Vigilando el mundo comunista desde 22 km de altura

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Un Lockheed U-2B de la Agencia Central de Inteligengia estadounidense, desprovisto de cualquier marca de identificación.

 

Conocer con detalle las novedades en el catálogo de la amenaza militar de la Rusia Comunista era la segunda tarea principal de la USAF, que puso en vuelo con este fin cierto número de aviones espías. Antes de la puesta a punto de flotillas de satélites militares de observación –el Sputnik soviético data de 1957, el Vanguard norteamericano de 1958, y pasaría tiempo antes de que los satélites pudieran hacer otra cosa que orbitar y enviar bip-bips a la tierra– los aviones debían hacer todo el trabajo de teledetección. Esto provocó el diseño de algunos modelos muy interesantes, y el más famoso de todos ellos es el U-2. El U-2 fue resultado de una especificación secreta conjunta de la CIA y la USAF, y su principal cualidad era su capacidad para volar largo tiempo a casi 22 kilómetros de altura, disparando sus cámaras sobre las ciudades y las instalaciones militares comunistas.

Disfrazado de avión de investigación meteorológica civil por el astuto procedimiento de despojarlo de toda marca de identificación, el U-2 paseó sobre la Unión Soviética y China a su antojo durante cuatro años, desde 1956 hasta que el pilotado por Gary Powers fue derribado sobre Sverdlovsk el Primero de Mayo (la fecha contribuyó a que el vuelo fuera considerado como “una clara provocación”) de 1960. En ese preciso momento, las potencias nucleares estaban a punto de firmar un tratado de prohibición de pruebas nucleares en París, cuando el cántaro. El asunto se presentó como de una gravedad inaudita, y los soviéticos pudieron hacer casi toda la sangre que quisieron. Una de las consecuencias fue la cancelación sine die de la conferencia de París, y otra más general un clima agudo de hostilidad entre las dos superpotencias, que no tardaron en pagar países terceros, pero que vino como anillo al dedo al complejo militar industrial.

Las bases soviéticas no estaban ampliamente repartidas por el planeta como era el caso de las norteamericanas, y la primera vez que intentaron colocar sus armas de destrucción masiva relativamente cerca de territorio estadounidense –en Cuba– se llegó al borde de la tercera guerra mundial. A mediados de octubre de 1962 un avión espía U-2 tomó las fotografías de emplazamientos de misiles soviéticos que desencadenaron la crisis, y algunos días después otro aparato de este tipo fue derribado sobre la isla.

 

 

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