La contienda fratricida que nunca existió

Un punto de vista muy distinto: la guerra civil mundial en esta viñeta del Glasgow Herald. La caricatura política en el extranjero. Caras y caretas (Buenos Aires), 17 de abril de 1937. Biblioteca Nacional de España – Hemeroteca Digital.

 

Hablar de una guerra fratricida supone que los españoles eran hermanos. Los franceses, por el contrario, no eran hermanos de los alemanes, ni los alemanes hermanos de los polacos, y podían masacrarse mutuamente todo lo que quisieran, estaba en el orden natural de las cosas. Así que en España 25 millones de hermanos, que en principio deberían llevarse bien, fueron empujados a la violencia por las pasiones políticas, de manera completamente irracional (cainita), como dos hermanos que se pelean por quién lleva las albardas de la mula más vistosas.

Cuando los hermanos pelean forman bandos, los Menchas contra los Culohueco en las peleas de pueblo, los rojos contra los fachas en la guerra civil, los famosos “bandos enfrentados”. Ya hubiera querido la República ser un bando, y de hecho lo intentó una y otra vez sin éxito. Para su desgracia, siguió siendo un estado legal, un poder público y un complejo aparato político y administrativo, que sufrió derrota tras derrota a manos del bien cohesionado grupo militar que declaró la guerra a la República, que sí responde al sentido de facción o partida militar que le da el diccionario de la Academia. Hacia comienzos de 1938, el bando militar consiguió por fin poner en marcha un Estado, en paralelo a la acelerada descomposición del estado republicano.

Naturalmente, sigue diciendo la versión fratricida, la presencia de una persona en un lado u otro de la guerra fue algo completamente aleatorio: les tocó bando nacional o bando republicano como te toca un número en una rifa. La “lealtad geográfica” es un concepto algo contradictorio con el de bandos enfrentados a garrotazos y contienda  irracional y cainita, pero también funciona. La realidad es muy otra, el reparto del territorio español entre el bando militar y el estado republicano fue cualquier cosa menos azaroso. A grandes rasgos, el golpe militar triunfó donde habían triunfado las derechas en las elecciones de febrero de 1936, y en cuestión de horas se había hecho fuerte en Navarra y el Valle del Duero. El otro bastión seguro del golpe era el Protectorado de Marruecos, y fueron sus tropas las que permitieron conquistar Andalucía occidental y Extremadura, que eran terreno muy hostil.

La probabilidad de que la conspiración militar triunfara en grandes ciudades como Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia era cero. En Madrid y Barcelona hubo lucha, y los militares fueron derrotados en pocas horas, en Bilbao y Valencia ni siquiera hubo pronunciamiento militar propiamente dicho. Lo mismo ocurrió, en menor medida, con las zonas industriales y la franja costera. Por el lado contrario, Navarra era una zona completamente segura para la sublevación militar, en el antiguo reyno un triunfo republicano habría sido inconcebible, y el valle de Duero fue ocupado en un par de días sin lucha, salvo contra los ferroviarios de Valladolid.

Es evidente que a la gente que vivía en Soria en 1936 le tocó acatar al nacionalismo derechista, fuera cual fuera su ideología política, y a los barceloneses de cualquier ideario obedecer las consignas izquierdistas. Les tocó allí y no había otra. Pero también es verdad que la probabilidad de que Barcelona quedara del lado de la República era muy alta, como la de que Soria cayera del lado militar era muy alta. Así lo reflejan los resultados de la votación de febrero de 1936 en ambas provincias.

España en 1936 no era una fraternidad, precisamente. Era un extenso país de medio millón de kilómetros cuadrados con 25 millones de habitantes e infinidad de situaciones sociales, ecológicas y económicas diferenciadas. Muchas personas conocían su localidad, la de al lado y la capital de la provincia, y nada más. Para un aldeano de la Sierra María de Almería, La Coruña estaba en otro planeta. Para un jornalero de Carmona la zona noble de la ciudad de Sevilla era un lugar extraño y hostil. Ni siquiera existía el mítico campesinado: los pequeños propietarios del valle del Duero no se sentían cofrades de los obreros agrícolas andaluces, ni de lejos. Tan solo los militares de alta graduación eran realmente compadres, hermanos en el sentido de pertenecientes a una hermandad o cofradía bien comunicada, cerrada y delimitada.

No existió un viento de locura que hiciera que todas aquellas personas de intereses tan dispares se agruparan automáticamente en dos bandos y comenzaran a degollarse mutuamente. El conflicto entre la chusma y la gente de orden, que se arrastraba desde hacía décadas con episodios como la Semana Trágica (o Roja) de Barcelona en 1909, la huelga general de 1917, el trienio Bolchevique en Andalucía en 1919, Castilbanco y Arnedo en 1931-1932 y Asturias en 1934 había entrado en una fase completamente nueva cuando la chusma consiguió por primera vez el poder político en las elecciones de 1936. Los representantes de la gente de orden decidieron dar una solución apocalíptica al asunto, un escarmiento de la gente baja que durase al menos cuatro generaciones, y planificaron meticulosamente el comienzo de las hostilidades para las 5 de la madrugada del domingo 19 de julio. En realidad comenzó la tarde del 17, el famoso Alzamiento fue muy chapucero. Pero funcionó: a la larga, la gente de orden consiguió plenamente sus objetivos.

Prueba de lo acertado de su visión es que en 2018, 82 años después, aproximadamente cuatro generaciones, se sigue hablando de la contienda fratricida, del impulso cainita, de los bandos enfrentados, de no reabrir viejas heridas y de dejar el pasado para los historiadores, que para eso les pagan. La idea general es que la guerra civil fue el equivalente de aquella romería que terminó a palos y con los mozos destrozando el pueblo, algo vergonzoso que más vale olvidar y que se desencadenó por alguna mala palabra o un exceso de vino. Y que además es muy aburrido, todo el santo día hablando de la guerra y del franquismo. ¿No sería mejor pasar página y mirar al futuro? Pero no es posible: el pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado.

Marciano Lafuente

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