La zona del canal de Montijo del Plan Badajoz, en España 80 años, Editora Nacional, complemento de Francisco Franco, un siglo de España, de Ricardo de la Cierva (1973).
El general Gerald Templer, jefe de las fuerzas británicas en Malasia que libraban una guerra contra la insurgencia del Ejército Nacional de Liberación, acuñó, o al menos popularizó, una idea que se hizo famosa: “ganar los corazones y las mentes” del enemigo, en lugar de emplear únicamente la fuerza. Eso era en 1951, cuando el franquismo llevaba ya 12 años de poder absoluto e indiscutido. El Régimen sabía que los corazones y las mentes de gran parte de la población no habían sido ganados, y menos tras la terrible década del hambre y los fusilamientos, que justo entonces comenzaba a aflojar. Pero creó una versión de la frase de Templer que no se aplicaba a las cabezas, sino al territorio, y que aplicó con entusiasmo: transformar los campos, modernizar el paisaje.
Había muchas maneras de hacerlo. Aquí se explica muy gráficamente una de ellas: “Es como si un misterioso personaje llegara un día a vuestro pueblo y borrara con una gigantesca goma, como se borran las líneas trazadas con lápiz, toda esa incómoda, fastidiosa, maraña de linderos, mojones, setos, vallados, caminos, sendas, siempre sinuosos, desiguales, retorcidos; y tomando después un enorme lápiz, dividiera todo el término municipal en tantos cuadrados o paralelogramos como labradores sois en el pueblo, …” (1). Se refiere a la concentración parcelaria, pero había muchas otras maneras de usar la gigantesca goma de borrar y el enorme lápiz. Por ejemplo, los grandes planes de transformación de comarcas y provincias, de los cuales el Plan Badajoz fue el más famoso. Así se resumió el sentido último de tanta transformación: “España, nación colonizadora por excelencia, emprende con previsión y con firmeza la tarea de colonizarse a sí misma” (2).
La auto-colonización del Plan Badajoz funcionó como las pasadas de una impresora gigante sobre una hoja en blanco de 120 km de largo por 25 de ancho, coincidente más o menos con el curso del Guadiana en la provincia. El Plan Badajoz realizó siete pasadas. La primera reguló por completo el curso del río, a partir del gran embalse maestro de Cijara, con cuatro pantanos más (se prefería esa denominación a la de embalses), García de Sola, Orellana, Zújar y Alange. Una vez el río bien amarrado, a continuación se trazaba la red de puesta en riego, a base de grandes canales de distribución como el de Montijo, que se repartían en acequias principales, de ahí a secundarias y por último a boqueras donde el agua se podía repartir por los campos. La tercera pasada, y muy peliaguda, era la colonización propiamente dicha. Es decir, construir varias docenas de pueblos surgidos de la nada, cada uno completamente urbanizado, y poblarlos con colonos, el elemento humano de Plan. Cada colono recibía una casa, útiles de trabajo y un terreno de varias hectáreas, a pagar en 25 o 30 años. Y recibía la atención de un poder superior pero benévolo: “El Estado, cual padre con sus hijos, tutela los primeros pasos del nuevo colono, que puede, con la seguridad que ello le proporciona, dedicar la debida atención a la vida en familia, base de la sociedad cristiana” (3).
Los pueblos se ponían bajo una advocación religiosa y se celebraban las fiestas patronales y todo lo demás que se hacía en un pueblo de tradición. En cuarto lugar venía la repoblación forestal, preferentemente en la zona de recogida de agua de los embalses. Se usaban pinos por lo general, sobre una base de dehesas de encinas degradadas. La quinta pasada era el trazado de caminos, carreteras e incluso vías de ferrocarril. La sexta, la industrialización, construcción de fábricas y factorías para procesar los nuevos productos del regadío, como los tomates en la gran fábrica de I.N.V.E.C.O.S.A. Por último, la séptima y última pasada organizaba la electrificación total de toda la zona. La sala de mandos de la central de Orellana simbolizaba el triunfo final de la tecnología sobre una zona transformada de cabo a rabo.
Todo funcionaba en una estricta jerarquía. Los colonos trabajaban bajo la vigilancia de los mayorales, cada uno era responsable de unos 40 lotes de tierra. Los peritos agrícolas eran responsables de los mayorales, se encargaban de todos los colonos de un pueblo. Los ingenieros agrónomos Jefes de Explotación de la zona regable supervisaban a los peritos, y de ahí los escalones subían hasta el despacho del ministro en Madrid (4).
El Régimen del Movimiento tuvo muchísimo tiempo, casi cuarenta años cumplidos (1939-1977) para llevar a cabo su principal obsesión: modificar el paisaje de la nación. Funcionó como un modelo de cadenas de Markov, que mide cómo cambia un sistema estableciendo las probabilidades de transición de un estado al siguiente. Así, el secano tenía una cierta probabilidad (se puede decir que iba en la dirección) de convertirse en regadío, las microparcelas otra de convertirse en macroparcelas, las zonas pobladas de arbustos de pasar al estado de repoblación forestal, las zonas húmedas de ser desecadas, etc. Todo funcionaba inyectando grandes cantidades de energía en el territorio, por ejemplo utilizando maquinaria pesada para excavar canales de desagüe de un humedal o buldócers para aplanar parcelas que serían puestas en riego. O menos directamente para volcar sacos y más sacos de fertilizante (fabricado con un elevado consumo de energía) sobre los campos de cultivo.
La idea era antigua y expresada ya muchos años atrás por Joaquín Costa y sus compinches del regeneracionismo, pero ahora el franquismo (especialmente a partir de mediados de la década de 1950) tenía retroexcavadoras y motores diésel de gran potencia. En 1957, Gómez Ayau informa de que se acababa de lograr un ritmo de transformación en regadío de unas 50.000 has al año (5). En general, se trataba de mejorar el paisaje de la Colonia España, acercándolo lo más posible al paisaje de la Europa civilizada.
Aquí se puede ver un resumen muy retórico del tipo de transformación que buscaba tan activamente el Régimen del Movimiento, extraído de un panfleto de propaganda publicado en 1968: “Sobre las ruinas del combate contra el marxismo… cada pueblo destruido resucitaba a una nueva vida y a una belleza inaudita. Las viejas casuchas, diseminadas, adheridas a los peñascales áridos como en angustiado esfuerzo de salvación vital, se expandían luego en blancura, luz y generoso trazo, próximas a las vegas y a los ríos fecundantes” (6). Se describe como lo viejo, pobre y abrupto se convierte en algo nuevo, literalmente refulgente, rico y ajardinado. Así sintetiza el asunto en nueve palabras una publicación del Frente de Juventudes en 1956: “…España, transformada de desierto en huerta y en fábrica…” (7).
Todo eso necesitaba “un programa de trabajo intensivo” (7). Y naturalmente una colección de organismos ad hoc, el más interesante de los cuales era el Instituto Nacional de Colonización (INC), cuya denominación oficial expresa bien el objetivo de todo el asunto. Como apuntaba el infatigable Waldo de Mier, el INC era al paisaje rural lo que el INI era a la industria. Repoblaciones forestales, regadíos o concentración parcelaria eran diferentes pasadas de impresora, pero la colonización las reunía todas en una imagen multicolor, un paisaje completamente transformado.
El Instituto Nacional de Colonización funcionaba creando paisajes-modelo, tierras de labor bien regadas y organizadas con su pueblo de diseño en medio. Lo primero era el Plan o Proyecto General de Colonización, la hoja de ruta para transformar los eriales en vergeles. Era fundamental contar con el Ministerio de Obras Públicas, que era el responsable de la maquinaria pesada y el hormigón, necesarios para trazar las líneas gruesas de canales, diques y caminos. El INC trazaba a continuación las líneas más finas de acequias, repoblaciones forestales y construcción de los poblados.
Naturalmente, el INI metía cuchara cuando se trataba de organizar alguna industria aparente –como la de tomate de lata del Plan Badajoz—. El Instituto Nacional de Colonización, que tuvo actividad entre 1939 y 1971 (fue sustituido por el IRYDA, Instituto para la Reforma y Desarrollo Agrario), actuó con especial intensidad en Andalucía y Extremadura, donde todavía hoy se conservan muchos de los extraños paisajes urbanos que forman los pueblos de colonización. En total se construyeron más de dos centenares de pueblos perfectos, todos ellos dominados por una iglesia que era su principal edificio de referencia. En ocasiones reputados arquitectos trabajaron en su diseño.
En el proyecto de Guadiana del Caudillo (Guadiana a secas desde 2020) (1947), el arquitecto Francisco Giménez de la Cruz describe un pueblo dotado de toda clase de lujos urbanísticos: «La Plaza o Centro Cívico ocupa la encrucijada de las dos calles principales y tendrá forma rectangular… con un paseo-jardín para recreo de los vecinos. Dicha plaza estará rodeada por un conjunto formado por el Ayuntamiento y los Sindicatos, Parroquia, Acción Católica y vivienda del Cura, y en edificios aparte, el Casino-teatro, el Dispensario Médico, Farmacia y el Parador o Posada» (8). Guadalema de los Quintero (construida a finales de la década de 1940 cerca de Utrera, en Sevilla) llegó más allá al reproducir en tres dimensiones el pueblo de ficción de Guadalema, que aparece en muchas comedias de Joaquín y Serafín Álvarez Quintero, “con sus calles, sus placitas de auténtico sabor quinteriano, con sus rejas y flores y hasta con sus personajes de habla reciamente andaluza”. (9) Tal vez inspirada en este caso, la película Bienvenido, Míster Marshall, (1953) de Luis García Berlanga, aborda la transformación ficticia de un pueblo castellano en andaluz.
Haciendo una gráfica que sume la concentración parcelaria, la repoblación forestal y el regadío, o más bien la superficie transformada por cada una de estas actividades, se puede obtener una línea en forma de parábola que despega hacia 1955 y toca tierra hacia 1985, con un punto máximo hacia 1970, cuando la suma de las tres superficies transformadas en un año alcanzó los 5.000 km2 aproximadamente, un 1% del territorio nacional o el tamaño de La Rioja (provincia de Logroño entonces).
Una estimación de la cantidad total de territorio modificado, incluyendo solamente las actuaciones más notorias, desde la colonización integral tipo Plan Badajoz a la concentración parcelaria, pasando por la repoblación forestal y los regadíos, arrojaría una cifra no muy alejada de los diez millones de hectáreas, cerca de una quinta parte de la extensión total de España. Esta transformación afectó sobre todo al interior de la Península. La huella de esta transformación es bien notoria en los montes surcados por las terrazas de la repoblación forestal o en los amplios campos surcados por rectilíneos “caminos de concentración” (parcelaria) que se pueden ver en Castilla, Extremadura o Aragón.
Un sacudón tal del paisaje, principalmente el de la Meseta, requería mucha maquinaria, mano de obra y energía, pero también mucha literatura, montones de normas legales de diverso rango, planes, estudios y dictámenes.
El proceso había arrancado con dos importantes normas legales de tipo España Año Cero, la que creó el Instituto Nacional de Colonización (INC) en octubre de 1939 y la de colonización de grandes zonas de diciembre de ese año (10). El Régimen del Movimiento se ponía estupendo y hablaba de Reforma Agraria, pero no la original y vulgar (reparto de tierras a los campesinos sin tierras, etc.), sino su propia versión, basada en “vastos planes” para la colonización de España. Es decir, aumentar de manera “ingente” la productividad del suelo, haciendo una revolución sin banderas rojas. La idea general consistía en que los propietarios crearían Sociedades de Colonización para organizar y dirigir la transformación. Los propietarios hicieron caso omiso, el Régimen del Movimiento, fundado en buena parte para frenar la Reforma Agraria, no podía hacer nada para obligarlos –como por ejemplo expropiarlos– y las realizaciones del INC fueron pocas en su primera década.
La solución de la cuadratura del círculo de hacer la Reforma Agraria sin hacer la Reforma Agraria vino de los Estados Unidos (11). Un alto directivo del INC (Ángel Martínez Borque) viajó por este país en mayo de 1947 y visitó el gran proyecto de transformación de Buffalo Rapids, en Montana, donde los Caterpillar D-8 de 110 HP dejaban en un santiamén el terreno plano como una mesa de billar. Martínez Borque apunta «no consigo ver en todo el día que invierto en atravesar [Dakota del Norte] ni una sola máquina tirada por animales». En Peoria, Illinois, pudo recorrer la propia factoría de Caterpillar. Pero tal vez fue más interesante la información que recogió en reuniones en Denver y Washington DC, en las que se explanó la fórmula USA para conjugar la gran propiedad privada con la promoción pública de “unidades de cultivo de tipo familiar”.
Su informe se publicó en 1948 (12) y fue muy influyente en la importante Ley de 1949 de colonización y distribución de la propiedad (13). Resumiendo, la nueva norma legal no hacía caso del viejo lema “Compre tierras, ya no las fabrican” (14) . Se trataba de fabricar nuevas tierras sobre la base de la antigua propiedad, que multiplicaba su valor gracias a la transformación en regadío (posibilitado a su vez gracias a la maquinaria pesada, Caterpillars alimentadas con combustible petrolífero). Estos nuevos campos de cultivo surgidos como por arte de magia (tierras en exceso) servirían para asentar a las familias que formarían la nueva clase media rural, uno de los principales desiderátum del Régimen de Movimiento.
A comienzos de la década de 1950, con el software más adecuado de la Ley de 1949 y un hardware caterpillariano cada vez más potente, se pusieron en marcha varios planes a gran escala de transformación del paisaje, a escala cuasi provincial. Los más importantes fueron el Plan Badajoz y el Plan Jaén. Iban un paso más allá de la colonización de tipo Arcadia rural, pues incluían también Industrialización y Electrificación, en plan leninista (aunque su inspiración venía por un lado de Joaquín Costa y el regeneracionismo y por otro del TVA –Tennessee Valley Authority– impulsado por el New Deal de la década de 1930). Ambos planes se presentaron como la solución de acuciantes problemas sociales, expresados pudorosamente como “paro agrícola y bajo nivel de vida”. Hubo otros.
El Plan Zaragoza era la última versión de la tradicional política hidráulica aragonesa, que se remonta a Pignatelli y más atrás, y era de dimensiones enormes: un plan integral de riegos para casi un millón de hectáreas, más de la mitad de la superficie de la provincia. Presentado en 1958, se basaba en la idea NUSGAM (Ni Una Sola Gota Al Mar): se acusaba al río Ebro de verter anualmente al Mediterráneo 18.671 millones de metros cúbicos (15), 18 kilómetros cúbicos de agua tirados al mar sin provecho. No tuvo muchas consecuencias prácticas, pero es notable por la secuencia de su realización.
Las Asambleas o Consejos Comarcales elevaron sus conclusiones al III Pleno del Consejo Económico Sindical de Zaragoza, el cual, con la participación de centenares de técnicos y representantes de las fuerzas vivas, terminaron de pulir el “gigantesco Plan de transformación económico-social de la provincia”, que fue llevado al palacio de El Pardo y presentado “respetuosamente” al general Franco, el 5 de febrero de 1958. El discurso del delegado provincial de Sindicatos de Zaragoza ante el dictador tuvo un evidente toque medieval, aparte de los detalles técnicos de hectómetros cúbicos y hectáreas. Comenzó con la fórmula “Caudillo de España” y terminó diciendo “Esto es lo que Zaragoza sueña, lo que Zaragoza, por conducto de la Organización Sindical, pone hoy en vuestras manos.”
Una semana después de la visita de Zaragoza a El Pardo, se aprobó un importante decreto, basado en la experiencia de los Planes de Badajoz y Jaén, una especie de plantilla para hacer Grandes Planes de Transformación (oficialmente Planes de Obras, Colonización, Industrialización y Electrificación de las Grandes Zonas Regables) en cualquier zona donde se considerasen necesarios y a cualquier escala (16).
Empero el informe del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF) de 1962 echó un gran jarro de agua fría sobre los proyectos de transformación regante. En ese momento, estimó el informe, el Gobierno tenía 71 proyectos en marcha de este tipo, 32 de los cuales eran “de grandes proporciones”. El equipo del BIRD recomendó echar el freno, concentrar las inversiones en unos pocos proyectos seguros y, sobre todo, tener en cuenta que el mundo cambiaba rápido y que habría que saber si tanta abundancia agrícola futura tendría o no mercado, “los hábitos de consumo pueden cambiar”.
La gran riada de enero de 1962 causó muchos destrozos en la Tierra de Campos, una extensa comarca en el fondo del valle del Duero donde se juntan León, Palencia, Valladolid y Zamora. El correspondiente paquete de ayudas de urgencia se transformó paulatinamente en un enorme plan de transformación que arrancó en 1965 y que llegó a abarcar cerca de 9.000 kilómetros cuadrados, el tamaño de la isla de Puerto Rico, 260 municipios y casi 200.000 habitantes (17). Las circunstancias eran muy distintas que en el caso de los planes de Badajoz y Jaén. La Tierra de Campos había sido desde la generación del 98 el arquetipo del paisaje castellano: extensas planicies de trigales abrasadas por el sol, sin un árbol ni una mancha de verdor. El riñón de Castilla no era zona potencialmente hostil como Extremadura y Andalucía, sino que había sido, junto con Navarra, una plaza fuerte del Movimiento Nacional.
Un problema era definir qué había que transformar y para qué. Víctor Fragoso del Toro, gobernador civil y JPdM de Palencia en 1962, pintó así el objetivo: «…una Tierra de Campos del siglo XX, cruzada de canales, surcada de acequias, electrificada, modernizada, y llena de verdor, de progreso y bienestar.» (18). Es decir, una especie de Holanda en las planicies entre Palencia y Valladolid. La vida era dura en la Tierra de Campos. En 1962 sólo 36 localidades tenían agua corriente, y 24 ni siquiera disponían de agua potable. El alcantarillado era solo conocido en un pueblo de cada diez aproximadamente, y el paludismo era un azote serio, con más de mil casos en 1959 (19).
En septiembre de ese año el dictador realizó su clásica visita taumatúrgica a Palencia. Desde un monte cercano a la ciudad, el dictador y su comitiva contemplaron la vega del Carrión, «ya fecundada por el agua y en pleno rendimiento» (20), una excepción entre las extensas planicies más bien polvorientas que filmó la cámara del noticiario. En cierto momento los concurrentes, la mayoría en uniforme blanco del Movimiento Nacional, se pudieron en plan de militares de maniobras, examinaron mapas y apuntaron a la zona a transformar con binoculares de campaña. Una pancarta exhibida en las calles de Palencia resultó algo críptica: «LOS MINEROS DE BARRUELO PIDEN A DIOS POR FRANCO».
El Plan de Tierra de Campos se puso en marcha oficialmente en 1965, entre grandes nubes de retórica y una insólita abundancia de ministros en las ceremonias correspondientes. Pero ya era demasiado tarde. El gerente del Plan, en una reunión comarcal en junio de 1968 (21), reveló por fin la triste verdad, en línea con el dictamen del BIRF: el producto principal de la Tierra de Campos, el trigo, era un producto sin mercado, aunque tal vez se le pudiera dar salida exportándolo a Egipto. El pan ya no era una preocupación en España, el futuro estaba en la ganadería. Pero la idea de una Holanda castellana llena de vacas frisonas no era fácil de poner en marcha.
Diez años después, en 1972, se vio que ya había pasado la era de crear regadíos, de los que se hicieron menos de un tercio de los previstos, y que ahora se trataba de dotar de servicios a los pueblos, empezando por los más grandes, a base de agua corriente, potabilizadoras, electricidad, telecomunicaciones y otras manifestaciones de la vida moderna. La era de los grandes planes de transformación había pasado, y al final los terracampinos estaban principalmente interesados en disponer de centros de salud y teléfonos, más que en heroicas transformaciones del paisaje. La conclusión evidente hacia 1973 es que el modelo de los grandes planes territoriales de transformación había sido ya completamente superado. El campo estaba metido de lleno en la revolución verde, a base de tractores y fertilizantes en abundancia, y el combustible fósil que alimentaba todo era barato y abundante.
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1- Ángel Lera de Isla: La concentración parcelaria. Nueva Alcarria, 26 de febrero de 1955.
2- Arturo Pérez Camarero: Cifras fundamentales del Plan de Badajoz. Revista de Estudios de la Vida Local, nº 98 (1958).
3- El Plan de Badajoz. Secretaría Gestora del Plan Badajoz. Instituto Nacional de Industria (1966).
4-Octavio Díaz Pines y Fernández Pacheco: Instituto Nacional de Colonización. Temas españoles – Publicaciones españolas (1963).
5- Emilio Gómez Ayau: La transformación del desierto de La Violada. Revista de estudios agrosociales, nº 20, 1957).
6- Crónica de un año de España (Julio 1967 – Julio 1968) Servicio Informativo Español (1968).
7- Antonio Almagro: El problema económico español. Delegación Nacional del Frente de Juventudes. Jefatura Central de Trabajo. Madrid, 1956.
8- (Anteproyecto de febrero de 1947 por Francisco Giménez de la Cruz, arquitecto). Justo García Navarro: Evolución urbanística de los poblados ejecutados por el Instituto Nacional de Colonización en Extremadura: la zona de Montijo. Tesis Doctoral de la E.T.S. de Arquitectura de la U. Politécnica de Madrid, junio de 1988.
9- Waldo de Mier: España, ese esfuerzo.
10- Ministerio de Agricultura: Decreto de 18 de octubre de 1939 organizando el Instituto Nacional de Colonización. Jefatura del Estado: Ley de bases de 26 de diciembre de 1939 para colonización de grandes zonas.
11- Francisco Javier Martínez Rodríguez, Andrés Sánchez Picón y José Joaquín García Gómez: ¡España se prepara! La ayuda americana en la modernización y colonización agraria en los años cincuenta. Historia Agraria, 78, Agosto 2019, pp. 191-223
12- Ángel Martínez Borque: La colonización de los regadíos del Oeste de los Estados Unidos de América. Informe e impresiones de un viaje. Instituto Nacional de Colonización. Estudios, Volumen II, 11. Madrid, 1948.
13- ley de 21 de abril de 1949 sobre colonización y distribución de la propiedad en zonas regables.
14- «Buy land, they’re not making it anymore» (atribuido a Mark Twain).
15- Francisco Gómez de Travecedo: Plan Zaragoza. Temas Españoles. Publicaciones españolas. Madrid, 1958.
16- Decreto de 13 de febrero de 1958 por el que se crea la Comisión de Dirección y las Regionales o Provinciales que sean necesarias para la formulación y desarrollo de los Planes de Obras, Colonización, Industrialización y Electrificación de las grandes zonas regables).
17- La Mesta, órgano del Sindicato Vertical de Ganadería, 28 de septiembre de 1972.
18- Víctor Fragoso del Toro, en Domingo Manfredi Cano, Tierra de Campos, Temas españoles, Publicaciones españolas, 1962
19- Confederación hidrográfica del Duero: 1927-2002. 75 aniversario.
20- NODO, 24 de septiembre de 1962.
21- Diario Palentino, 14 de julio de 1968.
Asuntos: Transformación del paisaje
Tochos: El museo del franquismo

