La guerra mundial que duró 90 minutos


 

El Airbus A300 de que fue secuestrado en Entebbe. Recién salido de fábrica en Toulouse, llevaba pocos menos de un año en la compañía cuando se encontró metido de lleno en uno de los secuestros aéreos más famosos de la historia. Fue devuelto a pocas semanas después, aunque Idi Amin lo confiscó en un principio para resarcirse de parte de los daños causados por el ataque israelí, incluyendo la destrucción de su fuerza aérea, una docena de MiG-17 aparcados en la zona militar del aeropuerto. Voló para más de 20 años y luego, tras un breve periodo en que fue alquilado a Vietnam Airlines, terminó su carrera en la compañía turca de carga aérea MNG.

La culpa la tuvieron los griegos. En el aeropuerto de Atenas, el detector de metales no funcionaba y el encargado de escanear los equipajes no estaba mirando la pantalla, justo cuando las armas de la unidad terrorista alemana-palestina se colocaron en el control de equipajes del vuelo de Air France procedente de Tel Aviv (1). Poco después de despegar con destino París, cuatro individuos tomaron el control del A300 con más de 250 pasajeros a bordo. Air France nunca había sufrido un secuestro aéreo hasta entonces. Los secuestradores eran miembros de una escisión del Frente Popular para la Liberación de Palestina (El FPLP de Operaciones Exteriores) y de un reducido grupo terrorista alemán, las Revolutionäre Zellen, RZ (Células Revolucionarias). El avión voló a Bengasi en Libia, un destino bastante habitual de los secuestros aéreos, pero lo que fue menos corriente es que algunas horas después despegó y voló a Uganda, donde aterrizó en el aeropuerto internacional de Entebbe. Allí se les unieron dos o tres miembros más del FPLP-OE, procedentes de Somalia.

Francia y su compañía de bandera, Air France, eran responsables de los pasajeros y la tripulación. El gobierno israelí tenía más de 90 connacionales a bordo. Alemania (Occidental) quería echar el guante a los dos miembros de las RZ. Idi Amin, el dictador ugandés, no había tenido que ver con el secuestro y el avión le había caído literalmente del cielo, pero parece ser que planeaba utilizarlo para aparecer como un gran mediador internacional y sacar algún provecho de todo ello. Hasta entonces los secuestros aéreos se habían planteado y resuelto como operaciones policiales, con pago de rescate o ruptura de negociaciones y limitadas operaciones por unidades especiales de tipo SWAT para asaltar el avión. En Entebbe el secuestro fue a peor rápidamente, cuando se dejó de considerar a los 250 pasajeros como una suma indeterminada a canjear y se separó a los aproximadamente 90 ciudadanos israelíes, siendo enviados los restantes a París.

Este fue el momento en que el secuestro se convirtió en parte de la historia alemana. Parece ser que algunos pasajeros no israelíes, pero de apellidos aparentemente hebreos, fueron añadidos al grupo de pasaporte israelí. La película de Marvin Chomsky Victoria en Entebbe rodó la escena en términos inequívocos: los alemanes haciendo una selección de prisioneros y separando a los judíos de los gentiles, entre gritos de Schnell!, Schnell! (¡Rápido, rápido!) incluyendo a algunos supervivientes del Holocausto. La película se estrenó en Alemania apenas cinco meses después de los sucesos de Entebbe y levantó una ola de estupor e ira en todo el país, especialmente entre la izquierda, atrapada entre la denuncia del sionismo y el recuerdo del exterminio nazi de los judíos (2).

Los pasajeros ya no estaban ya en el avión (algo que agradecían profundamente) sino en la antigua terminal de aeropuerto, lo que fue determinante para el curso de los acontecimientos. El núcleo de los 90 israelíes estaba rodeado por siete u ocho secuestradores, a su vez rodeados por un centenar de soldados ugandeses. La trampa ya estaba armada. El gobierno israelí decidió llevar a cabo una acción policial contra los terroristas alemanes y palestinos llevando a cabo previamente una acción de guerra contra Uganda. Esto era una novedad, hasta entonces se podía pensar en dar permiso a una unidad de élite extranjera para actuar en algún caso de secuestro, pero no soportar una invasión militar extranjera para resolverlo. En Uganda se podía hacer, era un pequeño país del tercer mundo gobernado por un dictador asesino.

La operación fue muy profesional. La flotilla de cuatro Hercules y dos Boeing 707 despegó de  Sharm El Sheik, en el extremo sur de Israel y recorrió el Mar Rojo volando a muy baja altura, a un tiro de piedra de las costas egipcias y saudíes. En Yibuti giró para atravesar Etiopía a gran altura, fiándose de la ausencia de radares en este país, en ruta directa hacia Kampala y su aeropuerto, Entebbe. De los dos 707, uno aterrizó en Nairobi como hospital para esperar a los rehenes y el otro sobrevoló Entebbe como puesto de mando volante. El primer Hercules llegó a las doce de la noche y descargó una limusina y dos Land Rover, con la esperanza de simular la caravana presidencial habitual de Idi Amin. A los pocos minutos fueron descubiertos, mientras aterrizaban los Hércules 2 y 3. En total los aviones llevaban unos 170 soldados de mucha élite. La fuerza atacante conocía bien el aeropuerto, pues una empresa israelí había tomado parte activa en su construcción, años atrás, cuando hubo una breve relación especial entre Israel y Uganda, en la que el país de la Biblia ayudó a construir la fuerza aérea ugandesa y algunas otras cosas. Tras una media hora de tiroteo, más de 20 soldados ugandeses (su número varía según las fuentes entre casi 50 y poco más de diez), siete terroristas,  tres rehenes y un atacante yacían muertos. Esto haría una relación de bajas de 1:30 aproximadamente, la típica de las guerras coloniales. El cuarto Hercules, que se llevó a los rehenes rescatados, fue el último en aterrizar y el primero en despegar. Se dirigió a Nairobi, donde repostó, y de allí al aeropuerto Ben Gurión, en Tel Aviv, donde fue recibido en plena apoteosis, como la confirmación de que Israel era completamente invencible y podía atacar en cualquier parte del mundo.

Esta guerra de poco más de una hora de duración fue mundial. Por un lado estaba Israel, representando a Occidente, con el apoyo explícito de Estados Unidos (muy contento de lo bien que funcionaban sus aviones y tomando buena nota de la operación para futuras incursiones) y más discreto de Reino Unido (expotencia colonial en Uganda, que rompería relaciones con este país unas semanas después). Alemania tenía un interés personal en el asunto, y habría enviado un equipo a Entebbe si no se hubieran adelantado los israelíes (lo envió un año después a Mogadiscio, donde había llegado un avión de Lufthansa secuestrado por el FPLP con ayuda de la RAF, Fracción del Ejército Rojo, el grupo terrorista alemán más famoso). Francia quería su avión, y enredó diplomáticamente todo lo que puso. Enfrente estaba un fragmento de Palestina (la OLP condenó el secuestro), dos ciudadanos alemanes de un minúsculo grupo armado anticapitalista, y el Tercer Mundo en general, representado por un pequeño país sumido en la miseria y gobernado por un déspota sanguinario. Las víctimas de la furia de Idi Amin ascendieron a más de dos centenares, incluyendo los tres controladores aéreos de servicio ese día y muchos keniatas que vivían en Uganda. Kenia había colaborado con la operación prestando el aeropuerto de Nairobi para que los Hércules de regreso de Entebbe pudieran repostar. En las Naciones Unidas, el bloque africano y árabe  fueron ninguneados por Occidente, no se dictó ninguna resolución de condena de Israel aunque se estuvo a punto de hacerlo con Uganda. El Tercer Mundo había sido humillado una vez más.

(1) John T. Correll: Entebbe. AIR FORCE Magazine 62 / December 2010.
(2) Tobias Ebbrecht-Hartmann: The Missing Scene: Entebbe, Holocaust, and Echoes from the German Past. Simon-Dubnow Institute Yearbook (2015)

 

 

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