
Cómo colocarse para el tiro al blanco con fusil de guerra, posición en pie (detalle). Del artículo «Tiro al blanco», por el capitán de artillería Fernando Álvarez de Alarcón, del Regimiento de Costa de Cataluña. Revista Ejército, nº 114, julio de 1949.
El verano de 1943, alguien confundió el Alarde de Fuenterrabía (Hondarribia) con un desfile militar y mandó construir una tribuna a un lado del recorrido para que el Generalísimo pudiera revistar a las tropas. El resultado fue digno de una película de Berlanga. Encaramado Franco en el podio, comenzó a desfilar ante él la compañía de hacheros que siempre abre el Alarde. Los hacheros llevan un vistoso uniforme, una caricatura de los gastadores de Napoleón (aunque el hecho que conmemora el alarde fue un sitio de 1638). Con sus enormes morriones de lana de oveja latxa, delantal de cuero, grandes barbas postizas y otros adminículos festivos, los hatxeros desfilaron marcialmente ante el dictador, que mantuvo el tipo y levantó el brazo para saludar unas cuantas veces. A un lado, la mujer del generalísimo y varias esposas de generales no podían ocultar su desconcierto (1).
Aquello fue una casualidad. Por lo general el Generalísimo revistaba tropas de verdad, y se relacionaba con militares auténticos. Por detrás de todos los decorados católicos, falangistas y tradicionalistas había un grupo de militares patriotas que habían decidido salvar España, ese era el núcleo duro del Régimen. Se puede ver como el triunfo definitivo del concepto de ejército columna vertebral. Olvidado ya el papel de escudo y espada de la patria, el ejército se transformó en el armazón de la nación, la estructura general de sujección, mando y control.
Con este fin, contaba con un numeroso cuerpo profesional de unos 30.000 efectivos, endurecido por la guerra, que iba desde los viejos generales de promociones anteriores a la de Franco, pero que le servían con más o menos interesada lealtad, a los alféreces provisionales creados en la misma guerra, muchos de los cuales se hicieron profesionales e hicieron del ejército su modo de vida. El Ejército funcionaba como institución militar pero también estaba sólidamente infiltrado en puestos claves de la sociedad civil: los oficiales de la Policía Armada y la Guardia Civil debían ser militares, por ejemplo, pero la cosa llegaba más lejos, al estimularse la entrada de oficiales (no como representantes del ejército (2), sino como profesionales o funcionarios con un plus de autoridad, “premium” por así decir) en la enseñanza, la carrera judicial, la industria y en general cualquier institución relevante. Era una versión de la idea de Primo de Rivera de los “oficiales de distrito”, pero menos explícita.
Organizado como ejército de ocupación y control de su propio país y de sus posesiones coloniales, nunca tuvo que ejercer la violencia directa en el interior, y en las colonias la última vez fue en Ifni, en 1958. Tras muchos años de Ejército de guarnición, regularmente repartido por el país, en 1965 llegó el momento de sumar el asunto militar a la oleada de modernización general. El PLP (Plan a largo Plazo) dividió el Ejército en dos partes: las FII (Fuerzas de Intervención Inmediata) y las FDOT (Fuerzas de Defensa Operativa del Territorio). Las FII debían estar listas para enfrentar amenazas exteriores, pero también “una guerra de tipo revolucionario”. Las FDOT debían hacer frente principalmente a “cualquier género de amenaza interna del territorio nacional” (3). La modernización militar dejó pues intacta la misión principal de control interior.
Las fuerzas militares (exceptuando la Guardia Civil) eran algo así como la disuasión nuclear durante la guerra fría: estaban siempre listas para ser utilizadas, pero nunca hubo que hacerlo. Ni siquiera en situaciones cuasi-insurreccionales, como el País Vasco en la década de 1970, se echó mano del ejército. Los militares recordaban su papel periódicamente juzgando los delitos horrendos e imperdonables contra la patria (separatismo, injurias al ejército, etc.) en consejos de guerra sumarísimos, es decir ultrarrápidos. El Ejército y las fuerzas armadas en general funcionaban en segundo plano, omnipresentes pero sin intervención directa. Parte de esta omnipresencia venía de la multitud de quintos uniformados que recorrían las ciudades de todo el país. Esas multitudes de soldados eran una versión reducida del enorme ejército que había ganado la guerra civil.
La cantidad de gente militar en España en abril de 1939 era enorme. Su número se calculaba en unos dos millones de personas, más o menos repartida a partes iguales entre el ejército republicano y el nacional. Quiere decirse que ya se había alcanzado la movilización total por primera vez en la historia del país. Casi una de cada diez personas de cualquier condición estaba bajo las armas, pues la población española total alcanzaba solo los 24 millones de personas. Descontando mujeres, ancianos y niños, y restando el porcentaje de inútiles para el servicio, toda la población masculina en edad militar estaba efectivamente en diferentes fases de entrada y salida en el ejército.
Cuando acabó la guerra, los soldados de la República pasaron a los campos de concentración y acto seguido a engrosar las filas del ejército nacional. Entre unas cosas y otras, no eran raros períodos de estancia efectiva en el Ejército de cinco y seis años. Toda esta enorme población militar tenía que ser alojada, vestida y alimentada. Se publicó un plan urgente de construcción de cuarteles, con especificaciones muy espartanas. La comida era un grave problema. La ración oficial bordeaba la desnutrición, a no ser que la unidad militar contara con granja y huerta propia.
Muy lentamente, los grandes efectivos militares se fueron reduciendo. El Ejército de Tierra pasó de 320.000 efectivos en 1950 a 260.000 en 1970 (2). En conjunto, las fuerzas militares todavía alcanzaban las 400.000 personas hacia 1990, para una población total de 36 millones.
Desde el punto de vista de la clase de tropa, el ejército era algo que llegaba inexorablemente una vez que se cumplía la edad adecuada. El Régimen controlaba así de manera militar y directa a la población masculina adulta de menos edad, incluyendo su aspecto físico y su salud. El servicio militar obligatorio para todo el mundo es una característica peculiar del franquismo que no había existido antes –la reforma de 1912 eliminó la posibilidad de librarse del servicio pagando, pero conservó la posibilidad de suavizarlo mucho a cambio de dinero– y se arrastró todavía dos décadas más, ya en el régimen democrático.
El servicio militar universal fue un elemento importante del ecosistema del franquismo. Se suponía que el Ejército era una especie de gran batidora institucional, una máquina de normalización. A los que no sabían leer se les enseñaba, y se les alentaba a sacar el graduado escolar. A los intelectuales se les bajaban los humos. Los gallegos conocían Andalucía, y los madrileños Cataluña. Todos comían lo mismo, vestían igual y hablaban el mismo castellano batúa. Tras el año y medio o más de rigor, se les daba la cartilla militar cumplimentada y firmada por una alta autoridad militar y se les devolvía a la sociedad civil. “Servicio militar cumplido” era un requisito común en las ofertas de empleo, y para bastantes personas sin ninguna cualificación profesional, la hoja de servicios era lo único que se podía mostrar a un posible empleador. “Del mismo modo que el abogado o el médico tienen el título universitario colgado en la antesala, él llevará la hoja de servicios en la cartera y la sacará a la menor ocasión, cuando necesite apoyar sus afirmaciones.
–Un momento, que esto no lo digo yo. Lo dice el capitán general.” (4)
El servicio lejos de casa tenía una importancia muy grande en la sociedad rural. Era una de las pocas oportunidades de conocer mundo, sobre todo la ciudad. Resultó ser un motor de la migración interior, cuando el hijo que hacía el servicio en una ciudad encontraba trabajo allí y mandaba llamar a su familia. Aquello terminó por preocupar a los militares. Encuestas realizadas en 1951 entre quintos de varios regimientos en Cataluña mostraron que muchos soldados de pueblo tenían unas ganas extraordinarias de emigrar a la gran ciudad, que muchos habían conocido durante el servicio militar. Las grandes ciudades tenían grandes cuarteles. El autor de las encuestas advierte el peligro: “advirtamos a los muchachos …que no todo en la ciudad son las Ramblas de Barcelona, la Castellana de Madrid, el paseo de la Independencia de Zaragoza o la plaza de Castelar en Valencia; que a no mucha distancia existen las barriadas de Montjuich, Vallecas, Torrero y Ruzafa, y que será en ellas, sin los lujos ni espléndidas iluminaciones que les fascinan, sino entre el polvo, el barro y la inmundicia, donde tendrán que conformarse con instalar su hogar (5).”
Cuando la situación de las quintas se normalizó hacia 1943, la inmensa mayoría de la población en edad apropiada (varones en torno a los 20 años de edad) comenzó a pasar de manera regular por las horcas caudinas del Ejército, sin apenas excepciones (la Armada y la Aviación tenían sus propios sistemas, mucho más basados en el voluntariado). A lo largo del franquismo el porcentaje de prófugos descendió, así como el de excedentes de cupo y el de inútiles para el servicio. El Régimen disponía de un aparato administrativo suficiente para detectar con más precisión que a comienzos del siglo XX, y no digamos durante el siglo XIX, quién estaba obligado a hacer el servicio y su situación. El Estado tenía ahora lo que no había tenido antes: ficheros puestos al día y más tarde organizados electrónicamente de todos los mozos en edad militar. Esta circunstancia técnica se unió a otra política: el franquismo ya no podía aceptar el antiguo sistema de librarse del servicio a cambio de dinero, al menos explícitamente, al ser el ejército la Institución Perfecta, una entidad casi sagrada.
Había dos caminos para reducir la duración del servicio, que era de dos años máximos para todo el mundo. Tener la instrucción premilitar hecha en las Milicias de FET y de las JONS la dejaba en año y medio como máximo. Las clases con más dinero podían hacer el servicio con más comodidad, a plazos, hasta un total de un año, durante los veranos (la llamada milicia universitaria), que además formaba oficiales –herederos de los alféreces provisionales de la guerra civil, y los mandos naturales de los quintos procedentes del pueblo llano.
El servicio militar, que comenzó a llamarse “la mili” hacia 1970, quitando hierro a la anterior expresión “el servicio”, duró 24 meses, dos años cumplidos, desde 1943 a 1968. De ahí pasó a 18 meses, duración que permaneció hasta 1981, en que bajó a 14, y de ahí a 12 en 1984 y 9 en 1991, hasta su definitiva extinción en 1996.
El servicio militar evolucionó al compás del régimen. En el franquismo inferior era un castigo de larga duración que se inflingía a la población, en penosas condiciones de alojamiento, confort y alimentación. En 1945, ya con la situación de las quintas normalizada, el Ejército (de Tierra) tenía 22.000 oficiales, 3.000 suboficiales y 300.000 soldados. Consumía la cuarta parte del presupuesto nacional, algo más de 2.500 millones de pesetas, el 99% del cual se iba en pagar los sueldos de los oficiales y la manutención de la tropa. Calculadora en mano, tocaban a 13,6 soldados por oficial y 100 por cada sargento, un disparate. 43 millones se gastaban en carbón para calefacción, lo que no evitaba que los cuarteles fueran neveras en invierno, 9 millones en gasolina para los vehículos y solo 40 para reparación de armamento (6).
Como instrumento de poder militar internacional, el Ejército español era completamente inútil, pero los oficiales se consolaban pensando que su función de transformación masiva de niños en hombres, incluso en ciudadanos, seguía completamente vigente. En realidad era su tarea principal. En un artículo publicado en 1944 en la revista profesional de Ejército, el capitán médico Manuel Ballesteros Barahona lo explicaba así: “Llegaron los reclutas. La materia prima ya está en el laboratorio; ahora hay que transformarla, moldearla, darle forma concreta. Es decir, hacer de una colectividad diversa y multiforme un conjunto homogéneo… Se devuelve a la vida civil un hombre completo, hecho, de aquel joven que se recibió. … en España, donde la intensidad de la vida moderna no alcanzó el auge que en otras naciones, es el Ejército el mejor medio con que se cuenta para hacer completos ciudadanos”(7).
Hay que tener en cuenta que se pensaba que el servicio militar era el principal y oficial rito de paso de la niñez a la adultez. Tras hacer el servicio, una persona podía, por ejemplo, fumar delante de su padre, y otras tareas menos importantes, como casarse o llevar unas tierras. Esta fantasía de moldear ciudadanos se complementaba con otra, la de forjar endurecidos guerreros: “… el fin último de la instrucción militar es la preparación para los conflictos armados, y, por consiguiente, la idea de la guerra debe presidir toda función instructora” (8). Se consideraba fundamental enseñar al soldado “cómo limpiará una trinchera sirviéndose del lanzallamas y de la bomba de mano” (9). Todo ello sin meterse en dibujos ni disquisiciones: “Debe enseñarse a las clases de tropa “exclusivamente lo que deben saber”, deducido de la misión que les incumbe en el combate” (10).
La idea era hacer pasar por la batidora militar a la cantidad máxima posible de población juvenil, en las condiciones más estandarizadas posibles, de manera que pudiera ser ahormada por la Institución. Los militares del franquismo tenían poco material bélico eficaz, pero cientos de miles de quintos que controlar.
Las mujeres tenían una versión más llevadera de la mili, el servicio social, que se podía cumplir haciendo horas en guarderías, hospitales o bibliotecas durante unos meses, hasta que te daban el certificado. Con el tiempo, el servicio social se fue convirtiendo en un trámite que se solucionaba rellenando unos cuantos impresos, a no ser que fuera necesario el certificado de cumplimiento para algún asunto importante, como obtener el pasaporte.
El aumento de la población, la mejora de sus condiciones físicas (los reclutas aumentaban de talla regularmente, como se mostraba en los gráficos que publicaban los anuarios estadísticos del Ejército), la creciente lejanía de la guerra civil, la reducción del presupuesto militar y el desarrollismo en general, impulsó lo que se puede llamar la edad de oro de la mili española. Pero a medida que el franquismo se petrolizaba, motorizaba y modernizaba, la breve edad de oro de la mili tocó a su fin, cuando sus aspectos interesantes (como ver mundo, o aprender un oficio) perdieron importancia. En el franquismo final ya era solamente un tremendo engorro que secuestraba a la juventud en los mejores años de su vida.
Hacia 1960 y en adelante casi todo el mundo hacía el servicio militar, siendo al parecer más reducidos los excedentes de cupo, los prófugos y los inútiles para el servicio. El ejército pudo dedicarse a filtrar, forjar, reconstituir y moldear a la práctica totalidad de la población entre los 18 y los 22 años de edad, de los cuales unos 400.000 nuevos efectivos irrumpían cada año. Tanta afluencia determinó la creación de los reemplazos, por el que los reclutas eran convocados varias veces al año en vez de una sola vez como antes.
Estos pasaban por un proceso más racional, que comenzaba en los Centros de Instrucción de Reclutas. Los CIR, en funcionamiento desde mediados de la década de 1960, eran enormes instalaciones, una o dos por cada región militar, donde se producía la transformación de los civiles en militares. El proceso duraba unas pocas semanas y terminaba con una aparatosa ceremonia de juramento colectivo de lealtad a la patria y al ejército, incluyendo el contacto físico con la bandera nacional, que transmitía así su esencia a los nuevos soldados. A continuación, pasaban a los cuarteles, donde en general estaban mejor alojados y alimentados que sus predecesores del franquismo inferior. Se hicieron algunos esfuerzos incluso de turistizar la vida militar, con instituciones como el Recreo Educativo del Soldado.
El Ejército intentó enseñarles algo que les fuera útil en la vida civil. Enseñar a leer y escribir a los soldados analfabetos era algo que se había hecho desde lejanos tiempos, y a partir de 1940 solamente hubo que forzar algo más la máquina. El porcentaje de reclutas que no sabían leer y escribir se estimaba entre un 15-20%. En la década de 1960 la alfabetización por vía militar ya no tenía mucho recorrido, pero se abrieron posibilidades en la obtención del certificado de estudios primarios y la formación profesional, esta última con objetivos tan ambiciosos como «reconvertir 600.000 jornaleros del campo en tractoristas». Se trataba de la formación de obreros especializados, aprovechando la estructura del ejército, organizada por la Gerencia Nacional de Formación Profesional Obrera, organismo creado en el marco del I Plan de Desarrollo de 1964.
En conjunto, el ejército pudo tener un impacto global de un 10% aproximadamente en lo que respecta a la alfabetización, escolarización primaria y formación profesional del país en conjunto (11). La formación profesional por vía militar tuvo una inquietante derivada cuando se tuvo constancia de que los mandos de ETA animaban a sus potenciales reclutas a hacer la mili, e incluso a engancharse en las COE (Compañías de Operaciones Especiales) (8). Por el lado opuesto, surgió un fenómeno que inquietó sobremanera a los militares del franquismo. En 1971 se presentó el primer insumiso no religioso, José Beunza Vázquez, origen de un movimiento que, un cuarto de siglo después, aniquilaría prácticamente el Servicio Militar Obligatorio (12).
El 23 de febrero de 1981, el ejército franquista emergió de la fosa donde se supone que descansaba desde 1977 (cuando se creó el Ministerio de Defensa del primer gobierno de la democracia) y avanzó dando tumbos por el país, en lo que parecía un golpe de estado en toda regla. Muchos soldados pasaron esa noche aferrados a su armamento, esperando la orden de salir, que afortunadamente no se dio excepto en algunos puntos concretos. La mañana siguiente todo había terminado. El enorme fósil militar del franquismo se disolvió paulatinamente en un ejército que se supone que volvía a ser la espada y el escudo de la nación, y ya no su columna vertebral. Poco a poco, los uniformes desaparecieron de las calles y los militares mismos comenzaron a practicar su oficio en lejanos países, en misiones bajo mandato de la ONU o la OTAN.
1- Noticiario Cinematográfico (NO DO), 27 de septiembre de 1943.
2-Stanley G. Payne: El régimen de Franco 1936-1975. Alianza Editorial (1987).
3- Jefe de batallón Trejak: El Ejército español al día. (Traducción de un artículo de L’Armée). Ejército, nº 341, junio de 1968.
4- Luis Carandell: Los españoles. Editorial Estela. Barcelona (1971).
5- En ideología del ejército franquista, p. 274
6- Fernando Puell de la Villa: El devenir del Ejército de Tierra (1945-1975). En «Los ejércitos del franquismo (1939-1975)», IV Congreso de Historia de la Defensa, «Fuerzas Armadas y Políticas de Defensa durante el franquismo», Madrid, 2009. Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado.
7- «El recluta. Notas para un tratado de «psicología militar» Capitán médico Manuel Ballesteros Barahona, de la 92 División. Ejército, nº 59, diciembre de 1944
8- «La instrucción en el Ejército» Coronel Barrueco, de Infantería, del Servicio de Estado Mayor. Ejército, nº 13, febrero de 1941
9- La instrucción del soldado, por Pablo Rey Villaverde, Comandante habilitado de Infantería de la Academia de Guadalajara. Ejército, nº 14, marzo de 1941
10- La instrucción en el Ejército. Coronel Barrueco, de Infantería, del Servicio de Estado Mayor. Ejército, nº 15, abril de 1941
11- Gloria Quiroga Valle: Alfabetización, formación profesional y servicio militar: la labor educativa del ejército español (1939-1975). En IV Congreso de Historia de la Defensa, Fuerzas Armadas y política de defensa durante el franquismo, 2009.
12- Velasco Martínez, L. (2017). ¿Uniformizando la nación?: el servicio militar obligatorio durante el franquismo. Historia y Política, 38, 57-89. doi: https://doi.org/10.18042/hp.38.03
Tochos: El museo del franquismo
