De un reportaje publicado en Pueblo, 17 de diciembre de 1969.
El gobernador civil y jefe provincial del Movimiento de Zamora, José Murillo de Valdivia, visitó tres pueblos abandonados el 14 de agosto de 1956 y fue recibido por una multitud en todos ellos. Este misterio tiene una explicación. Hasta 1960 aproximadamente, “pueblo abandonado” significaba “localidad rural olvidada por la administración”, es decir, sin carretera, sin escuelas, sin agua potable, sin médico, y en general sin casi nada de lo que hace la vida llevadera.
El camarada Murillo inauguró algunas modestas mejoras en estos pueblos –dos depósitos de agua de doce metros cúbicos con bomba eléctrica, un lavadero techado, un camino rural reparado– y recibió a cambio aplausos, discursos laudatorios de los alcaldes, un yugo con sus flechas, símbolo de la Falange, trenzado a base de espigas de trigo y la visión extraordinaria de cuatro niñas vestidas de ángeles custodiando el nuevo depósito de agua de Cerecinos de Campos, cubierto además con unos cuantos mantones de Manila. El gobernador resumió sus objetivos en una fórmula sencilla e impactante: “para que no bebáis donde abrevan los ganados”. Los tres pueblos visitados (San Agustín del Pozo, Vega de Villalobos y Cerecinos) no eran minúsculas aldeas de montaña, sino pueblos bastante grandes para lo que es Castilla, de un millar de habitantes o más, enclavados en la Tierra de Campos (1). Madrid había sugerido a los camaradas jefes provinciales del partido único que hicieran algo de ruido para conmemorar el 20 aniversario del Alzamiento del 18 de julio.
Pocos años después, en 1970, la población de estos tres pueblos se había reducido en un 30%, a pesar de las mejoras inauguradas por el gobernador civil. El fenómeno era general. Entre 1960 y 1970, según el Instituto Nacional de Estadística, 34.964 personas abandonaron la provincia de Soria, es decir, casi la cuarta parte de la población. A ese ritmo, Soria habría carecido de presencia humana hacia el año 2000. Gracias a Dios, la década siguiente sólo se marcharon unas 10.000 personas y a comienzos del siglo XXI la provincia se estabilizó en unos 90.000 habitantes. Soria había tenido su récord absoluto de población, más de 161.000 habitantes, en el censo de 1950.
La cabeza del sistema Ibérico (la Idoúbeda de Estrabón) es una de las muchas provincias que se vaciaron en la década de 1960. En 2025, casi las dos terceras partes de sus 183 municipios tenían menos de cien habitantes. En cambio otras, como Barcelona, Vizcaya o Madrid, se llenaron de gente. Entre 1961 y 1965 el ritmo de movimiento de población era equivalente a que cada año apareciera una ciudad nueva de 100.000 habitantes y al mismo tiempo desaparecieran un centenar de municipios pequeños (2).
Un indicador de la despoblación es la edad media de los municipios. El récord de senescencia municipal de España en 2025 lo tenía Escobosa de Almazán, Soria, 19 habitantes con una edad media de 74 años, que indica una sólida mayoría de octogenarios, que tenían 15 años en 1960 (3). Escobosa pasó de 161 a 88 habitantes entre 1950 y 1970. Los siguientes municipios en la lista de senescencia (envejecimiento), Navalmoralejo (Toledo) y Alcolea de las Peñas (Guadalajara), perdieron más de la mitad de su población en esas dos décadas cruciales.
Era el fin de la utopía acariciada por políticos católicos, como Severino Aznar y más tarde por el falangismo, de una España ordenada y armoniosamente poblada por una jerarquía de pueblos y ciudades regularmente distribuidas sobre el territorio. Los pueblos estarían habitados por patriarcales familias campesinas, las ciudades tendrían un tamaño apropiado para prestar los servicios necesarios al territorio, pero sin agobiarlo. En lugar de tan bella imagen, habría algunas ultra-densas concentraciones urbanas rodeadas de desiertos demográficos, enormes rub-al-jalis (el lugar vacío) ocupando aproximadamente la mitad de España.
Que la gente abandonara pueblos y aldeas para emigrar a la ciudad era algo que se hacía desde tiempos inmemoriales, y el proceso se aceleró a finales del siglo XIX. En 1900, siete de cada diez habitantes eran rurales, en 1940 solo cinco de cada diez. Pero cada vez había más población campesina: 12,5 millones en 1900, 13,3 millones en 1940 (2).
Que cada vez hubiera proporcionalmente menos gente en el campo y más en la ciudad era un fenómeno que había empezado mucho antes del franquismo, pero que se aceleró durante el régimen del Movimiento. Entre 1900 y 1940 el porcentaje de población rural había bajado de 68 a 52%, una media de cuatro puntos por década. De 1940 a 1950 el proceso se hizo más lento, con solo tres puntos de disminución. La década de 1950 el éxodo rural se animó, con cinco puntos de reducción. El récord se alcanzó en la década de 1960, con once puntos para abajo, que dejaron a la población rural con un 35% en 1970. La década siguiente se frenó algo el proceso, terminando 1981 con un 28%, siete puntos por debajo (2). Las dos siguientes décadas vieron reducciones mucho más lentas, de dos puntos nada más, que dejaron a la población rural con un porcentaje del 24% en 2001. Resumiendo, en el siglo XX el campo (dicho así) perdió casi dos terceras partes de sus efectivos, con una media de reducción de algo más cuatro puntos por década. Durante el franquismo superior (1960-1981) esta media fue de ocho.
La despoblación del campo comenzó a perder velocidad hacia 1980, y así siguió atenúandose hasta nuestros días. “Ya no podían ser desplazamientos masivos como los del periodo anterior: no había una reserva demográfica, una base biológica, de emigrantes potenciales como la que se había acumulado a la altura de 1950.” (2).
El éxodo rural, fenómeno secular, tuvo una fase en el franquismo inferior en que pareció que podría ser detenido, o al menos correctamente encauzado, gracias a una ideología que apostaba oficialmente por la “redención”, “revalorización” y “elevación del nivel de vida” del campo, es decir, de la mayoría de la población.
En una primera etapa, aproximadamente entre 1939 y 1950, la Ciudad intentó devolver (retóricamente al menos) su deuda al Campo. Un viejo concepto falangista era el de la ciudad como parásita del campo, injusticia que había que corregir.
La Sección Femenina se puso manos a la obra utilizando una institución denominada Hermandad de la Ciudad y el Campo, señoritas de ciudad echando una mano a sus coetáneas del campo. Se publicaron muchas fotos de propaganda mostrando a las jóvenes falangistas colaborando en las tareas agrarias. Una de ellas, «Jóvenes falangistas de la Hermandad de la Ciudad y el Campo en las faenas de recolección triguera en Castilla», que probablemente se hizo en 1939, muestra todas las obsesiones del franquismo reunidas en una imagen: las gavillas de trigo, Castilla, los uniformes, el sano medio rural, la mujer española casta pero alegre, los hábitos casi religiosos, la militarización de la población, ¡hasta los calcetines blancos! (4).
De manera más eficaz, los servicios de Divulgadoras Rurales Sanitario-Sociales y las Cátedras Ambulantes “para pueblos atrasados y semiaislados” apenas dejaron una aldea sin visitar entre 1940 y 1974. El enfoque de estas visitas era más bien misional-colonial, como muestra esta descripción de sus objetivos: «… llegar a inculcar en el alma de campesinas y obreras la idea de cuán beneficiosa resultaría para ellas, para sus familias y, en consecuencia, para la sociedad entera, el observar algunas reglas elementales de higiene, tanto en el aspecto personal como en todo lo relacionado con la vivienda» (5).
Pilar Primo de Rivera, que dirigió durante cuarenta años cumplidos (1937-1977) la rama mujeril de FET y de las JONS, resumió así la idea general: “Dentro de unos años, cuando vuestras casas sean más limpias, vuestros hijos más sanos y vuestros campos fértiles; cuando vuestras hijas no estén ociosas alrededor de la lumbre, sino que, afanosas las veáis tejiendo o bordando, para que el mundo entero conozca todo el arte popular de nuestra tierra; cuando vuestros hijos no sientan el ansia de la ciudad, porque en su huerto y en su casa encuentren todo lo que necesiten, nos diréis entonces: «La Falange nos trajo la verdad» (6).
El Régimen del Movimiento Nacional, oficialmente, apoyaba la idea de que el campo era “… la verdadera España, vieja y entrañable, sufrida y segura, que conserva durante siglos la labranza, los usos familiares y comunales, la continuidad entre antepasados y descendientes”. [Como dijo el Caudillo en 1953], los labradores son la “representación genuina de la Patria no corrompida, del hombre español por excelencia” (7). Hasta ahí todo parecía una versión española de la Comarca de Tolkien, con nobles campesinos habitando en una campiña bien cultivada. El problema es que gran parte de la Península no se parecía mucho a la Comarca, sino más bien a las estepas desérticas del norte de África o de Oriente medio. Esa era al menos la opinión generalizada desde los tiempos de Lucas Mallada, el ingeniero que se atrevió a decir que la mayor parte de las tierras españolas eran improductivas, “eriales y pedregales que no se debieran haber labrado nunca”.
Esta última frase era de José Antonio Primo de Rivera. El fascismo español tenía como programa principal una gigantesca operación de transformación del territorio de la patria, a base de (de arriba abajo) repoblaciones forestales, construcción de embalses, encauzamiento de ríos díscolos, desecación de lagunas, drenaje de tierras demasiado húmedas y la panacea suprema, el riego de tierras demasiado secas. Resumiendo, en vez de infinitas extensiones de páramos y eriales, plantaciones arbóreas bordeando canales y amplios campos bien regados. Los pueblos, de tamaño regular y casas amplias y encaladas, se repartirían por este neopaisaje. Sus habitantes serían ex-gañanes, que a su vez serían tan transformados como el paisaje en que habitaban: “el gañán, que hasta ahora mismo apenas sabe otra cosa que guiar un par de mulas de la arada, habrá de sacudir su pereza ancestral para alternar la mancera [la pieza de madera con la que se empuña el arado] con el tractor y el anticuado trillo por la aventadora mecánica” (7). En fin, una población agrícola bien capacitada y “sana de cuerpo y espíritu”, el verdadero desiderátum del Régimen, hombres del campo fijados a la tierra, sin prestar la menor atención a las luces de la ciudad.
Se conservan algunos restos arqueológicos de esta idea fuerte del Régimen de Movimiento, como los aproximadamente 250 pueblos de colonización que todavía pueden verse dispersos por todo el país.
Mientras el partido único se engolfaba en estas visiones casi extraterrestres, comparables a la terraformación de Marte o de Venus, la despoblación del campo crecía a sus espaldas, provocando el correspondiente hacinamiento de la ciudad, el foco de todos los males según el falangismo. En noviembre de 1957 Ignacio Myro, agricultor entendido, estimaba la reducción del censo rural de algunos pueblos en un 30% “en pocos años” (8).
La voz de alarma la dio una película de 1951, Surcos, de José Antonio Nieves Conde, con guión de Natividad Zaro y Gonzalo Torrente Ballester, sobre un argumento de Eugenio Montes. Declarada de Interés Nacional, fue rodada en su mayor parte en el barrio de Embajadores de Madrid, el sórdido escenario urbano donde aterriza y se hunde una familia, procedente de un pueblo en alguna parte de Castilla. La película acaba mal, con el regreso de sus protagonistas a un pueblo que nunca debieron abandonar. Surcos contiene el mensaje falangista de que ciudad es inmoral y peligrosa, un lugar donde las virtudes prístinas del campo degeneran y son aniquiladas (9). Hermandad, semanario nacional de las Hermandades Sindicales de Labradores y Ganaderos, consideró la película tan importante como para elevar una petición a la Superioridad para que la película se proyectara en los pueblos, «que es, precisamente, donde la exposición de esta tragedia del éxodo rural puede lograr mayor eficacia» (10).
¿Qué estaba pasando? Una de las respuestas está en un anuncio publicado en el Diario de Burgos el 16 de marzo de 1960 por un paisano de Villahoz: “Vendo 30 ovejas emparejadas, 18 de año, caballo 3 años, mula 4 años; por mecanización”. Villahoz es un pueblo cerca de Lerma que tenía 900 habitantes en 1960, que quedaron reducidos a 600 diez años después. Perder la tercera parte de la población en una década es algo que no se había visto nunca antes, y estaba ocurriendo por todas partes, y de manera más acelerada que en Villahoz en muchos casos.
Hubo señales premonitorias del impacto creciente de la “mecanización”. En julio de 1954 la casa Vidaurreta y Cía anunció en la prensa “Los tractores CASE para petróleo y diésel de la ayuda americana están llegando… admitimos pedidos”. Vidaurreta y Cía llevaba décadas importando y fabricando maquinaria agrícola, como los tractores CASE norteamericanos, cuando publicó este anuncio, un año después de la firma de los acuerdos España – Estados Unidos. Fue una de las primeras señales de la acelerada petrolización que sufriría el país en los veinte años siguientes. Esta era una causa objetiva de despoblación, máquinas alimentadas con energía fósil que reducían drásticamente la demanda de mano de obra en el campo. Pero había otras, tal vez más importantes.
Un anuncio de lavadoras BRU en 1957 (11) proporciona un atisbo. Bajo la imagen de dos distinguidas señoras echando pienso a las gallinas, el texto dice “Ser elegante y campesina. Este es un problema que hasta ahora no había sido resuelto. La ilusión que los veraneantes sienten por hacer vida de campo, implicaba siempre vestirse con ropa que no conjugaba con su gracia y elegancia… pero hoy podemos ver elegantes campesinas que trajinan entre los animales y el ambiente agrícola, tranquilas porque sus lindos vestidos solo tardan minutos para que, sin ningún esfuerzo, la supermáquina de lavar BRU les restituya su brillante y pulcro aspecto». Es evidente que lo que querría cualquier campesina no veraneante, sino autóctona, sería mercarse una BRU e instalarla en un piso de la ciudad, lejos de “los animales y el ambiente agrícola”.
La gente de los pueblos quería una vida cotidiana más cómoda, con agua corriente e incluso caliente, supermercados, electrodomésticos y, no en último término, la posibilidad de responder sentados en una taza de loza a la llamada de la naturaleza. Esta irresistible atracción de la ciudad se veía en frases aparentemente triviales, como “a todo el mundo le gusta vivir bien” “(implícitamente, al estilo de la ciudad)” (12). En fin, «Todo ese malestar [de los pueblos] se hace más desagradable durante el largo y frío invierno, con las calles llenas de barro, y los pueblos casi a oscuras, con muy poca iluminación por las noches, y, lo que es peor, con la sensación de estar separado de todo lo que supone civilización y progreso.» (13).
¿Cómo pudo un régimen tan enaltecedor de las virtudes del campo sobre la ciudad asistir impertérrito (y en realidad acicatear) el mayor derrumbe de población rural de toda la historia de España, y que se hizo a gran velocidad además? En 1972 un informe sobre la despoblación de Tierra de Campos afirmaba “El éxodo rural… ni fué previsto en el año 50, ni posteriormente fué debidamente planificado y dirigido. Es verdad que fue una avalancha tal que era muy difícil de prever y controlar.» (13). El éxodo rural acelerado provocó un fenómeno nuevo, cuando actuó sobre municipios pequeños de unos centenares de habitantes, que no eran raros en el valle del Duero y en las zonas de montaña de todo el país: los pueblos abandonados. Esta vez abandonados por su habitantes, no por el gobierno.
En febrero de 1968, Blanco y Negro (14) publicó un extenso reportaje ilustrado sobre un pueblo de La Alcarria en Guadalajara, Hontanillas, pueblo abandonado tres años atrás. Hontanillas está cerca del embalse de Entrepeñas, con su potente central eléctrica (inaugurada sólo diez años antes), a 35 kilómetros de Zorita de los Canes, donde las obras de instalación de la central nuclear –que entró en servicio en 1969– estaban ya muy avanzadas y a 15 kilómetros de Trillo, donde ya empezaban los trabajos de planeamiento de la construcción de una central nuclear que entraría en servicio en 1988.
A pesar de tanta abundancia cercana de tecnología energética de vanguardia, Hontanillas era el centro de una comarca que se vaciaba. Todos los pueblos de su alrededor (Torronteras, Villaescusa de Palositos, Alique, Escamilla) perdieron toda o casi toda su población por entonces. En Hontanillas, la puerta de la iglesia estaba entornada, y dentro todo estaba intacto: retablos, cálices, sagrarios, una custodia. Pronto empezó la búsqueda de antigüedades valiosas «en pueblos abandonados y aldeas perdidas» (15) .
Los reportajes de pueblos abandonados no tenían todavía, en la década de 1960, el tono elegíaco que adquirirían después. Se veían como una curiosidad, una manifestación más del proceso general de intensificación que sacudía el país. Nadie paró mientes en la pérdida de “conocimientos ambientales, sentimientos identitarios, habilidades de percepción y acción, y formas comunales de trabajo y gestión de recursos” que implicaba la despoblación acelerada del campo. (16).
En 1972 Pedro Martín Ruiz, agente de desarrollo del IRYDA (INC hasta un año atrás) resumió los pros (más productividad en el campo, un cierto aire de progreso) y las contras (marasmo en los pueblos, envejecimiento, etc.) del éxodo rural, sobre el ejemplo de la Tierra de Campos. El último aspecto negativo era profético: «Riesgos de despoblación excesiva y de desequilibrios ecológicos» (13).
No todos estaban de acuerdo con la bondad del éxodo rural, ni siquiera en el Gobierno (17). Luis Monje se expresaba así en un articulo publicado en diciembre de 1968 que alertaba sobre la “constante emigración a Madrid” de Guadalajara: «Es posible que los economistas estimen que esta despoblación del campo es buena, pero a los alcarreños nos duele ver ya algunos municipios totalmente deshabitados, como Torronteras y Hontanillas, y otros muchos a punto de quedarse también vacíos»(lll). En siete años (1958-1965), Guadalajara perdió el 18% de sus habitantes. Hontanillas está a solo 95 km en línea recta de la Puerta del Sol de Madrid.
En abril de 1967 se publicó en varios periódicos nacionales un reportaje sobre la Tierra de Cameros, en la provincia de Logroño, bajo el título “La ruta de los pueblos abandonados” Los titulillos dan idea del tono del reportaje: “Los pájaros anidan en los dormitorios de Peroblasco – Hace cuatro años tenía más de cien vecinos; hoy sólo los gatos salvajes habitan sus casas – Algunas familias dejaron abandonados al marchar los muebles, los enseres de la cocina y parte de las últimas cosechas» (19). La Rioja, el periódico de más difusión de la provincia, reaccionó con indignación: «En Logroño no hay ninguna «ruta de pueblos abandonados»… «Lo que nos parece muy mal es que […] reportajes, que tratan únicamente de la pobreza de Logroño se estén pregonando por distintos periódicos nacionales como la cosa más pintoresca de nuestra provincia.» (20).
En lo que sí había coincidencia general de opiniones es que se trataba de un proceso demasiado rápido. Se esperaba un ordenado trasvase de población rural hacia la industria, un drenaje paulatino de población que conservara la sustancia vital de los pueblos. Pero la previsión se quedó corta por mucho. La estimación de la emigración del campo a la ciudad del I Plan de desarrollo (un 2% anual) había pasado al 12% en los dos primeros años del Plan. Los 340.000 trabajadores que pasarían de la agricultura a la industria en los cuatro años del Plan (cifra que mostró López Rodó en un gráfico que se pasó por TV) ya eran 600.000 en tres años. En 1967 la evidencia ya estaba muy clara. «El éxodo rural que deja atrás casas vacías, calles desoladas y tierras sin cultivo, se ha convertido ya en un fenómeno normal. Hasta el anuncio de pueblos abandonados y puestos a subasta, está dejando de ser noticia». … «Cierto es que todos coinciden en que este viejo fenómeno es saludable, de acuerdo con el principio de que a menor población activa agraria, mayor suele ser la renta por habitante». En opinión de Arturo Camilleri, referencia de la economía agraria en la época, el Plan de desarrollo estaba arrasando el campo. (21).
La gran intensificación transformó radicalmente la vida en la ciudad, con cambios intensos en el ecosistema doméstico urbano que tardaron más en darse en el rural. El “gap” tan notorio impulsó más gente hacia la ciudad. En 1966 lavadora tenían el 10% de los hogares agrarios y el 50% de los no agrarios (22). Peor estaba el asunto de los frigoríficos, con solo un 5% agrario contra un 39% urbano, o el televisor, con una proporción de 8% a 45%. Vivir en el pueblo implicaba no poder sacar una cerveza fría de la nevera para disfrutar un programa de televisión, y deslomarse lavando la ropa a mano.
La cinta transportadora del éxodo rural no funcionaba solo en la dirección de la ciudad, sino que actuaba como una conexión bidireccional. En ocasiones, la emigración podía repercutir en notables cambios en el pueblo de origen, que se “urbanizaba” en cuestiones como la vivienda, la alimentación o la ropa. En Navanogal (nombre ficticio), un pueblo de la sierra de Béjar (entre Salamanca, Ávila y Cáceres), en la década de 1960, casi todas las casas sustituyeron el tradicional suelo de tierra por solera de cemento, enlosado, piedra o madera, y en la segunda mitad de la década el 70% de las casas cambiaron el fogón abierto por cocinas de butano. En paralelo, casi todas las casas se hicieron con una radio, y el número de televisores creció con rapidez. La dieta cambió, a base de pollo, leche y sopas de sobre.
El uso de ropa cambió por completo, dando un vuelco completo a un modelo tradicional muy austero, también muy sostenible y eficiente. Hasta 1960 aproximadamente, las mujeres que iban a casarse disponían de un ajuar que incluía, entre otras cosas, veinticuatro pares de camisas, completamente artesanales, bordadas y hechas para durar toda la vida de su propietaria, que se suponía que no necesitaría reponer nunca el stock de estas prendas. En 1970, el ajuar ya era una curiosidad etnográfica, y todas las mujeres compraban en la tienda su ropa interior, en colores y tamaños a elegir, y fabricada, cada vez más, con tejidos sintéticos (nylón, dracón, etc.) (23).
No todo era éxodo por mecanización, industrialización y búsqueda de una vida mejor “voluntaria”. En ocasiones no hubo más remedio que abandonar el pueblo. La nación debía ser transformada de arriba abajo, manu militari si hiciera falta, aunque eso perjudicara a algunos de sus miembros. Es lo que ocurrió en grandes repoblaciones forestales y señaladamente en la construcción de embalses. En 1939 se publicó la nueva ley de expropiaciones, pues las leyes ya existentes al respecto ya no encajaban en «la velocidad que el Gobierno quiere imprimir a las obras de reconstrucción nacional». La nueva Ley establecía «un procedimiento que permite llegar a la ocupación de las fincas en un plazo brevísimo» (24) Los pueblos abandonados estaban a veces en estas zonas peligrosas de transformación total, o de sacrificio.
Terminada la etapa inicial de fantasías falangistas de un campo redimido, a partir de 1960 el Régimen considera, sobre el impresionante movimiento de población del campo a la ciudad y la consiguiente despoblación rural, que todo estaba previsto, y que todo iba bien. Un ejemplo es el reportaje que publicó ABC en 1963: “La máquina y el éxodo rural, en relación con el progreso general del país” (25), que continúa: “Se podría decir que el éxodo rural tiene su origen en las regiones que abrieron la era de la mecanización a ultranza. ¡Y bienvenida sea la mecanización!” Tras esta loa a la máquina y a la petrolización, el artículo va al grano: “¿Puede considerarse como “calamidad nacional” ese trasiego de habitantes? Desde el punto de vista de la producción, nos parece que no”. El argumento general era que los países civilizados tienen más producción agrícola y menos población campesina, “menos y mejores agricultores” era la idea principal.
En 1964 Cáritas estimó que 204 de las 360 zonas rurales en que el Plan Cáritas dividía el país (más del 56%) se estaban despoblando (26). Pero el punto de vista de las provincias que se vaciaban no era tan optimista como el punto de vista de las que se llenaban. En Toledo, la pésima cosecha de aceituna de 1964 llevó al Gobernador civil a plantear una serie de obras de urgencia, por ejemplo de reparación de caminos, para dar trabajo a varios miles de trabajadores y, sobre todo, evitar «el incremento de la corriente migratoria de la provincia, que aceleraría el iniciado proceso de despoblación del campo toledano» (27).
Como enmendando la plana a su gobernador, el general Franco, en el discurso de fin de año que dio pocas semanas después, dio la suprema interpretación oficial del asunto: el progreso industrial, mucho más rápido que el agrícola, produce un «desfase con la población campesina», (la cual, ávida de mejores condiciones de vida, abandona los pueblos). «Esta despoblación del campo constituye un proceso natural», y mundial, propio de naciones en vías de desarrollo, añadió el Generalísimo (28). A continuación, el discurso se perdió en viejos tópicos falangistas, como «la redención de nuestros campesinos», pero algo había quedado claro, quedaba inaugurada la España Vaciada.
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1- Imperio (Zamora) 15 de agosto de 1956
2- Vicente Pinilla y Luis Antonio Sáez: La despoblación rural en España: génesis de un problema y políticas innovadoras. SSPA – Áreas Escasamente Pobladas del Sur de Europa.
3- Laura Albor: El mapa de la España envejecida: más de la mitad de municipios son cincuentones. ABC, 18 de marzo de 2026.
4- Escrito a máquina en el dorso de la foto: «Jóvenes falangistas de la Hermandad de la Ciudad y el Campo en las faenas de recolección triguera en Castilla». Con un sello del Ministerio de Interior, Sección Técnica. Probablemente se hizo en 1939. Pueden verse todas las fotos en la Biblioteca Digital Hispánica.
5- Cursillos de divulgadoras sanitarias rurales, de la Hermandad de la Ciudad y el Campo de la SF de FET y de las JONS. ABC, 15 de febrero de 1940.
6- Sección Femenina. Regiduría de la Hermandad de la Ciudad y el Campo. Causas y creación del Servicio. Voz de Malgrat. 1/5/1955. Pàgina 3. Arxiu Municipal de Malgrat de Mar.
7- Berta Pensado, Revalorización del campo, temas españoles (1954, 1959).
8- Blanco y Negro, 30 de noviembre de 1957.
9- Javier Silvestre Rodríguez y Enrique Serrano Asenjo: La representación en el cine de la integración de los inmigrantes rurales en las ciudades: el pesimismo de Surcos (1951). ager, nº 12, abril 2012. Revista de Estudios sobre Despoblación y Desarrollo Rural.
10- Hermandad, 1 de diciembre de 1951.
11- Hoja del Lunes de Madrid, 7 de octubre de 1957.
12- El proceso de cambio en las comunidades rurales castellanas, Victor M. Pérez Díaz, Los aspectos cambiantes…)
13- Pedro Martín Ruiz: Notas sobre el éxodo rural y la evolución de la población en una comarca de Tierra de Campos. Revista de Estudios Agrosociales- Año 1972, Número 81.
14- Blanco y Negro, 17 de febrero de 1968.
15- La Vanguardia, 8 de agosto de 1968.
16- Moreno-Caballud, en Ares-López, Daniel. “Culturas de Naturaleza y Naturalezas-culturas. Hacia Una Redefinición de Los Estudios Culturales Desde El Antropoceno.” Arizona Journal of Hispanic Cultural Studies, vol. 23, 2019, pp. 215–34.
17-Visiones en off de la despoblación rural en el franquismo. Ángel Paniagua- ager Revista de Estudios sobre Despoblación y Desarrollo Rural 2015.10
18-ABC, 10 de diciembre de 1968
19- Un reportaje de Diego Carcedo. Libertad, 12 de abril de 1967,
20-La Rioja, 14 de abril de 1967.
21- Diario de Burgos, «El campo español necesita más dinero», 2 de octubre de 1967.
22- Collantes, Fernando: ¿Lugares que no importan? : la despoblación de la España rural desde 1900 hasta el presente / Fernando Collantes y Vicente Pinilla. — Zaragoza : Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2019.
23- Stanley Brandes: El impacto de la emigración en una aldea de los montes de Castilla. En Los aspectos cambiantes de la España rural, de WA Douglas, Joseph Aceves, J. Pitt-Rivers y otros, Barral editores, 1978 (la edición original norteamericana es de 1974).
24- Ley de 7 de octubre de 1939 sobre procedimiento en las Leyes de expropiación forzosa.
25- ABC de Madrid, 8 de noviembre de 1963.
26- La Vanguardia, 16 de febrero de 1964, pág. 6.
27- ABC, 21 de noviembre de 1964.
28- ABC, 31 de diciembre de 1964.
Asuntos: Despoblación
Tochos: El museo del franquismo

