Morir por las vistas

 

El Douglas DC-10 de que se estrelló el 28 de noviembre de 1979 en las laderas del volcán Erebus en la isla de Ross, estrecho de McMurdo, Antártida.

El vuelo, de 12 horas de duración y más de 5.000 millas naúticas (unos 9.500 km) de recorrido, no iba a ninguna parte. Despegó de Auckland, cargó el resto de pasajeros en Christchurch y se dirigió directo al sur hasta que, que, casi 4.000 km más allá, llegó a la costa de la Antártida en la bahía de McMurdo, que hace una entalladura en su compacta masa continental. Entonces comenzó el vuelo panorámico por la bahía, haciendo amplios giros en ocho hacia y desde la isla de Ross, coronada por los volcanes Erebus y Terror. En uno de los giros el avión volaba demasiado bajo y el capitán se despistó al confundir la nieve del suelo con la blancura de las nubes y la niebla. Completamente perdido, cuando sonó la alarma de aproximación al suelo no pudo reaccionar a tiempo, y el enorme aparato se estrelló, con los motores a toda potencia, con la ladera del volcán Erebus.

El avión iba a dos tercios de su capacidad máxima, lo que permitía a los pasajeros cierta movilidad hacia las ventanillas de babor y de estribor. Murieron 257 personas, 20 trabajadores en activo –la tripulación– y 237 flat noses, aficionados a las vistas desde los aviones, esas personas que se pasan todo el vuelo atisbando por la ventanilla aunque sea de noche cerrada y con niebla cerrada. Si hubiera un Día Internacional de Observador Aéreo (Civil), sería el 28 de noviembre.

El lugar donde tanta gente perdió la vida, el monte Erebus, fue bautizado así por James Clark Ross en 1840, descubridor de la isla que lleva su nombre y descubridor de verdad, pues ningún ser humano la había visto hasta entonces. Bautizó el volcán gemelo que se alzaba en la isla como Terror, pues esos eran el nombre de sus barcos, los mismos que Franklin llevó cinco años después a su desdichada expedición al Ártico que causó la muerte de toda la tripulación. Otro recuerdo ominoso estaba cerca del lugar del accidente, el campamento base de  la expedición de Robert F. Scott de 1912.

La investigación posterior mostró la cadena de errores que hay detrás de toda gran catástrofe, tres de cuyos principales eslabones fueron la inexperiencia de la tripulación para interpretar el paisaje antártico desde el aire, pues era su primer viaje al continente congelado (Flight señaló que era práctica común de las aviaciones militares norteamericana y neozelandesa en la zona llevar tripulaciones duplicadas con fines de entrenamiento visual), un error en el plan de vuelo que se introdujo en la computadora de a bordo, que desvió el rumbo unos 40 km y sobre todo el hacer caso omiso de la altura de seguridad establecida, de unos 4.000 m, por encima de la cumbre del volcán. El avión volaba mucho más bajo cuando se estrelló, y luego se vio que muchos vuelos anteriores habían hecho lo mismo, tal vez llevados por la magnificencia del paisaje que tenían delante.

Nueva Zelanda es un país pequeño que tenía tres millones de habitantes por entonces, y el impacto del accidente fue devastador. Todo el mundo conocía a alguien que conocía a alguien implicado en la catástrofe. Air New Zealand tardó casi una década en recuperarse. No se volvieron a repetir los vuelos panorámicos a la Antártida. Todos los ocupantes de avión murieron instantáneamente en mitad de un vuelo sin destino, hecho por el puro placer de contemplar las alucinantes vistas del continente más remoto.

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