Las Siberias ibéricas

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Puente sobre el embalse de García Sola, en la carretera entre Castilblanco y Herrera del Duque (Badajoz), en plena Siberia Extremeña.

“Siruela, por abandono del Poder y por la crecida de sus arroyos, se encuentra una vez más en aislamiento absoluto”. Así empezaba el despacho que envió el alcalde de Siruela al presidente de la Diputación de Badajoz. Lo publicó el periódico Las Provincias, diario de Valencia, el 2 de febrero de 1926. El 9 de febrero siguiente, el Correo de la Mañana de Badajoz publicó el telegrama que envió el alcalde de Esparragosa de Lares al presidente del Consejo de Ministros, Miguel Primo de Rivera. En él se pintaba una situación dramática de incomunicación por el temporal y se terminaba con una petición digna de ser grabada en bronce: “Ruego vuecencia se interese sacando Siberia extremeña este lamentable abandono”.

Hacía veinte años más o menos que se llamaba así extraoficialmente al actual partido judicial de Herrera del Duque, en la esquina noreste de la provincia de Badajoz. En abril de 1904, el Nuevo Diario de Badajoz se despachaba a gusto: “…no tenemos por aquí vías férreas ni carreteras; pero… en cambio de esas cosas superfluas, tenemos muy malos caminos, muchas sierras y puertos agrios por demás, y vivimos rodeados de ríos caudalosos que impiden el paso apenas llueve, y como no tenemos puentes, se da el caso (vergüenza da decirlo) de pasarnos ¡once días! sin correo ni correspondencia.”

Así se fijó el mito de la Siberia extremeña, “un pedazo de tierra española relegada al olvido”. Pasaron los años, se instalaron líneas telefónicas (en 1925 Badajoz ya estaba conectado por teléfono con Mérida y con otros cinco pueblos de la provincia), se ampliaron algunas carreteras y llegó el franquismo, que cayó como plaga de langosta sobre la Siberia extremeña. El Generalísimo hizo un viaje de inspección por la zona en octubre de 1956. Un momento importante del viaje fue la inauguración de “la grandiosa presa del Cijara… la esperanza de varias generaciones, la ilusión de toda una provincia, la redención de los hijos de esta tierra”. Cijara está muy cerca de Herrera del Duque y formó parte del complejo de embalses del Plan Badajoz. Este Plan, uno de los platos fuertes del franquismo, ha dejado un reguero de pueblos con nombres como Guadiana del Caudillo o Villafranco del Guadiana y una potente industria de conservas de tomate.

A partir de la visita del dictador, se pudo ya cancelar oficialmente el asunto del abandono de un pedazo de España. Clemente Pamplona, cronista del viaje, escribe: “Parece mentira, parece increíble que en un lustro tan sólo, una provincia, la “Siberia extremeña” haya cambiado de signo hasta poderla llamar, ya hoy, la “Valencia extremeña”. Pamplona, sin duda en estado alterado de consciencia, confundía la comarca de Herrera con las tierras bajas del Guadiana. Termina su crónica con algo premonitorio, ahora que se están abriendo fosas de los ejecutados por las fuerzas franquistas durante la guerra y después –se sospecha que en la provincia de Badajoz fueron más de 10.000: “… hasta los huesos encerrados en tantos cementerios perdidos se remueven al paso del Caudillo por aldeas y campos de Extremadura”. Actualmente el nombre de Siberia extremeña es de uso corriente y puede que hasta legal. Hay una orquesta de verbenas y bodas que se llama Aires Siberianos.

La otra Siberia peninsular está en Castilla- La Mancha, y es la comarca de Molina de Aragón, al este de Guadalajara y parte de la provincia de Teruel con la que linda. Es el polo del frío de la península Ibérica y el polo de despoblación, con menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado, menos que Mongolia. Es otra de las comarcas de la Idoúbeda, la tierra que sigue el espinazo del sistema Ibérico, que abarca las provincias de Soria, Teruel, Guadalajara y Cuenca, medio millón de habitantes en 50.000 kilómetros cuadrados. Costa Rica y Eslovaquia, con la misma extensión, tienen cinco millones de habitantes cada una.

En realidad la Siberia española, que por extensión sería toda la Idoúbeda, está engañosamente poblada. Hay unas cuantas ciudades medianas (Guadalajara tiene casi 90.000 habitantes, tanto como toda la provincia de Soria), las capitales de provincia, y algunos pueblos con gente, como Almazán, la propia Molina, Albarracín, El Burgo de Osma, Tarancón, etc., y unas pocas zonas con alguna actividad, como la carretera nacional de Zaragoza o el corredor del Henares. El resto está vacío. Se pueden trazar círculos bastante extensos, de cincuenta kilómetros cuadrados de extensión, en los que literalmente no vive nadie, en ciertas comarcas como el suroeste de la provincia de Soria y Molina. Pasar la noche dentro de estos círculos, en algún pueblo abandonado, es toda una experiencia.

Ha habido otras Siberias en España, por ejemplo Burgos, por las mucha nevadas que caían en los páramos de esta provincia, y una Siberia de película en Candilichera y otros pueblos de Soria, donde se rodó el film Doctor Zhivago. Ese año no nevó lo bastante y el equipo de rodaje tuvo que completar las tomas en Finlandia, pero el Moncayo luce magnífico como los Urales. Los anarquistas llamaban “Siberia” al castillo de Montjuich en Barcelona, donde se encarcelaba a los disidentes catalanes como el zar enviaba a los suyos al destierro siberiano.

Extremadura y Castilla-La Mancha son lo que queda de la España antigua, o mejor dicho de su paisaje primigenio, el encinar. Las dos regiones más pobres y desoladas han terminado siendo las más valoradas, las más limpias, las únicas que no solamente no emiten CO2 en exceso, sino que incluso lo absorben. Contienen restos de bosques, dehesas enormes, el Serengueti español, linces y otra fauna salvaje, ciervos y mucha caza mayor, en cotos ignotos, algunos de los cuales tienen hasta aeropuerto privado. También contienen el misterio del Guadiana, el Puente de la Tierra. Es un territorio de 120.000 kilómetros cuadrados (el tamaño de Corea del Norte) y tres millones de habitantes (la población de Armenia) que tuvo su primera universidad en 1973 (Extremadura) y 1982 (Castilla-La Mancha).

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