El destructor de las ciudades alemanas

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Un Avro Lancaster de la RAF, con su característico camuflaje para el bombardeo nocturno.

 

Una tarjeta de Navidad del caricaturista Low de 1943, titulada “Explosiones de temporada en Berlín” contiene la imagen de un monigote llevando una gigantesca bomba atada con un lazo de regalo a un avión con la leyenda “Twinkle, twinkle, little buster, /Putting Adolf in a fluster”. Adolf es Hitler y el avión es seguramente un Avro Lancaster, la principal arma de destrucción masiva con que contaba el Imperio Británico. Las ciudades alemanas, especialmente Berlín, Hamburgo, Dresde y Colonia, deben parte de su morfología urbana actual al diseño de este aeroplano. El turista que aterriza en Berlín, por ejemplo, no puede creer a sus ojos cuando contempla por vez primera el paisaje de algunos de los enclaves más famosos de la ciudad. Resulta que Alexanderplatz tiene una torre de televisión junto a la acumulación de centros comerciales y hoteles cúbicos que forman la plaza. Postdamer Platz es un orgullo de la nueva arquitectura alemana: edificios de formas atrevidas de acero y cristal. La explicación empieza a vislumbrarse en el Jardín Zoológico, a la entrada de la Kurfürsterdamm. Allí se ve la ruina de la torre de una iglesia del siglo XVIII, y a su lado una capilla de cemento y cristal de colores que parece –y es– uno de los horrores de la arquitectura eclesiástica de mediados del siglo XX. La torre derruída es prácticamente lo único que verá el turista del viejo Berlín (el Reichstag luce una cúpula de cristal diseñada por Norman Foster). Y se la dejó así deliberadamente como monumento a la esforzada labor de la RAF británica y de la Octava fuerza aérea norteamericana. El Lancaster fue diseñado para llevar a acabo buena parte del trabajo, junto con otros aviones famosos como el Halifax, Stirling, Flying Fortress y Liberator.

Sigue siendo motivo de controversia porqué las grandes democracias occidentales, Estados Unidos y Gran Bretaña, cuyos gobiernos fueron los primeros en horrorizarse de los bombardeos de Guernica y Nanking en los años 30, fueran asimismo las únicas potencias implicadas en la segunda guerra mundial que utilizaron el bombardeo estratégico de manera sistemática, empleando enormes recursos humanos y materiales para llevarlo a cabo. Independientemente de consideraciones históricas que todavía pesaban mucho –los bombardeos alemanes sobre Londres en la primera guerra mundial convirtieron la idea de “bombardear Berlín” en una verdadera obsesión– la explicación parece hallarse más bien en el carácter imperial. Inglaterra se había acostumbrado a pensar en términos mundiales, y disponía de un eficaz instrumento para influir en lejanos territorios, su flota estratégica. Por la misma razón, a los planificadores militares británicos de los años 20 en adelante se les hacía la boca agua ante la idea de una poderosa fuerza de bombardeo de larga distancia.

El Lancaster fue el instrumento de este poder a distancia tan caro a los británicos, mientras que rusos y alemanes seguían planteando sus aviones de guerra siempre como la manera de aplastar al enemigo en el frente de batalla. En los últimos años de los años 30, el Mando de Bombardeo se convirtió en una prioridad, y la industria aeronaútica británica se puso a la tarea con entusiasmo. Un gran avión cuatrimotor de bombardeo era lo más parecido a un navío de linea de cuatro puentes: una máquina de guerra enormemente compleja y cara, resumen y culminación de toda la tecnología disponible en un país. Los aviones de bombardeo de que disponía la RAF en agosto de 1939 eran demasiado pequeños para cargar con la suficiente cantidad de bombas a la suficiente distancia.

Todo esto cambió cuando llegó el Avro Lancaster, versión cuatrimotora del Manchester bimotor, y emparejado con el Handley Page Halifax y el Short Stirling como los tres puntales de la fuerza de bombarderos de la moral enemiga. Los tres aviones llevaban nombres vernáculos de la patria británica, tenían unos 30 metros de envergadura, volaban a más de 400 km/h y podían llevar más de cinco toneladas de bombas a distancias de más de 2.000 km. Se suponía que no había defensa posible contra esa clase de máquinas, capaces de arrasar ciudades enteras y en teoría capaces de decidir la suerte de la guerra por sí mismas. Sucesivas versiones fueron provistas de la capacidad de llevar bombas cada vez más potentes. El resultado final fue el modelo de Lancaster especialmente diseñado para llevar una gigantesca bomba de 10 toneladas, la “rompemanzanas”, el arma de más poder destructor antes de la entrada en servicio de la bomba atómica (aunque la mayor parte del trabajo lo hacían las bombas incendiarias de cinco libras). Se suponía que debía ser como el puño de Dios golpeando en el centro de las ciudades alemanas.

 


 

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