El mayor “pudo haber sido” de la industria aeronáutica militar británica

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BAC TSR: prototipo en pintura “anti flash nuclear” durante sus vuelos de prueba, 1964.

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La política británica de investigación y desarrollo de nuevos aeroplanos militares se fue haciendo cada vez más cicatera en las décadas de 1950 y 1960, hasta que la cancelación del avanzado proyecto TSR en 1965 dio la puntilla definitiva a la independencia británica en materia de aviones de guerra sofisticados.

Culpable directo del final del proyecto –que se arrastraba mientras tanto entre dificultades técnicas sin fin– fue el nefando gobierno laborista de Harold Wilson, que terminó con 14 años de dominio conservador en 1964. Como si en el pecado hubiera llevado la penitencia, Wilson tuvo que aguantar años de impertinencias francesas (algunas procedentes directamente de De Gaulle) durante el desarrollo de otro avión casi igual de caro y complejo, el Concorde.

Tras la cancelación del proyecto, a mediados de la década de 1960, la breve edad de oro del bombardero atómico británico terminó definitivamente. La disuasión fue encomendada a una flota de submarinos nucleares, con gran alivio de la Marina y considerable escándalo por parte de la RAF.

En años sucesivos Gran Bretaña se vio obligada a comprar aviones estadounidenses, como el Phantom, o, peor todavía, a participar en proyectos europeos, como el Panavia Tornado y el Eurofighter Typhoon.

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