“La misma impresión de terror”

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Maurice Farman MF.7 de la aviación del Ejército en África (1913)

 

En 1913, los aeronautas militares españoles dieron su propio paso al frente en la marcha hacia la locura en que estaba metido el país desde el verano de 1909. Tras casi dos años dedicados al entrenamiento en el manejo de aviones en el aeródromo de Cuatro Vientos, la aviación militar española en masa se trasladó a África, al protectorado de Marruecos. Los cajones con el material –una docena de aviones Maurice Farman MF.7, Nieuport II y Lohner Pfeilflieger– desfilaron solemnemente desde Cuatro Vientos hasta el Palacio Real, donde recibieron el saludo de la Real Familia, y continuaron por las calles del centro de Madrid hasta la Estación del Mediodía, donde fueron cargados en el tren.

Algunos días después los aviones fueron desembarcados en la costa africana, donde se instalaron en un aeródromo improvisado a pocos kilómetros de Tetuán. Allí su misión debía ser hacer planos y fotografías del territorio enemigo, como había sido siempre la misión de los globos y dirigibles a los que se supone que los aeroplanos tenían que sustituir. Los franceses llevaban algún tiempo empleando aeroplanos en su zona del protectorado, y eso fue lo que decidió al Gobierno de Madrid a tomar la decisión de enviar allí a su aviación militar.

La decisión de bombardear los aduares y los poblados marroquíes se tomó con el precedente de dos años de uso militar esporádico de los aeroplanos, en el ataque a los bordes del moribundo imperio otomano, en la guerra italo-turca (1911-12) y en las guerras balcánicas (1912-13). Durante la invasión italiana de Tripolitania, en la actual Libia, su aviación –un aeroclub militarizado– tuvo la oportunidad de hacerlo todo por primera vez en materia de guerra aérea. El lanzamiento de algunas bombas sobre el oasis de Aïn Zara por el teniente Gavotti, el 1 de noviembre de 1911, suele considerarse como el comienzo de la historia de los bombardeos aéreos. Pero parece ser que los militares españoles tuvieron la ocasión de hacer dos primicias: fueron los primeros en usar bombas antipersonas especialmente diseñadas para ser lanzadas desde aviones, y fueron los primeros en bombardear deliberadamente a la población civil con el fin de quebrantar la moral del enemigo.

El 13 de noviembre de 1913 se lanzaron ocho bombas explosivas sobre los poblados de la desembocadura del río Hairia. El ensayo se hizo con la asistencia de numeroso público, que veía el espectáculo desde los montes próximos. Al siguiente se reunieron muchos más espectadores, pues se iban a lanzar bombas más grandes (de once kilos). Los espectadores aplaudieron el estruendo que hacían las nuevas bombas. El general Kindelán, que describe la operación 30 años después, concluye: “Aproximadamente la misma impresión de terror que hoy produce a los ciudadanos de Europa […] los intensos bombardeos aéreos con bombas de una o más toneladas, lanzadas por centenares, produjo a los moros fronterizos a Tetuán los que efectuamos por aquellos días arrojando cada avión tres o cuatro de once kilos (1)”. Las primera bombas especiales de aviación, cargadas  con trilita y que expandían una nube de fragmentos de metal al explotar, las había traído en una maleta desde Gotha el famoso Infante de Orleans, un aviador miembro de la familia real con buenas conexiones con los militares alemanes.

Algunos meses después, en Larache, el coronel Fernández Silvestre parece ser que organizó el primer bombardeo estratégico moral completamente desco-nectado de las operaciones militares convencionales. El coronel “tenía gran fe en la Aviación, y aunque sólo contaba con tres aparatos, quiso que éstos bombardeasen independientemente de las operaciones de tierra (2)”. Los aviones eran tres Maurice Farman MF.7. El innovador coronel quería “probar el poder desmoralizador de la aviación” sobre la retaguardia enemiga, bombardeando tres aduares hasta incendiarlos. “El bombardeo se efectuó como estaba previsto. Al día siguiente, los habitantes de los poblados se presentaban en masa al coronel Silvestre y, matando un toro en señal de amistad, demostraban así abandonar el servicio del Raisuni”. Silvestre, que se hizo famoso ocho años después como principal responsable de la sangrienta retirada ante las fuerzas rifeñas que se llamó el Desastre de Annual, ofreció a los aviadores una copa de champagne para celebrar el éxito alcanzado (3). El coronel del Ejército de África fue por lo tanto uno de los inventores del bombardeo desmoralizador de poblaciones civiles, una variante de la guerra que luego llevaría directamente hasta Hiroshima.

En 1913 ya era corriente el espectáculo de aviones disparando y bombardeando a las personas que se movían sobre la tierra, y éstas empezaron a desarrollar técnicas para responder a la agresión. Causó sensación internacional el caso de dos militares españoles a bordo de un Farman (un MF.7) que fueron tiroteados y heridos de gravedad por los guerrilleros marroquíes cerca de Tetuán, en noviembre de 1913: la revista Flight apostilló lúgubremente “Parece que en este caso o los moros tuvieron mucha suerte o darle a un avión en el aire no es tan difícil como se había imaginado (4)” (existía la creencia de que los aviones eran objetivos casi imposibles para los disparos desde tierra). Se había recorrido ya mucho camino desde que la visión del avión hacía postrarse a a los indígenas; ahora empezaban a dispararle.

 

 (1) KINDELÁN DUANY, A.: Así nació el arma aérea. Revista de Aeronáutica (nov 1943).

(2 y 3) España en sus héroes (1969)

(4) Flight, 29-nov-1913, en PRENDERGAST, C. y el equipo editorial de los libros TIME-LIFE: Los primeros aviadores [La conquista del aire]. Time-Life (1981)

 

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