La suerte de los soldados

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transfusiondesangreCrónica, 21 de febrero de 1937.

 

Se ha puesto a la venta el primer tomo de
Cirugía de guerra
Interesantísimo estudio experimental realizado en los Equipos Quirúrgicos y Hospitales por el ilustre Cirujano diplomado del Ejército
Dr. D. Manuel Gómez Durán
Comprende este primer tomo la parte de Cirugía cavitaria (cráneo, pecho, vientre) y consta de 400 PÁGINAS y más de 100 GRABADOS en dos colores.
El segundo tomo –cirugía de extremidades– se pondrá a la venta rápidamente.
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CIRUGÍA DE GUERRA
400 PÁGINAS – 100 GRABADOS
25 PESETAS
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El Avisador Numantino (Soria), 5 de noviembre de 1938

 

Brunete (julio de 1937) fue la primera gran batalla industrial entre los ejércitos republicano y nacional, pues fue la primera vez que chocaron unidades enormes por ambos lados. Solo el EPR reunió 90.000 soldados para la lucha, y los hospitales de Madrid pronto colapsaron con la llegada de 19.000 heridos[119]. Republicanos o nacionales, todos los soldados sabían que las mejores heridas eran las de bala dura, especialmente aquellas en que el proyectil atravesaba limpiamente partes blandas sin afectar a ningún órgano vital ni astillar ningún hueso. Todos los soldados llevaban encima tiras de goma y otros materiales elásticos para hacerse ligaduras rápidas y evitar desangrarse, aunque los oficiales médicos desaconsejaban esta práctica.

El paquete de cura individual de los soldados republicanos era espartano: una pieza de tela triangular, gasa y algodón y unos imperdibles, todo ello aséptico. Algunos modelos más completos incluían yodo o algún otro antiséptico. El de los soldados nacionales no debía ser mucho mejor. Con este material, si no había más remedio, el soldado tenía que vendarse y contener la hemorragia como mejor pudiera. Las instrucciones indicaban que se debían descubrir las heridas, volcar en ellas el antiséptico, aplicar encima las compresas de gasa y sujetarlo todo con el pañuelo y los imperdibles. Esta secuencia resultaba inútil en el caso de heridas extensas y graves debidas a la metralla, pero podía resultar con las heridas limpias y localizadas.

Una vez atendido y sabiendo que no iba a morir de momento, el herido de bala con un tiro de suerte esperaba tranquilo la evacuación a través de los sucesivos escalones que llevaban a los heridos recuperables a los hospitales, donde se les harían las reparaciones necesarias para devolverlos más adelante al frente.

El camino hasta la acogedora cama del hospital era largo, y comenzaba en las manos de los sanitarios del puesto de socorro del batallón, hacia donde el herido se encaminaba muchas veces por su cuenta. Allí sería clasificado por primera vez, etiquetado con una tarjeta y curado de nuevo con más profesionalidad, inmovilizando brazos o piernas rotos, cortando las hemorragias más peligrosas o incluso “amputando miembros semi-destruídos[120]”. También se podía reanimar los chocados e inyectar morfina a los que la necesitaban.

Los sanitarios poco podían hacer aparte de algún vendaje de urgencia. A partir de ahí, con suerte, una ambulancia le llevaría al siguiente escalón, el equipo médico del regimiento o la brigada, desde donde sería enviado a su destino final o bien a otros escalones médicos de división o de cuerpo de ejército. Al final, el propietario de un tiro de suerte llegaría a su destino en un establecimiento con sábanas limpias, y a veces atendido por enfermeras de verdad.

Cabía la posibilidad de complicaciones. Muchas balas, aun sin afectar a partes vitales, entraban en el cuerpo tras atravesar las fibras de un uniforme mugriento y llevaban la infección consigo. Las primeras horas eran vitales, pues era necesario limpiar y sanear la herida con rapidez si se quería tener una buena posibilidad de supervivencia. La rapidez con que se podía mover a los heridos a través de los diferentes escalones sanitarios era determinante de sus posibilidades de sobrevivir.

Lo contrario de una herida de suerte era muchas veces una herida de metralla. Los fragmentos de metal procedentes de proyectiles de cañón o de mortero, bombas de aviación, y también algunas balas de fusil rebotadas, penetraban en el cuerpo girando en una trayectoria caótica, destrozando todo lo que encontraban a su paso con sus agudas esquirlas. Los heridos de esta clase difícilmente se estaban quietos y tranquilos. Tocados en las entrañas por el hierro candente, se retorcían y aullaban de dolor, retrocediendo muchas veces a estados infantiles. Los oficiales odiaban por encima de todo esa clase de heridos.

Lo que más temían los soldados eran los ataques aéreos y los bombardeos de artillería. Disparar y recibir disparos de fusil del enemigo era una cosa, y otra muy distinta agazaparse inerme en una oquedad esperando que la tormenta de fragmentos de metal pasara de largo.

Se puede decir que la mayoría de los heridos y muertos en la primera fase de la guerra civil lo fueron por herida de bala, y que la proporción de heridos por fragmentos de metal de proyectiles aumentó poco a poco a medida que se acercaba su final. Tanto el EN como el EPR tenían cada vez más cañones, y los usaban cada vez más en masa, y no en baterías aisladas como al comienzo de la guerra. El EN llegó mucho más lejos en este proceso, al crear una Reserva General de Artillería, una tremenda acumulación de cañones presta a acudir allí donde hiciera falta. El resultado final fue que “… al tiro de batería había sucedido el de masa; a los impactos casi aislados, la monstruosa acción de las concentraciones de centenares de grupos[121]”. Nunca se alcanzaron en la guerra civil las espantosas densidades de fuego artillero de Verdún o Passchendaele, aunque la batalla del Ebro y acciones consiguientes se acercaron a ellas.

La cinta transportadora de heridos desde el lado nacional de la batalla del Ebro contaba con cinco equipos quirúrgicos situados en pueblos cercanos al frente, que tenían en conjunto algo más de 1.000 camas. Había dos grandes hospitales de evacuación en Caspe y en Alcañiz, con 1.000 camas en total, a los que afluían las víctimas desde las unidades de atención de urgencia en el frente. Los que podían viajar eran enviados a Zaragoza, y el resto se quedaban en estos hospitales hasta que morían o se ponían en condiciones de resistir el viaje. Había tantos heridos que las carreteras  no daban abasto al tráfico de entrada y salida en la picadora de carne, y fue necesario poner en funcionamiento dos ramales ferroviarios improvisados hasta los centros de evacuación. Los afortunados supervivientes eran por fin enviados por ferrocarril a Zaragoza, donde su gran hospital de más de 6.000 camas era el destino definitivo de algunos, mientras que otros eran enviados posteriormente a otros establecimientos repartidos por la zona nacional[122].

El balance final fue de unos 5.000 muertos y unos 40.000 heridos en el lado nacional. Los muertos republicanos fueron al menos 10.000. En total, ambos ejércitos tuvieron más de 100.000 heridos. Por las características del terreno en la batalla del Ebro, la evacuación de los heridos del EPR fue más dificultosa que los del EN. En general los republicanos tuvieron más carencias que sus enemigos en vehículos de transporte sanitario, con un número de ambulancias y otros vehículos demasiado escaso (apenas un centenar) para atender la creciente demanda de transporte de heridos[123]. No obstante, contaban con una pequeña flota de aviones sanitarios. Unos cuantos General Aircraft Monospar contrabandeados de Gran Bretaña eran aviones ambulancia, con un gran portón en el lado derecho del fuselaje por donde se podían introducir las camillas con los heridos. Entre 6 y 10 aparatos de este tipo formaron la aviación sanitaria de la República. Teniendo en cuenta que el total de heridos del EPR ascendió a varios cientos de miles a los largo de la guerra, la tarea del Monospar sanitario, que tenía capacidad para dos camillas, debía ser como la de recoger gotas de agua de un océano [124].

 

[119] Fernando Puell y Justo A. Huerta: Atlas de la Guerra Civil Española. Síntesis (2007)
[120] “Escalones sanitarios” Libertad, División 42 (Cuenca), nº 3, julio de 1937.
[121] General García Pallasar: Progresos de la artillería. Ejército, nº 7, agosto de 1940
[122] De la batalla del Ebro, Ejército, nº 18.
[123] Josep L. BARONA, “La salud de la población según los informes internacionales (1936-1940)”. Actas del Congreso Internacional sobre la Guerra Civil Española (2006).
[124] Aeropinakes: Aviones para España II – La guerra civil.

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