B-29: el arma definitiva

 

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La vista cenital revela la configuración general del B-29, con alas mucho más largas y estrechas que las de su predecesor el B-17. El avión doblaba prácticamente las especificaciones de cualquier bombardero existente hasta entonces.

 

La construcción de un “paralizador sangriento”, una máquina voladora capaz de aplastar literalmente al enemigo con su poder ofensivo, había sido una pesadilla de los militares británicos desde la primera guerra mundial. Nunca consiguieron tal artefacto. Los norteamericanos, por el contrario, sí fueron capaces de poner en práctica el concepto, gracias al bombardero Boeing B-29 Superfrotress y la bomba atómica.

Bombardear territorio nipón se convirtió en una obsesión desde el mismo día 7 de diciembre de 1941, cuando la aviación de la Flota Imperial Japonesa atacó la base naval de Pearl Harbor. Pocos meses después, en abril de 1942, la marina estadounidense consiguió colocar media docena de bombarderos pequeños sobre Tokio, que abrieron las portillas de las bombas y causaron pequeños daños materiales y algunas víctimas (cómo evaluarlas, en una guerra que causó más de 50 millones de muertos) pero que destruyó la sensación de invulnerabilidad de la capital japonesa, donde estaba el recinto cuasi-sagrado del palacio del emperador. Los aviones eran bimotores North American B-25, llamados apropiadamente Mitchell en honor de Billy Mitchell, el miembro norteamericano de la siniestra trinidad de profetas del bombardeo moral, junto con el británico Trenchard y el italiano Dohuet. Mitchell es evidentemente el “padre intelectual” del B-29 y de su antecesor el B-17.

Parecía lógico aplicar a Japón el ejemplo europeo de bombardeos sistemáticos sobre ciudades e industrias, pero la situación era muy distinta en Oriente que en el relativamente pequeño rincón de la guerra aérea contra Alemania. Las distancias eran enormes, y los planificadores estadounidenses debieron buscar bases no demasiado alejadas y aviones capaces de volar miles de millas. No contarían con ambas cosas hasta mediados de 1944, gracias a la ocupación de varias islas en el Pacífico y al bombardero B-29.

Las especificaciones técnicas del B-29 eran las propias de un arma definitiva: debía volar más alto, más rápido, más lejos y con más cargamento de bombas que cualquier máquina voladora existente en el mundo. Los ingenieros de la Boeing habían conseguido mucha experiencia en el diseño de aviones de este tipo desde mediados de los años 30, cuando dieron comienzo los trabajos de la Fortaleza Voladora B-17. Los fondos afluían en cantidad creciente, a medida que los congresistas redactaban listas cada vez más largas de amenazas inminentes para la seguridad nacional de los Estados Unidos. El proyecto empezó al más puro estilo de America builds an aeroplane, con largas cadenas de contratistas y subcontratistas dedicados a fabricar cada una de las más de 50.000 piezas de las que se componía el avión y a enviarlas a las grandes plantas centrales de montaje, abastecidas en buena medida con mano de obra compuesta por mujeres.

El cruce de la tecnología de punta con las demandas militares proporcionó un dolor de cabeza tras otro a los diseñadores. Por ejemplo, cada uno de los cuatro motores debía proporcionar bastante más de 2.000 hp con el menor peso y volumen posible. La solución inicial, un motor radial ultra compacto y por lo tanto propenso al recalentamiento con un uso generoso de ligeras aleaciones de magnesio (un metal combustible), dotó al B-29 de cuatro bombas incendiarias listas para la ignición en cualquier momento. Determinadas partes del gran fuselaje debían estar presurizadas, lo que obligó a construir un estrecho túnel entre la cabina de pilotaje y el compartimento central. El avión debía ser aerodinámico para reducir la resistencia del aire, pero los militares exigían profusión de torretas de armas. El ala estrecha permitía mayor velocidad, pero multiplicaba la carga alar hasta extremos muy peligrosos en los despegues y aterrizajes. La ingente cantidad de sistemas eléctricos obligó a diseñar una pequeña central que proporcionase el voltaje necesario. Y así sucesivamente.

El siguiente problema fue que no había que construir sólo un avión, sino varios centenares o incluso millares. En condiciones normales, dos o tres prototipos pueden ser pulidos en sucesivas pruebas de ensayo y error hasta conseguir la forma definitiva que será enviada a las cadenas de producción. Esto no fue posible en el caso del B-29, que contrató su producción en serie prácticamente a partir de diseños en papel y maquetas de madera. La organización industrial de la producción se complicó enormemente porque cada ejemplar terminado revelaba dos o tres docenas de fallos a corregir, modificaciones que debían ser hechas urgentemente sobre todos los aviones, fuera cual fuera su lugar en la cadena de montaje. En un caso extremo, fue preciso enviar técnicos al Pacífico para realizar in situ modificaciones en aviones que se suponía que ya estaban en servicio activo. Por fin, tras episodios que forman parte hoy en día de la leyenda del complejo militar-industrial norteamericano, se consiguió un aparato que funcionaba razonablemente bien, y que ya podía comenzar a realizar la tarea para la que había sido diseñado.  Japón fue el primer territorio donde actuó el B-29. Más tarde actuó como bombardero en Corea, y bajo el apodo de “bombardero atómico” fue apostado en bases europeas para amenazar a la Unión Soviética, que también construyó una versión no autorizada del B-29 (el Tu.4) para sentar las bases de su flota de bombaderos estratégicos. En Reino Unido sucedió al Lancaster bajo el nombre de Washington.  Tuvo una versión civil de pasajeros, el Srratocruiser y se construyeron muchas versiones para tareas concretas. En total se fabricaron unos 4.000 ejemplares de la Superfortaleza volante.

La gran demostración de como los B-29 podían poner por si solos a un país de rodillas comenzó poco antes de la medianoche del 9 de marzo de 1945, en Tokio, cuando un grupo de bombarderos exploradores dejó caer dos estelas cruzadas de bombas incendiarias que formaron una enorme X en el centro de la ciudad. El resto de la formación usó la X como blanco y regó la ciudad con gasolina y explosivos a intervalos regulares. Murieron cerca de 90.000 personas, probablemente el número mayor de decesos violentos en un solo día de toda la historia de la humanidad.

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