Trabajadores en el puño de la tierra

elpastormilicianoCrónica, 2 de agosto de 1936. Biblioteca Nacional de España – Hemeroteca Digital

 

VACANTE–Desde el día 29 del actual, quedará vacante la plaza de dulero de esta villa, con el haber de cuarenta y cuatro fanegas de trigo puro; pagadas por meses vencidos, disfrutando además el agraciado de que en los meses de abril y mayo, estará libre para ocuparse a otros trabajos, por no guardarse el ganado en los expresados meses.

Villasayas 26 de septiembre de 1937.–II Año Triunfal.
El Alcalde, Avelino Gil.

El Avisador Numantino, 2 de octubre de 1937

 

 

Crónica, Estampa y Mundo Gráfico, revistas de la zona republicana, publicaron en el verano de 1937 muchas imágenes de soldados recogiendo la cosecha, que eran fotografiados por lo general en contrapicado contra un sol violento, para reforzar el carácter heroico de la imagen. El fusil en una mano y la esteva del arado en la otra es un tema favorito de la propaganda de guerra en muchos países. Los soldados ayudaban a sus hermanos, los campesinos, a recoger las mieses. En realidad, la mayoría de los soldados, abrumadora en el Ejército nacional, procedían del campo. Cuando empezó la guerra civil casi 16 millones de personas, dos tercios de la población total, vivían de la tierra. Ese oficio común escondía situaciones muy dispares entre los labradores, gañanes, jornaleros, rabassaires, magos, foristas, baserritarras o campesinos a secas (“campesino” era paradójicamente un término poco usado en España, salvo en la propaganda política).

El campesino de cualquier condición trabajaba la tierra (directa o indirectamente, si era pastor o ganadero). Las tierras de cultivo o de pasto eran parcelas con versiones simplificadas de los antiguos ecosistemas naturales. En lugar de muchas especies estos campos contenían unas pocas o una sola. Los campos funcionaban como reactores biológicos pulsantes a base de agua, luz y tierra. Al cabo de meses, se conseguía fijar un cierto excedente en forma de espigas de trigo o de patatas.

El único ingrediente de la receta presente en cantidades ingentes en la mayor parte de la península Ibérica era la luz del sol. El agua solía ser un problema, especialmente su escasez entre mayo y octubre. Toda una rama de la política española se dedicaba a estudiar y polemizar sobre cómo llevar agua de manera artificial a los campos. Durante la guerra, tanto el estado republicano como el nacional alardearon de continuar haciendo obras públicas, embalses y canales, para llevar agua a los campos (en la práctica poco más que simbólicas), y ambos redactaron ambiciosos planes hidráaulicos con el mismo objetivo.

Otro problema consistía en que las plantas no estaban compuestas únicamente de hidrógeno, carbono y oxígeno, como el polietileno o el azúcar, sino que requerían cantidades variables de nitrógeno, fósforo, calcio y otros elementos (“nutrientes”) para formar tejidos especiales. De ahí la necesidad de abonar la tierra una vez que la cosecha la había agotado. Los agricultores pasaban la vida en la búsqueda desesperada de elementos para devolver fertilidad a la tierra. Había métodos tradicionales, como el estiércol, y abonos comerciales concentrados pero muy caros. Nuevamente, una rama de la economía política del país se dedicó con denuedo a examinar los problemas del abastecimiento de nitrógeno, potasio y calcio para los campos de cultivo. En este aspecto la guerra fue un desastre, pues las importaciones de fertilizantes ocupaban un puesto bajo en la lista de prioridades del comercio exterior, más centrado en armas, alimentos y materias primas para intercambiar por los dos primeros aspectos. Se iniciaron algunos planes para fabricar fertilizantes no convencionales, por ejemplo a partir de cáscaras de naranjas desecadas y trituradas, en la zona republicana.

Problemas más secundarios eran la fuerza de tracción para la labranza y el transporte, resueltos con mulas y algunos bueyes y donde el tractor era el gran  símbolo político de la modernización del campo. Hay que tener en cuenta que muchos campos de cultivo solían estar divididos en docenas de parcelas por caminos, mojones, setos o vallas de piedra. El combate contra las plagas se hacía con venenos sencillos, como el sulfato de cobre o el arseniato, aunque en 1936 la casa Degesch, de Frankfurt Am Main (Francoforte del Meno) ya comercializaba en España Calcid, fumigación con ácido cianhídrico para naranjales y olivares. Degesch adquirió muy triste fama pocos años después por su producto cianhídrico Zyklon B.

Había otra parte de la tierra aprovechable que no se labraba, pero que también era importante: los pastos y los bosques. Los bosques se apañaban muy bien solos. Funcionaban como esponjas capaces de aprovechar hasta la última gota de agua disponible, a resguardo de la desecación causada por el calor del sol. Los nutrientes  se reciclaban una y otra vez en circuitos casi cerrados. Todo funcionaba como un complejo y reposado mecanismo bien afinado, que desde tiempos remotos había despertado la veneración de los hombres.

En España, el bosque fue declarado oficialmente sagrado mediante la instauración de la Fiesta del Árbol en 1904. La repoblación forestal se convirtió desde entonces en otro de los grandes temas políticos de España. Cómo hacerla, dónde y con qué medios era objeto de grandes debates en la prensa y en el parlamento, cuando se podía. El bosque tenía grandes poderes: traía humedad y dulzura a los resecos y ásperos paisajes ibéricos, atraía literalmente las lluvias, fijaba a la población, era fuente de grandes riquezas, era sedante y calmante, reducía la criminalidad y acercaba decididamente el paisaje y por ende la cultura española a la europea.

Comparados con la placidez del bosque, los campos de cereal resultaban casi violentos. El trigal  o la centenera eran un juego de azar que se jugaba con apuestas cambiantes día tras día, durante los ocho o diez meses que duraba el ciclo de vida anual de la planta. Lejos de la majestuosa estabilidad del bosque, la cosecha se podía perder por cualquier motivo: demasiado frío o calor, exceso o falta de lluvia, pedrisco o arrollada. La probabilidad de diez años seguidos de buena cosechas era cero (uno puede imaginarse que la probabilidad de cobrar el sueldo completo el año que viene no se acerque a 1, sino a cero, para ponerse en la piel del labrador con pocas y malas tierras). Nuevamente, el Estado legisló y su clase política porfió en abundancia acerca de la mejor manera de proteger a los labradores de los años malos. Se hicieron planes de pósitos agrícolas, bancos especializados, seguros de pedrisco y malas cosechas, y así. Pero cuando empezó la guerra civil la mayoría de los labradores tenían poca cobertura contra los desastres naturales.

El campo era un hervidero de actividad. Excepto en lo más crudo del invierno, cuando no faltaba el trabajo dentro de casa de reparación y puesta a punto de aperos y herramientas, la lista de tareas era larga y complicada. Con una potencia disponible de 1 CV en el mejor de los casos (es decir, una mula) y cantidades muy limitadas de fertilizantes, el año agrícola era una sucesión continua de apuestas: adelantar la siembra o retrasarla, binar (romper la capa superficial del suelo para evitar que el agua suba por capilaridad) otra vez o no hacerlo, esparcir el fertilizante de una sola vez o repartir su aplicación, arar con mucho o con poco espacio entre los surcos, barbechar sin más o plantar leguminosas en la hoja que se dejaría descansar ese año, y así sucesivamente. Un labrador hábil (“labrador” era el campesino con tierras, y por lo tanto un timbre de nobleza) podía hasta cierto punto salvar un año malo, con lluvias y sol a destiempo, heladas o sequías, orquestando con habilidad las faenas del campo.

Si conseguía tal cosa, nadie se lo tendría en consideración. Los labradores no eran considerados ni como herederos de antiguas y sabias prácticas ni como profesionales abiertos a las novedades técnicas (todo eso llegaría mucho después). Se les calificaba siempre como rutinarios, incultos y atrasados, y eso influyó indudablemente en que muchos se comportaran como se esperaba de ellos. El cuerpo de ingenieros Agrónomos debía resolver esta situación, inyectando know-how en un campo huero de conocimientos profesionales. El desprecio a la cultura labradora iba pareja al desprecio de sus elementos de trabajo. El arado tradicional de cada comarca era calificado despectivamente como “arado romano”, y el ganado autóctono, hoy en día elevado a los altares del conservacionismo, como “ganado del país” sin valor.

Con la excepción de la oveja merina, al parecer “inventada” en la península ibérica, secuestrada con malas artes por ingleses y franceses y que terminó llevando una exitosa carrera en Australia, las razas y variedades de plantas y animales cultivados no eran considerados por lo general como tesoros genéticos a preservar, sino como restos de un pasado de incuria. El ganado, por ejemplo, era más bien pequeño, huesudo y de poco peso. Nada que ver con los impresionantes ejemplares de exposición que las granjas británicas presentaban con orgullo año tras año, con bueyes como montañas de carne y ovejas casi esféricas, como balas de lana andantes.

Los restos que han quedado permiten formar una idea de la considerable riqueza con que contaba el país español hacia 1936 en materia de variedades de plantas cultivadas y ganados. Existía una variedad de vaca casi para cada tipo de paisaje: incluso una adaptada a la vida en la huerta de Murcia. Si bien en caballos no había mucho  que decir, salvo el famoso “árabe español” no sucedía lo mismo con el tractor de la época, la mula. Algunas comarcas estaban especializadas en la producción de estos animales como otras se especializarían más tarde en fabricar maquinaria agrícola. Así ocurría en Vic (Gerona) y en Zamora, que producía ejemplares grandes y robustos, muy apreciados en el extranjero. Las mulas fueron militarizadas en gran cantidad, y lo pasaron casi tan mal como los soldados humanos.

El 4 de diciembre de 1937 llegó a los servicios veterinarios de la División 53 del Cuerpo de Ejército de Aragón el primer mulo enfermo. “Por extraña coincidencia, se llamaba Empezar[133].” Casi la cuarta parte de los animales llegaba a los servicios veterinarios con heridas producidas por el uso “indebido y excesivo” de los atalajes. Los mulos debían recorrer largas distancias con cargas muy pesadas y muchas veces pasaban varios días sin desatalajar.  Las caballerías también se llevaban lo suyo en cuanto a sufrir heridas por trozos de metralla, balas y piedras. Hasta septiembre de 1938, la mayoría de los animales eran tratados de enfermedad y contusiones, con pocos heridos de guerra. Eso cambió en octubre, en la fase final de la batalla del Ebro, cuando se llegaron a tratar más de 40 animales heridos de bala y metralla al día.  Los animales eran remendados como mejor se podía y enviados de nuevo al frente, mientras que algunos de curación más lenta eran enviados a hospitales hípicos de retaguardia.

La mula era el tractor universal en España en aquellos años. Se contaba con alrededor de 1,3 millones de cabezas, que se dedicaban a toda clase de trabajos en el campo y en la ciudad. Era el más versátil de todos los animales de trabajo, de los que había aproximadamente 4 millones de ejemplares el año en que estalló la guerra: un millón de asnos, 600.000 caballos y más de un millón de vacas y bueyes. Estos últimos eran inútiles para uso militar, y los burros se usaban poco. Los caballos eran muy caros de mantener, y se usaban poco en el campo y la industria. En cambio en el ejército se les tenía mucho aprecio, recuerdo de los tiempos en que los caballeros montados eran la fuerza superior en las batallas. Pero las armas de tiro rápido habían terminado con su hegemonía, y la caballería sólo tuvo importancia en la guerra civil como fuerza de exploración, muy útil en frentes fragosos y de poca densidad de soldados, como el Alto Tajo y los frentes andaluces en torno a Granada.

Una de las misiones del Estado, en estaciones agronómicas y depósitos de sementales, consistía en inyectar genes de mejor calidad en la degenerada cabaña nacional mediante la importación de ejemplares selectos del extranjero. El Estado proporcionaba semillas y sementales para cambiar el stock genético de animales y plantas cultivados, ya que no podía cambiar el del campesino mismo. Pero estas iniciativas y otras parecidas no eran más que gotas en el mar del atraso y la incultura del campo. Algunos partidos, como Falange Española y otros de extrema derecha, se especializaron en dar coba a los labradores. Pintaban a la ciudad y sus corruptos políticos como enemigos naturales de los campesinos honrados, a los que mantenían en la miseria. Insistían en que la ciudad recibía mucho del campo y devolvía muy poco a cambio. Memes como éste llovían sobre los labradores: “Franco, el Caudillo de España, devolverá al campo, para dotarlo suficientemente, gran parte de lo que hoy absorbe la ciudad en pago de sus servicios intelectuales y comerciales[134]” o, más certeramente, “Franco ha convertido tu trigo en oro inmediato[135]”. Esta ideas tuvieron mucho éxito entre los labradores de  la cuenca del Duero y tuvieron algo que ver en el rápido triunfo del Alzamiento en esas tierras.

El trabajo del labrador era el más inseguro de todos, pues su beneficio dependía de la aleatoriedad del clima, pero la propiedad agraria era paradójicamente la más segura de todas. El ansia de tierras de los que tenían dinero para comprarlas no tenía límites. A comienzos del siglo XX, el principio de San Mateo llevaba siglos funcionando en el sentido de agrandar las propiedades agrícolas, con la excepción de Galicia. El problema de la propiedad de la tierra era el problema número uno nacional, y por lo tanto fue seguramente la causa lejana más importante de la guerra civil.

Los tres o cuatro millones de familias campesinas tenían situaciones legales de relación con la tierra muy diversas, que iban del alquiler esporádico de su fuerza de trabajo para trabajar campos ajenos a la propiedad plena de un trozo de terreno. En medio existían infinidad de gradaciones de control: desde el arrendamiento a muy largo plazo (perpetuo en muchas ocasiones) al alquiler de la tierra por el plazo de una cosecha. Propiedades comunales y particulares de pastos, leñas, suelo o vuelo, frutos en determinada época, antiguos derechos señoriales y viejos usos y costumbres se combinaban para complicar la propiedad de la tierra, incluso tras la tremenda limpia  que supusieron las sucesivas desamortizaciones del siglo XIX.

Toda esta enorme variedad de situaciones se dió de bruces con la guerra civil. Los huertanos levantinos, profesionales especializados en la producción de delicatessen fáciles de exportar y por lo tanto de proporcionar divisas para la República, fueron protegidos por ésta de torpes intentos colectivizadores y revolucionarios. Algunas zonas de Andalucía Oriental pudieron crear sus comunas agrícolas con la bendición del Gobierno. En todo el país, aldeas remotas con agricultura de escaso interés comercial fueron dejadas en paz dentro de lo posible en una guerra. Los trigueros castellanos fueron las niñas de los ojos de las autoridades facciosas, que dedicaron muchos esfuerzos, incluso organizando mítines pueblo por pueblo, a explicar el “trascendental decreto” del verano de 1937 que creaba el Servicio Nacional del Trigo. Después de fusilar a millares, Queipo de Llano, el virrey de Andalucía, dictó varias disposiciones paternalistas sobre la dignificación de los salarios de los obreros agrícolas de Andalucía Occidental. En todas partes, con especial ímpetu en Galicia, los servicios militares de intendencia caían como plaga de langosta sobre las cosechas, que requisaban y/o pagaban a precios que los campesinos siempre consideraban irrisorios. En la zona republicana el ganado fue sacrificado sin atender a su reposición[136] a pesar de carteles que advertían “Una vaca o una gallina que se maten son pan para hoy pero hambre para mañana”. Pero no había manera, la gente tenía hambre hoy y era incapaz de pensar en la leche, la mantequilla y los huevos de mañana.

 

[133] Arturo López Arruebo: Servicio de Veterinaria. Evacuación móvil. Ejército, nº 12 enero (1941)
[134] Noticiero de Soria, 2 de octubre de 1937
[135] Labor (Soria) 2 de septiembre de 1937
[136] El ganado vacuno, caballar, mular y asnal destinado al sacrificio será marcado a fuego con una S en la tabla izquierda del cuello. Orden dando instrucciones a los Veterinarios municipales, ante la abusiva matanza de ganado de todas las especies, y principalmente de ganado equino, que de un modo irregular se practica en todos los mataderos, conducentes a la conservación del ganado de trabajo y el reproductor como núcleo de la reproducción pecuaria nacional. Gaceta de la República núm. 260, de 17 de septiembre de 1937.

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