Avión de línea o avión de guerra, a elegir

El único Junkers K-30 comprado por la aviación militar española, con el aspecto que tendría en 1930, el último año de la dictadura de Primo de Rivera.

 

El K 30 fue uno de los mejores aviones civiles de su época, y también la demostración de que los aviones de pasajeros podían transformarse fácilmente en bombarderos, como pensaba Dohuet y se discutió in extenso en la conferencia de desarme de 1932. El G.24 o K-30 llevó este concepto al extremo.

Tras el éxito del F.13 y sus variantes, la firma Junkers comenzó a trabajar en un avión comercial mucho más grande, el G.24, que voló por primera vez el 14 de septiembre de 1924. El juego del gato y el ratón que se traían los constructores alemanes de aviones con los inspectores aliados encargados de garantizar el cumplimiento de los términos del tratado de Versalles terminó en este caso cuando los inspectores, tras una ojeada al trimotor G.24, decidieron que era un letal bombardero en potencia, a menos que se le colocaran motores de una potencia tan escasa que asegurasen que el avión nunca podría llevar ninguna carga importante de bombas.

Esta especificación también convertía al G.24 en inútil para las aerolíneas. Al final Junkers transfirió la producción a Suecia, en una de las diversas factorías en la sombra que la firma tenía repartidas por toda Europa, y de allí regresó el flamante G.24 con sus motores de potencia adecuada, convertido en avión extranjero importado y por lo tanto legal a los ojos de Versalles. Los soviéticos, que tenían una factoría Junkers en Fili, cerca de Moscú, solicitaron una versión militar del G.24, que consistía en un G.24 con dos instalaciones para ametralladoras y utillaje para lanzar las bombas y los soviets llamaron JuG-1.

El modelo agradó a los aviadores militares alemanes, que tenían una escuela clandestina de guerra aérea en Lipetsk, a 400 km de Moscú. La URSS y la República alemana, dos parias internacionales, habían firmado un tratado de cooperación en Rapallo, en 1922, y la oficialmente no existente aviación militar alemana se entrenaba a sus anchas en la Unión Soviética.

Los alemanes fueron a Fili y encargaron un G.24 tuneado como bombardero, por si fuera necesaria una solución de urgencia para transformar la flota civil de G.24 alemanes en aviones militares. Parece que esto dio una idea a la casa Junkers, que decidió, cosa nunca vista, ofrecer a sus clientes una sección entera del fuselaje intermedia “militar” para cambiarla fácilmente por la “civil” en caso de necesidad. Los clientes se negaron a semejante absurdo.

La veintena de JuG-1 entró en servicio en la Fuerza Aérea de Obreros y Campesinos unos pocos años. Los bombarderos rusos Junkers dieron otra vuelta de tuerca cuando fueron convertidos en aviones civiles y enviados a Dobrolet, la antecesora de Aeroflot. Unos pocos terminaron su carrera como cargueros en la Siberia profunda, ya muy entrada la década de 1930. La mayor parte de la producción del G.24 militar, que se llamó también K-30, se hizo en la factoría Junkers de Malmö, en Suecia. Unos cuantos ejemplares terminaron en las aviaciones militares de Chile, Turquía y España.

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