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El Movimiento Nacional surfea sobre una ola de petróleo

La refinería de Escombreras, en el libro de propaganda España (1962).

El Instituto Nacional de Industria publicó tres extrañas fotografías en su memoria de 1950 (1). En ellas se ve un paisaje desértico con grandes estructuras circulares marcadas sobre el terreno. Los pies de las fotos revelan el misterio: no son muestras de actividad extraterrestre o paranormal, sino las bases de grandes tanques de crudo, fuel y gasolina. El paisaje es el de la costa de Murcia, y la localización la refinería de petróleo de Escombreras, en construcción.

Todo había empezado en julio de 1948, con un acuerdo firmado en Nueva York por el Instituto Nacional de Industria (INI), la Compañía Española de Petróleos (Cepsa) y la California-Texas Oil Co. (Caltex).

Foster Wheeler y otras empresas del ramo aportaron la tecnología. El obispo de Orihuela y administrador apostólico de la diócesis de Cartagena impetró la protección divina. El INI, Cepsa y Caltex pusieron el dinero. Estos tres importantes elementos se sumaron el 26 de junio de 1950 para dar el pistoletazo de salida a la era del petróleo en España, mediante la inauguración de la refinería de Escombreras (Murcia), la primera que se levantaba en territorio peninsular.

La refinería de Tenerife, en las islas Canarias, funcionaba desde hacía dos décadas, pero había que llevar la gasolina obtenida por barco hasta el continente, una distancia de 2.000 kilómetros. El Régimen contaba con algunas posibilidades de obtener hidrocarburos cien por cien nacionales: la gasolina sintética obtenida exprimiendo rocas bituminosas o hidrogenando carbones de mala calidad en Puertollano, Teruel y As Pontes (Coruña) o destilando residuos agrícolas en Sevilla. Puertollano no funcionaba, a pesar de las cuantiosas inversiones que se enterraron allí, y las tres fuentes restantes eran fantasías que se abandonaron antes de empezar. Así que la gran idea de abastecimiento autárquico de combustible estaba ya bien muerta en 1950, aunque Puertollano siguió funcionando por inercia hasta que tiró la toalla definitivamente a mediados de la década.

Durante la ceremonia de inauguración, el director de la nueva refinería de Escombreras tomó la palabra y le dio un repaso a Juan Antonio Suanzes, presidente del INI y además ministro de Comercio por entonces, el gran adalid de la autarquía y del control estatal del cotarro económico y por ende energético. «Jamás ha pretendido el I.N.I., bajo vuestra acertada dirección, aspirar a una utópica y, por ende, reprobable autarquía económica, ni tampoco se ha propuesto…, desarrollar una política de socialismo de Estado que viniera a invadir el campo tradicional de la actividad privada.» (2)

Cabe preguntarse cómo es posible que un simple director de refinería le leyera la cartilla a Suanzes, el sumo sacerdote del nacionalismo industrial. Una posible razón es que el supremo jefe de ambos ya había replegado velas poco tiempo atrás. En un «sensacional» discurso en las Cortes (mayo de 1949) que reprodujeron de cabo a rabo todos los periódicos del país (3), Franco abandonó, al menos en apariencia, la gran idea. Aunque España es un país muy bien dotado para alcanzarla, no pretendemos una autarquía –vino a decir– sino una decorosa nivelación de la balanza de pagos con el exterior, unida a una paulatina industrialización guiada por la empresa privada.

Desde luego, poner en marcha una instalación dedicada a importar millones de toneladas de petróleo de lejanos países era exactamente lo contrario de la autarquía, autosuficiencia o independencia energética. El presidente de la refinería quitó hierro al asunto: «el consumo actual de España [de derivados petroleros] quedará abastecido por la industria nacional, que para obtenerlo únicamente precisará importar el petróleo crudo». Parece ser que la Superioridad racionalizó el origen extranjero del petróleo y lo consideró, una vez desembarcado, como un combustible españolísimo, manifestado como por arte de magia en el puerto de llegada. Así se explica la opinión de Carrero Blanco (en 1957) , que clama por aumentar la producción nacional a toda costa… con el argumento de que las importaciones gastan divisas y entonces nos quedamos sin dinero para pagar la importación “de otros productos que, como el petróleo, no se producen en España y son de imprescindible necesidad”. Carrero, que entonces era Ministro-subsecretario de la Presidencia y Secretario del Consejo de Ministros, el gran factótum de Franco y en general del Régimen, abogaba por exprimir a fondo el territorio nacional, “​​poner al máximo de producción el total de la superficie explotable del suelo español” (4).

Durante un tiempo, pareció que sería posible alcanzar la cuadratura del círculo de obtener petróleo de verdad sin recurrir a su importación. El programa de exploración de yacimientos de crudo comenzó en firme en 1952 y aceleró su ritmo a partir de 1958, cuando la Ley de Hidrocarburos permitió la entrada sin tasa de empresas extranjeras en el negocio de la perforación. Menos la parte noroeste de la península, granítica y sin interés petrolero, el resto fue agujereado a fondo, pero con magros resultados (5). La llegada de crudo por vía marítima, por el contrario, comenzó a funcionar a caño libre. En 1958, con algo más de 200 kilos por habitante, se había multiplicado por cinco en relación con el año de la inauguración de Escombreras.

Era un avance sobre los años duros de la década anterior, cuando la prensa tenía una especie de sección fija, “PETRÓLEO PARA ESPAÑA”, paralela a “Trigo para España” o “Azúcar para España” que informaba en breves sueltos de la llegada a cuentagotas del precioso combustible. Por ejemplo, en febrero de 1944, se informó de la llegada del petrolero “José Calvo Sotelo” con carga de gasolina y otros combustibles desde Aruba, en Venezuela. El barco funcionó como un repartidor de botellas de leche, dejando su mercancía en Vigo, Coruña, Santander y por fin, en Bilbao, 5.100 toneladas de gasolina (6). El petróleo entraba en España con tacañería, era desesperadamente necesario para ciertos usos (por ejemplo, para mover los aviones de Iberia) y al mismo tiempo era completamente antiautárquico.

En junio de 1940, una empresa de productos químicos recurrió la resolución de la Delegación de Industria de Barcelona que le prohibía cambiar sus aparatos alimentados con carbón por otros alimentados con fuel-oil. La Superioridad estimó que la petición de cambio de combustible era «contraria a los principios de autarquía que rigen la legislación del Nuevo Estado, por cuanto tiende a sustituir un combustible nacional por otro de procedencia extranjera», pero autorizó no obstante el cambio hasta que se normalizara el precario abastecimiento de carbón. (7). “Autarquía” era una palabra nueva, que evolucionó durante el franquismo para pasar de vago concepto filosófico de autosuficiencia a “Independencia económica de un Estado” (en 1950) y por fin a “Estado de un país o territorio que procura bastarse con sus propios recursos, evitando, en lo posible, las importaciones de otros países” (en 1970).

Desde el punto de vista petrolífero, la dictadura no podía haber elegido peor a sus aliados. El Eje controlaba apenas un 2% de la producción mundial el oro negro. Durante la guerra Gran Bretaña y Estados Unidos en comandita regularon cuidadosamente los envíos de petróleo a España, mediante una especie de embargo intermitente. Eso acabó como por ensalmo en 1945. Una vez acabado el peligro nazi, la dictadura franquista no era ningún enemigo para el capital anglosajón, sino un potencial buen cliente. En octubre de 1945 la prensa informó que los gobiernos «norteamericano e inglés» habían comunicado oficialmente al gobierno español que ya podía importar todo el petróleo que quisiera. También se informó de que, en un gesto de buena voluntad –y tal vez para aumentar la demanda de gasolina–, las dos potencias enviaron 1.500 camiones a España. (8). La libertad de comercio internacional de petróleo convirtió de un plumazo a la autarquía en inútil, aunque siguió funcionando en segundo plano, por inercia, algunos años más.

La Superioridad había abandonado en apariencia la política de autarquía a ultranza, pero la idea seguía rondando por sus cabezas, como muestra la tardía opinión de Carrero Blanco sobre frenar las importaciones en general para pagar las vitales importaciones de petróleo y poder así poner la palanca de explotación del suelo español en la posición de “máximo”. Suanzes tuvo ocasión de cerrar la inauguración de Escombreras con una frase ominosa, que recordaba que la mentalidad de campamento sitiado y autárquico seguía viva: España, dijo el ministro, seguía siendo «blanco preferente de todas las fuerzas oscuras y negativas del universo». (9)

En 1950, la anémica producción de Puertollano era la demostración evidente de que la autarquía no funcionaba. Había que importar la más importante materia prima de la industria y la economía, y se hizo en cantidades prodigiosas. En 1950 el consumo de petróleo era de unos 40 kilos por habitante, en 1976 (el año cumbre de la petrolización de España) era de 1.327 kilos, un aumento de 33 veces. En 2024 era más o menos la misma cifra.

1967 fue un año representativo de la oleada de petróleo que se abatía sobre el país. La producción de fuel-oil subió de 11,7 millones de toneladas a 15,5. El fuel era el combustible petrolífero más importante por entonces, casi la mitad del consumo, y creció ese año nada menos que un 23%. Buena parte se lo tragó una industria en expansión, pero también tuvieron su cupo los ferrocarriles, que abandonaban el carbón y se “fuelizaban” y las centrales eléctricas, que empezaron a quemar fuel en cantidad, abandonando el carbón y rebajando paulatinamente a una posición secundaria a la hidroelectricidad. Esta tendencia se reforzaba en los años secos, como fue 1967. Otro empleo importante del fuel era en las fábricas de cemento, conectadas directamente con la industria de la construcción de viviendas, bloques con estructura de hormigón, que por entonces funcionaba a todo ritmo. El fuel también empezó a usarse para alimentar la calefacción central de los nuevos edificios para la clase media (10).

La demanda de gasolina creció un 16-17 % ese año, dedicada a alimentar la creciente masa de coches utilitarios. El gasoil solo creció un 15%, dedicado a proporcionar energía a la industria, a la “dieselización” de los ferrocarriles (las locomotoras diésel), a llenar el depósito de los camiones de transporte de mercancías y autobuses de viajeros y, toda una novedad, a alimentar el parque de tractores. La demanda de gases licuados del petróleo (butano y propano) creció un 21%. En gran parte iban a proporcionar calefacción, agua caliente y energía para cocinar a los hogares, que tenían así su pequeño depósito petrolífero en forma de bombona de vistoso color naranja (el color butano), generalmente en un armario o hueco en la cocina.

El consumo de asfalto, material fundamental de carreteras y autopistas, había crecido un 13 %. Se construyó una planta (una refinería especializada) para fabricar asfaltos en Tarragona (3), cerca de la zona de gran demanda autopistera de Cataluña. La refinería producía 800.000 toneladas de asfalto al año en 1969, que se extendía pródigamente por todo el país (el Plan Redia exigía siete metros de ancho y una capa de 12 cm de asfalto para mejorar las carreteras) y en las incipientes autopistas. Por último, el gasto de combustible de aviación (carburreactores) había crecido un 29%, al hilo del rápido crecimiento del turismo por vía aérea.

Toda esta avalancha de productos petrolíferos era, en su gran mayoría, de fabricación nacional. Los grandes buques tanque traían el crudo de las cuatro partes del mundo y lo descargaban en las refinerías. En 1968 transportaron casi 28 millones de toneladas, que venían de Arabia Saudí en una tercera parte (unos 10 millones de toneladas) y el resto de Libia (siete), Irak y Venezuela (3 millones cada uno) Kuwait (dos) y cantidades menores de Irán, Nigeria y otros países. Se importaba petróleo crudo hasta de la Unión Soviética (0,2 millones de toneladas). España y la URSS no tenían por entonces relaciones diplomáticas oficiales, y no las tuvieron hasta 1977. Esta pauta de importaciones de petróleo no varió mucho en los años siguientes. En 1975 se descargaron 41,5 millones de toneladas de crudo en las refinerías, con dos nuevos suministradores importantes, Argelia y los Emiratos Árabes Unidos (11).

Las refinerías eran otra de las manifestaciones de la técnica moderna, junto con las centrales nucleares, por las que el franquismo apostó con entusiasmo desmedido. Si en 1950 la capacidad de refino era de poco más de un millón de toneladas, en 1967 llegó a casi 31 millones, y se esperaba alcanzar en un par de años los 35 millones de toneladas. Como resultado, la capacidad de refino se situaba “muy por delante de las necesidades nacionales de productos petrolíferos” (12). Se suponía que gran parte de la producción se dedicaría a la exportación.

Seis de las diez refinerías de petróleo que había en España en 2025 se construyeron en cuatro años, entre 1964 y 1967. Ese último año la puesta en marcha de tres refinerías (Huelva, Algeciras y Castellón) y la ampliación de la veterana instalación de Tenerife hicieron que se duplicara de golpe la capacidad de refino del país (13). Todas las refinerías estaban en la costa excepto Puertollano, el frustrado Silicon Valley del franquismo, que cambió la fabricación de gasolina sintética por el refinado de petróleo crudo, que llegaba por un oleoducto especial desde el puerto de Málaga. La autarquía y la gasolina sintética ya eran un recuerdo borroso.

La Superioridad inauguraba refinerías a buen ritmo, prodigando la retórica propia del Régimen, que adjudicaba un poder taumatúrgico a las grandes instalaciones industriales. “La refinería ha cambiado en forma radical el paisaje de la bahía de Algeciras y, lo que es más importante, la mentalidad de sus habitantes… el día en que por primera vez ardió la antorcha de la refinería, el Peñón hubo de compartir con ella el señorío de la bahía” (14). La antorcha de la refinería era la antorcha del progreso para el franquismo. En agosto de 1969, la factoría de Algeciras fue bautizada oficialmente como “Refinería Gibraltar”, y se difundieron profusamente fotos del gran complejo industrial, con sus tres chimeneas pintadas a rayas rojas y blancas encuadrando el Peñón de Gibraltar al otro lado de la bahía. El Gibraltar español era pues una realidad, sin monos pero con enormes antorchas que ardían día y noche quemando subproductos petrolíferos. Los llanitos debían estar bastante intimidados.

Tanta abundancia de oro negro necesitaba muchos buques enormes para su transporte. En 1969 la Sociedad Española de Construcción Naval, “en línea con los más importantes astilleros del mundo”, anunció la botadura en Sestao del Zaragoza y el Loyola, dos petroleros de la clase de 100.000 toneladas (15), un estirón sobre el estándar de 10.000 toneladas de los buques de CAMPSA de la década de 1940. En 1975 el 65% de la capacidad de la flota mercante estaba dedicada al transporte de crudo. El mayor petrolero fabricado en España se botó en Ferrol en agosto de 1975 (16). “La Santa María” podía transportar más de 300.000 toneladas de crudo, no muy lejos del consumo anual de todo el país en la primera mitad de la década de 1940. La flota petrolera siguió creciendo por inercia hasta 1979, hasta alcanzar más de un centenar de barcos con un tonelaje medio de 45.000 toneladas. Luego se contrajo con brusquedad, hasta reducirse a la mitad en 1986 (17).

Los productos finales fabricados en las refinerías necesitaban transporte hacia el interior del país, y ahí funcionaba el oleoducto militar Rota-Zaragoza, arrendado por CAMPSA, los vagones cisterna de la Renfe, los camiones cisterna en ruta hacia las gasolineras de carretera y finalmente pequeñas furgonetas distribuyendo bombonas de butano hasta la aldea más remota.

Como decía una publicación oficial del Ministerio de Comercio en 1968, la actitud gubernamental era “especialmente atenta y positiva para la industria del petróleo”. (10) Como ocurrió con la nuclear o con las autopistas, España forzó el paso de la petrolización. En 1950 el petróleo era poco más del 9% de la energía primaria consumida en el país, cuya energía comercial era principalmente el carbón (74%) y la hidroelectricidad (17%). En 1967, en plena oleada petrolera, el carbón ya era solo un 30%, la hidroelectricidad había subido ligeramente en porcentaje (22%) y el petróleo ya era más del 47%. Se esperaba (y se consiguió) que para 1975 el 75% del total de energía comercial consumida en España fuera petróleo. Hay que tener en cuenta que en 1950 todavía se consumía mucha leña que no entraba en las estadísticas, y que en 1975 el butano, un derivado petrolero, casi había erradicado su consumo.

El petróleo sustituyó con ventaja a la anterior panacea económica del Régimen, el embalse. Si la política hidráulica prometía prosperidad a largo plazo, los combustibles petrolíferos ofrecían bonanza rápida. Las lentas cadenas causales del agua y la hidroelectricidad se trocaban en expansión acelerada con las fábricas de fertilizantes a base de nafta, los tractores de gasoil, los coches alimentados con gasolina y las fábricas que los producían abastecidas con fuel, los calentadores y cocinas de butano, los plásticos de vivos colores por doquier, etc.

El petróleo, o mejor dicho sus derivados, proporcionaron al franquismo una seudolegitimidad basada en una prosperidad creciente y palpable. Era progreso visible casi en tiempo real, por así decir, al mismo tiempo que se multiplicaba su consumo.
Y ninguno de los “hijos del petróleo” (es un término publicitario) cumplía mejor ese papel mejor que el butano. Un anuncio de 1968 de Butano SA, lo explica: este gas embotellado supone «la democratización de la comodidad en los hogares» y hace que «la comodidad y la limpieza [ya no sean] patrimonio de una clase privilegiada». Se refiere a cocinar sin tiznarse las manos y a darse una ducha caliente cuando apeteciera. Era la democracia y el fin de la lucha de clases en botellas de 12,5 kilos, repartidas por millones a domicilio. En 1971 un publirreportaje de Butano SA alardeaba de ser la mayor empresa del mundo en distribución de gases licuados de petróleo envasados, con más de 8 millones de usuarios o «el 92 por 100 de las familias españolas» servidas por una densa red comercial con «más de 12.000 hombres repartiendo diariamente bombonas por todo el territorio nacional». Según la empresa, el consumo se había multiplicado por 700 entre 1958 y 1970.

Según el publirreportaje, «Butano ha protagonizado la mayor revolución social de nuestro tiempo. La mujer, atada a las tareas del hogar, especialmente a la cocina, disponía de muy escaso tiempo libre para dedicarse a otros quehaceres. Las amas de casa no podían ser otra cosa que amas de casa. Ahora, gracias a ese combustible rápido y económico que es el butano, sus horas libres han aumentado hasta límites insospechados, permitiéndole incorporarse a la vida del trabajo fuera del hogar».

El petróleo liberaba de varias maneras al ama de casa: un anuncio de 1956 muestra a dos mujeres disfrutando de su tiempo libre, gracias a la combinación de una lavadora (alimentada con electricidad que sería producida en parte a base de petróleo) y una Vespa de gasolina. Otros anuncios muestran mujeres disfrutando de un menaje del hogar de plástico, ligero y de colores vivos, producto estrella de la industria petroquímica.

En 1968, la propaganda del Régimen pudo anunciar con orgullo que el consumo de plásticos per cápita era de 12,7 kilos por habitante. Se había multiplicado por 45 en trece años, desde los 0,3 kilos de 1955. El plástico era el super-ersatz, el sucedáneo moderno y atractivo del vidrio, la madera, el metal y otros materiales. El régimen adoptó como españolísimo este material: “El instinto artístico nacional y el afán artesano se conjugan [en las fábricas de plásticos] con la técnica moderna para impulsar una actividad de grandes perspectivas”, se dice en un material publicitario de 1959 (18).

El petróleo y sus derivados se convirtió en la verdadera sangre de la nación. Había destronado al carbón y a la hidroelectricidad como combustibles principales de la economía. Se empleaba en infinidad de usos, y en uno en particular que se revelaría como el más importante de todos: mover la creciente flota de coches particulares. El precio de la gasolina, a partir de 1968, sustituyó completamente al precio del pan como principal preocupación de los españoles.

Tanta devoción al rey petróleo tenía un precio. Una foto publicada en Información Comercial Española en febrero de 1968 muestra unos cuantos buques tanques con la leyenda “Importaciones petrolíferas. La economía española depende casi absolutamente de los suministros exteriores”. Una conclusión paradójica en un país que había abandonado la política de la autarquía tan solo nueve años atrás y que siempre había buscado casi desesperadamente la autosuficiencia energética.

Un país que en la primera mitad de la década de 1940 se quedó literalmente sin gasolina (y tuvo que apañarse a base de biomasa en los vehículos, mediante gasógenos, y considerar la idea del vehículo eléctrico), a finales de la década de 1960 cayó en la cuenta de que había caído de lleno en la trampa petrolífera. Eso quería decir que “la interrupción, o la simple reducción, aunque sea momentánea, de los suministros de crudo de petróleo” (10) era la catástrofe. La guerra de junio de 1967 hizo saltar todas las alarmas, pero la cosa no pasó a mayores.

En 1973 el petróleo ya dominaba absolutamente el panorama energético en España. La gasolina, a 12 pesetas el litro, era mucho más económica, en comparación con los precios que regían en la mayoría de los países europeos (19). La eficiencia energética era un concepto prácticamente desconocido. El petróleo era abundante y barato, y el suministro seguro, ¿qué podía salir mal? En 1973 se superó la marca de una tonelada de consumo de petróleo por habitante.

Fue en este inoportuno momento cuando la guerra de octubre o del Yom Kippur disparó el mecanismo del primer pánico petrolífero, el primero de muchos. A pesar de que los sucesos de Oriente Medio y Libia de años atrás ya indicaban problemas, el subidón de precios pilló a la Superioridad completamente desprevenida. El crudo Arabia ligero pasó de poco más de 2 dólares el barril (aproximadamente 120 pesetas para 150 kilos) a mediados de 1973 a casi 11 dólares en enero de 1974. En noviembre de 1973, la dictadura franquista pidió por favor a la población que no usaran sus coches para salir de excursión de fin de semana (la población conductora hizo caso omiso) y se estableció una limitación de la velocidad. A los ayuntamientos se les pidió que redujeran algo la intensidad de las luces de Navidad, entre otras medidas parecidas, como terminar antes las emisiones de TV.

Los ministros del ramo (Industria y Hacienda) hacían declaraciones llamando a la prudencia y al ahorro de energía, evitando hacer declaraciones alarmistas pero dejando claro que el petróleo había pasado de llevar en volandas a la economía nacional a ser una pesada carga. En enero de 1974 se celebró una reunión del más alto nivel entre el Generalísimo (que parece completamente traspuesto en las fotos del evento), el presidente de la OPEP y ministro argelino de energía (Belaid Abdessalam) y el hombre fuerte del petróleo por entonces, el archifamoso jeque Yamani, ministro del ramo en Arabia Saudí (20). Se esgrimió la tradicional amistad entre el Régimen del Movimiento y los países árabes, pero aquello no sirvió para reducir la factura del crudo.

Se evitó a toda costa subir los precios de los productos petrolíferos. El estado prefirió aguantar la subida quedándose casi sin ingresos fiscales petroleros y subvencionando el consumo de carburante. Por fin, en enero y marzo de 1974, hubo que aprobar algunas subidas de precios de la gasolina y la electricidad (que se fabricaba en buena parte a base de petróleo). Después de la década de penuria (1939-1949) y la década de crecimiento a toda velocidad (1962-1972), el tropezón de 1973 llegó en muy mal momento. El Régimen basaba ahora su supervivencia (además de en el Ejército y otras poderosas fuerzas sociales) en surfear sobre una ola aparentemente inagotable de petróleo barato, la panacea que hacía realidad todas las promesas de prosperidad del franquismo. La Superioridad no podía, sencillamente, ordenar a la población que se apretara el cinturón, como sí podían, paradójicamente, los países democráticos. El racionamiento y la escasez se habían convertido en algo decididamente antifranquista. El consumo de petróleo siguió creciendo hasta la siguiente crisis, la de 1979, que se encaró en circunstancias políticas bien distintas, y que forzó una subida de precios y una reducción importante del consumo en la primera mitad de la década de 1980.

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1- Resumen sobre finalidades y actuación del Instituto Nacional de Industria y de las empresas en que participa hasta el 31 de diciembre de 1950.

2- Pueblo, 27 de junio de 1950.

3- Por ejemplo, La Tarde (Madrid), 19 de mayo de 1949 y Correo de Mallorca, 20 de mayo de 1949.

4-Ángel Viñas: Autarquía y política exterior en el primer franquismo 1939-1959.

5-Jorge Navarro Comet (AGGEP, Asociación de Geólogos y Geofísicos Españoles del Petróleo): Una historia de la exploración y producción de hidrocarburos en España (1850-2023). XVI Congreso de la Asociación de Historia Contemporánea. Universidad de La Rioja.

6- El Adelantado de Segovia, 9 de febrero de 1944.

7- Ministerio de Industria y Comercio. Dirección General de Industria. Resolución de expedientes de las entidades industriales que se citan. Madrid, 28 de junio de 1940.

8- Diario de Ávila, 31 de octubre de 1945.

9-La Prensa, 27 de junio de 1950

10- Información Comercial Española, la revista del servicio de estudios del Ministerio de Comercio, publicó en febrero de 1968 un número especial sobre el petróleo que tituló significativamente “El otro oro”. Un extenso informe proporcionó una especie de instantánea de la oleada de petróleo que se abatía sobre el país.

11-CORES (Corporación de Reservas Estratégicas de Productos Petrolíferos), con datos del archivo histórico de CAMPSA.

12- Emilio Sanz Hurtado: La energía, el petróleo y la industria petrolífera española (panorama, problemas y perspectivas). Información Comercial Española, nº 414 – febrero de 1968.

13- La industria energética en España y en los países del Mercado Común. Cámara Oficial de Comercio, Industria y Navegación de Barcelona. Barcelona 1969.

14- «Frente al Peñón de Gibraltar, una refinería»
La Vanguardia Española, 20 de agosto de 1969

15- – ABC, 28 de septiembre de 1969

16- Juan Carlos Díaz Lorenzo: El petrolero “Santa María” (1975-1987), el mayor ULCC español (2021) (en puentedemando.com)

17- Gonzalo Sirvent Zaragoza: La flota mercante española.

18- 30 millones de españoles. Banco Exterior de España, 1959.

19-José María Lorca Alcalá: El impacto económico de la crisis del petróleo en los últimos años del franquismo (1973-1975). Tesis doctoral. Universidad Nacional de Educación a Distancia – Facultad de Geografía e Historia – Departamento de Historia Contemporánea (2015).

20- ABC, 10 de enero de 1974.

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