
De la portada del folleto «Riegos del Guadalquivir», Temas Españoles nº 234, 1956.
«En el momento de inaugurar las obras del pantano, el Presidente hizo funcionar el conmutador, haciendo explosión un barreno de gran potencia. Al mismo tiempo que retumbaba la explosión en toda la serranía, la banda de música interpretó el Himno de Riego…» (1) Con esta puesta en escena comenzaron en abril de 1932 los trabajos del pantano de Benagéber, en el curso del Turia. Era un embalse de tipo llave maestra, destinado a controlar el indómito e imprevisible río aguas arriba, producir electricidad, guardar agua los años lluviosos para salvar las sequías, poner en riego miles de hectáreas y abastecer a la ciudad de Valencia. La comarca era agreste de verdad: el coche del presidente sufrió un pinchazo, otros vehículos de su comitiva quedaron varados «por las dificultades del camino» y la gente de los pueblos limítrofes desfiló ante el presidente a lomos de caballerías, «único medio de locomoción en la comarca». El presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, había sido recibido por los vecindarios y los gobiernos municipales en todos los pueblos del recorrido desde Valencia hasta Benagéber, en algunos de ellos con música (2), y en Requena habían tenido el detalle de levantar en su honor un arco de follaje.
El año siguiente comenzaron las obras. Los obreros excavaron un túnel de casi medio kilómetro de longitud con un diámetro de seis metros, necesario para desviar el agua y dejar en seco el punto donde se iba a construir la presa. En 1936 se terminaron los caminos, edificios y servicios de alumbrado, y estaba avanzada la construcción de la ataguía, una presa provisional para enviar el agua al túnel de desviación. En septiembre de 1936 se interrumpieron los trabajos. El siguiente movimiento tuvo lugar en septiembre de 1939. El hasta entonces denominado pantano de regulación del río Turia en Benagéber fue rebautizado Pantano del Generalísimo (3), en respuesta a una petición del Sindicato de regantes del río. Este detalle aceleró el ritmo de las obras. Se expropió el pueblo de Benagéber, que iba a quedar a 70 metros de profundidad bajo las aguas, y se enviaron trabajadores y recursos.
Una porción de los obreros eran presos políticos, encuadrados en la Colonia Penitenciaria del Pantano del Generalísimo. Del millar total de trabajadores, unos 300 eran presos, aunque llegaron a pasar por la Colonia Penitenciaria un total de 600 (4). Las condiciones de alojamiento y comida eran mejores que en las hacinadas prisiones centrales, como la de San Miguel de los Reyes, en Valencia. El salario de los presos trabajadores, menos 0,5 pesetas diarias que se les entregaba, era enviado por la empresa al Servicio Nacional de Prisiones. Cada día de trabajo descontaba uno de condena, por lo general. La Colonia Penitenciaria tenía un recinto propio, apartado del pequeño poblado que se organizó en torno a los trabajos de la presa, y duró desde 1941 a 1945. La zona era muy agreste y tenía actividad guerrillera, que habría agradecido mucho disponer de parte de la dinamita que se usaba en las obras, así que es probable que eso influyera en la disolución brusca de la Colonia Penitenciaria.
Gracias entre otras cosas a una fábrica de cemento ingeniosamente situada para abastecer directamente los trabajos de hormigonado de la presa –que debía tener el respetable volumen de casi 400.000 metros cúbicos– los trabajos progresaron.
El 26 de mayo de 1952 el Generalísimo en persona llegó para inaugurar su presa. Donde Alcalá Zamora había contado con una prensa circunspecta y algunas docenas de niños de escuela agitando banderitas, el dictador se encontró con un panorama bien distinto. Un número aparentemente inagotable de señoritas vestidas de huertanas, labradoras o simplemente de época le recibieron, batallones de ellas. Incontables centurias falangistas circulaban zumbando en torno al Caudillo. Todos los pueblos por los que pasó la comitiva salieron a su encuentro en masa, pero no en plan curioso o con alguna banda de música, sino entre delirantes aclamaciones (en terminología oficial). La prensa narró los acontecimientos del día con entusiasmo paroxístico. En ABC José María Sánchez Silva, el famoso autor del bestseller Marcelino pan y vino, lamentaba que su máquina de escribir tuviera un teclado “excesivamente parco e incompleto” para narrar tantas maravillas. La crónica que publicó La Vanguardia, sin firma, incluyó esta pieza, con algunas discordancias pero muy expresiva:
«Y cuando el Caudillo llegó aclamado por un ejército de muchachos que corrían arrojándole flores en un tierno protocolo de agradecimiento y saludo, el agua, obediente al mando que Franco pulsaba, estallaba simultáneamente en los aires el estrépito jubiloso de una tronitrosa traca […] Entonces vimos a un viejo huertano, un hombre curtido, con su severo blusón negro, su mirada experta en calcular el valor de cada gota, un hombre perito en medidas inefables para calmar la sed de sus tierras, contemplar asombrado aquella catarata que se esparcía en un surtidor de espuma que brincaba y golpeaba las rocas, deshaciéndose en un polvillo iridiscente que contemplaba aquella maravilla, rompió a llorar. A llorar mientras decía:
–¡Dios, qué agua!
Y sus ojos nublados por el llanto eran un puro gozo de alegría, quebrada su prudencia aritmética ante aquel torrente de fecundidades, rota su matemática pequeña de acequias diminutas ante aquel hontanar de plata.»
Anticlímax: esa misma tarde el Caudillo se desplazó hasta la central hidroeléctrica de Cofrentes, donde le esperaba la plana mayor de la industria eléctrica, capitaneada por D. José María Oriol. Allí hizo un breve discurso en términos completamente distintos a los que pronunció en Benagéber, nada de viejos huertanos, ni muchachas en traje típico, ni bandadas de falanges juveniles arrojando flores. En Cofrentes, el Generalísimo fue a hablar de negocios. En sustancia, agradeció los servicios de la industria eléctrica y garantizó el apoyo del gobierno a las necesidades del sector, “en la forma más justa para los intereses legítimos de los accionistas” (5), claro está, dentro del interés general de todos los españoles, etc. Esta era la otra cara de la moneda de la política hidráulica del franquismo, la cada vez más potente industria hidroeléctrica.
La política hidráulica del franquismo se puede resumir con un acrónimo: NUSGAM (Ni Una Sola Gota Al Mar). Waldo de Mier, en su panfleto propagandístico España, ese esfuerzo (1971) nos ilustra sobre las grandes cifras del problema acuático de la España peninsular: “[a pesar de los nuevos lagos en construcción actualmente] no llegamos todavía a aprovechar con ellos los trescientos mil millones de metros cúbicos de agua de lluvia que cae al año sobre el suelo español, si bien solo sesenta y seis mil millones pueden ser encerrados y encauzados. De modo y manera que apenas estamos a algo más de la mitad de camino para que ni una gota de agua caída del cielo se pierda estérilmente en el mar”. (6)
La página web del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (2022) recoge datos de 1.424 presas cuya fecha de construcción es conocida. 695 se levantaron entre 1940 y 1979, así que casi la mitad de las cerradas en España se hicieron durante el franquismo. La lista abarca muchos siglos: en el catálogo oficial de presas de España figuran en primera posición las de Proserpina y Cornalbo, construídas en el siglo I antes de Cristo para abastecer de agua a Emerita Augusta (Mérida). Así que se puede decir sin faltar a la verdad que en el 2% de tiempo, 40 años sobre 2.000, se construyó el 49% de las presas del país. Un ritmo infernal de construcción, 233 solo en la década de 1960-1969 (casi una presa nueva cada dos semanas), pero que se prolongó en las dos décadas siguientes, como muchas otras inercias del franquismo: 425 presas entre 1980 y 1999, casi el 30% del total. A partir de ahí el ritmo se ralentizó hasta casi detenerse del todo en la actualidad.
Si contamos no el número de presas, sino la cantidad de agua retenida tras ellas, el asunto comienza a cobrar sentido. El franquismo aspiró a –y casi consiguió– dominar literalmente el agua en España. Los números empiezan estimando la lluvia caída en nuestro país en 600 milímetros de media, es decir 0,6 metros de altura de agua sobre el suelo a lo largo de todo el año, que son aproximadamente 300 kilómetros cúbicos de agua caída del cielo.
Dos tercera partes de esa agua celestial regresan a la atmósfera (por la evaporación a secas o a partir de las plantas, que usan el agua para crecer) o se difunden de manera no aprovechable por el terreno. Quedan por lo tanto 100 kilómetros cúbicos de agua corriendo por la superficie formando riachuelos, arroyos, corrientes y por fin ríos (para no liarnos mucho, no hablaremos de la escorrentía subterránea).
En 1940 las presas de España, construidas laboriosamente desde los tiempos de los romanos y probablemente antes, podían acopiar 4 kilómetros cúbicos. En 1980 ya podían recoger 40 km3. La inercia post-franquista añadió unos 20 km3 más en las dos décadas siguientes, hasta que la maquinaria acopiadora de agua se frenó hasta casi detenerse entrando en el siglo XXI. Es decir, el franquismo llegó casi a “la mitad del camino” a que se refería Waldo de Mier.
La economía política del franquismo, sobre todo en su primera fase, era un cuento de la lechera de proporciones ibéricas. El cuento funcionaba más o menos así: España es un país pobre, muy pobre. El clima es árido, los suelos delgados y la topografía abrupta. España no puede alimentar a todos sus habitantes, con un mísero rendimiento de 800 kg. de trigo por hectárea. Es necesario por lo tanto aumentar el rendimiento. Pero eso se consigue volcando sobre la tierra fertilizantes, agua y tractores. Los fertilizantes los obtendremos fabricando nitrógeno. El agua, construyendo embalses y canales. Los tractores, procesando el acero en fábricas (España, gracias a Dios, es rica en hierro). Las tres cosas necesitan la creación de una industria capaz de surtir al país de nitrógeno, cemento y acero, que necesita mucha energía para funcionar. Y esta energía la conseguiremos –además de explotando a fondo los yacimientos de carbón– mediante la fuerza hidroeléctrica, que se genera en embalses. Más adelante, proseguía el cuento, se podría empezar a hablar de incrementar la producción de carne y leche, electrodomésticos e incluso, ya puestos de motos o incluso coches utilitarios.
Todo confluía en la solución panacea, el gran símbolo del desarrollo del régimen franquista: el embalse. Los llamados pantanos en la época conducían mediante cadenas causales más o menos largas a la prosperidad. El embalse era también el símbolo del dominio y amansamiento de las violentas aguas ibéricas. «Diez pantanos están ya sujetando el Guadalquivir y hay diez más en proyecto para que esto no pueda repetirse», dijo Franco, en un discurso pronunciado en febrero de 1963 en Écija, en el curso de una visita a Andalucía para interesarse por los efectos de las inundaciones (7). Y la presa del embalse, la cerrada, era, como se dijo muchas veces, el mejor dique para frenar el socialismo, el comunismo y el anarquismo.
Estas ideas no eran originales del Régimen del Movimiento, y llevaban medio siglo por lo menos funcionando cuando este se instauró, con propagandistas y apóstoles infatigables, el principal de los cuales fue Joaquín Costa (1846-1911). El franquismo ni siquiera tuvo que pergeñar los detalles técnicos de la política hidráulica. El catálogo completo de pantanos a construir estaba hecho desde 1902, cuando Rafael Gasset era ministro de Fomento. La planificación de los recursos de agua del país se realizó brillantemente en el Plan de 1934 de Lorenzo Pardo, cuando Indalecio Prieto era el ministro del ramo. El plan de 1940 de Peña Boeuf (ministro, etc.) no aportaba ninguna novedad sustancial.
Tras años de lentas realizaciones, con poca maquinaria y mucha mano de obra humana (y parte de ella esclavizada, a base de presos políticos), a partir de 1955 aproximadamente Franco se convirtió en un Joaquín Costa con retroexcavadoras a su disposición, y sin ningún freno político ni parlamentario. Las fotografías de construcción de presas dejaron de mostrar trabajadores con boina y abarcas y trabajando a pico y pala y empezaron a mostrar operarios con mono, casco de seguridad y conduciendo un buldócer. El ritmo de inundación de los valles situados aguas arriba de las nuevas presas aumentó. Una estimación muy aproximada (8) situaría la extensión de terreno inundada durante el franquismo en unos 2.000 km2, la extensión de Guipúzcoa, y ahí vivía gente, algo más de la media del país al tratarse de fondos de valle con buena tierra, y había pueblos, como el de Benagéber, que acabó a 70 metros bajo el agua.
No hay muchas cifras sobre los pueblos anegados y su población. La estimación de Ecologistas en Acción estima en 500 el total de pueblos sumergidos en todo el siglo XX, con 50.000 personas de población (9). Los expropiados debían abandonar su pueblo y buscarse la vida en otra parte. Por ejemplo en Cascón de la Nava, en Valladolid, un pueblo paradójico. Se construyó en el terreno que quedó en seco después de drenar la laguna de la Nava, y sus habitantes procedían de pueblos inundados por un embalse: Entrepeñas y Buendía (Guadalajara), Porma y Riaño (León), La Almendra (Zamora), y alguno más. Está por hacer un mapa de los muchos traslados de poblaciones de los valles anegados a otras localidades. A veces se levantaban poblados próximos al antiguo, otras veces se hacían traslados de larga distancia, por ejemplo de las montañas del norte del valle del Duero, trufadas de embalses, a la ribera del gran río. Este fue el caso de Oliegos (León), anegado por el embalse de Villameca, la mayoría de cuyos habitantes tuvieron que marchar a Foncastín (Valladolid), un pueblo de colonización.
En Riaño, un Nuevo Riaño fue construido en la proximidad del antiguo, que sería anegado por el embalse, pero eso no acalló la furia de los expropiados. El embalse de Riaño es un ejemplo de automatismo hidráulico. Proyectado a comienzos del siglo XX como tantos otros, en 1964 comenzó la construcción de la presa, que avanzó lentamente. El final de franquismo no supuso la paralización de la obra, que realmente no hacía ninguna falta si el objetivo oficial era agrícola (regar algunos miles de hectáreas en el Páramo de León, donde el riego no rinde oro o plata como en Levante o Aragón, sino cobre), aunque parece ser que se trataba de producir electricidad. La presa se cerró en 1987 en medio de fuertes protestas a las que la Democracia hizo oídos sordos. La primera señal de que las cosas estaban cambiando no llegó hasta 1993, cuando la presa de Omaña (también en León) recibió una declaración de impacto ambiental negativa (10), 91 años después de la publicación del catálogo de presas por construir de D. Rafael Gasset.
Las protestas eran casi inaudibles en 1950. Los expropiados de Linares del Arroyo, pueblo segoviano, fueron reasentados en un pueblo nuevo, La Vid, en Burgos. La nota que publicó ABC detalla en formato casi lírico la violencia de la operación que supone la construcción de un pantano: «[la vida de los expropiados] ha sido física y moralmente azarosa desde el instante mismo en que el horrísono estallido de la dinamita, abriendo cauce a grandes empresas industriales, alteró la placidez de la campiña linarense, formada con armonías de esquilas, rumor de fronda y murmullo de claras linfas precipitándose por abruptos y profundos lechos». (11)
Acopiar tantos kilómetros cúbicos de agua detrás de muros de hormigón podía provocar graves desastres, cuando se producía un chernobil, una cadena de fallos que terminaban provocando un gran fallo catastrófico. Uno de los peores fue la rotura de la presa de Vega de Tera, que arrasó Ribadelago el 9 de enero de 1959 y causó 144 muertes (el pueblo se reconstruyó a un kilómetro del destruido con el nombre de Ribadelago de Franco). La presa se había terminado de construir dos años antes, con materiales y técnicas deficientes, y formaba parte del plan de electrificación acelerada del país. En este caso la prensa informó extensamente de la tragedia y hubo reportajes y dramáticas fotografías. Pero la siguiente tragedia volvería a ser ocultada.
El 22 de octubre de 1965 la presa del gran embalse de Torrejón, sobre el Tajo, estaba casi terminada. La presa comunicaba con el río Tiétar por un túnel de trasvase. Alguien tuvo la idea de probar la presa a máxima carga aprovechando las abundantes lluvias de aquel otoño (el franquismo superior fue extremadamente lluvioso). La presa se llenó hasta casi la coronación y entonces la compuerta del aliviadero que comunicaba con el túnel de trasvase reventó. Nadie había tenido la elemental precaución de evacuar previamente el túnel, y la riada se llevó por delante a los trabajadores que estaban allí. Hubo que abrir las compuertas de la presa y el caos se adueñó del poblado obrero aguas abajo de la presa. El número de muertos se calcula entre 60 y 70. Puede parecer extraño que no se sepa a ciencia cierta cuántas víctimas hubo, a diferencia de Ribadelago. Por lo que se desprende de la muy poca información que publicó la prensa, relegada a páginas interiores, sin portadas ni fotos, Hidroeléctrica Española, propietaria de la instalación, impuso la ley del silencio: los periodistas hablaban de las “dificultades” que encontraban para obtener información. El gobierno hizo lo que pudo para enterrar el asunto, que desapareció de los periódicos en muy pocos días. La niña de los ojos del franquismo, la construcción de una tremenda red de embalses para dominar las aguas de la nación, no podía ser puesta en entredicho por una de las peores catástrofes laborales de la historia de España.
La política hidráulica del franquismo (y bastantes años después) era automática: construir un embalse era algo bueno en sí mismo, sin ninguna consideración sobre posibles impactos negativos. Muy pocas veces, si alguna, se planteó algún conflicto ambiental, aunque sí se dio un caso en que se planteó un conflicto entre la política hidráulica y la política militar. En 1966, la construcción del embalse de Eugi tropezó con un imprevisto: las aguas iban a inundar unos cuantos búnkeres de la línea de fortificaciones del Pirineo. Consultada la Superioridad, la autoridad militar produjo un “sesudo estudio” (12) sobre la reorganización del punto de resistencia correspondiente, acompañado de planos, y dio su visto bueno. El embalse tenía una finalidad pacífica y civil, proporcionar agua potable a la ciudad de Pamplona (13).
1- La Vanguardia, 7 de abril de 1932.
2- ABC, 7 de abril de 1932.
5- Orden de 8 de septiembre de 1939 acordando que en los sucesivo el pantano de regulación del río Turia, en las inmediaciones de Benageber (Valencia) se denomine «Pantano del Generalísimo».
4-Ricardo Piñón Torres Millars: Los «políticos» del destacamento penitenciario de Benagéber (Valencia, 1941-1944). Espai i historia, Vol. 50, Nº 1, 2021.
5- ABC, 27 de mayo de 1952
6- Waldo de Mier: España, ese esfuerzo. Editora Nacional, Madrid, 1971.
7- El Diario Palentino, 28 de febrero de 1963 y Crónica de un año de España, 18 de julio de 1962-18 de julio de 1963. Documentos informativos, Servicio Informativo Español.
8- José Luis De Justo Alpañés: La sequía, las crecidas y la España vaciada. Diario de Sevilla, 25 de octubre de 2022.
9- J. Marcos y Mª Ángeles Fernández: Memorias ahogadas. www.desplazados.org. 2019.
10- Resolución de 7 de mayo de 1993, de la Dirección General de Política Ambiental, por la que se hace pública la Declaración de Impacto Ambiental sobre el proyecto de la presa y embalse de Omaña, en el término municipal de Valdesamario (León).
11- «Un nuevo pueblo burgalés de labradores segovianos» ABC, 4 de marzo de 1950.
12- Nicolás Zuazúa Wegener, Eduardo Arteta Irujo, Carlos Zuza Astiz: Arqueología de la fortificación del Pirineo en Navarra: hierro, cemento, memoria. Huarte de San Juan. Geografía e Historia, 27. 2020.
13- Embalse de Eugi y Planta de Tratamiento de Urtasun-Eugiko Urtegia eta Urtasungo Tratamendu Planta, Mancomunidad de la comarca de Pamplona, sf.
Asuntos: Política hidráulica
Tochos: El museo del franquismo
