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Arrancando la mala hierba republicana

Plano de la cárcel de Carabanchel. Arquitectura de Madrid. Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid (COAM) – Fundación Arquitectura COAM (fcoam.eu).

El 2 de abril de 1939 la fórmula “III Año Triunfal” se cambió por “Año de la Victoria”, lo que tenía su importancia, pues tenía que figurar en todos los documentos, impresos oficiales, libros, folletos, carteles y correspondencia formal. Establecido así oficialmente el fin de la guerra, lo primero que se hizo fue detener la riada de municiones que salían de las fábricas. Se dio un plazo prudencial de 90 días a las empresas para que dejaran de fabricar granadas de mano, granadas de mortero, proyectiles de artillería, bombas de aviación, espoletas, estopines, etc. Las que fabricaban cañones podían terminar los pedidos (1). Más tarde se ordenó a las fábricas que guardasen por si acaso los planos y herramientas especiales necesarios para fabricar armamento (2).

Se establecieron normas para los despidos de los trabajadores sobrantes de la industria militar, que dan una escala completa de la jerarquía de calidad humana en aquella época. Los primeros en irse a la calle eran los obreros procedentes de campos de concentración y los militarizados, los contratados después del 18 de julio de 1936 y las mujeres. Inamovibles eran por el contrario los excombatientes y secundariamente las viudas y huérfanos de los caídos por la Patria (1). La desmovilización de la industria de armamento comenzó oficialmente el 5 de abril de 1939.

Ya no era necesario cañonear y bombardear al enemigo, pero quedaba mucho trabajo por hacer. La tarea de aniquilar a la civilización republicana entraba en una fase nueva, que abarcaba a todo el territorio nacional y a sus 24 millones de habitantes.

César Silió dijo lo que pensaban muchos de los que habían ganado la guerra en su libro Trayectoria y significación de España. Del tiempo viejo al tiempo nuevo, publicado en Madrid en 1939. Silió no era precisamente un joven y feroz falangista: tenía 75 años y había sido ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes en uno de los gabinetes de Antonio Maura. El ex ministro maurista argumentaba así: “…quedan dentro del territorio nacional millones de españoles que militaron en el campo enemigo… luchando con las armas o deseando la victoria de las milicias rojas. –¿Qué hemos de hacer con ellos? No podemos matar ni encarcelar a millones de seres… No queda otro camino practicable que la depuración de esa masa: eliminación radical o encarcelamiento, según los casos, de los asesinos, ladrones e incendiarios y de los inductores que llenaron de odio las almas, preparándolas cobarde y arteramente para el crimen, y atracción, absorción de los engañados cuya adaptación sea posible”. En un discurso en Sevilla en abril de 1940 Ramón Serrano Súñer, que era mucho más joven y mucho más peligroso que D. César, dijo algo en la misma línea: “…el Partido Nacional … tiene incluso la tarea ambiciosa, pero necesaria, de absorber, de ganar a la gran masa de la zona roja que no se pueda destruir” (3).

Serrano Súñer está describiendo más o menos conscientemente el modelo TREBE (Transformación – Represión – Expulsión – Biología – Exterminio), todas cuyas variantes se utilizaron en uno u otro momento para acabar con la civilización republicana (4).

La transformación podía consistir en ganar o convencer a la población reticente. Convertir (en el sentido de “Ganar a alguien para que profese una religión o la practique”) torvos ex-afiliados a organizaciones marxistas y anarquistas en serviciales obreros de derechas era una tarea reconocidamente difícil.

En marzo de 1940 se hizo un intento bastante particular de convencer a los antiguos enemigos. Se juntó a unas cuantas docenas de obreros en el aeródromo de Barajas y se les ofreció un vuelo de recreo a bordo de trimotores Junkers Ju-52 militares. Como deja claro el redactor de la noticia (5), muchos de los que subían a los aparatos habían sido bombardeados exactamente por aquellos mismos aviones, con los mismos pilotos y tripulaciones que ahora los llevaban a un viaje de placer. «En el campo de aviación esperaban los jefes y oficiales, héroes de nuestra guerra, que ayer hicieron un servicio nuevo: transportar en vuelo de recreo a camaradas trabajadores… No importa que alguno de estos hombres, acaso, haya visto volar los aviones nacionales desde una de esas trincheras [las trincheras republicanas de la Casa de Campo eran perfectamente visibles desde el avión]. Ni que otros fuesen cotizantes para los sindicatos marxistas. El rencor cayó destrozado por las armas de Franco, y ahora, en la C.N.S. [Central Nacional Sindicalista], hasta se vuela.»

Los curas y la Sección Femenina organizaban bautizos, bodas y comuniones masivas. La intrincada organización de FET y de las JONS, que se replicaba en cada ciudad, pueblo y aldea, intentaba conversiones (afiliaciones) de los antiguos rojos. Franco y sus versiones fractales soltaban discursos ante las masas, o alguna representación de ellas, y esperaban vítores entusiastas, más o menos amañados. Con el correr de los años, el franquismo organizó la conversión masiva de los españoles al derechismo (o al menos al papel de gente de orden) mediante su transformación de inquilinos en propietarios, de peatones o ciclistas en automovilistas, de una vida de baja energía a una vida de alta energía en general. La leyenda oficial del Régimen aduce que se creó una sólida barrera de clases medias como dique anti-revolucionario.

La transformación tenía una cara peor, cuya palabra clave era la depuración. Como explica con precisión el diccionario de la Academia, se trata de purificar una sociedad mediante la eliminación de los elementos disidentes. Había que purificar el calendario, cosa fácil que se hizo muy pronto, en 1937, eliminando las fiestas del 11 de febrero (que conmemoraba la proclamación de la I República en 1873) y del 14 de abril (ídem para la II República en 1931). Limpiar la legislación publicada entre 1931 y 1936 llevó más tiempo. Pero la tarea más importante y compleja era limpiar de las malas hierbas republicanas el paisaje nacional. La biopolítica republicana (divorcio por mutuo acuerdo, libertad sexual, despenalización del aborto, vegetarianismo, culto a la naturaleza, incipiente ambientalismo, etc.) fue barrida de un guantazo. La parte Fahrenheit 451 también se aplicó con contundencia.

El 20 de mayo de 1939, por ejemplo, se publicaron las instrucciones para la depuración de libros del Servicio Nacional de Propaganda. Se trataba de eliminar publicaciones pornográficas y subversivas, lo que parece lógico, pero dejando abierta la puerta a que cualquier libro fuera depurado, pues además había que vigilar y decidir sobre si entregar a la hoguera o no publicaciones que fueran simplemente “contrarias a las tradiciones españolas” (6), lo que ponía claramente en peligro toda la producción de Pío Baroja, por citar un solo caso.

La purificación tenía una versión física y literal a base de escoba, estropajo y Zotal. Se enviaron brigadas de trabajadores a eliminar de las calles todo rastro de la profusa cartelería republicana. Recién ocupado Madrid, se improvisaron tres centros de desparasitación para acabar con los piojos de
evidente origen marxista que infestaban a las ropas y las personas (7). La apariencia física también contaba. Nunca se llegó al extremo del capitán de Köpenick, un suplantador que necesitó únicamente un traje militar prestado para hacerse con la autoridad de una ciudad, en la Alemania de 1906, pero los uniformes ayudaban a sobrevivir en la España de los primeros años de la era franquista, pues indicaban una posición clara en algún escalón jerárquico de la Autoridad.

A comienzos de la década de 1940 las calles registraban una extraordinaria proliferación de trajes militarizados. Casi todos los varones entre los 17 y los 25 años estaban en alguna parte del fatigoso y largo proceso de entrada, estancia y salida en el Ejército, y se desalentaba vestir de paisano. Los oficiales uniformados de todo tipo de armas y cuerpos también eran bien visibles, así como Policías Armados, Guardias Civiles y otros cuerpos de seguridad. Muchos niños y adolescentes llevaban uniformes o insignias (los uniformes podían ser caros) de las Falanges Juveniles de Franco, las niñas de las Margaritas, las mujeres de la Sección Femenina, los hombres de la FET, amén de Guardas de Consumos, vigilantes, empleados municipales, guardas rurales y forestales, e incluso ingenieros. Franco daba ejemplo (no vistió en público regularmente de paisano hasta finales de los años 50) combinando hábilmente, en persona o en efigie, guerreras kaki, boinas rojas, camisas azul mahón, bicornios de almirante, laureadas de San Fernando y otros adminículos que simbolizaban el equilibrio de las diferentes familias militares y civiles del Régimen.

La represión era un trabajo más objetivo, infinitamente complicado y muy prolongado. Dada una persona, había que clasificarla en categorías según su cercanía o lejanía al Movimiento, y a continuación aplicarle el tratamiento correspondiente. Esto podía ir por caminos muy dispares. Podría tratarse de un miembro de la quinta del biberón del ejército republicano, prisionero de guerra en abril de 1939. En este caso, lo normal sería enviarlo a su pueblo sin más, o a un cuartel para que cumpliera otro par de años de servicio. Soldados de mayor edad y responsabilidad podrían necesitar papeles, es decir, el certificado avalado por personas de orden de que no habían hecho nada en contra del Movimiento. Los catedráticos de universidad de la zona roja fueron despedidos en su totalidad y luego cribados minuciosamente a base de informes y contrainformes que terminaban por llenar gruesas carpetas.

La circular enviada por el General Jefe de los Servicios de Ocupación de Cataluña en febrero de 1939 da una idea de la complicada clasificación a que podía ser sometida cualquier persona (en este caso, personal de los ministerios civiles de Barcelona). Eliseo Álvarez Arenas quería saber quienes eran «adictos, dudosos, sospechosos, rebeldes, etc.» Y su situación: prestando servicio, en suspenso, sujetos a expediente especial, entregados a la Autoridad militar, huídos, etc. Todos debían ser pasados por el tamiz, incluso los jubilados. Puede decirse que no era lo mismo ser adicto (al Glorioso Movimiento) y estar prestando servicio, mientras su expediente se resolvía favorablemente, a ser sospechoso, en suspenso y con un expediente especial en marcha. Claro que los entregados a la Autoridad Militar podían darse por perdidos, y no digamos los huídos capturados a posteriori (8).

La gente necesitaba protección frente a esta oleada de represión, y la encontraba en los papeles sellados y firmados por alguna Autoridad. Los certificados eran una característica principal del país en aquellos años. Todo el mundo tenía o necesitaba varios: además del de haber sido desinfectado y desinsectado, el de manifestar buena conducta –firmado por el cura párroco y el sargento del puesto de la Guardia Civil– el de (carecer de) antecedentes penales, el de cumplimiento del servicio militar en el Ejército nacional – firmado por el Capitán General– el de haber realizado servicios de cualquier tipo a la causa nacional durante la Guerra de Liberación, el necesario para obtener la tarjeta de abastecimiento (la Tarjeta Blanca), imprescindible para conseguir la cartilla de racionamiento, el correspondiente a la tarjeta de fumador, el de haber realizado o estar realizando el Servicio Social (para las mujeres), el de estar encuadrado en alguna de las ramas infantiles y juveniles de la Falange, el de adicto a los principios de FET y de las JONS (Certificado de Adhesión al Movimiento, expedido por la Delegación de la Falange), etc. Esto por lo que respecta a la limpieza corporal, moral y política, sin contar los salvoconductos necesarios para viajar, que siguieron en vigor algún tiempo después del final de la guerra, con variaciones según las provincias.

Toda esta minuciosa criba y su frondosa producción de documentos que sirvieran para etiquetar a las personas tenía que hacerse con ficheros a base de tarjetas de cartulina y de carpetas de papel, atestados escritos a máquina con copias de papel carbón, llamadas telefónicas, correo y mensajeros que con suerte iban en moto. “Fichar” a alguien era el procedimiento clave, implicaba hacerle la ficha, la descripción de sus delitos o características indeseables, que se guardaba en archivos locales, provinciales, o incluso nacionales. Las fichas podían desaparecer de los archivos, o al revés ser copiadas y multiplicarse en diferentes archivos. La ausencia de un documento nacional de identidad inequívoco dificultó el control precisamente en los años más duros de la depuración. El proceso culminaría a base de expedientes, legajos, procesos judiciales ad hoc y tendría consecuencias, si su resultado era negativo: multas, despidos, cárceles y reformatorios de adultos y al final, si había mala suerte, pelotones de fusilamiento.

Mientras se decidía una cosa u otra, hubo que mantener una enorme masa de personas bajo control directo, a disposición por decirlo así. Se utilizaron (además de las antiguas cárceles), conventos, fábricas, almacenes y depósitos, apartaderos de ferrocarril, cines y otra variedad de edificios para formar una gran red de campos de concentración más o menos improvisados. Los presos vivían en terribles condiciones y la mortalidad fue enorme. Murieron personas de 70 años como Julián Besteiro, víctima de una infección en la cárcel de Carmona (Sevilla), en 1940, y jóvenes como Miguel Hernández, que tenía 31 años cuando murió tuberculoso en el Reformatorio de Adultos de Alicante, en 1942.

El modelo estándar de campo de concentración de la era totalitaria se aplicó muy pocas veces en España. Consiste en un gran espacio despejado, cercado con alambre de espino y torres de vigilancia, en cuyo interior se levantan alineaciones de barracones. Es el método más eficaz conocido de encerrar a una gran masa de prisioneros con un coste reducido. Los barracones pueden aumentar su número sin alterar la estructura del campo, o bien pueden dedicarse a cometidos especializados (enfermería, comedor, cárcel, etc.) con reformas poco costosas.

El campo de concentración de Castuera fue uno de estos pocos campos exprofeso. Se levantó a 3 kilómetros del pueblo del mismo nombre, en una explanada reseca e incultivable. Contaba con 80 barracones prefabricados con tejado de chapa y un recinto de alambre de espino, aunque parece ser que no tenía torres de vigilancia. Una gran cruz dominaba la plaza central del campo, entre los dos bloques de hileras de barracones. Extramuros, a poca distancia de la cruz, había una gran bandera de España. Esta estructura se alteró en momentos de superpoblación con chozos y refugios improvisados para los presos (9).

Castuera es único porque su recinto está protegido oficialmente por la Junta de Extremadura. El decreto se limita a delimitar la explanada que contenía el campo, porque actualmente no queda nada de él, salvo la peana de la cruz, de piedra y ladrillo. El campo de Castuera funcionó de marzo de 1939 a abril de 1940, y después nada se supo de lo que hubo allí. Investigaciones en archivos oficiales han demostrado que acogió un total de entre 10.000 y 15.000 presos, de los que algunos pasaron allí un año entero y otros unos pocos días. Unos pocos testigos de mucha edad que estuvieron allí presos han aportado alguna información. Se ignora cuantos murieron allí, ni en qué circunstancias, aunque hay constancia de ejecuciones en masa en los primeros tiempos del campo. Parece ser que ni siquiera hay fotografías.

Una excavación arqueológica inicial reveló condiciones de vida extraordinariamente espartanas. Los endebles barracones, que acogían cada uno medio centenar de presos o muchos más, según el nivel de población, debían ser hornos en verano y neveras en invierno. La comida ni siquiera llegaba al parecer a la categoría de rancho, solventándose a base de sardinas de lata y mendrugos de pan. No había nada parecido a unas letrinas, salvo una zanja que se rellenaba periódicamente con escombros.

Castuera, que se evaporó luego como si nunca hubiera existido, es una excepción. Lo habitual era utilizar como campos de concentración sólidos edificios de la iglesia, conventos o escuelas.

En 1940 el Estado compró los terrenos donde se levantaría la cárcel de Carabanchel, calculada para unos 2.500 presos pero que llegó a albergar al doble de esa cifra. En el extremo opuesto a Castuera, Carabanchel era un enorme y sólido edificio, construido bajo los principios del panóptico (un punto central de vigilancia que permite controlar las celdas construidas en círculo a su alrededor). En la nueva prisión modelo este principio era más bien simbólico. Una gran torre central de 25 metros de altura coronada con una cúpula de hormigón era el punto de arranque de ocho galerías de varios pisos. Esta especie de pulpo de ocho brazos, construido casi exactamente en el centro geográfico de España, a 10 kilómetros del Cerro de los Ángeles, era el mega-símbolo del poder carcelario del franquismo. En 1944 los desdichados ocupantes de la cárcel improvisada de Porlier fueron trasladados allí, en 1956 se consideró terminada la instalación. En 2008, tras varios años de abandono, se destruyó completamente el edificio, haciendo oídos sordos a las peticiones de conservar alguna parte de él como museo. Como en el caso del campo de concentración de Castuera, mucho más endeble, actualmente no queda nada de la macrocárcel de Carabanchel, un resto fósil del franquismo extraordinariamente incómodo (10).

El modelo carcelario se podía extender fuera de los muros de las prisiones, cuando era necesario controlar a poblaciones problemáticas. Por ejemplo los millares de personas que vivían en cuevas y chozas, ni siquiera chabolas, en la ciudad de Madrid. Los arquitectos E. Huidobro y J. Navarro idearon un extraño edificio destinado a la reeducación de sus inquilinos, denominado oficialmente Albergue de Urgencia, en la Colonia de los Almendrales del barrio de Usera. Mitad campo de concentración y mitad casa de vecinos, era un recinto pentagonal con muros sin ventanas al exterior, con una única entrada sobre la cual estaba la casa del vigilante. Las 24 viviendas eran simplemente 24 salas o celdas polivalentes con ventanas al gran patio interior, que podían servir de dormitorio, cocina o sala de estar, fáciles de inspeccionar para comprobar su grado de limpieza. El guarda podía vigilar todo el recinto desde el balcón situado encima de la única puerta de acceso. La idea de esta singular instalación era “proporcionar un alojamiento más digno a estas familias e_ir educándolas para que aprendan después a cuidar las viviendas definitivas que se les designe”. Parece ser que se construyó al menos un recinto de este tipo, pero la idea no tuvo continuidad. (11)

La expulsión no tuvo ningún papel en la destrucción de la civilización republicana. El Régimen no quería deportar a nadie, sino castigar a los rojos en su país. La represión exterior estuvo a cargo de las autoridades de la Alemania nazi. Aproximadamente medio millón de personas partieron al exilio al final de la guerra civil, muchas de las cuales fueron regresando paulatinamente entre el fragor de la guerra mundial. Unos 60.000 tuvieron que trabajar en régimen de semiesclavitud para Alemania, en fábricas o en la Organización Todt. Algo más de 7.500 terminaron el campo de Mauthausen, cerca de Linz, Austria, de los cuales 5.000 murieron, las dos terceras partes, la mayoría en el subcampo de Gusen. No se conoce ninguna iniciativa del gobierno español para aliviar su suerte, y en el campo llevaban el triángulo azul de apátridas, con una incongruente S de Spanier (Españoles) grabada encima. Otros terminaron en Buchenwald o en Dachau. (12).

El papel de la biología no pasó de algunas alucinaciones del doctor Vallejo-Nájera, supersiquiatra nacional, y sus adláteres. Desde luego no se podía esterilizar a los rojos para que no reprodujeran su mala semilla, aunque sí se abrió un portillo legal para separar a los hijos de las presas republicanas, una vez cumplidos tres años, para educarlos en un ambiente antimarxista y católico, que era un ejemplo de la eugenesia ambientalista preconizada por el ilustre doctor (13).

El exterminio se llevó a cabo de forma directa e indirecta, de manera metódica cuando terminaron los brutalidades de las primeras semanas después del fin de la guerra. En esos días, escuadras de falangistas recorrían las prisiones y los campos de concentración en busca de venganza. Posteriormente los engranajes de la justicia militar giraron incansablemente durante años, aplicando variantes del delito de rebelión, sedición y traición, en juicios sumarísimos (rapidísimos), que solían durar unos quince minutos por reo. Tras un período variable en prisión, los condenados eran fusilados, a veces individualmente y a veces en grupo. Un pequeño porcentaje fue agarrotado, a veces en ejecuciones públicas. La pregunta de cuántas personas fueron ejecutadas después del 1 de abril de 1939 no tiene fácil respuesta. Ricardo de la Cierva, en su monumental biografía laudatoria de Franco, admite tranquilamente “algo más de 20.000”. Las investigaciones más recientes hablan de 50.000, la inmensa mayoría antes de 1946, una media de 20 ejecuciones diarias durante siete años.

La otra mortalidad es más difícil todavía de estimar. Se trata de los presos encerrados en muy malas condiciones y del hambre que sufrió la población en general, que aceleró la muerte de muchas personas. No sería descabellado cifrar su número en unas 100.000 personas, de nuevo entre 1939 y 1946.

1- Gobierno de la Nación. Vicepresidencia del Gobierno. Decreto de 1.° de abril de 1939 dictando normas para la desmovilización de las industrias.

2- Ministerio de Defensa Nacional. Ejército. Desmovilización. Orden de 5 de abril de 1939 dictando normas para la desmovilización de las industrias.

3- Carme Molinero: La captación de las masas.Política social y propaganda en el régimen franquista.Cátedra (2005).

4- El modelo fue acuñado por Daniel Goldhagen, en el libro Peor que la guerra – Genocidio, eliminacionismo y la continua agresión contra la humanidad, 2010.

5- Hoja del Lunes (Madrid) – 4 de marzo de 1940. Biblioteca Virtual de Prensa Histórica. Fotografía del evento publicada en Legiones y Falanges, Revista de Italia y de España (Ed. española), Roma-Madrid, 1 de enero de 1941.

6- La depuración de libros. Instrucciones del Servicio Nacional de Propaganda. ABC, 20 de mayo de 1939.

7- Inspección Provincial de Sanidad. Los nuevos centros de desparasitación. ABC, 20 de mayo de 1939.

8- Guillermo Lusa Monforte: Depuración y autarquía (1939-1940). Colección Documentos de la Escuela de Ingenieros Industriales de Barcelona, número 18.(2008).

9- Alfredo González Ruibal, Gonzalo Compañy, Antonio Franco Fernández, Alejandro Laiño Piñeiro, Carlos Marín Suárez, Patricia Martín Hidalgo, Indira Martínez Cañada, Anxo Rodríguez Paz, Alejandro Güimil Fariña: Excavaciones arqueológicas en el campo de concentración de Castuera (Badajoz). Primeros resultados. Revista de Estudios Extremeños, 2011, Tomo LXVII, Número II, pp. 701-750.

10- Carmen Ortiz: El complejo penitenciario de Carabanchel. Un caso de patrimonio incómodo. In Actas del Congreso internacional Espacio urbano, memoria y ciudadanía. Barcelona: CEFID-UAB, 2011, p. 1-20.

11- Ensayo de alojamiento en los suburbios. Albergue de urgencia en Usera. Arquitectos: Enrique Huidobro Pardo y Juan navarro Carrillo. Revista Nacional de Arquitectura, nº 42, 1945, pag. 228-230

12- Amical de Mauthausen: Republicanos españoles en Mauthausen. Financiada parcialmente por el Ministerio de asuntos Exteriores y de Cooperación (2017).

13-Campos, Ricardo. Autoritarismo y eugenesia punitiva: higiene racial y nacionalcatolicismo en el franquismo, 1936-1945. História, Ciências, Saúde – Manguinhos, Rio de Janeiro, v.23, supl., dez. 2016, p.131-147.

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