El bombardero definitivo pero fallido


 

Uno de los muchos prototipos del Convair B-58 Hustler, hacia 1958. Así pintados, combinaban la experimentación y puesta  a punto de una máquina muy compleja con la propaganda, una parte que el SAC cuidaba mediante reportajes en prensa, películas y exhibiciones públicas de sus aviones.

Solo tres años después de su creación en 1946, el SAC (Strategic Air Command, Mando Aéreo Estratégico de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos) pidió a la industria un superbombardero atómico. Aquel año de 1949 faltaba poco para el primer vuelo del B-47. El SAC se apañaba por entonces con el B-29, el bombardero de Hiroshima y Nagasaki, un cuatrimotor de motores de pistón, y con el enorme B-36, un avión de seis motores de pistón con un par de reactores para ayudar a mover su gran masa. El B-36 era imponente, pero lento y poco útil para la tarea que ocuparía al SAC durante los siguientes 30 años: penetrar a toda velocidad el espacio aéreo soviético para lanzar sobre los rojos bombas nucleares, y hasta que eso no ocurriera demostrar que podían hacerlo, y amenazar con hacerlo de todas las formas posibles.

El B-47 funcionó bien, al ser un reactor de seis motores bastante rápido y capaz, pero tenía un autonomía algo corta y necesitaba estar desplegado no muy lejos de las fronteras soviéticas, en alguna de las bases de la USAF que rodeaban el Mundo Comunista en Europa, Asia y América. El B-52 era todavía mejor que el B-47, al ser todavía más potente y espacioso y tener mucho mayor radio de acción, de manera que se convirtió en la columna vertebral del SAC. Pero faltaba el superbombardero supersónico, diseñado para volar a más de 2.ooo km/h a veinte kilómetros de altura. Esa máquina no existía todavía en 1949, pero voló por primera vez en 1956 y estaba lista para el servicio en 1961.

El B-58 Hustler no debía ser sólo el mejor bombardero del SAC, sino también la demostración de que la tecnología aeronáutica de los Estados Unidos era la más avanzada del mundo. La fuerza aérea contrató con Convair el “sistema de armas” completo, la primera vez que se usaba este concepto. La solución que se eligió para el desarrollo del proyecto era un avión no muy grande de ala delta, con cuatro potentes turborreactores colgando las alas, muy poco espacio para combustible y sin bodega de bombas. En su lugar se diseñó un gran contenedor aerodinámico que se podía colocar bajo el avión y en caso necesario lanzar en pleno vuelo. Los contenedores podían llevar combustible, las bombas nucleares, cámaras fotográficas y otro equipo diverso. La nueva tecnología incluyó incluso mensajes grabados con voz de mujer para advertir a los tripulantes de las circunstancias del vuelo, y el diseño de cápsulas ejectables, necesarias para salvar la vida de aviadores en apuros a velocidades supersónicas, para probar las cuales se usaron chimpancés y osos.

En 1960 comenzaron a llegar los B-58 a las unidades del SAC, que nunca tuvo más de 80 funcionando a la vez. Resultó ser un avión muy caro en términos de coste por hora de vuelo, pues tenía que estar siempre rodeado de una nube de mecánicos cada vez que regresaba de una misión. Su relativamente corta autonomía se podía solucionar con reabastecimiento en vuelo, pero nunca le permitió llegar al estatus de avión global, que sí tenía el B-52.

En 1961 Eisenhower cedió la presidencia a Kennedy y el país se hundió en una era de incertidumbre después de la próspera y segura de sí misma década de 1950. Los soviéticos demostraron que podían derribar aviones americanos a más de veinte kilómetros de altura derribando un U-2 espía el  primero de mayo de 1960, y toda la idea de uso del Hustler se vino a pique. Las tripulaciones debieron aprender a volar muy bajo para evitar los radares enemigos, cosa penosa para un avión tan estratosférico como el B-58. La guerra de Vietnam reveló que la fuerza aérea no necesitaba plateados bombarderos atómicos, sino robustos aviones de ataque pintados de camuflaje pesadamente cargados de napalm. Todo esto acabó con el B-58, que desapareció de los inventarios en 1970, justo cuando empezaba la presidencia de Nixon y el país se acercaba a la derrota en Vietnam, donde los B-52 cumplieron un gran papel, pero ya no estuvieron los Hustlers.

 

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