One drop rule: por qué Obama fue el primer presidente negro de los Estados Unidos

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Lejos de la imagen “romántica” de plantadores apegados a sus tradiciones y al whisky de Kentucky, representantes de un pasado a punto de extinguirse, las grandes plantaciones algodoneras del Sur eran a su manera tan frenéticamente modernas como las zonas industriales de Manchester. Los esclavos eran una parte tan considerable del capital del Sur que una investigación reciente ha mostrado que muchos de los billetes de banco impresos en los estados de la futura Confederación los incluían en sus diseños, en un segundo plano pero numerosos, inclinados sobre sus herramientas de trabajo y cuidando a sus retoños.

La reproducción autóctona de la fuerza de trabajo esclava era una de las principales preocupaciones de la agroindustria algodonera, y el sistema antiguo de matrimonios monógamos proporcionaba, como media, apenas un hijo cada varios años por esclava. Métodos mejorados de “aporte de hombres a todas las mujeres núbiles” consiguieron elevar la tasa a un hijo cada dos o tres años, y que muchas esclavas produjeran un hijo al año con regularidad. Esto ya era el colmo del método industrialista moderno.

Tanta y tan continua brutalidad sólo podía llevarse a cabo animalizando a los futuros afroamericanos, y la tarea se llevó a cabo con increíble eficacia en dos planos complementarios: el lenguaje popular de los blancos y los gabinetes científicos.
Las palabras utilizadas para denominar a los esclavos solían ser variaciones de la palabra “negro” (préstamo del castellano, plural negroes). Los niños podían ser negritos y sus padres negratas (nigger). Más tarde, negro fue sustituida –no en todas partes– por black, un poco más neutra pero también mucho más connotativa, en radical y absoluta oposición al concepto “blanco”. A los indios se les denominaba a veces hombres rojos y los chinos eran amarillos, posiciones menos alejadas en el espectro cromático. Siglos después, los teóricos del Black Power seguían analizando la fuerza de una palabra que representa todo lo malo, siniestro y peligroso para los “blancos”.

La ciencia del siglo XIX se lanzó con entusiasmo a medir la altura y espesor de la barrera que separaba a la raza blanca y la negra. Tras su esforzada labor craneométrica, fisiológica, psicológica y etcétera, la barrera era ya una muralla provista de un profundo foso cavada en el corazón y la mente de todo norteamericano. Ya era absolutamente imposible de derribar, como muestran claramente películas como En el calor de la noche y Adivina quien viene a cenar esta noche (en la que Katherine Hepburn llora de verdad en una escena contemplando a Spencer Tracy, que moriría unos meses después). En ambas, Sidney Poitier hace lo que puede, que es mucho, mientras que todo el mundo (blanco) a su alrededor, con diferentes grados de hostilidad o amabilidad, no ve una persona, sino a un negro.

La emancipación de los negros fue utilizada también como prueba.
“En Hampton (Virginia) desde el año de 1861, y en otras localidades, hay escuelas para la enseñanza de los negros, quienes nunca logran asimilarse las ideas que reciben, según certifica la reciente obra sobre el resultado de instruir á aquellos intitulada: “Hampton and its Students By Two of its Teachers” (Nueva York, 1874) . Se recopilaron toda clase de historias absurdas, que al parecer respetables científicos de barba y patillas creían a pies juntillas. Owen creía que las “hembras negras” carecían “de todo pudoroso sentimiento”. La República de Liberia se aducía también como prueba de que “ni aún bajo las condiciones más favorables se consigue el civilizar á los negros”.

En 1865, tras el fin de la guerra civil, la décimo tercera enmienda de la constitución de los Estados prohibió la esclavitud y el trabajo forzado (slavery and involuntary servitude) en todo el territorio de la República. No obstante, el estado de Mississipi se las arregló para no ratificarla hasta 1995 y entonces olvidó notificarlo en forma al Gobierno federal. Tal omisión se arregló por fin en 2013, cuando un ciudadano elevó una petición formal al Gobierno del estado, movido por su reciente visionado de la película Lincoln, de Steven Spielberg. Mississipi no batió por dos años el récord de un siglo y medio de resistencia legislativa al gobierno federal.

En la superproducción El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation, de David Ward Griffith, 1915) el “pequeño coronel” protagonista de la historia vaga desolado por los campos de Carolina del Sur lamentando la ruina de la civilización blanca del Sur aplastada bajo la bota negra. Ve entonces como unos niños blancos asustan a sus homólogos negros por el procedimiento saltar ante ellos envueltos en sábanas, tiene una súbita inspiración, e inventa el Ku Klus Klan. Otra escena muestra, cuidadosamente reconstruida, la sesión de la cámara de representantes de Carolina del Sur que aprobó la libertad de matrimoniar sin tener en cuenta la raza de los contrayentes.

Los parlamentarios negros –una amplia mayoría– son representados comiendo gruesas chuletas de cerdo mientras peroran sin sentido pero con amplias gesticulaciones, mientras el presidente hace notar a sus señorías la prohibición de asistir descalzos a las sesiones. El reducido grupo de parlamentarios blancos calla abochornado en un rincón. Pero el momento fuerte llega cuando, tras ser aprobada la ley que permite el matrimonio interracial, los simiescos diputados negros fijan su mirada en algunas damas blancas que asisten a la sesión desde la tribuna del público.

Griffith muestra aquí con estremecedora claridad la absoluta repugnancia en la que había sido aleccionado el público norteamericano blanco de 1915 ante cualquier mención a la “mezcla de razas”. En los restantes episodios del film, las miradas lúbricas de los negros resbalando sobre las inocentes doncellas blancas se repiten una y otra vez, formando un fondo tenebroso sobre el que refulgen las hazañas de los ensabanados caballeros del Klan.

En noviembre de 2000, el estado de Alabama produjo un referéndum para determinar la aprobación de los matrimonios mixtos. No es que en Alabama todos los matrimonios hayan sido hasta ahora entre personas del mismo sexo, sino que se trataba de aprobar aquellos que tienen lugar entre personas “de diferente raza”. Fue el último estado en incorporar a su código legal la decisión del Tribunal Supremo de 1967 que declaró contrarias a la Constitución las leyes anti mezcla racial o “miscegenation”. El referéndum de 2000 se ganó por escaso margen, 59% a favor y 40% en contra. Aunque usted no lo crea, hubo 545.933 alabameños partidarios de prohibir el matrimonio entre personas de distinta raza.

Casi cuatro décadas atrás, el Gobernador George Wallace, en su discurso inaugural pronunciado en el Capitolio de Montgomery, Alabama, 14 de enero de 1963, esgrimió un argumento reductio ad hitlerum para demostrar que los blancos son una minoría perseguida:

“Así como el racismo nacional de la Alemania de Hitler persiguió a una minoría nacional al antojo de una mayoría nacional, así el racismo internacional de los liberales busca la persecución de la minoría blanca internacional a capricho de la mayoría internacional de color.” (1)

Y una de las maneras evidentes de atacar a la minoría blanca es permitir que su pureza racial sea diluida por la “miscegenation” con otras razas, como se quería demostrar.

Si mezclamos al azar mil ciudadanos húngaros con mil ciudadanos congoleños, es probable que un observador pueda decir con escaso margen de error cual es la nacionalidad de cada uno simplemente observando su aspecto físico. Tendríamos dos poblaciones separadas con claridad. Algunos húngaros de ascendencia africana serían colocados en el grupo congoleño, y lo mismo ocurriría con algunos congoleños de origen europeo. Húngaros y congoleños, además, por lo general, hablan idiomas mutuamente ininteligibles y comen cosas bastante diferentes. Ciertamente, conocen a los mismos artistas del cine y la TV de fama internacional, pero en las superficialidades culturales son bastante distintos.

Los “blancos” y los “negros” de los Estados Unidos hablan el mismo idioma, comen la misma comida, y poseen por lo general el mismo superficial barniz cultural. Para todo lo demás, es como si vivieran en planetas distintos. El film Jungle fewer, de Spike Lee, rodado ochenta años después de The Birth of a Nation, y que transcurre en Nueva York, no en Carolina del Sur, muestra las nefastas consecuencias del emparejamiento entre personas de razas distintas, aunque a los ojos de un observador armado con una escala de colores de Von Luschan resulte muy difícil distinguirlas. En efecto, el protagonista interpretado por Wesley Snipes arma la de Dios es Cristo al dejar a su atractiva y morena esposa por otra atractiva y morena mujer, debido a que la primera está catalogada oficialmente como “negra” y la segunda como “blanca”.

Hay que tener en cuenta que los Estados Unidos rige la regla de “una sola gota basta”, es decir, cualquier remoto antepasado africano basta para declarar a una persona como negra. Cuando la furia racista se desató en la primera mitad del siglo XX, un número sorprendentemente elevado de estados del Sur la incorporaron a sus textos legales, a veces con variantes estrambóticas, como establecer el límite en un 32avo de sangre negra (es decir, un retatarabuelo de origen africano). Antes era más común poner el límite en un octavo de sangre africana.

Por esta razón, Barack Obama fue catalogado como el primer presidente negro de los Estados Unidos (2009-2017), puesto que tenía ½ de sangre africana por parte de su padre, keniata. Puesto que tenía ½ de sangre europea por su madre, también podría haber sido catalogado como el 44avo presidente blanco, pero eso no ocurrió.

Una investigación sobre el color de los dos candidatos a la presidencia USA en noviembre de 2008 mostró que, en una escala de 0 a 100, siendo 100 el color negro (RGB 0/0/0) y 0 el color blanco (RGB 255/255/255) Obama tenía 53 puntos y McCain 46, es decir, su diferencia de coloración era de un 7% (RGB –Red, Green, Blue– es un sistema de notación de color muy usado en diseño gráfico). Si comparamos un noruego que haya tomado poco el sol con un sudanés del sur obtendremos diferencias mayores, pero lo cierto es que la piel humana no da mucho de sí en arco cromático, siendo su catálogo total una secuencia de tonos marrones.

Hay un bonito mural en el Museo del Hombre de París donde cientos de fotos dibujan la paleta cromática completa de la humanidad, desde el marrón claro al marrón oscuro, una sinfonía de tonos pardos y rosáceos producto de la mezcla de sangre y melanina sobre la piel. Pero en algún punto de esa continua gradación se dibuja la frontera: a un lado negros, al otro blancos.
La ausencia de términos intermedios entre negro, blanco e indio en el lenguaje de los Estados Unidos siempre ha sorprendido a los brasileños, donde hay un gran catálogo de denominaciones de colores humanos, muchas de ellas de origen ganadero y por ende malsonantes, al menos en origen, como mulato.

En el año 2000, tras la victoria electoral de George W. Bush, la prensa presentó a su secretario de estado, el general Colin Powell, un hombre grueso de aspecto apacible y piel pálida, ligeramente violácea, como “el primer secretario de estado negro”.

El último censo nacional, de 2010, ofrecía este menú étnico y racial a los ciudadanos norteamericanos:

La pregunta étnica:

¿Es de origen Hispano, Latino o Español (Spanish)?
Si la respuesta es afirmativa, debe concretarse: ¿Mejicano, Mejicano Americano o Chicano, o bien Puertorriqueño, o bien Cubano?, o bien otro origen Hispano, Latino o Español: por ejemplo, ¿Argentino, Colombiano, Dominicano, Nicaragüense, Salvadoreño, Español (Spaniard)?, y así. (2)

La pregunta racial:

¿A qué raza pertenece?
Las respuestas posibles son la raza blanca, la negra (que incluye Afroamericano y “Negro” en el inglés en el original), Indio Americano o Nativo de Alaska (hay que especificar la tribu), Indio Asiático, Chino, Filipino, Otras de Asia, como Hmong, Laosiano, Tailandés, Pakistaní, Camboyano y así, Japonés, Coreano, Vietnamita, Hawaiano Nativo, Guameño o Chamorro, Samoano, Isleño de otra parte del Pacífico (por ejemplo Fijiano, Tongano, etc.) y por último, por si queda alguna en el ancho mundo, “alguna otra raza” (especificar).(3)

El censo reconoce que las categorías raciales usadas “incluyen tanto grupos de origen racial como de origen nacional”. La respuesta correcta, que marca aproximadamente el 74% de los ciudadanos norteamericanos, es “No, no tengo un origen hispano, latino o español” y “Soy de raza blanca”. Otras respuestas pueden ser más complicadas, por ejemplo confesar un origen cubano y una raza blanca y negra (el censo permite marcar varias casillas), lo que le asigna el doble estigma de ser latino y negro.

Legalmente, la categoría racial “Blanco” incluye a a toda persona que marca la casilla correspondiente. De manera más operativa, por si alguien tiene dudas, “blanco” se refiere a personas originarias de los pueblos originarios de Europa, Oriente Medio y Norte de África. Esto incluye a irlandeses, árabes, palestinos, argelinos, marroquíes o egipcios. También se deduce que los españoles originarios son de raza blanca, aún teniendo como handicap su etnia latina. Sorprende un poco que baste la casilla “raza blanca” para englobar tanta gente tan distinta, mientras que el censo delimita minuciosamente hasta la tribu si se es indio americano y permite declarar si se pertenece a la etnia Chamorro, de las Islas Marianas. En principio, como explica el propio censo, las preguntas sobre la raza y la etnia no son caprichosas, sirven para guiar las políticas del gobierno. Traduciendo, sirven para cuantificar los problemas derivados del 25% de la población no-blanca: el problema negro, el problema latino (y cubano), el problema chamorro, etc.

En Estados Unidos uno es blanco o negro, oficialmente, sólo a efectos estadísticos, pero en la Unión Sudafricana del apartheid ser catalogado como blanco, negro, mestizo o asiático, tenía profundas e inmediatas consecuencias en su vida cotidiana. Puesto que el estado sudafricano del apartheid obligaba a una clasificación racial, también permitía la recalificación. Algunos millares de personas fueron recalificadas, abandonando por lo general los escalones inferiores para ascender a las notablemente mejores designaciones que culminan con la suprema declaración de blanco. Pero hubo otros pocos casos en que se hizo descender de categoría racial a las personas, en algunos casos a pesar de los interesados y en otros por su solicitud expresa. ¿Quien querría dejar de ser blanco para pasar a ser negro? Probablemente, el engañoso amor y las leyes de prohibición de matrimonios mixtos tiene la respuesta.

(1) “As the national racism of Hitler’s Germany persecuted a national minority to the whim of a national majority, so the international racism of the liberals seek to persecute the international white minority to the whim of the international colored majority”.

(2) “Is the person of Hispanic, Latino, or Spanish origin? –No, not of Hispanic, Latino, or Spanish origin, –Yes, Mexican, Mexican American, Chicano, –Yes, Puerto Rican, –Yes, Cuban, Yes, another Hispanic, Latino, or Spanish origin (Print origin, for example, Argentinian, Colombian, Dominican, Nicaraguan, Salvadoran, Spaniard, and so on).

(3) What is the person’s race? –White, –Black, African American or Negro, –American Indian or Alaska Native (Print name of enrolled or principal tribe), –Asian Indian, –Chinese, –Filipino, –Other Asian (Print race, for example, Hmong, Laotian, Thai, Pakistani, Cambodian, and so on), –Japanese, –Korean, _Vietnamese, –Native Hawaiian –Guamanian or Chamorro, –Samoan, –Other Pacific Islander (Print race, for example, Fijian, Tongan, and so on), –Some other race (Print race).

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