La ciencia de las masacres: ganadería humana

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El campo de Birkenau (Brzezinka), parte del complejo de Auschwitz, en Google Maps.

El Diccionario de la Real Academia no admitió el término “genocidio” hasta su edición de 1956: “Exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivos de raza, de religión o de política”. La Vanguardia publicó en 1945 (27 de octubre) “El “genocidio”, novísimo término judicial”, explicando que “…en la acusación de las Naciones Unidas contra los criminales de guerra [nazis] ha sido preciso crear una nueva palabra”. ABC publicó por primera vez la palabra en 1947 en relación con la crónica de las sesiones de la ONU y la tuvo que explicar: “genocidio (exterminio de masas)”.

La palabra fue acuñada en 1944 y adquirió categoría legal en 1948, cuando la ONU aprobó la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio. Actualmente es de amplio uso y su derivado genocida se usa como afrenta política: “el genocida Castro, Bush, Saddam, Obama, etc.” Este término técnico se creó para definir una situación nueva, como se creó “ciberacoso” a comienzos del siglo XIX. La expresión “genocidio armenio” irrita lo indecible al gobierno turco. Teniendo en cuenta que ocurrió hacia 1915, ¿se le puede aplicar la expresión? ¿Fue un genocidio el exterminio de los hereros en Namibia en 1904 a manos de las tropas coloniales alemanas? ¿Y el exterminio del indio norteamericano? ¿Y cómo se debe calificar la muerte de millones de personas en apenas un siglo en la América colonizada por los españoles? Desde tiempos inmemoriales ha habido matanzas, se han pasado a cuchillo ciudades enteras, y generales y líderes han dicho las palabras fatídicas: “matadlos a todos”.

Pero hay una diferencia, y bien notoria. Se sospecha que las masacres de la antigüedad se exageraron con fines propagandísticos, pero no por los enemigos de los asesinos, sino por los propios perpetradores. La historia están llenas de crónicas acerca de ciudades en las no quedó piedra sobre piedra, campos sembrados de sal, bosques talados de raíz y muertes en masa de pueblos enteros. Hay una cierta imposibilidad física en hacer todo eso, en ausencia de moderna tecnología (aunque el genocidio de Ruanda demostró que se podía matar a cientos de miles de personas en muy poco tiempo usando poco más que machetes). Pero era más importante la dificultad socioecológica. Tal vez hubiera que matar a todos los hombres adultos, pero matar a las mujeres y los niños no tenía sentido en muchas situaciones, era como eliminar valiosas propiedades. La pauta de matar hombres en edad militar, pero no mujeres ni niños, se repite desde el comienzo de la humanidad. Para matar a todo el mundo de verdad, mujeres, niños y ancianos incluidos, se necesita otra palanca mental. Y hay razones para creer que la jerarquía universal de calidad humana tomó parte en el asunto.

El genocidio existió siempre, pero en el siglo XX fue la primera vez que se practicó bajo respaldo científico, basado en las leyes de la Razón. En contra de la idea de que el genocidio está impreso en nuestros genes -después de todo, ¿no es nuestra especie heredera del exterminio de los neandertales? se trata, por el contrario de una actividad difícil de poner en marcha, que debe ser planificada con mucha antelación, y que depende para su ejecución de una amplia difusión entre la población de una batería de virus mentales malignos de alto poder contagioso e infeccioso, imprescindibles para que la lógica de los perpetradores sea correcta y estos puedan realizar su tarea sin sobrepasar los límites de lo que marca la experiencia humana.
La historia de la difusión y evolución de estos virus mentales o genes culturales, antiguamente conocidos como “memes” (los memes originales evolucionaron hasta convertirse en chistes gráficos de internet) no se ha contado todavía con detalle, y debe ser compleja y fascinante, más todavía si nos ceñimos a una época como la que sucedió a la revolución industrial y a un continente como el europeo y su franquicia en Norteamérica.

La religión y la nación han funcionado siempre como depósito de virus mentales sencillos e indestructibles, con gran poder de replicación. Los boers, por ejemplo, basaban su visión del mundo en una serie de interpretaciones de la Biblia donde se resaltaba obsesivamente que los negros, los hijos de Cam, habían sido declarados malditos e inferiores para siempre en el Libro. También se podrían enraizar los holocaustos de la Alemania nazi en el tipo de literatura barata que devoraban ávidamente Hitler y sus coetáneos Julius Streicher, Ernst Rhoem o Heinrich Himmler, compuesta, al parecer, por indigestos refritos de obras racistas, antisemitas, militaristas, exaltaciones de la Patria Alemana, etc. Uno de estos libros, El declive de la gran raza, de Madison Grant, fue muy popular en la década de 1920 y 30. Podemos imaginar a Adolf Hitler leyendo párrafos como este:

“El americano de buena estirpe [germánica] … está siendo literalmente expulsado de las calles de la ciudad de Nueva York por el enjambre de judíos polacos. Estos inmigrantes adoptan el idioma del nativo americano, visten su ropa, roban su nombre y comienzan a tomar a sus mujeres, pero rara vez adoptan su religión o entienden sus ideales y mientras él está siendo expulsado de su propia casa, el americano mira plácidamente a los países extranjeros e insta a otros a la ética suicida que está exterminando a su propia raza”. (De la edición de mayo de 1932, publicada en 1936)

Ahí están todos los horrores futuros: el exterminio de la raza germánica por “enjambres” de subhumanos que imitan la forma humana llevando ropas y nombres de la raza superior y, lo que es peor, comienzan a poner sus sucias manos sobre sobre las mujeres arias. El libraco de Madison Grant llevaba 15 reimpresiones y cuatro ediciones desde su aparición en octubre de 1916, una hazaña para un libro de no ficción de más de 500 páginas. El autor no era evidentemente un loco, sino (como se reflejaba en la primera página) presidente de la Sociedad Zoológica de Nueva York, consejero de la Sociedad Geográfica Americana y fideicomisario del Museo Americano de Historia Natural. El publicador era Charles Scribner’s Sons, la ilustre editorial fundada en 1846, un puntal de la cultura estadounidense, y el prólogo lo había escrito Henry Fairfiel Osborn, el rey de la paleontología, famoso por sus descubrimientos de vertebrados fósiles. Así que la mercancía averiada de The passing of the great race, or the racial basis of the european history estaba todo lo bien envuelta que se pudiera desear. Tres años después de la publicación del libro, hombres que habían leído y asimilado el tocho de Madison Grant y otros muchos en la misma línea entraron en Polonia y se tropezaron con el nido originario del enjambre de judíos que zumbaba en las calles de Nueva York.

La vergonzante conexión entre el biorracismo estadounidense y el nacionalsocialista, que consideraba a los USA como sus maestros en la materia, era sólida en la década de 1930 y no se ocultaba: “El ministro señor Fritz, ha declarado hoy que es necesario promulgar en Alemania, como en los Estados Unidos, leyes de inmigración adaptadas e inspiradas en las condiciones de biología racial” decía La Voz de Menorca el 5 de diciembre de 1933.

El origen último de toda esta literatura de lo que se podría llamar “racismo de divulgación” estaba en las cátedras de las universidades, donde los hombres de ciencia disecaban la estructura oculta de la sociedad, mostrando como los términos “anarquista” y “criminal nato” eran aproximadamente sinónimos, como los “campesinos acomodados” eran el asiento de todas las virtudes, por qué las guerras no solamente servían para probar el valor individual, sino el de toda una nación; cómo la lengua no era solo un medio de comunicación, sino también un alma de los pueblos, etc.

Los sabios de barba blanca y quevedos dieron un paso más cuando se adentraron en senderos poco explorados todavía, sentando los cimientos de ciencias cuya sola evocación provoca escalofríos en nuestro mundo -como la rassenbiologie, la biología racial. La raciología, como también se la conoció en España, arrancaba de disciplinas muy respetables como la antropología y la etnografía que sumadas al aluvión de novedades en la biología, principalmente la genética, permitieron dejar atrás la laboriosa y aparentemente estéril craneología y trabajar de manera más precisa y contundente con un objetivo principal: eliminar la mala semilla humana y conservar y acrecentar la buena, en lo que se conoce como el gran experimento de ganadería humana de la primera mitad del siglo XX.

Hacia el año 1900 las cosas se habían complicado en el mundo del estudio de la calidad humana. Las intuiciones de Darwin sobre los materiales de la herencia, lo que hace que los hijos se parezcan a sus padres, se habían confirmado. Ser rubio o moreno, alto o bajo, listo o idiota, dependía de unas partículas germinales situadas en el centro de las células, en su núcleo. Desde ahí, enviaban sus instrucciones al resto del cuerpo, igual que el gobierno dicta sus órdenes al conjunto del país.

La existencia real de estas partículas directoras y determinantes de la calidad humana fue recibida con regocijo por los partidarios de la jerarquía universal de calidad, que siempre habían pensado en las variedades humanas como inmutables, eternas y perfectamente separadas. Pues ahora se confirmaba: la calidad humana depende del material germinal de base, que es por definición inmutable y se transmite en bloque a la descendencia. Clara derrota para los partidarios de la fluidez humana y de la influencia determinante del ambiente, como Wallace, el co-descubridor de la evolución, enemigo de la naciente eugenesia esterilizadora norteamericana. Luego se vería que la cosa no era tan fácil cuando se inventó el gen y en lugar de una esferilla sana o insana de material germinal se tuvo que pensar en términos de una colección de bolitas ensartadas como cuantas en un collar, algunas buenas y otras malas.

Pero esas sofisticaciones no se tuvieron en cuenta. El darwinismo social, más la nueva genética, más el nacionalismo produjeron la biología racial pecuaria, la creencia de que la raza nacional (dicho así) podía ser mejorada en un tiempo corto cortando el flujo de material genético indeseable y estimulando la propagación del deseable. A partir de ahí se planteaban muchas incógnitas: ¿cómo pasar de los descubrimientos de la ciencia a la práctica del día a día de la mejora de la raza? La respuesta “moderada” proponía cortar el flujo génico indeseable mediante la esterilización, la respuesta radical podía implicar el genocidio. La ciencia podía ser ambigua pero señalaba con claridad el objetivo. Por ejemplo en este párrafo de un libro de biología:

“Gran parte de la peor estirpe humana ha continuado sobreviviendo y multiplicándose, y de manera desproporcionada a medida que la civilización avanza. Se ha puesto el acento casi únicamente en la mejora de las condiciones de vida y no en la reproducción de los mejores. Podemos justificadamente decir que la humanidad es lo que es hoy a pesar de la continua violación de muchos de los principios biológicos que podrían mejorar la raza. […] actuar como pensamos que es humano desde el punto de vista de los individuos particulares, puede significar un flaco favor a la raza”.

Este texto, que podría haber firmado con entusiasmo Heinrich Himmler, es obra sin embargo del respetado biólogo norteamericano Lorande Loss Woodruff, profesor de la universidad de Yale. El libro donde se halla el fragmento no es un manual de Rassenbiologie de la juventudes hitlerianas, sino nada menos que un manual educativo de las fuerzas armadas norteamericanas: Fundamentos de Biología, Manual Didáctico EM 442, preparado por el equipo editorial del Instituto de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos para uso del personal del Ejército, Marina, Cuerpo de Marines y Guardia Costera por cuenta del Departamento de Guerra, Washington D.C. Y la fecha: 10 de julio de 1944. Dos días después, el “campo familiar” de Theresienstadt fue liquidado, y tres semanas después, el 2 de agosto de 1944, el campo gitano, también en Auschwitz-Birkenau, fue igualmente aniquilado.

Hacía falta un click en el interruptor que permitía pasar de la matanza clásica al genocidio moderno. Ese paso adelante se dio en Europa en la primera mitad de la década de 1940. El 2 de agosto se celebra el recuerdo del Porrajmos, literalmente “La Devoración”, el genocidio de medio millón de romanís. Se suele considerar esta época, el verano de 1944, como el apogeo final del genocidio nazi. En mayo y junio de 1944 más de 400.000 judíos húngaros fueron enviados a Birkenau y ejecutados nada más poner los pies en el campo, un ritmo infernal de unos 5.000 asesinatos diarios que puso a prueba la solidez de los hornos crematorios de Topf und Söhne y la eficacia del Zyklon B de Degesch, de Frankfurt, filial de IG Farben, matriz de Bayer, BASF, Hoechst y Agfa. Degesch anunciaba en España su producto Calcid, “El procedimiento de fumigación con ácido cianhídrico que merece la atención de los propietarios de huertos de naranjos y olivos” junto con el Cianuro de sodio de Degussa, “El cianuro alemán es el más acreditado”. (El Progreso Agrícola y Pecuario, 7 de junio de 1936).

El cianuro alemán necesitaba ir acompañado de la raciología y de ciertas convicciones, como que exterminar a muchas personas de mala calidad podía exigir un comportamiento aparentemente inhumano, inaceptable “desde el punto de vista de los individuos particulares”, pero que suponía un gran beneficio para la raza de buena calidad. Madison Grant murió en 1937, sin poder ver la masacre que sus ideas, en compañía de otras, desencadenaron sobre Europa y el mundo.

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