Madrid – Coruña: transporte para ministros

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Cromos troquelados de transportes, entre 1900 y 1930. Biblioteca Digital Hispánica.

El gran día fue el 25 de mayo de 1963. Un grupo de periodistas “desayunaron en Getafe, comieron merluza en un figón de La Coruña y cenaron en Madrid.” Así se acabó, de un plumazo, el tradicional aislamiento de Galicia con el resto del mundo, es decir Madrid. En realidad Galicia está bien comunicada con Portugal y basta con coronar el puerto de Pedrafita do Cebreiro, en los Ancares, para llegar a Ponferrada y el valle del Duero. La conexión con Asturias es todavía más fácil, se puede hacer simplemente cruzando la ría de Ribadeo. El puerto de Vigo es uno de los más importantes del Atlántico norte, y el Ferrol y la Coruña son también buenos nudos de comunicaciones marítimas.

El problema era y sigue siendo la conexión con Madrid. Cuando terminó la era de las caballerías y comenzó la edad de vapor, se pensó en construir un ferrocarril que enlazara directamente la capital de España con Coruña. Después de muchos años de duro trabajo, quiebras diversas, reuniones de capitalistas franceses e ingleses, concesiones del Gobierno, cabildeos políticos y hasta una revolución (la Gloriosa de 1868) la línea se terminó en 1883 con un trazado zigzageante. Desde Madrid, el tren enfilaba briosamente las estribaciones de la sierra del Guadarrama, llegaba a Ávila, enfilaba en dirección norte la paramera castellana hasta Venta de Baños, torcía a la izquierda, paraba en León, tomaba dirección oeste hacia Monforte de Lemos y de ahí a la Coruña ya solo había un tiro de piedra. En total la línea medía unos 750 km, y si la velocidad comercial de la época era de unos 40 km/h, la real era bastante inferior.

La experiencia viajera en los trenes Madrid-Coruña ha sido narrada muchas veces y casi siempre con tintas dramáticas. El viaje duraba como mínimo 24 horas, muchas veces 30 o más. Había vagones de primera, segunda y tercera, estos últimos provistos de rústicos bancos corridos de madera, muy parecidos a los bancos de los parques aunque sin el travesaño central anti-descanso de indigentes, lo que permitía echar una cabezada si el tren no iba muy lleno. El convoy, tirado por grandes locomotoras de más de cien toneladas, como la famosa Mastodonte, paraba en una infinidad de estaciones, cruzaba montañas y atravesaba túneles. En invierno, la helada transía a los desdichados pasajeros, y en verano se achicharraban en los destartalados vagones (por entonces el aire acondicionado era ciencia ficción). No es de extrañar que Julio Camba opinase que para tomar el tren en Galicia con destino a Madrid había que tener una razón de peso, por ejemplo que le hubieran nombrado a uno ministro.

28 ministros gallegos cuenta La Voz de Galicia desde 1931 a 2000, que serán cincuenta como mínimo incluyendo los nombrados en todo el siglo XX y el siglo siguiente, incluyendo diez presidentes del Gobierno (o del Consejo como se decía antes). Del más antiguo al más reciente, son Eugenio Montero Ríos, Manuel García Prieto (astorgano y por lo tanto cuasi-gallego), José Canalejas, Eduardo Dato, Raimundo Fernández Villaverde (madrileño pero diputado por Pontevedra), Manuel Portela Valladares, Santiago Casares Quiroga, Francisco Franco Bahamonde (elevado al cargo por un cónclave de generales y coroneles, también se autoadjudicó el cargo de Jefe del Estado), Leopoldo Calvo Sotelo (nacido en Madrid, pero marqués de la Ría de Ribadeo) y Mariano Rajoy Brey.

El oficio de político gallego es especial. Hay toda una jerarquía de caciques locales, comarcales, provinciales y autonómicos que mantienen una fluida relación con Madrid, a donde van bastantes de ellos para ocupar puestos en el Gobierno central, como directores generales, subsecretarios, secretarios de Estado, ministros o presidentes (el cargo de Jefe de Estado está vetado por ahora, pues pertenece hereditariamente a una familia no gallega). El viaje lo hacen en mejores condiciones que sus ancestros de la Restauración. Los que eligen el avión tienen un vuelo de unos 50 minutos de duración, en los modernos Airbus A320 de Vueling, la aerolínea inventora del aerospanglish (los periodistas de 1963 volaron con Aviaco en Convair Metropolitan de motor de pistón, que hacía la ruta en poco menos de dos horas).

Pueden elegir salir de tres aeropuertos gallegos, Alvedro (A Coruña), Labacolla (Santiago) y Peinador (Vigo). Los dos primeros están separados por tan solo 50 km, pero no fueron construidos en los años de la mamandurria, cuando los españoles vivían por encima de sus posibilidades (2000-2008) sino que Labacolla funcionaba ya con servicios regulares en 1937 y Alvedro se estrenó en 1963, los periodistas pioneros fueron a cubrir la inauguración. Durante muchos años los políticos gallegos usaron los DC-9 azules y blancos de Aviaco para ir y venir de la capital, el estrecho avión solía estar lleno de celebridades.

El viaje en tren también ha mejorado mucho. En septiembre de 2011 se inauguró el servicio Coruña-Madrid con trenes híbridos (que pueden circular tanto por las vías balísticas de la alta velocidad como por las renqueantes traviesas de la velocidad normal), con unas seis horas de duración total del viaje. La ceremonia la presidió el Ministro de Fomento de entonces, José Blanco, gallego él mismo, llamado Pepiño por sus enemigos y seguramente también por sus amigos. La conexión directa Madrid-Galicia (por Zamora), casi tan rectilínea como el tramo de ferrocarril de la llanura de Nullarbor en el sur de Australia, se inauguró en 1958. El viaje en autobús dura unas siete horas, o más. Hace algunos años, el que suscribe pasó nueve horas y media en el autobús de Madrid a Coruña. El coche paraba una hora para comer en Lugo, apenas a una hora de distancia del ansiado objetivo.

Hay un pescadoducto que lleva peces y mariscos frescos a Madrid en camiones por la carretera de La Coruña, lo que justifica la creencia popular de que las mejores marisquerías del mundo están en la Ciudad Capital. En esta misma ciudad hay miles de bares de bares y restaurantes gallegos, enormes y variadas casas regionales y sus sucursales y hasta un cruceiro auténtico de piedra en la plaza de Benavente, junto al Hogar Gallego, a un tiro de piedra de la Puerta del Sol.

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