Cuando el aeropuerto es un atolón de coral

 

El Short Solent Ararangi (Ruta en el Cielo) de hacia 1950.


 

Todo comenzó en 1913, cuando Glenn Curtiss comenzó a trabajar en un hidroavión de clase completamente nueva, capaz de cruzar el Atlántico. La idea fue puesta en práctica en el Felixstowe, un potente hidroavión de canoa de la primera guerra mundial, que originó toda una serie de hidroaviones biplanos fabricados por Short, que culminó en el Calcutta / Rangoon y en el gigantesco Sarafand.

A comienzos de la década de 1930 comenzaron los trabajos de un hidroavión de tipo completamente nuevo, que originó dos aviones, el civil Empire y el militar Sunderland, cuya versión más avanzada Seaford produjo por fin el avión comercial Solent, resultado de tres décadas de desarrollo de hidroaviones de canoa. Aunque hubo un intento posterior, el mostruoso SARO Princess, el Solent fue el último hidroavión que funcionó bien como avión de pasajeros, y encontró además un adecuado fin de su carrera en las vastas extensiones del océano Pacífico.

Océano Pacífico suroccidental, 1952-1960

TEAL fue un compromiso firmado entre los gobiernos de Nueva Zelanda, Australia y Gran Bretaña en 1940 para proporcionar transporte aéreo sobre el mar de Tasman, entre Nueva Zelanda y Australia, durante la duración de la guerra. Después de 1945 los hidroaviones de TEAL comenzaron a moverse hacia el este y terminaron trazando la famosa Coral Route to the Islands of the South Seas (la ruta del coral hacia las islas de los mares del sur). La Coral Route arrancaba en Sidney o en Auckland y volaba 2.100 km al norte a Suva, en Fiyi (colonia británica hasta 1970).

Desde allí, a Samoa (ex-colonia alemana, administrada por Nueva Zelanda, independiente desde 1962) y de ahí a la laguna coralina de aguas color turquesa de Aitutaki, en las islas Cook, protectorado neozelandés hasta 1965, y por último a Papeetee en Tahití, capital de la Polinesia Francesa, colectividad de ultramar de Francia desde 2004. La ruta tuvo también una parada en Tonga, protectorado británico hasta 1970.

Era un trayecto para gente con mucho dinero y tiempo para gastarlo. Recorría 5.000 millas de los mares del sur en un barco volador lo bastante grande como para poder contener un comedor de verdad, con mesas cubiertas de manteles de hilo, y que volaba en ocasiones tan bajo sobre el océano que los pasajeros podían ver ballenas retozando y tiburones al acecho.

Esta fue tal vez la cara más amable que tuvo nunca la aviación colonial: ningún isleño quería perderse los majestuosos despegues y amerizajes del Short Solent, el gran barco volador. La ruta funcionó muy bien desde 1952 a 1960, cuando la construcción de un aeropuerto terrestre en Papeete y la llegada de aviones más grandes y rápidos a las aerolíneas terminó con el uso de hidroaviones para rutas comerciales.

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