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Colapso: ni cañones ni mantequilla

El certificado que se obtenía en las Casas de Higiene madrileñas a comienzos de la década de 1940.

Los madrileños, sobre todo los de los barrios del sur, vieron acercarse los meses finales de 1941 con aprensión. Para ellos era el sexto invierno de calamidades. En noviembre de 1936 el ejército nacionalista había sido detenido a las puertas de la ciudad, pero acto seguido se había implantado el racionamiento, que fue cada vez más draconiano a medida que avanzaba la guerra. Las esperanzas de una rápida mejora de las condiciones de vida tras la entrada de las fuerzas nacionales en abril de 1939 no se habían cumplido. El racionamiento no solo no había terminado, sino que se había implantado en todo el territorio nacional, y era peor que el de la guerra civil. En septiembre de 1939 Europa entró en guerra, alejando una vez más la esperanza de una vida mejor. En junio de 1941 Alemania invadió la Unión Soviética y diciembre, con la entrada de Estados Unidos en la guerra contra Japón, la masacre ya se hizo universal.

España no estaba en guerra contra ningún país. La división enviada a unirse a la Wehrmacht en el frente del Este luchaba oficialmente contra el comunismo en abstracto, y la URSS se abstuvo de declarar la guerra a España tras tamaño acto de hostilidad, lo que seguramente salvó al régimen, pues los aliados británicos y norteamericanos habrían tenido que guerrear acto seguido contra España. Parecía que nadie deseaba tal cosa, y no era precisamente porque España fuera una potencia a tener en cuenta en ese momento de la historia. Había un cuarto de millón de personas en campos de concentración y cárceles más o menos improvisadas, una de cada cien personas. La cosecha de trigo del verano solo alcanzaba al 60% de lo necesario para alimentar a la población. No había gasolina para los camiones y poco carbón para mover los trenes. En agosto de 1941 un informe de la Dirección General de Sanidad advirtió que en el invierno que se acercaba podían producirse “entre 1,7 y 2 millones de fallecimientos por hambre o enfermedades relacionadas con la desnutrición”. (vvv)

A comienzos de diciembre de 1941, mientras el ejército alemán fracasaba en su intento de tomar Moscú y Alemania perdía así la guerra, lo que tendría su importancia para el futuro del franquismo, España se enfrentó a lo que se llamaría medio siglo después una catástrofe humanitaria: la muerte de centenares de miles de personas de hambre, frío y enfermedad. Era la peor coyuntura posible, por múltiples razones que se sumaron para acercar el país al colapso.

La producción interior de alimentos, que tradicionalmente era el 90% del abastecimiento, funcionaba con varios frenos de mano echados, principalmente la aguda escasez de nitrógeno y otros fertilizantes. La otra mitad del ecosistema agrario, los animales, habían perdido efectivos durante la guerra civil, lo que significaba menos estiércol por un lado y unos efectivos de mulas, asnos, caballos y bueyes de tiro mermados. Tractores nunca había habido muchos, y la cosa fue a menos: muchas máquinas habían sido militarizadas y destruidas y no había gasolina para mover los que quedaban.

Los envíos de alimentos del exterior, que se anunciaban minuciosamente en los periódicos con la fórmula “Trigo (o azúcar, o cualquier otra cosa) para España”, llegaban con cuentagotas, en barcos navegando por mares peligrosos en plena guerra submarina contra los mercantes. En años previos a la guerra había sido normal la necesidad de importar algunos cientos de miles de toneladas de trigo cada año para llegar a la cifra de cuatro millones de toneladas que se consideraba necesaria para el abastecimiento básico de pan.

Tras la guerra, habría sido necesario importar mucho más trigo, pero eso no fue posible. España había elegido muy mal sus aliados: la Alemania nazi y la Italia fascista eran inútiles como abastecedores de alimentos, y tanto Gran Bretaña como los Estados Unidos, que controlaban las rutas de suministro, abrieron y cerraron el grifo de los envíos de alimentos siguiendo criterios estratégicos, consistentes en reducir al mínimo la colaboración de España con el Eje evitando al mismo tiempo que su población muriera de hambre.

No menos importante, la red de comunicaciones interiores estaba seriamente dañada. Los ferrocarriles estaban reducidos a una fracción de su capacidad normal de carga por falta de vagones y locomotoras y no había gasolina para el transporte por carretera, muchos camiones alimentaban el motor quemando madera en un gasógeno. En estas condiciones, la reducida producción de alimentos se movía con lentitud hacia los lugares donde se necesitaba el suministro. La lentitud era literal. Los camiones movidos con gasógeno no podían moverse muy rápido, y los neumáticos gastados debían sustituirse por otros fabricados con un material sucedáneo “de bajo contenido en caucho” que Firestone Hispania, su fabricante, recomendaba usar con tres precauciones: cargar un 25% menos de la carga normal, no superar nunca los 40 km/h, y parar con frecuencia para enfriar los neumáticos. (2). Desde la ausencia de nitrato de Chile a los sucedáneos de neumáticos, pasando por la feroz burocracia de la producción de alimentos, todo se sumó para producir el hambre.

Desde 1905, cuando el clima se volvió loco en la mitad sur de la Península, no se había registrado en España ningún año del hambre. El de 1905 fue el último episodio de una serie de hambrunas que asolaron Andalucía durante el siglo XIX (se contaron cinco, incluyendo la más prolongada, de 1834-1835). Estas hambrunas eran más bien de origen climático, principalmente cuando faltaba el suministro de agua de lluvia y las cosechas se perdían, y no solían durar más de un año (3).

La Gran Hambruna de 1939-1949 fue algo muy distinto. Afectó a todo el país (aunque el sur se llevó la peor parte) y duró mucho tiempo, con una fase muy dura entre 1940 y 1943 y otra intensa en 1946. No tiene explicación climatológica (excepto en 1946, cuando hubo una gran sequía). Tuvo una fase inicial entre 1936-1939, como uno más de los desastres de la guerra. Los primeros brotes surgieron en Madrid, en el invierno de 1936-1937. En un año el hambre se extendió a toda la zona republicana. En el verano de 1939 la penuria ya era generalizada en toda España.

El hambre republicana era una consecuencia directa de la guerra y se podía explicar por la dislocación del país, pues las zonas más productoras de trigo y alimentos en general estaban en manos nacionalistas. La República se quedó con las grandes ciudades y las industrias, pero los campos de trigo estaban fuera de su alcance.

Después de acabar la guerra esta dislocación desapareció, pero fue entonces cuando comenzó el hambre de verdad. Con la guerra terminada, ¿qué pasó? Paradójicamente, tal vez las buenas cosechas de trigo de los años 30 fueron causantes indirectas de la hambruna de los años 40. Los cosechones de 1932 y 1934, de más de cinco millones de toneladas, asustaron al establishment triguero. Tanto grano promovía el anatema, la bajada de los precios de tan precioso producto. Durante la guerra, el gobierno nacionalista creó el Servicio Nacional del Trigo (en 1937) para gestionar la abundancia, no la escasez. La idea general era desincentivar la producción de trigo, de manera que cosechas más reducidas volvieran a colocar los precios en su sitio. Pero, al mismo tiempo, había que alimentar a la población, y el trigo era la mitad irreductible de la comida, lo que mantenía a la gente con vida. Y eso quería decir que los precios debían bajar, so pena de matar de hambre a la gente. La solución, propia de tiempos de guerra, fue controlar toda la cosecha de trigo, hasta el último grano, y comprarla a precio fijo y bajo. Esta política se siguió aplicando automáticamente hasta que se aflojó a lo largo de la década de 1950.

La política oficial de control rígido de precios y producciones se reveló desastrosa. El 4 de diciembre de 1941, el Gobierno admitió de plano la miseria alimentaria que asolaba el país, con una nota («Aumento del racionamiento nacional») que publicaron los periódicos. Cautelosamente, la nota afirma, tras prometer un aumento de la ración de carne: «Además, probablemente, se logrará una política de precios que, compensando al productor por sus gastos y dándole un margen de legítimo beneficio, permitirá, sobre todo a los poseedores de cartillas de tercera categoría, la adquisición del carne a precios asequibles a sus jornales» (4). Esta nota oficial apoya la explicación de los años del hambre basada en la política de precios. El Gobierno pagaba poco por el trigo o la carne, así que los agricultores y ganaderos no tenían incentivos para aumentar la producción, entregaban el cupo reglamentario y desviaban el resto al mercado negro, que pagaba mucho más.

Con tantos problemas juntos, bastaba un pequeño empujón para que todo el endeble edificio se viniera abajo. Podría ser un invierno excepcionalmente crudo (los inviernos de 1941 a 1945 fueron severos, según el climatólogo Inocencio Font Tullot (5), una epidemia de tifus exantemático o una cosecha más reducida de la ya reducida normalidad de los primeros años de la posguerra. Cualquiera de estos disparadores habría dado las condiciones para reforzar un ciclo de desnutrición y epidemia que habría provocado la muerte de cientos de miles de personas. No ocurrió tal catástrofe de manera repentina, pero algunos estudiosos creen que, de manera más prolongada y subterránea, murieron en torno a 200.000 personas por causas relacionadas directamente con la penuria (6).

Los que vivían de un salario escaso lo pasaron peor. No era posible subsistir con los alimentos proporcionados por el racionamiento, que apenas cubría entre un tercio y la mitad de las necesidades de comida, y no era posible pagar los precios del mercado negro. Los trabajadores, sencillamente, se quedaron sin fuerzas. Los mineros de Peñarroya, decía púdicamente un informe empresarial, “no estaban bien alimentados en relación con el trabajo exigido” (7). La Cámara de Comercio de Menorca informaba fríamente en 1943 que “el obrero en la actualidad no puede dar el rendimiento que dan en tiempos normales, con motivo de que su alimentación es de todo punto insuficiente” (8). La Estadística Minera de 1946 anotaba una anomalía estadística en los accidentes mineros en la provincia de Jaén: se reducían los accidentes por explosivos y hundimientos y aumentaban en cambio las caídas en pozos y calderines. La causa probable era que algunos mineros, al borde de la inanición, se mareaban y perdían el conocimiento, aseguraba el informe oficial.

Los que vivían de la tierra y conservaban su autosuficiencia alimentaria tenían más posibilidades de disponer de más comida, siempre listos para ocultarla de los voraces inspectores de la Fiscalía de Tasas y la Comisaría de Abastecimientos y Transportes y también para venderla a los habitantes de las ciudades cercanas, si les sobraba algo. Muchos labriegos de zonas apartadas con poco impacto de la agricultura comercial, en las montañas de León o en el altiplano de Soria, siguieron viviendo de sus tierras y el huerto, y simplemente cancelaron o redujeron sus compras de bacalao y azúcar. Junto con los ricos en general, estos fueron los que mejor lo pasaron. En el extremo opuesto, las ciudades y las zonas de agricultura comercial, como el valle del Guadalquivir, se llevaron la peor parte.

El sistema alimentario español tradicional estaba organizado como un melocotón: un núcleo duro de vegetales de resistencia (cereales, patatas, aceite y legumbres) que proporcionaba las tres cuartas partes de la subsistencia, con un elemento central fundamental que se llevaba la mitad (el pan) y una envoltura de gollerías de más a menos apreciadas e importantes (desde la carne a la fruta).

En 1941 la ciencia de la nutrición humana parecía madura y bien asentada. Grasas, hidratos de carbono y proteínas eran los componentes básicos necesarios para una buena alimentación, complementados por otros menos aparentes pero también importantes, como las vitaminas y los minerales. En Reino Unido, ya desde 1939, serios comités científicos habían diseñado la dieta de guerra, espartana pero suficiente, que el estado debía garantizar a la población. En España eso fue imposible. El estado organizó el racionamiento de los alimentos básicos (desde el pan al azúcar) y a partir de ahí la gente se buscó la vida como pudo. El racionamiento español fue incapaz de proporcionar en cantidad suficiente el suministro básico, el «núcleo duro».

El pan negro, exageradamente integral y muchas veces con mezclas de harinas nunca vistas, provocó epidemias alternas de estreñimiento y diarreas. La avitaminosis proliferó, pues era más barato transportar harina o patatas que frutas y otras gollerías. La tuberculosis se multiplicó, pues era una enfermedad que se curaba con una dieta sana rica en alimentos frescos, justo lo que no había. Las huertas locales, la costumbre de comer legumbres y las latas de sardinas, verdaderas bombas de fósforo, hierro y otras cosas necesarias, evitaron lo peor.

La sarna proliferó, auxiliada por las carencias de vitaminas y minerales. Y los antisárnicos en pomadas proliferaron en las páginas de los periódicos, cuando una verdadera epidemia de sarna se abatió sobre el país y originó los llamados “años del Barachol”. Los muchos anuncios de antisárnicos no tenían contemplaciones, iban directos al grano y llegaban a acusar a la competencia de “apestar a letrina”.
La sarna proliferó en ambientes de personas hacinadas y mal alimentadas que compartían ropa e instalaciones comunes. Muchas veces estas personas no tenían la posibilidad de darse una ducha y menos diaria, de ahí el reclamo publicitario de que la pomada antiparásitos se podía aplicar “sin baño”. La sarna no se consideraba un problema sanitario de primera magnitud como el tifus, que requirió el empleo del ejército para su control, sino más bien como una molestia vergonzosa.
El jabón estaba estrictamente racionado, y surgieron diversos sucedáneos, como un misterioso producto anunciado en la prensa, «Jabonia», que «sustituye al jabón con buenos resultados» y del que no se conoce su composición (9). Fue una época de limpiezas heroicas y esporádicas. Siendo el jabón caro y escaso y no abundando en general el agua corriente en cada vivienda –un importante reclamo de la calidad de un piso–, las plagas estaban servidas en abundancia. En sus variantes más benignas, podía tratarse de piojos, chinches y liendres de toda clase.

El estado reaccionó a la amenaza de las ladillas mediante el establecimiento en los suburbios de las grandes ciudades de Estaciones de Despiojamiento con anexos de baños y duchas.
En Madrid las había en Vallecas (desde 2 abril de 1943) y Carabanchel Bajo (desde 15 febrero de 1944), llamadas «Casa de Higiene núm 1» y «Casa de Higiene núm 2″. La adusta fachada correspondía con el interior. El agente principal empleado en la destrucción de parásitos era el ácido cianhídrico (10), sustituido a partir de 1945 por el DDT, que tenía la ventaja de que se podían fumigar las ropas con su propietario dentro de ellas. El gas tóxico se enviaba a las dos cámaras de desinsectación, de 21 metros cúbicos cada una, que eran parte de las instalaciones de las Casas de Higiene. En las cámaras se despiojaba la ropa de los que eran procesados en estas instituciones, que tomaban un baño desinfectante en las galerías de duchas con capacidad para 50 personas. A los que eran atendidos en estos centros se les proporcionaba un certificado como el que sigue:

F.E.T. y de las J.O.N.S.
Auxilio Social
CASA DE HIGIENE DE VALLECAS
Certificado de Desinfección y Desinsectación
……………………………………………
ha sido desinfectado y sus ropas desinsectadas en el día
de la fecha
Madrid, …….. de ……. de 194…
El Médico Director,»

Las estadísticas oficiales muestran que las mujeres empleaban más el servicio que los hombres y que el total de desinsectados ascendió a 283.324, cerca del 20% de la población de la ciudad (11). Estas instalaciones permanentes habían sido precedidas por múltiples desparasitaciones en plan militar, parte de una fumigación general de la población que empezó en plan propagandístico pero que terminó como parte de un esfuerzo desesperado para atajar las epidemias.

En mayo de 1939 ya funcionaban tres centros improvisados de desparasitación en Madrid, que se encargaban de desinsectar la ropa y de proporcionar un baño a las personas que lo necesitasen. Fue parte de la Gran Limpieza de Madrid de la “mugre marxista”, que las nuevas autoridades proclamaron a los cuatro vientos. Pero no mucho después la propaganda dejó paso a una seria preocupación por la salud pública (12).

Hacía más de veinte años que el tifus no era considerado una amenaza seria, pero las circunstancias del invierno de 1941 hacían esperar lo peor. La epidemia se manifestó primero en una antigua azucarera de Guadix (Granada) habilitada como cárcel improvisada, sin apenas agua corriente ni servicio sanitario alguno, y luego en un asilo de mendigos de Sevilla. Había cientos de establecimientos de este tipo por todo el país, y los continuos traslados de presos de un penal a otro facilitaban la diseminación de la plaga. No eran solo los presos: en todo el país –incluso en un país donde había que conseguir un salvoconducto para justificar cualquier desplazamiento– los movimientos de población fueron continuos desde el fin de la guerra, la peor situación posible para detener una plaga. La epidemia de tifus exantemático, que creció de manera amenazadora a lo largo de 1941 para perder fuerza en 1942, fue detenida a base de “tiendas, barracones, jabón, petróleo, mantas y estufas” –y ácido cianhídrico, si hay que creer al Dr. Palanca, Director General de Sanidad entre 1936 y 1956 (13).

Es muy posible que los centros de despiojamiento repartidos por todo el país se abastecieran de las existencias almacenadas en Valencia de cianuro potásico y sódico para el tratamiento de los naranjos. Antes de la guerra civil Degesch, fabricante del gas Zyklon que se utilizó en Auschwitz, anunciaba en España su producto Calcid, un procedimiento de fumigación con ácido cianhídrico para naranjos y olivos. Su firma asociada, Degussa, vendía cianuro de sodio a los agricultores valencianos con el reclamo “El cianuro alemán es el más acreditado” (14).

Hubo otras emergencias potencialmente desastrosas, una epidemia de difteria y otra de viruela que pudieron ser atajadas a tiempo (esta última a base de vacunaciones masivas). Y persistían los problemas tradicionales de la salud pública española, agravadas por la penuria de aquel tiempo, como el paludismo y el tracoma, endémicos en el sur, o la tiña. La tiña era tan frecuente entre los niños mendigos, que solían ser recogidos en masa, que en ocasiones más del 50% estaban afectados. Los servicios médicos de auxilio social informaron del tratamiento radical que se aplicó a un millar de niños infectados: una dosis de radiación de 400 Roentgen, suficiente para provocar la caída del cabello. Luego se les depilaba y desinfectaba (15).

Los accidentes no eran solo caídas individuales, como las de los mineros de Jaén. El colapso general se tradujo en una alta frecuencia de desastres, chernobiles de diferente gravedad en que las circunstancias generales de penuria se traducían en fallos catastróficos. El accidente de Torre del Bierzo muestra esta cadena particular de errores con bastante claridad.

En Torre del Bierzo, el 3 de enero de 1944, todo lo que podía salir mal salió mal. El exprés de Galicia perdió los frenos y se estampó dentro del túnel con una locomotora que maniobraba unos vagones. Luego llegó un pesado tren carbonero, que creyó que las señales rotas por el accidente indicaban vía libre y se estrelló a su vez contra el convoy accidentado. Los vagones repletos de pasajeros del exprés ardieron dentro del estrecho túnel, lo que hizo la huida imposible para muchos. El balance oficial de víctimas fue de 78, pero todo el mundo sabía que eran muchas más, hasta 500 u 800, cifras aterradoras que terminaron en el libro Guinness de los Récords. Investigaciones solventes recientes creen que el número total de víctimas no superó los 200 (16).

El silencio informativo sobre un accidente de esta gravedad fue casi completo. Los periódicos publicaron breves noticias en páginas interiores el día siguiente, y luego nada: ni reportajes sensacionalistas, ni fotos ni titulares.

El responsable principal de la tragedia fue un material rodante abusado hasta el límite. Locomotoras que debían haber pasado al desguace hacía años continuaban tirando de pesados convoyes en un sistema ferroviario abrupto y plagado de túneles, viaductos y rampas. Dada la escasez de camiones, autobuses y buenas carreteras, el ferrocarril era la única manera de mover mercancías y pasajeros en cantidad en la España de la época. Los ferroviarios eran considerados desafectos al régimen, cosa justificada por su historial de huelgas antes de la guerra civil y su resistencia a la sublevación militar, y este accidente de Torre del Bierzo y muchos otros fueron achacados en principio a sabotajes. La investigación reveló más bien lo contrario, un comportamiento heroico de fogoneros y maquinistas que hicieron todo lo posible, sin esperanzas, para evitar la catástrofe.

El sistema de cadena de mando férreo propia del sistema franquista, de la Superioridad a mi Autoridad, parece que también tuvo algún papel en la tragedia al evitar la toma de decisiones algo más prudentes que las que se tomaron.

Torre del Bierzo fue la punta de un gran iceberg de accidentes y catástrofes, no solamente en los ferrocarriles, sino en fábricas, instalaciones militares, presas y en general obras públicas. El desastre del Polvorín de Peñaranda de Bracamonte, el 9 de julio de 1939, causó más de 100 muertos e incontable destrucción en la localidad. El 18 de agosto de 1947 saltó por los aires el depósito de municiones de la Armada en Cádiz, lo que provocó cuantiosos daños en la ciudad y más de 150 muertos. Hubo muchos más, aparatosos o simplemente un reguero continuo de accidentes de trabajo que dejaba enormes cifras de muertos y heridos. Las causas eran las propias del franquismo inferior: máquinas abusadas, ausencia de procedimientos de seguridad, ordeno-y-mando para cumplir las cuotas y lo peor: el hambre, que se recoge como causa principal de accidente en las minas.

En 1946 hubo 274 muertos y 305 heridos graves en las minas, según la estadística minera oficial (17). Solo en la Cuenca Minera asturiana, (donde trabajaban 50.000 obreros) murieron 117, un desastre comparado con las 63 víctimas mortales de 1945. El informe correspondiente incluído en la Estadística Minera no se tomó la molestia de indagar causas estructurales de tantas muertes: simplemente echó la culpa a los mineros, señalando como causa principal de tantas muertes «la indisciplina, que cada año se acentúa más», detallando a continuación el número de obreros sorprendidos fumando en el interior o que al ser registrados llevaban útiles de fumar, o que habían entregado la lámpara desprecintada. Aquellos años fueron de auge minero carbonero, único combustible comercial del que el país disponía en grandes cantidades. Se necesitaban muchos trabajadores, se reducía el miedo al despido y los mineros se relajaban, viene a decir entre líneas el informe.

Se insinuaba en ocasiones que una época tan mala y tan larga era una especie de túnel expiatorio necesario para purgar tantos y tan horrendos pecados como se cometieron en tiempos de la República y la guerra. Pero, al final, España estaba en manos de la Providencia, que era quien tenía la última palabra. El Régimen aprovechó la aleatoriedad propia del clima mediterráneo para esgrimir un argumento a lo Felipe II: la mejor política no podía hacer nada si los elementos atmosféricos y en general naturales se ponían en contra. Por ejemplo, si no llovía cuando debía.

En 1953, cuando lo peor ya había pasado, la Industria Nacional del Nitrógeno publicó un anuncio a toda plana comunicando el aumento espectacular de la producción de fertilizantes (de 25.000 raquíticas toneladas en 1940 a 125.000 en 1952) que termina así: «Confiando en que Dios, en su Providencia, conceda a España un régimen favorable de lluvias, deseamos a todos los españoles, y a los agricultores en particular, un próspero y abundante año 1953» (18)

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1- Margarita Vilar Rodríguez: Estrategias de supervivencia de las familias trabajadoras en el marco laboral hostil de la posguerra civil española (1939-1958). Departamento de Economía Aplicada I, Área de Historia e Instituciones Económicas, Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, Universidad de A Coruña, 2006.

2- La Vanguardia Española, 26 de septiembre de 1942.

3- Nicolás Salas: La hambruna de 1905. El Correo de Andalucía, 23 de noviembre de 1917 (elcorreoweb.es).

4- ABC de Sevilla, 4 de diciembre de 1941.

5- Inocencio Font Tullot: Historia del clima de españa. Cambios climáticos y sus causas. Instituto Nacional de Metorología, 1988.

6- Miguel Angel del Arco Blanco, La hambruna española, 2025.

7- Cohen Amselem, A., Fleta González, A., Ramírez, F., & de los Reyes Peis, E. (2006). La siniestralidad laboral en la minería y la industria de Peñarroya durante la primera mitad del siglo XX. Ería, (69), 75–95.

8- David Ginard i Ferón: Las condiciones de vida durante el primer franquismo. El caso de las islas Baleares. Universitat de les Iles Balears. Hispania, LXII/3, num. 212 (2002) 1099-1128

9- Patria, Granada, 12 de enero de 1941.

10- En España, las fumigaciones de cosechas antiplagas con ácido cianhídrico comenzaron ya en 1910.

11- Dr. Ventín: Las Casas de Higiene de Auxilio Social. – Madrid. Trabajos del Departamento Médico de «Auxilio Social» (1949).

12- ABC, 20 de mayo de 1939.

13- José Alberto Palanca: La sanidad en españa. El rostro de España, Editora nacional, 1947.

14- El Progreso Agrícola y Pecuario, 7 de junio de 1936.

15- Doctor S. Carlos Camúñez Pajares, Solans López y Urioste Otermín: Nuestra organización de lucha contra la tricoficia (mil casos tratados). Trabajos del Departamento Médico de «Auxilio Social» (1949).

16- En Astorga Virtual (www.astorga.com/articulo/torre.htm).

17- Estadística Minera y Metalúrgica de España. Ministerio de Industria y Comercio- Dirección General de Minas y Combustibles. Formada y publicada por el Consejo de Minería. Año 1946. Bolaños y Aguilar, SL- Madrid (1947).

18- ABC, 8 de enero de 1953.

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