Catástrofes ignoradas

Fragmento de la portada de La Vanguardia de 13 de enero de 1959 (Hemeroteca de La Vanguardia)

 

“Accidente ferroviario en la línea de Madrid a La Coruña. Un tren correo, al no poder frenar, choca dentro de un túnel con una máquina de maniobras”. Así recogió La Vanguardia el peor accidente ferroviario de la historia de España, el 3 de enero de 1944. La noticia ocupaba un quinto del espacio disponible en la página siete, Información Nacional, aproximadamente el mismo que la noticia de la clausura de la XII Semana de Educación Nacional. Varios sueltos y breves en la misma página (La Vanguardia tiraba pocas planas, pero bien repletas) incluían el texto de dos telegramas enviados al Caudillo, uno algo impertinente, el de los directores de colegios religiosos y otro más rendido, de los reclusos del Reformatorio de Adultos de Alicante, exponiendo sentimientos de “gratitud y adhesión” al Generalísimo. También se informaba con detalle de la concesión de la placa de Zaragoza al Jefe del Estado, por acuerdo de la Diputación Provincial. La noticia del accidente hablaba de 29 cadáveres en los tres trenes que participaron en la catástrofe. No hubo más información del desastre los días siguientes en el periódico barcelonés. ABC fue más conciso todavía: “Choque de trenes en la vía férrea de Palencia a la Coruña”, ocupando un tercio de la página 31. Luego, nada: ni reportajes sensacionalistas, ni fotos ni titulares.

En Torre del Bierzo, todo lo que podía salir mal salió mal.
El exprés de Galicia perdió los frenos y se estampó dentro del túnel con una locomotora que maniobraba unos vagones. Luego llegó un pesado tren carbonero, que creyó que las señales rotas por el accidente indicaban vía libre y se estrelló a su vez contra el convoy accidentado. Los vagones repletos de pasajeros del exprés ardieron dentro del estrecho túnel, lo que hizo la huida imposible para muchos. El balance oficial de víctimas fue de 78, pero todo el mundo sabía que eran muchas más, hasta 500 u 800, cifras aterradoras que terminaron en el libro Guinness de los Récords. Investigaciones solventes recientes creen que el número total de víctimas no superó los 200 (1).

El responsable principal de la tragedia fue un material rodante abusado hasta el límite. Locomotoras que debían haber pasado al desguace hacía años continuaban tirando de pesados convoyes en un sistema ferroviario abrupto y plagado de túneles, viaductos y rampas. Dada la escasez de camiones, autobuses y buenas carreteras, el ferrocarril era la única manera de mover mercancías y pasajeros en cantidad en la España de la época. Los ferroviarios eran considerados desafectos al régimen, cosa justificada por su historial de huelgas antes de la guerra civil y su resistencia a la sublevación militar, y este accidente de Torre del Bierzo y muchos otros (y no solamente en trenes, también en la aviación por ejemplo) fue achacado en principio a un sabotaje. La investigación reveló más bien lo contrario, un comportamiento heroico de fogoneros y maquinistas que hicieron todo lo posible, sin esperanzas, para evitar la catástrofe.

El sistema de cadena de mando férreo propia del sistema franquista, de La Superioridad a Mi Autoridad, parece que también tuvo algún papel en la tragedia al evitar la toma de decisiones algo más prudentes que las que se tomaron. Torre del Bierzo fue la punta de un gran iceberg de accidentes y catástrofes, no solamente en los ferrocarriles, sino en fábricas, instalaciones militares, presas y en general obras públicas. El desastre del Polvorín de Peñaranda de Bracamonte, el 9 de julio de 1939, causó más de 100 muertos e incontable destrucción en la localidad. El 18 de agosto de 1947 saltó por los aires el depósito de municiones de la Armada en Cádiz, lo que provocó cuantiosos daños en la ciudad y más de 150 muertos. Hubo muchos más, aparatosos o simplemente un reguero continuo de accidentes de trabajo que dejaba enormes cifras de muertos y heridos. Las causas eran las propias del franquismo inferior: máquinas abusadas, ausencia de procedimientos de seguridad, ordeno-y-mando para cumplir las cuotas y lo peor: el hambre, que se recoge como causa principal de accidente en las minas. La estadística minera de 1946, al informar de los accidentes y enfermedades de los mineros en la provincia de Jaén, incluye esta observación:

“…se ha observado en los últimos accidentes que las causan que los originan no son los de siempre; es decir, que van disminuyendo los producidos por explosivos, hundimientos, y que han aumentado por caerse en pozos, calderillas o sobre aparatos, sospechándose que puede influir para esto el que frecuentemente les dan mareos, probablemente debido a que no tienen suficiente alimentación.” (1)

Ese año (1946) hubo 274 muertos y 305 heridos graves en las minas, según la estadística minera oficial. Solo en la Cuenca Minera asturiana, (donde trabajaban 50.000 obreros) murieron 117, un desastre comparado con las 63 víctimas mortales de 1945. El informe incluído en la Estadística Minera considera las causas del desastre “de difícil averiguación” (las condiciones de ventilación de las minas para eliminar el grisú o el polvo de carbón se consideraban “magníficas”), pero señala como principal “la indisciplina, que cada año se acentúa más” y detalla a continuación el número de obreros sorprendidos fumando en el interior o que al ser registrados llevaban útiles de fumar, o que habían entregado la lámpara desprecintada. La culpa última estaba en el auge minero carbonero, único combustible fósil del que el país disponía en grandes cantidades. La demanda de mano de obra crecía sin cesar, hasta el punto que, lamenta el informe, el despido dejó de ser “sanción ejemplar”.

Habría otras catástrofes, como la rotura de la presa de Vega de Tera que arrasó Ribadelago el 9 de enero de 1959 causando 144 muertes (el pueblo se reconstruyó a un kilómetro del destruido con el nombre de Ribadelago de Franco). La presa se había terminado de construir dos años antes, con materiales y técnicas deficientes, y formaba parte del plan de electrificación acelerada del país. En este caso La Vanguardia y toda la prensa informaron extensamente de la tragedia y hubo reportajes y dramáticas fotografías. Pero la siguiente tragedia volvería a ser ocultada.

El 22 de octubre de 1965 la presa del gran embalse de Torrejón, sobre el Tajo, estaba casi terminada. La presa comunicaba con el río Tiétar por un túnel de trasvase. Alguien tuvo la idea de probar la presa a máxima carga aprovechando las abundantes lluvias de aquel otoño (el franquismo superior fue extremadamente lluvioso). La presa se llenó hasta casi la coronación y entonces la compuerta del aliviadero que comunicaba con el túnel de trasvase reventó. Nadie había tenido la elemental precaución de evacuar previamente el túnel, y la riada se llevó por delante a los trabajadores que estaban allí. Hubo que abrir las compuertas de la presa y el caos se adueñó del poblado obrero aguas abajo de la presa. El número de muertos se calcula entre 60 y 70. Puede parecer extraño que no se sepa a ciencia cierta cuántas víctimas hubo, a diferencia de Ribadelago. Por lo que se desprende de la muy poca información que publicó la prensa, relegada a páginas interiores, sin portadas ni fotos, Hidroeléctrica Española, propietaria de la instalación, impuso la ley del silencio: los periodistas hablaban de las “dificultades” que encontraban para obtener información. El gobierno hizo lo que pudo para enterrar el asunto, que desapareció de los periódicos en muy pocos días. La niña de los ojos del franquismo, la construcción de una tremenda red de embalses para dominar las aguas de la nación, no podía ser puesta en entredicho por una de las peores catástrofes laborales de la historia de España.

(1) En Astorga Virtual 

(2) MINISTERIO DE INDUSTRIA Y COMERCIO – DIRECCIÓN GENERAL DE MINAS Y COMBUSTIBLES: Estadística Minera y Metalúrgica de España. Formada y publicada por el Consejo de Minería. Año 1946. Bolaños y Aguilar, SL- Madrid.(1947)

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