Los españoles somos latinos, mal que nos pese

Fragmento de una ilustración en The Pictorial Encyclopaedia. Sampson Low, Marston & Co. Ltd., c. 1950 (clic en la imagen para verla entera).

Todos los años pasa lo mismo. En alguna entrega de premios musicales le cae alguna estatuilla a algún artista con pasaporte español y siempre es en la categoría “latino”. A continuación, la prensa madrileña se tira una semana dirimiendo la cuestión ¿Es que los españoles y españolas somos latinos y latinas? Tras varios artículos y contraartículos, se llega a la tranquilizadora conclusión de que no: somos europeos, luego no podemos ser latinos, como se quería demostrar.

El microdebate es algo absurdo, porque parece ser que “latino” es, en los premios de música, una categoría estrictamente musical, como “hip hop” o “country”. Pero sirve para sacar a la luz una cuestión más interesante, la de la posición de España en la escala universal de calidad humana. Esta escala tiene dos componentes, el estadístico (renta per cápita, índice de desarrollo humano, etc.) y el emocional, más difícil de medir pero que es muy importante. Estadísticamente España es un país situado en la parte de arriba de la escala, en realidad entre los quince o veinte primeros en indicadores de calidad de vida (aunque la guerra financiera de 2008-2018 golpeó muy duro).

Emocionalmente la cosa es muy distinta. A comienzos del siglo XX España, como Turquía, era una nación enferma, un ex-imperio en descomposición. Esta era la opinión general en las cancillerías de las grandes potencias. Pasaron los años y, a comienzos del siglo XXI, el país parecía haber dado un gigantesco salto adelante. Se suponía que España era miembro de pleno derecho del escogido club de Occidente Rico y Civilizado. Este espejismo duró hasta 2008 aproximadamente, cuando la prensa anglosajona se llenó de titulares del estilo de “The fiesta is over”. De un empujón España volvió a su lugar natural, muy por debajo de Francia y solo un poco por encima de Marruecos, encuadrada en la categoría “mediterránea” de los países PIGS.

El español emprendedor y trabajador se esfumó, siendo reemplazado por el español vago y poltrón, que vive del cuento, es decir, del dinero que aportan los esforzados trabajadores del norte de Europa. Este argumento, más o menos suavizado, se repitió en todos los planos de la comunicación, desde un alto comisario europeo suelto de lengua a la prensa amarilla británica. Los catalanes reaccionaron con tanto espanto que proclamaron su República independiente (solo durante 8 segundos) como un esfuerzo desesperado para escapar del sureño universo latino español y subir a Cataluña a su posición natural, aproximadamente a la altura de Dinamarca.

Pues esa es la cuestión: somos oficialmente latinos, a los ojos del mundo, y especialmente del complejo cultural anglosajón dominante. Alegres, con poca sustancia, sabemos compatibilizar el trabajo con la diversión (traducción: somos perezosos), concedemos mucha importancia a la familia (un signo inequívoco de inferioridad racial, desde el punto de vista anglosajón), somos casi alegremente y universalmente corruptos, etc. Pero hay más. Los españoles somos oficialmente latinos, según la Oficina del Censo de los Estados Unidos, el imperio vigente. El Gobierno estadounidense define “Hispanic or Latino” como aquellos de cultura u origen mexicana, cubana, puertorriqueña, sud o centroamericana u otra cultura española, sin atención a la raza. Algunos españoles pueden consolarse pensando que son latinos pero de raza blanca.

Marciano Lafuente

 

 

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