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El primer prototipo del North American B-70 Valkyrie.

 

Hace muchos años, Niko Tinbergen hizo una serie de experimentos con huevos enormes de madera recubiertos de pintas de vivos colores, y encontró que los padres gaviotas los encontraban irresistibles para la incubación, prefiriéndolos con mucho a los suyos propios. El Valkyrie fue un superestímulo de esa clase. Los generales gaviota de la fuerza aérea de los Estados Unidos encontraron tan seductora la idea de un avión bombardero de casi sesenta metros de largo, capaz de volar hacia la Unión Soviética a más de 3.000 km/h cargado de bombas atómicas, que pelearon de firme por conseguirlo, provocando de paso gran derroche del erario público y casi una crisis constitucional.

En 1955, sólo tres años después del primer vuelo del B-52, la USAF lanzó a los fabricantes la especificación de un superbombardero mucho más grande, veloz y con mayor radio de acción de todo lo conocido hasta entonces. Esto no era ninguna novedad. La USAF y la USAAF antes llevaban 20 años contratando superbombarderos, cada uno más tremendo que el anterior. Así se habían sucedido el B-17, el B-29, el B-36 y el B-52. El B-70, denominación de la nueva especificación, sería el sucesor del B-52, con cuatro veces su velocidad punta y un techo mucho mayor. Se suponía que volar tan rápido y tan alto lo harían invulnerable a las defensas soviéticas.

No era así, como se sabía ya a partir de 1957, fecha del lanzamiento del Sputnik. En 1960 llegó la confirmación cuando los misiles soviéticos derribaron un avión espía U-2 volando a una altitud supuestamente segura. El presidente Eisenhover, al final de su segundo mandato, resumió la situación en una frase que tuvo que hacer mucho daño entre los barones del bombardeo de la USAF: “los bombarderos son tan obsoletos en la edad de los misiles como el arco y las flechas en la edad de la pólvora”. El proyecto B-70 fue casi paralizado, pero no del todo, pues North American, la firma que finalmente se quedó con el contrato, tenía muchos subcontratistas en más de una docena de estados, en la tradición de America Builds a Bomber.

La campaña electoral de 1960 animó un poco la situación: al principio, el recién electo Kennedy apoyó el proyecto B-70. Pero poco después volvió a la postura de rechazo de su predecesor. Fue entonces cuando la USAF, capitaneada por el superbarón del bombardeo Curtis LeMay, reunió todas sus fuerzas para sacar adelante el superbombardero –llamado ahora Valkyrie tras un concurso nacional. La fuerza aérea contaba con el jefe del comité de armamentos del Congreso, el apoyo de la industria aeronáutica (dedicada en una alto porcentaje a contratos de defensa), y con varios personajes famosos del mundo del espectáculo, tanto reales como James Steward como imaginarios como Steve Canyon. Incluso el venerable general Spaatz, jefe de la fuerza aérea durante la segunda guerra mundial, fue sacado de su retiro para que gruñera unas palabras a favor del proyecto.

Robert McNamara, el ministro de defensa de la administración Kennedy, tuvo que pelear duramente para contrarrestar los argumentos pro-B-70 de su (en teoría) subordinado, el general LeMay. El punto clave llegó cuando el Congreso, excitado por su comité de armamentos, envió una orden al gobierno exigiendo la revitalización del proyecto Valkyrie. Este desafío directo del poder legislativo al poder ejecutivo tuvo que ser lidiado con gran esfuerzo por el gobierno Kennedy. Al final se decidió continuar la fabricación de solamente dos prototipos, con fines de investigación. Tras varias pruebas en vuelo que no fueron mal y un accidente mortal en 1966, todo el asunto se dio por terminado tres años después y el prototipo superviviente llevado al museo de la fuerza aérea, donde todavía hoy sigue asombrando al visitante.

El B-70 se construyó en una época en que todos daban por sentado que los aviones, tanto militares como civiles, serían pronto bisónicos, trisónicos y más allá. En Estados Unidos, el proyecto SST (SuperSonic Transport), un enorme avión de pasajeros, se canceló pronto. En Europa, la magnífica silueta del Concorde salió adelante a duras penas. La URSS construyó un avión supersónico de pasajeros, el Tupolev 144, que tuvo corta vida. También intentó fabricar un émulo del Valkyrie, el Sujoi T-4, que no pasó de la fase de prototipo único. Más importante fue el programa anti-B-70 soviético, que llevó a la construcción del famoso y ultrarrápido MiG-25. En 2014, casi medio siglo después del último vuelo del Valkyrie, el B-52 sigue siendo el principal bombardero de la fuerza aérea de los Estados Unidos.

 

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