El laborioso riñón de la República

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ninotenguerraMundo Gráfico, 28 de abril de 1937

 

… la representación de las dos vegas: la de la izquierda del río, la de las cuatro acequias, la que encierra la huerta de Ruzafa con sus caminos de frondoso follaje que van a extinguirse en los límites de la pantanosa Albufera y la poética vega de la derecha del Turia, exhuberante y magnífica.

Fausto Lamata: A pesar de la guerra, el famoso Tribunal de las Aguas sigue funcionando. Mundo Gráfico, 25 de agosto de 1937

 

 

El 4 de julio de 1937, Juan Negrín inauguró  el II Congreso internacional de escritores para la defensa de la cultura en la Casa de la Cultura de Valencia (calle de la Paz, 42). Valencia era la capital de la república por entonces.  La lista de asistentes (más conocidos como intelectuales antifascistas) mostraba como la República andaba detrás de la zona nacional en poder militar (poder “duro”), pero bastante por delante en poder cultural. El poder “blando” de la República luchaba contra su equivalente nacionalista a base de películas, emisiones de radio, folletos, periódicos y carteles que se difundían por toda Europa. En el verano de 1937 este esfuerzo llegó a su máximo, pues coincidieron el Congreso de escritores y la participación de un pabellón de la República Española en la Exposición internacional de París. El pabellón español era mucho más modesto que los ostentosos edificios que representaron a Alemania y a la Unión Soviética, enfrentados a ambos lados del Campo de Marte –más simbolismo no se podía pedir. Pero contenía una obra de arte que sobrevivió y adquirió mucha más fama que estos pabellones totalitarios que hoy día nadie recuerda: Guernica, de Pablo Picasso, probablemente la pintura más famosa del mundo. El Congreso internacional de Valencia también reunió muchos nombres que hoy permanecen en el santoral de la cultura occidental, como Virginia Woolf o Ernst Hemingway (ambos enviaron telegramas de adhesión; Woolf no estuvo en España, pero Don Ernesto sí). Incluso Albert Einstein envió unas palabras de apoyo. Físicamente estuvieron montones de intelectuales famosos, pastoreados por Ilya Ehrenburg y Mijail Koltsov, pues la disidencia no estaba bien vista. Empero estos éxitos abrumadores de la República en el mundo intelectual no fueron tan claros en la batalla por la opinión pública mundial.

El Congreso se celebró en el lugar adecuado. La ciudad era hermosa, y la hospitalidad abrumadora. Valencia era la capital de la República desde noviembre del año anterior, cuando el gobierno huyó de Madrid hacia la seguridad del Levante. En Valencia había guerra, pero mucho menos que en Madrid. Hasta que la cosa se puso muy fea en el último año de la guerra, los bombardeos aéreos eran muy esporádicos, y la comida abundaba. El contraste entre las penurias heroicas de Madrid y la relajada abundancia de Valencia fue un tema recurrente de la prensa republicana durante casi toda guerra. Periodistas madrileños recién llegados a altas horas a la capital del Turia narraban en sus crónicas como los camareros de los restaurantes se disculpaban por no poderles ofrecer más que unos huevos y unos filetes –alimentos que en Madrid, por su escasez, habían pasado a la categoría de mitos de cuya existencia se dudaba.

A finales de abril de 1937 se celebró en Valencia una exposición con algunos ninots de las fallas que ese año no se celebraron[129] . El visitante era recibido por una monumental figura de huertano, con pañuelo en la cabeza, blusa ancha y alpargatas, en esta ocasión con un fusil y protegiendo a un niño. Muchos niños madrileños fueron evacuados a Valencia, donde olvidaban las miserias de la guerra y podían dedicarse a jugar en una playa de verdad. Se les organizaban festejos especiales, como la Semana Infantil de unos meses atrás[130], con un desfile de monigotes gigantes representando a curas, moros, financieros de chistera y generales de opereta, todo el bestiario nacional, ejecutado por artistas de renombre, como el caricaturista Gori. Valencia rebosaba de artistas, y fue allí donde se realizó la mejor cartelería republicana. Es verdad que junto a los magníficos monigotes desfiló también una adusta figura de Stalin en relieve, obra del escultor Boix. Por si fuera poco, muchas obras de arte evacuadas de Madrid (Rembrandts, Goyas, Velazqueses) encontraron refugio entre los sólidos muros de las Torres de Quart, restos de la antigua muralla de la ciudad.

Valencia estaba en mitad de su famosa Huerta, uno de los paisajes agrícolas más ricos y más densamente productivos del mundo. Era necesario pasear por la Huerta de Valencia para encontrar, al fin, un paisaje rural de calidad, creado íntegramente por la mano del hombre en lucha contra un medio ambiente potencialmente adverso. Allí, miles de barracas sumidas entre naranjos e higueras formaban la “urbe arcádica” de la Huerta, que sostenía –descontando la ciudad de Valencia– la increíble densidad de población de 436 habitantes por kilómetro cuadrado.  Esta  densidad era similar a la del valle del Nilo  o el delta del Ganges, fenómenos geográficos comparables, todos sin nada que ver con el paisaje industrial centroeuropeo. La Huerta de Valencia era la mejor y más extensa de todos los regadíos levantinos, que se extendían desde Castellón hasta Valencia.

Todo dependía de un control muy minucioso del agua disponible, y parece ser que la Revolución no consiguió modificar ni un ápice la antigua institución del Tribunal de las Aguas. La venerable institución fue re-calificada como “inconmovible Tribunal  auténticamente del pueblo”  y siguió reuniéndose todos los jueves, como desde hacía diez siglos,  en la puerta de la catedral (o plaza de la Constitución, durante la guerra[131]).

Aquello era muy distinto de los tristes secanos del Valle del Duero o La Mancha. Se trataba de agricultura comercial, y no centrada en el trigo, el aceite y los garbanzos como la del valle del Guadalquivir, sino en primores y hortalizas finas cuyo destino no era saciar el hambre, sino ser enviadas a las mesas ricas europeas, incluyendo algunas españolas, recibiendo a cambio sustanciosas sumas de dinero.

Las naranjas eran el producto más valioso. Toda la Europa del norte, con sus brumosos inviernos, adoraba esta fruta mediterránea que representaba el sol brillante del mediodía. Muchos miles de toneladas salían todos los años con destino a Londres, Hamburgo o Copenhague, y el control de esta riqueza provocó una considerable batalla política en el seno de la República. Pero había muchas más cosas: alcachofas, pimientos, membrillos, cebollas, berenjenas, cardos, calabazas, mandarinas, melones, uvas, peras y hasta dátiles. Por ahí se supone que correteaban los niños evacuados de Madrid, “libremente, sin temor a la metralla, bajo el suave cielo levantino y en la maravilla del paisaje de la huerta[132]”.

Las maravillas huertanas no dejaban de ser manchas planas de color verde intenso en una región más bien abrupta y muy seca. Pero con mucha industria, nada comparable a las densa concentraciones de industria pesada en Bilbao o textil en Barcelona, sino centenares y miles de pequeñas fábricas y talleres especializados, fabricando toda clase de artículos. La Vall d’Uxó había fabricado alpargatas desde hacía siglos, utilizando el cáñamo de Callosa de Segura como materia prima. Ahora seguían haciéndolo, en dos modalidades, la abierta con cintas negras y la cerrada a imitación de una bota, ambas destinadas al ejército republicano desde que empezó la guerra. La gente trabajaba en sus casas, muchas veces en el portal, y la producción total se enviaba a la Cooperativa Socialista, fundada en 1908. Igual de importante era la fábrica de calzado de cuero Segarra, que hacía botas militares de verdad de buen cuero, seguramente destinadas más a los oficiales que a la tropa. Segarra prosperó muchos años después fabricando las famosas “botas de tres hebillas” del ejército español.

Los talleres de fabricación de máquinas para la elaboración de vino y aceite de Alcoy se quedaron sin clientes en el otoño de 1936, por cese de actividad o por encontrarse éstos más allá de las líneas nacionales. En corto espacio de tiempo, ya estaban fabricando proyectiles y diverso material militar. Las fábricas de juguetes de Ibi sufrieron una desagradable reconversión industrial que consistió en ponerse a fabricar cartuchos de fusil. Eran fábricas muy conocidas como la de Payá, que había comenzado hacia 1900 fabricando artículos de hojalata para el hogar y la industria de helados, y que se habían lanzado después a fabricar juguetes de hojalata, acero estañado pintado de colores brillantes. La guerra civil fue el final de la edad de oro del juguete de hojalata, cuyos ejemplares supervivientes alcanzan hoy enormes precios entre los coleccionistas. Tras la guerra, el suministro de hojalata era escaso, y los juguetes de este material resultaban muy caros. Tras una época de dominio relativo de los más baratos juguetes de madera, el plástico se impuso desde finales de los años 50.

El complejo militar industrial levantino se construyó sobre la base que formaban la infinidad de pequeños talleres mecánicos y de transformaciones metálicas que abundaban en las ricas comarcas costeras de Valencia y Murcia. Llegaron a fabricar una enorme variedad de artículos para la guerra, desde chaquetones de piel (una reconversión de la pujante industria del calzado de la zona) a motores de aviones. En ocasiones, sobre todo hacia el final, cuando los bombardeos del litoral mediterráneo se habían convertido en una pesadilla, los talleres debían localizarse en cuevas y otros recintos subterráneos, de manera premonitoria a lo que le sucedió a la industria aeronáutica alemana al final de su guerra, bajo la presión de los bombardeos aliados.

 

[129] Mundo Gráfico, 28 de abril de 1937
[130] Crónica, 17 de enero de 1937
[131] Mundo Gráfico, 25 de agosto de 1937
[132] Crónica, 31 de enero de 1937

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