Explosivos y guarderías: las fábricas modelo de la colectivización

vistaseenelsigloMi Revista, 1 de mayo de 1937

 

Las compañeras, tocadas con unas boinas azules, trabajan contentas en locales espaciosos, aireados, con calefacción a base de renovación del aire, con clara luz.

El espíritu constructivo de la C.N.T.
La industria de papel para cigarrillos
Solidaridad Obrera, 21 de enero de 1937

 

En Barcelona, los anuncios de perfumes o de trajes de baño para señora siguieron siendo los mismos tras el 19 de julio de 1936, pero muchos de ellos añadieron al afiche las palabras “industria colectivizada”, “industria socializada” o “empresa bajo control obrero”. Los dueños habían cambiado. El comité obrero de control de cada empresa, grupos de hombres de rostros ceñudos, se dejaba fotografiar en el antiguo despacho del director. Los antiguos dueños habían huido, habían sido asesinados o bien permanecían en la empresa, ofreciendo sus servicios como técnicos. Invariablemente, según sus declaraciones, el comité encontraba al abrir la caja de la empresa nada más que deudas y sueldos impagados. Su primera decisión era fijar una tabla de sueldos justos y pagarlos con la mayor regularidad posible. Los jornales iban de seis pesetas para aprendices o mujeres a 15 pesetas para obreros cualificados. Algunas categorías más especializadas podían cobrar más, pero los sueldos no se apartaban mucho ni por arriba ni por abajo de las diez pesetas diarias.

Una vez resuelto el problema de los sueldos, el comité abordaba los siguientes. Las condiciones laborales eran la siguiente prioridad. Muchas empresas colectivizadas mejoraban las condiciones de iluminación y confort de los puestos de trabajo, y se creaban vestuarios y duchas en mejores condiciones higiénicas. Poco a poco las empresas iban más allá y terminaban creando, al menos sobre el papel, un ambiente de trabajo más parecido al de una fábrica modelo en Suecia que al que debería imperar en una empresa colectivizada por los feroces rojos españoles. Se creaban –o se planeaba crear– guarderías para los hijos de los empleados, botiquines y asistencia médica, economatos, jardines, lugares de esparcimiento, bibliotecas, boletines de difusión y cultura y las mil y una zarandajas que constituyen la civilización, especialmente desde el punto de vista de los trabajadores.

Tarea esencial era determinar la producción. Algunas empresas eran absolutamente vitales, como la de tranvías de Madrid o las industrias colectivizadas de Agua, Gas y Electricidad. Otras encontraron un mercado inesperado en la guerra, como el ramo de la guarnicionería. Esta antigua industria de correas y atalajes para las caballerías estaba en decadencia por el auge de los coches de gasolina, pero pronto revitalizó su producción la demanda de correajes para el ejército. Una fábrica de galletas pronto estaba produciendo el Postre y la Merienda del miliciano. La fábrica Ford de Barcelona consiguió fabricar una notable serie de vehículos blindados. Las fábricas metalúrgicas fueron encuadradas directamente como Industrias de Guerra y puestas a fabricar toda clase de armas. Las factorías de productos químicos, como colorantes o fertilizantes, se reconvirtieron para la fabricación de explosivos y cosas peores, como gases tóxicos (que nunca se utilizaron al final).

Otras industrias lo tenían más difícil. Era el caso del gremio colectivizado de peluquerías de señoras de Barcelona, o las aguas minerales de Caldas de Malavella, sede de las acreditadas marcas Vichy Catalán y Narcis. En este último caso, se construyó una granja de cerdos y se pusieron en marcha otras industrias agropecuarias.

Las industrias colectivizadas debían integrarse en el ecosistema industrial republicano en las condiciones de imponía la guerra: una clientela reducida a la mitad y con tendencia a descender a medida que progresaban las fuerzas nacionalistas, unos inputs de materias primas y energía decrecientes, precios muy elevados para los artículos básicos, que los salarios apenas podían seguir, etc. El ecosistema industrial catalán era el más denso y complejo, y resultó muy deformado por la necesidad de dedicar buena parte de su esfuerzo a la fabricación de armas de guerra. Su mayor hazaña fue fabricar casi 300 aviones de caza Polikarpov I.15, llamados “Chatos” por los republicanos.

En estas condiciones tan desfavorables, las empresas colectivizadas, muchas inspiradas en los memes del anarquismo, lanzaron casi todas planes muy ambiciosos de mejora y racionalización de la producción. La industria colectivizada de la leche en Barcelona organizó una red de tanques refrigerados para conservar el producto en buenas condiciones hasta su venta. Los obreros de los transportes públicos de esta misma ciudad renovaron muchos miles de metros del antiguo tendido eléctrico, simplificando la red y las subestaciones de transporte de fluido. Se planteaban sinergias entre distintas empresas: los residuos de la melaza usada para fabricar alcohol se convertían en forrajes en una nueva sección de la fábrica. La falta de materias primas aguzaba el ingenio y obligaba a buscar sustitutos. Gas de Barcelona tuvo que apañárselas con otras materias primas, incluyendo orujo, después de quedarse cortado su suministro tradicional de carbón asturiano. La fábrica de papel y fumar Miquel y Costas & Miquel, junto al Besós en Barcelona, se encontró con que todas sus fuentes de materias primas habían caído  en poder de los facciosos: el cáñamo de Galicia, la paja de centeno de Valladolid y su comarca, y el regaliz de Zaragoza. Planearon sustituirlas con importaciones de Inglaterra y Rusia[45].

Mal que bien, la producción seguía renqueante su camino en la zona republicana. Los índices que se han podido calcular muestran un descenso brusco en los primeros meses de la guerra, que luego se recuperó medianamente, pero que se hundió en los últimos meses del conflicto. La excepción son las más florecientes industrias de guerra. Pero el funcionamiento general de la economía era el de una ciudadela sitiada: la zona republicana a partir del verano de 1937 estaba flanqueada por tres fronteras: la línea del frente de guerra, con intercambios de disparos, pero no de mercancías, la costa mediterránea, amenazada constantemente por los submarinos y aviones italianos, con lo que su utilidad para la llegada de materias primas e intercambio de productos era cada vez más limitada, y la frontera francesa, abierta o cerrada según el clima político que París dictaba en cada momento.

 

[45] El espíritu constructivo de la C.N.T. La industria de papel para cigarrillos Solidaridad Obrera, 21 de enero de 1937

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