Visitantes incómodos: los colonizados devuelven la visita

La foto muestra una de las ultimas veces en que los colonizados estuvieron en la metrópoli en calidad de elemento exótico de exhibición. Exposición Internacional de las Artes y las Técnicas, París, 1937: Centro de las Colonias, argelinos del pabellón de Argelia. Gallica

Aunque menos famoso que el Titanic, el Empire Windrush es otro de esos barcos que parece que resumen la época en que les tocó vivir. Con el nombre de Monte Rosa, fue botado en Hamburgo en 1930 por cuenta de la gran naviera Hamburg Süd. Süd era la abreviatura de Sudamericana, pues la naviera estaba especializada en el tráfico entre Brasil y Argentina y Alemania, trayendo café y alimentos y enviando allí diversas mercancías y algunos emigrantes, pues el Monte Rosa era un barco de pasajeros, no un carguero.

En el siglo anterior muchos alemanes habían emigrado a Sudamérica, pero en 1930 aquello era el pasado. El barco se usó pues con bastante éxito para hacer cruceros. En 1933 pasó a las manos del Kraft Durch Freude, A la Fuerza por la Alegría, una de las organizaciones de Responsabilidad Social Corporativa del partido nacionalsocialista. Siguió pues navegando con turistas a bordo por cuenta del nuevo régimen, hasta que en 1939 pasó a las manos de la Marina de Guerra, participando en 1945 en el traslado de refugiados de Prusia Oriental al interior de lo que quedaba de Alemania.

Semanas después fue requisado por el Gobierno británico, que lo rebautizó como Empire Windrush y lo usó para las comunicaciones marítimas de su extenso imperio, trayendo y llevando tropas y personal administrativo. En uno de estos viajes el barco, procedente de Australia con rumbo a la madre patria, recaló en Kingston (Jamaica) casi vacío y alguien pensó que sería una buena idea vender pasajes baratos para Inglaterra, cuya oferta se agotó en pocas horas. Y así, el 21 de junio de 1948 aproximadamente 800 caribeños desembarcaron en las instalaciones portuarias del Támesis, a unos pocos kilómetros del Puente de Londres.

Cuando la segunda guerra mundial terminó, y las chimeneas de los campos de exterminio se apagaron, una aparente oleada de solidaridad se había extendido entre las diferentes variedades humanas del planeta. Si hasta el ejército de los Estados Unidos había decidido acabar con el apartheid en sus unidades militares –en 1948– todo parecía posible. En 1948 los imperios coloniales estaban en acelerado proceso de extinción. El Imperio Británico cambió de nombre y se llamó (Nueva) Commonwealth, una especie de club de fraternidad mundial a juzgar por las declaraciones de Londres. El Imperio francés pasó a ser la Unión Francesa. Al mismo tiempo las antiguas jerarquías universales de calidad humana desaparecían oficialmente, gracias a iniciativas como la declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), la Convención contra el Genocidio (1949) y la declaración formal de la Unesco contra el racismo (1950).

A comienzos de los años 60, casi cincuenta nuevos estados se sentaban en las salas de reuniones de los grandes organismos mundiales (FAO, OMS, ONU, UNESCO). Se trató además de un período de expansión económica sin precedentes. Año tras año, el equipamiento doméstico en lavadoras, refrigeradores eléctricos, televisores y coches, crecía, y se empezó a hablar de colocar aire acondicionado, secadora de ropa y lavavajillas en todos los hogares.

Todo el mundo era optimista: los Estados Unidos se acostumbraban a su papel de superpotencia, Europa empezaba a disfrutar de prosperidad, el bloque soviético esperaba alcanzar en pocos años la riqueza del bloque capitalista, las naciones surgidas de la descolonización confiaban en superar la pobreza en poca décadas. La especie humana era una, y la diversidad cultural reflejaba sus maravillosas potencialidades. Todos podían aprender mucho unos de otros: oriente de occidente, el norte del sur, la humanidad actual de la humanidad prehistórica. Eran los felices años cincuenta.

La idílica tapadera se desmontó paulatinamente: el mundo descubrió con asombro que existían asientos reservados para blancos en los autobuses de muchas ciudades del Sur de Estados Unidos, a raíz de gesto de rebeldía de Rosa Parks, que se negó a sentarse en el fondo del vehículo (1955) y, cuando una decisión del Tribunal Supremo declaró ilegal la segregación racial en las escuelas, todo el mundo pudo ver a nueve estudiantes negros de Little Rock, Arkansas, caminar protegidos por un batallón de paracaidistas para entrar en las aulas de su colegio (1957), mientras que Sudáfrica consolidaba en esos mismos años el sistema del apartheid. La nueva fraternidad universal resultaba ser una mano de pintura apresuradamente aplicada sobre bien construidos prejuicios raciales, como se demostró en la Inglaterra amenazada de convertirse en una“magpie society”, una sociedad blanquinegra (la expresión fue acuñada por Winston Churchill).

Desde comienzos del siglo XX y aún antes, la idea de terminar con el Imperio Británico y construir en su lugar una comunidad entre iguales –una Commonwealth– había sido una vieja aspiración. Tal idea implicaba la completa libertad de movimientos entre los ciudadanos de los países miembros, y por supuesto australianos, neozelandeses, canadienses y sudafricanos blancos siempre habían sido bien recibidos en la metrópoli. Incluso se recibía de buen grado a algunos miembros selectos de las élites indias y africanas. En 1948 la ley estableció que los ciudadanos de cualquier parte de la Commonwealth podían entrar de manera irrestricta en el Reino Unido, independientemente de su raza.

Esta sabia política de puertas abiertas tuvo una primera consecuencia inesperada en junio de 1948, cuando el Empire Windrush, procedente de Kingston (Jamaica) arribó a las costas británicas con unos cuantos centenares de ciudadanos de la Commonwealth a bordo, ejerciendo su legítimo derecho a darse una vuelta por la Vieja Inglaterra. El problema es que no parecían turistas, que además, empleando el eufemismo de la época, eran de color, y que rápidamente quedó claro que habían venido a quedarse. En aquellos años la población “no blanca” en Reino Unido era una curiosidad y no pasaba de unas 30.000 personas.

A aquel barco pionero siguieron muchos más, y el asunto pasó en paulatinamente a la categoría de problema. Al principio ni el Gobierno ni los sindicatos prestaron mucha atención, pero no faltaron voces de alarma. En una interpelación parlamentaria en 1954 en la que un representante de Lambeth (distrito con creciente presencia de emigrantes caribeños) interrogó al responsable de Colonias, Henry Hopkinson, sobre lo que se estaba haciendo para presionar al Gobierno de Jamaica en orden a cortar la emigración, el ministro pudo hacer un noble discurso invocando a Lord Palmerston, primer ministro hacía un siglo: “Me siento orgulloso de que un hombre pueda decir Civis Britannicus Sum, cualquiera que sea su color, y me siento orgulloso del hecho de que esa persona pueda, si lo desea, llegar a la Madre Patria”. Se le hizo notar que Palmerston se refería a un comerciante griego que se acogió a la protección del pabellón británico, y no a 800 millones de personas que podían reclamar legalmente su derecho a residir en Gran Bretaña. Otros de la élite política no veían tan mal importar mano de obra barata o incluso planteaban en su club la inquietante hipótesis de que, sin la inmigración de la Nueva Commonwealth, “sería cada vez más difícil encontrar a alguien que nos llevara las maletas en la estación de ferrocarril” (1).

El gobierno comenzó a encargar informes, que probaron inmediatamente las dificultades de asimilación del grupo inmigrante. No obstante, su libertad de acción estaba limitada por las beneméritas declaraciones oficiales previas de hermandad, amistad y libre circulación de las personas asociadas a la civilización británica. Las amonestaciones al gobernador de Jamaica no surtieron efecto. La posibilidad de implantar visados y restricciones tenía enormes dificultades políticas, por ejemplo para los intereses británicos en la India o en Australia. El caso es que Inglaterra tuvo que empezar a acostumbrarse a que sus nuevos tipos de ciudadanos, más o menos como lo hizo con la emigración de trabajadores irlandeses un siglo antes. En 1962 terminó la política de puertas abiertas, sustituida por un intrincado sistema de controles, permisos y visados, que continúa hoy en día.

Había 211.000 argelinos viviendo y trabajando en Francia en 1954, cuando estalló la guerra de la independencia de la llamada Argelia francesa. La emigración argelina en había sido pequeña hasta la primera guerra mundial –eran los franceses metropolitanos los que emigraban a Argelia, que era legalmente una provincia tan francesa como Bretaña–. A partir de la Gran Guerra, que movilizó cientos de miles de soldados norteafricanos, la emigración argelina se estabilizó, severamente controlada por las autoridades, y con estricto propósito de suplir mano de obra, pues Argelia era Francia pero los argelinos musulmanes no eran ciudadanos franceses.

En 1962, cuando terminó la guerra de la independencia, ya eran 350.000 los argelinos metropolitanos (2). En esos ocho años el FLN (Frente de Liberación Nacional) tomó paulatinamente el control de la población argelina en Francia, y las autoridades metropolitanas comenzaron a considerarla como una quinta columna enemiga. La acción de control policial culminó en la masacre de 17 de octubre de 1961 en París, cuando cerca de 12.000 argelinos fueron arrestados y un centenar asesinados a tiros, a golpes o arrojados al Sena, la mayor ratonnade que ha vivido Francia en su historia, de raton (igual que en español), término despectivo para referirse a los norteafricanos, usado en Francia a partir de finales de la década de 1937. El término técnico correlativo en Reino Unido es paki-bashing, que tiene esta definición según el diccionario Collins: (British offensive, slang): “The activity of making vicious and unprovoked physical assaults upon Pakistani immigrants or people of Pakistani descent”.

Esta inversión del sentido de flujo ordinario que llevaba colonizadores blancos de las metrópolis a las colonias, que comenzó en los años cincuenta, notablemente en los dos grandes imperios coloniales, se consolidó en las décadas siguientes. Hacia 2015 la población inmigrante de España, Francia, UK, Bélgica, Holanda, Italia y Alemania estaba entre el 10 y el 13%, y el porcentaje de ella nacida fuera de la UE era de un 7-8%. (3). El mapa de origen de estos inmigrantes “extracomunitarios” es un eco lejano de los antiguos imperios coloniales. Los dos primeros países de origen de inmigrantes en Francia son Argelia y Marruecos, en UK India y Pakistán, en España el primero es Marruecos y el tercero Ecuador. En las siguientes posiciones de la tabla de inmigración a España, es notable la presencia del antiguo imperio español en América.

En Bélgica la primera inmigración extracomunitaria procede de Marruecos, y apenas hay 20.000 personas procedentes de la RD Congo, el antiguo Congo Belga, lo que se puede explicar por la gran dificultad de viajar de Kinshasa a Bruselas. La emigración marroquí a Bélgica comenzó en 1961 por un convenio oficial y era generalmente de hombres que iban y venían, más o menos como la de españoles en Alemania. A mediados de 1970 la crisis económica decretó el fin de la inmigración marroquí, lo que hizo más atractivo quedarse en el país y no regresar más a Marruecos. Con Angola en primer lugar, Mozambique en cuarta posición y Cabo Verde y Guinea Bisaú en quinto y séptimo lugar, las antiguas colonias africanas dominan la emigración en Portugal.

Surinam e Indonesia, las antiguas Indias Orientales, ocupan la segunda y cuarta posición en los Países Bajos. El caso de Alemania es singular. Turquía es la principal fuente de inmigrantes extracomunitarios, pero nunca fue colonia, y sí aliada del Segundo Imperio Alemán en la primera guerra mundial. Y en las primeras posiciones de inmigración a Alemania, de dentro y de fuera de la UE, están los países del Este, en realidad los países que formaron parte del efímero imperio colonial nazi de 1939-1945. Algo parecido ocurre en Italia, donde en segunda posición después de los rumanos están los inmigrantes procedentes de Albania, que formó parte del efímero imperio fascista. Esta lógica histórica y colonial que determina el origen de los llamados ahora en la Unión Europea “inmigrantes extracomunitarios” ha sido olvidada por los numerosos partidos antiinmigración que están copando posiciones en todos los parlamentos europeos de comienzos del siglo XXI, que ya no recuerdan que los inmigrantes, muchas veces, son personas que no hacen más que devolver la visita.

1- Andrew Roberts: Eminent Curchillians. Phoenix (1994).
2- L’immigration algérienne en France. De la fin du XIXè siècle à 1962. Dossiers thématiques / Caractéristiques migratoires selon les pays d’origine – Musée National de L’Histoire de l’inmigration. (http://www.histoire-immigration.fr)
3- Eurostat: población inmigrante.

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