 1997.
Estrechamente unido al cargo de Gobernador civil estaba el de obispo y arzobispo, cada uno con su circunscripción territorial similar a la del gobernador, haciendo trío con el de Gobernador militar.
Las jerarquías del Movimiento eran la estructura de mando político del país (casi nunca expresado así, pues el franquismo usaba la palabra “política” con extrema precaución). Además de sus altas jerarquías (Presidente de la Junta Política, Jefes Nacionales, Delegados Nacionales, Jefes de las Milicias, etc., había una pirámide de sub y sub-sub-jerarcas del Movimiento que llegaba hasta el último pueblo. Da una idea de cuántas personas entraban en la definición «jerarquías del Movimiento» que, el 22 de noviembre de 1975, salieron de Sevilla diez autocares ocupados por jerarquías provinciales y locales de esta vasta institución, capitaneados por el subjefe provincial del Movimiento. Iban a Madrid, al sepelio del Generalísimo. La población de Sevilla por entonces era el 4% de la total de España, lo que parece indicar una cifra de unos 10.000 jerarcas para todo el país (4). En julio de 1977, el Gobierno dio la cifra de 10.000 funcionarios de la Secretaría General del Movimiento y 30.000 de la Organización Sindical, que pasaban a formar parte de la Administración Civil del Estado (5).
Seguían los altos cargos de la Administración (Subsecretarios, Directores Generales y Secretarios Generales Técnicos) y los funcionarios de primer nivel, los llamados cuerpos superiores de la Administración, como abogados del Estado, catedráticos de universidad, magistrados o letrados del Consejo de Estado (6). No era fácil alcanzar un alto cargo político (ser ministro o subsecretario, por ejemplo), sin pertenecer a esta élite de la administración pública. El Movimiento Nacional tenía una utilidad muy limitada para impulsar carreras políticas entre miembros de las clases populares, con alguna excepción en la Organización Sindical. El caso es que el porcentaje de altos funcionarios en puestos políticos ejecutivos se estimó en un 90% en el año 1965 (6). La élite burocrática española, que era muy anterior al franquismo, encajó a la perfección en el Régimen del Movimiento Nacional. Se atrincheró en sus Cuerpos en medio de una espesa nube de formalismos jurídico-administrativos y medró como una gran fuerza conservadora cuyo impacto se prolonga hasta la actualidad (7).
Sumando políticos, alta milicia, alto clero y diversos profesionales destacados, la guía Dirigentes de 1972 ofreció 2.000 referencias (8), número que podría coincidir aproximadamente con el de componentes de la Superioridad. La inexistencia de partidos políticos como portillos al exterior, la práctica habitual del automatismo y el entrelazamiento para designar puestos políticos (los cargos natos, como que los arzobispos fueran procuradores en Cortes) y la desconfianza hacia todo lo que no fuera la vieja clase dirigente produjo una Superioridad con la consistencia del cemento armado (9).
Había un estrato intermedio de jefes de demarcación, los ingenieros de minas, de caminos, industriales, agrónomos, forestales, etc., que muchas veces mandaban sobre distritos sorprendentemente extensos. El Ingeniero Jefe era el equivalente al Oficial de Distrito, un funcionario colonial encargado de redimir extensos territorios y acercarlos a la civilización.
El franquismo dejó en general como estaban las demarcaciones mineras, forestales, de obras públicas, agronómicas e hidráulicas, completándolas y mejorando su dotación de personal especializado, tras la merma drástica de efectivos que conllevó la guerra civil y la depuración posterior. Los directivos responsables, muchas veces ingenieros, vieron reforzada su autoridad sobre los montes, aguas, caminos o minas de su distrito y sobre los nativos que en él habitaban. Su autoridad venía directamente de Madrid, donde el propio Ministro de Obras Públicas o Agricultura o un delegado suyo les había aleccionado desde su despacho. “Irregularidades, todas. Inmoralidades, ninguna” fue la arenga que algunos pudieron escuchar antes de salir ahí fuera y trabajar (muchas veces duramente) por el engrandecimiento de la Patria.
Los alcaldes no pintaban mucho, aparte de casos especiales de notabilidades locales o caciques eternos para quienes el franquismo era un accidente histórico más. La jerarquía general funcionaba así en el nombramiento de alcaldes: los de Madrid y Barcelona eran decisión del jefe del estado, los de capitales de provincia o localidades de más de 10.000 habitantes los nombraba el ministro de la Gobernación, y el resto eran cosa del Gobernador Civil. Los concejales, el escalón de la administración más cercano al pueblo, eran elegidos en una tercera parte en un simulacro de elecciones entre los cabezas de familia, así que eran la única Autoridad del régimen del Movimiento que tenía una seudolegitimidad.
La infinidad de oficiales del ejército en activo o semirretiro eran también autoridades muy importantes, sobre todo en localidades pequeñas. La Guardia Civil era la Autoridad por definición, la única que veía continuamente el pueblo llano. El comandante de puesto, junto con el párroco, el alcalde y la jerarquía local del Movimiento, se suponía que formaba la junta de gobierno de los millares de pueblos pequeños de la nación. Luego estaban los guardias, la policía (la policía armada tenía un poder muy superior al de la policía municipal), y una gran cantidad de guardias de fincas, forestales, serenos, vigilantes, revisores, etc, que eran los que, llegado el momento, insistían con más energía en su condición de Autoridad.
El partido único intentó poner en marcha un sistema de control cien por cien totalitario y de grano fino de Jefes de Casa, de Bloque y de Barrio, al parecer copiado del que funcionaba en la Alemania nacionalsocialista. Un acto celebrado en el cine Europa en marzo de 1943 permite apreciar el tamaño de esta fantasía falangista: el camarada Zaera, inspector provincial de la Organización de Barrios en la ciudad de Madrid, la describió como la suma de 22.000 jefes de Casa, 1.800 jefes de Bloque (que sería una manzana de casas, más que el bloque de pisos, por entonces no muy abundantes) y 120 jefes de Barrio, un total de “24.000 corazones falangistas en línea de combate por la revolución” (10).
Los Jefes de Casa tenían oficialmente la responsabilidad de reunir toda la información necesaria para el racionamiento de alimentos, certificando el número de familias bajo su jurisdicción, sus edades (importante en el caso de los niños con derecho a una Tarjeta de leche), el reparto de costes de la calefacción si esta era central, etc. Había una confusión entre los porteros y los Jefes de casa. Al final, no es probable que el sistema de dirección de casa-bloque-barrio funcionara de ninguna manera, aunque los porteros tuvieron que llevar buena parte del intenso papeleo de la época en relación con el abastecimiento de subsistencias. En caso de no existir portero ni Jefe de casa, la norma legal aludía por si acaso al “vecino más caracterizado”.
Ahí terminaba el campo de la jerarquía formal, con muchos elementos más difusos, como jerarquías universitarias y de la enseñanza, catedráticos y profesores, jerarquías de la organización juvenil, la estructura piramidal de la Sección Femenina, las importantes jerarquías del sindicato vertical, etc. Todo el mundo debía saber su posición en la escala de Autoridad que le tocara, que a veces podía ser más de una. Los estudiantes podían estar «sometidos a las jerarquías naturales del S.E.U.» (Sindicato Español Universitario) y además ser miembros de las Falanges Juveniles de Franco. En cuanto ponían un pie fuera de la Universidad, la Autoridad pasaba a los mandos provinciales de las Falanges (11).
La jerarquía informal era tanto o más importante. El franquismo reconocía explícitamente la autoridad de los cabezas de familia (varones), que eran implícitamente el último eslabón de la cadena de mando. Todo el mundo, hasta los niños pequeños, sabía perfectamente su posición en esta gran estructura de mando, y tenía muy en cuenta a los que estaban por encima y por debajo de él.
Los niños de diez o doce años (equivalente al primer curso de bachillerato) aprendían cosas como ésta en los libros de texto de formación político-social: “La jerarquía familiar: el padre. El padre tiene la autoridad en la familia. Esta autoridad le ha sido donada directamente por Dios”, que transformaba a los padres de familia en versiones de andar por casa del Caudillo. La cadena de mando (desde el punto de vista del niño o niña) se refleja en “la jerarquía escolar”, en la que la autoridad la detenta el profesor. Sigue un escalón más arriba “la jerarquía de la parroquia: el párroco”, otra autoridad importante (12). El municipio también se considera, y de ahí para arriba, en una jerarquía que termina en el Generalísimo.
La división de la sociedad en clases sociales de poseedores y de desposeídos, potencialmente conflictiva, se tuvo en cuenta muy de pasada dentro de la gran jerarquía ordenada que se supone que funcionaba bajo el franquismo. La fantasía del Régimen al respecto se expresaba de este modo en una publicación oficial: «La manera de disminuir tal «pugilato» [curioso símil boxístico de la lucha de clases] no consiste en arrinconar a una o a otra, sino en perfeccionar la estratificación social con una promoción y movilidad cada vez más general y ágil. De esta forma, la élite no degenera en oligarquía y la mayoría irá haciendo suyos los afanes de los «mejores» de subir a la cima del progreso social (13).
Aunque el funcionamiento del franquismo era caótico con frecuencia (como en el caso del mercado negro) su idea fuerza era la de una sociedad perfectamente ordenada donde todo el mundo tenía su puesto en algún lugar de la escala jerárquica natural. La Autoridad, así con mayúsculas, se transmitía desde el Generalísimo al último sereno o portero de finca de postín como una sustancia perfectamente cuantificable, que además se comunicaba a los parientes y allegados. Carandell, en Vivir en Madrid (1972) describe así el choque de dos Autoridades, una directa y otra por parentesco: “Pepe [el sereno] tenía entonces un juicio de faltas por haberle dado con el chuzo a un señor que quería romper la luna de un bar americano y que luego resultó ser sobrino de uno de Sindicatos”.
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1- Orden de 6 de junio de 1940 referente al precio de las galletas. BOE de 16 de junio de 1940.
2- El Progreso de Lugo, 15 de junio de 1939.
3- Mensaje de fin de año, ABC, 1 de enero de 1954.
4- «Jerarcas del Movimiento, a Madrid». ABC de Sevilla, 23 de noviembre de 1975.
5- Diario de Burgos, 29 de julio de 1977.
6- Julio Ponce Alberca: Los gobernadores civiles en el primer franquismo.Hispania, 2016, vol. LXXVI, nº. 252, enero-abril, págs. 245-271.
7- Carlos Vázquez de la Torre y Luis Fernando Crespo: Reseña del libro de Miguel Beltrán «La élite burocrática española», Editorial Ariel, Madrid, 1977. En DA -1978, Núm 178.
8- Joaquín Bardavío: Dirigentes. España 1972. Madrid, 1972.
9- Miguel Ángel Giménez Martínez: Autoritarismo y modernización de la Administración Pública española durante el franquismo. Revista de Estudios de la Administración Local y Autonómica EALA, no 1, enero-junio 2014.
10- ABC de Madrid, 16 de marzo de 1943.
11- Cuarto Consejo General del Frente de Juventudes y Séptimo del Sindicato Español Universitario, ABC, 18 de enero de 1945.
12- Sección Femenina de FET y de las JONS: Formación Político-Social. Primer curso de bachillerato, 4º edición, Madrid, 1966.
13- Delegación Nacional de Prensa, Propaganda y Radio del Movimiento – Departamento de Publicaciones – Gabinete de Estudios: Desarrollo del civismo en la sociedad española. Ediciones del Movimiento, 1964.
Asuntos: Control social
Tochos: El museo del franquismo
