El peligroso Backfire

Un Tupolev Tu-22M de la fuerza aérea de Rusia, a mediados de la década de 2010.

El tratado entre los Estados Unidos de América y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas sobre limitación de armas estratégicas ofensivas, firmado en Viena en junio de 1979, se dedicó en buena parte a los ICBM, SLBM, ASBM, MIRV (una pista: BM es Ballistic Missiles), pero inevitablemente tuvo que dedicar alguna atención a los bombarderos. Estableció como “bombarderos pesados”–es decir estratégicos– por parte estadounidense el B-52 y el B-1 Lancer, y por parte soviética el Tu-95 y el Myasishchev M-4 Molot. Se hizo constar oficialmente que los B-52 y los B-1 eran conocidos en la URSS por esa misma designación, pero que el Tu-95 y el M-4 eran conocidos en los EEUU como “Bear” y “Bison” respectivamente. Es un misterio por qué el Pacto de Varsovia no utilizó o al menos no publicó su lista de nombres en código de los aviones de la OTAN.

Definir qué era un bombardero peligroso y qué no dio bastante trabajo a los redactores del tratado (conocido como acuerdo SALT II). En esto se tropezó en la misma piedra que hizo fracasar, entre otras causas, el tratado de desarme de 1932. El Tu-142, patrullero marítimo derivado del Tu-95, no fue considerado como tal. Los Myasishchev M-4 tanqueros tampoco, aunque eso debía conformarse mediante “diferencias funcionales observables”.

El punto clave estaba en realidad en el número y alcance de los misiles de crucero que pudieran llevar estos bombarderos pesados –se estableció un rango de 600 km. como límite. Un dato interesante es el número de estos aviones establecido oficialmente en el tratado: 573 en USA por 156 en la URSS. Estados Unidos tenía casi cuatro veces más bombarderos estratégicos que la Unión Soviética. Estos bombarderos, con la excepción de tres unidades en manos de la USAF, carecían de misiles de crucero de rango superior a 600 km y ninguno cargaba misiles balísticos aire-superficie (ASMB).

Al final, con todo el pescado vendido, bajo las firmas de Jimmy (sic.) Carter y L. Brezhnev, el tratado tuvo un añadido, la Declaración Backfire. Brezhnev entregó a Carter un escrito que decía lo siguiente: “La parte soviética informa a la parte estadounidense de que el avión soviético “Tu-22M”, llamado “Backfire” en EEUU, es un bombardero de alcance medio, y que no se pretende dar a este avión la capacidad de operar a distancias intercontinentales”. Es decir, continúa la declaración, no puede atacar blancos en el territorio de los Estados Unidos. Para dejar las cosas claras, además, quedaba prohibido emplear el repostaje aéreo con el Tu-22M, y no se fabricarían más de 30 unidades al año.

El avión que provocó este movimiento diplomático a tan alto nivel, el Tupolev Tu-22M, voló por vez primera el 30 de agosto de 1969 y continúa más de medio siglo después formando parte de la punta de lanza de la fuerza aérea rusa, después de serlo de la soviética. La OKB (oficina de diseño y construcción) de Andrei Tupolev, que ya tenía más de ochenta años en la fecha del primer despegue de la aeronave, quería sacarse la espina del relativo fracaso del Tu-22. Con recursos propios, hasta que llegó el preceptivo decreto del Consejo de Ministros de la URSS, fue tomando forma una especie de súper Tu-22 que cada vez se alejaba más del modelo original. Cuando el diseño cuajó, los militares aéreos soviéticos se encontraron con un aparato de más de 120 toneladas de peso a plena carga, 2.300 km/h de velocidad máxima, una autonomía cercana a los 7.000 km y una capacidad de 25 toneladas de bombas, misiles y otros materiales bélicos. Parecía el ideal bomber de la URSS, aunque tan impresionantes performances se alcanzaron solo después de un extenuante trabajo de modificaciones y mejoras.

Los expertos norteamericanos llevaban décadas especulando sobre los superaviones soviéticos que podían aparecer algún día, fantasías que alimentaban a la industria aeronáutica militar estadounidense. Una descripción típica de cómo se diseñaba cualquier avión de guerra moderno en EEUU solía incluir la frase “debe ser capaz de enfrentarse al más moderno y letal aparato soviético concebible”. En realidad la industria aeronáutica militar soviética siempre había ido por detrás de la norteamericana, también en materia de bombarderos, desde que en la década de 1940 hubo que copiar el B-29 para conseguir el primer bombardero estratégico soviético eficaz. En la década de 1950, el Myasishchev M-4 disparó todas las alarmas en EEUU, con gran satisfacción de la industria, aunque el avión no era tan peligroso como lo pintaban. En los 70 el Tu-22M parecía acercarse mucho al casi proverbial concepto de “mortífero y amenazador avión soviético, casi desconocido en Occidente”, que se hizo popular gracias a la novela, luego película Firefox (Clint Eastwood, 1982). Todo eso acabó cuando Brezhnev, casi de su propia mano, entregó la “Declaración Backfire” a Carter.
El ya conocido popularmente en la URSS como Backfire tuvo una cierta participación en la guerra de Afganistán y luego, tras la disolución de la Unión Soviética, en las guerras de Chechenia y de Osetia del Sur, bombardeando posiciones georgianas, y más recientemente en la guerra civil siria, actuando por cuenta del gobierno de Damasco.

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