Cómo las naranjas se hicieron republicanas y las sardinas nacionalistas

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degeschcianuroEl Progreso Agrícola y Pecuario, 7 de junio de 1936 (www.bne.es).

 

Asumiendo la disolución de los límites entre cultura y naturaleza, y su consiguiente fusión, afirmamos que la Guerra Civil generó un paisaje propio y particular, un espacio cautivo de la conflagración.

Pablo Alonso González: Reflexiones en torno a una Arqueología de la Guerra Civil. El caso de Laciana (León, España). Munibe (Antropologia-Arkeologia) Nº 59 (2008)

 

La sardina fue importante para la victoria de los nacionalistas. Este modesto pez de escamas plateadas alimentó a su ejército y a su retaguardia, surtiéndoles de calcio, fósforo, provitamina D, hierro, proteínas de calidad y grasa –justo lo que más escasea en una guerra. Convenientemente cocida al vapor, bañada en aceite vegetal y bien apretada en cajas de hojalata, la sardina y sus congéneres se revelaron como alimentos estratégicos, muy ricos en proporción a su peso, fáciles de transportar e imperecederos. Resultaba fácil organizar una fábrica de sardinas de lata en las costas gallegas. La materia prima principal abundaba en los mares próximos, y los pescadores tenían mucha experiencia en su captura, La demanda de sardinas para conserva impulsó el uso del cerco de jareta, una red de hasta un kilómetro y medio de largo con una superficie que podía llegar hasta los 45.000 metros cuadrados. Las sardinas viajaban en cardúmenes enormes en un vaivén continuo entre la costa y mar abierto, alimentándose de plancton, hasta que las redes se interponían en su camino.

La zona nacional se quedó desde el principio con tal vez el 80% de la industria de conservas de pescado, gracias a su temprana ocupación de Galicia, y en noviembre de 1937 ya dominaba toda la costa cantábrica y tal vez el 95% de esta industria. Galicia era el gran emporio conservero desde finales del siglo XIX, más o menos a remolque de la industria equivalente francesa, hasta que hacia 1920 se reveló como un sector industrial potente y seguro de sí mismo. La tecnología de fabricación no era muy compleja y los otros dos ingredientes, la hojalata y el aceite de oliva, eran relativamente baratos y abundantes. La industria conservera gallega prosperó durante todo el siglo XX, con muchísimas ventas durante la Guerra del Catorce, hasta que se estancó en los años que siguieron a la Gran Depresión, que fueron los de la República. En 1936, seguía dedicando la mayor parte de su producción a la exportación.

Los militares nacionalistas no tuvieron más que enviar un destacamento de oficiales de intendencia para organizar las cosas de acuerdo con las nuevas circunstancias. La mayor parte de la producción se reorientó hacia el interior, donde tanta falta hacía para alimentar al Ejército y secundariamente a la población civil, y una pequeña parte se siguió exportando, pero a Alemania preferentemente, como medio de pago del armamento germano. A razón de unas 30.000 toneladas anuales, las conservas gallegas eran una fuente imprescindible de alimento. Hay que tener en cuenta que esta producción equivalía a un porcentaje muy significativo del total de proteínas necesarias para vivir toda la población , y seguramente porcentajes mayores de otros elementos necesarios para la vida, como el fósforo.

Las latas de sardinas son el objeto más frecuente en las excavaciones arqueológicas de la guerra civil, junto con las vainas oxidadas de cartuchos. Eran las “provisiones de mochila” por antonomasia, con las que contaban los soldados cuando el complejo sistema de distribución del rancho en caliente se desmoronaba por causa de algún combate que se salía de madre. Entonces los soldados echaban mano de la lata de sardinas y el pan de munición, y sobrevivían un día más. Hay más latas de sardinas en las trincheras nacionales que en las republicanas, pero el EPR también consiguió apañar una cantidad considerable de este alimento, la gran mayoría de importación. En cuanto a alimentos comerciales, el gran punto fuerte de la República no estaba en las conservas de pescado, sino en los cítricos de las huertas de Levante.

La naranja fue un gran quebradero de cabeza para los republicanos, dado que el 95% de los naranjales quedaron en sus manos, y los cítricos en general eran con mucho el producto agrícola de exportación más rentable de España. De lejano origen chino, las naranjas habían echado raíces en todas las costas del Mediterráneo, pero en 1936 las dos grandes zonas de producción eran sin duda Palestina y el Levante ibérico. Ambas competían por el mercado británico y escandinavo, donde las naranjas ya no eran un artículo de super lujo, sino un elemento bastante corriente de la dieta. Algo influyó su gran riqueza en vitamina C y la propaganda que se hizo de las bondades de las vitaminas por aquellos años. En Gran Bretaña, un mercado principal, la naranja era apreciada como un alimento ultrasaludable, y favorecida por las recomendaciones oficiales nutricionales. Durante la segunda guerra mundial, el gobierno británico realizó grandes esfuerzos para asegurar el suministro de algunos alimentos para niños y mujeres embarazadas, principalmente el zumo de naranja, el aceite de hígado de bacalao y la leche fresca.

Las naranjas tienen la ventaja de durar mucho sin especiales cuidados de conservación. Millares de operarios, generalmente mujeres y niños, las envolvían en paja y las colocaban en grandes cajas de madera que eran cargadas en los barcos que las llevarían a Londres o Copenhague. Había muchas empresas naranjeras de variados tamaños, ninguna muy grande. La primera campaña de recogida de naranjas de la guerra comenzó el invierno de 1936. De inmediato, CNT y UGT crearon el CLUEA (Consejo Levantino Unificado de Exportación Agrícola), con gran aparato de propaganda, basado en la organización revolucionaria de los agricultores. A pesar o gracias a ello, consiguieron exportar 0,7 millones de toneladas de naranjas al extranjero, que valían unos 200 millones de pesetas, suficientes para comprar una flota de 200 bombarderos a los precios internacionales de armamento de la época. En realidad, se suponía que el dinero obtenido de las naranjas debía ser invertido en comida para el pueblo. De esta forma, las vitamínicas naranjas se convertían en harinas y legumbres, cosas de las que había gran necesidad en la zona republicana. En avanzando 1937, el gobierno central republicano recuperó el control de la exportación de cítricos sustituyendo  el CLUEA por el CEA (Central de Exportación de Agrios). Era en cierta forma una vuelta al modelo antiguo de antes de la revolución, devolviendo la iniciativa a las empresas más que a los trabajadores organizados en sindicatos, pero parece que la campaña naranjera 1937-1938 fue peor que la anterior. La de 1938-1939 fue directamente un desastre, con el Ejército nacionalista muy cerca de Valencia y en poder de su primera zona naranjera importante, la Plana de Castellón. Los puertos levantinos estaban sometidos a continuos bombardeos aéreos, lo que no facilitaba la carga de los barcos. Faltaba toda clase de utillaje en los campos, y la mano de obra estaba mal alimentada y muy  desmoralizada.

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