La guerra mundial española

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morosmilicianosEstampa, 24 de octubre de 1936

 

 

[Sofía.–] El señor Miranda [puso de relieve] que el beneficio de la nacionalidad española de que gozan las colectividades sefarditas de Oriente, lo debían al General Primo de Rivera y que la Nueva España no sólo no tenía animosidad alguna contra esas colectividades sino que las acogía amorosamente en su seno, ya que afortunadamente, estaban muy lejos de tener contacto o relación alguna con el judaísmo de tipo internacional ruso y moscovita, que es contra el cual combate.

“Triunfo nacional en la Colonia española de Bulgaria”.
El Diario Palentino, 16 de mayo de 1938

 

El desfile de soldados bien armados y correctamente uniformados por la Gran Vía abajo, en dirección a la línea del frente a pocos kilómetros en la dirección del sol poniente, fue un momento crucial de la guerra. Era el 8  de noviembre de 1936, y pocos días después se supo que los facciosos habían sido detenidos. Los soldados no eran rusos como pensaban los curiosos, sino alemanes en su mayoría, de la XI Brigada Internacional. No se sabe si las BBII salvaron Madrid ellas solas –lo más seguro es que no– pero participaron en todas las batallas posteriores con grandes pérdidas hasta que salieron del país a finales de 1938, después de una emotiva ceremonia de despedida en Barcelona. Fue una maniobra del gobierno de Negrín, que pensaba en provocar una medida similar por parte del gobierno de Franco. Fue inútil: impertérrito, Franco conservó sus internacionales, hasta un total de 175.000 o más soldados extranjeros que participaron en algún momento en la guerra en las filas facciosas, principalmente marroquíes, italianos, alemanes y  portugueses, con una pequeña unidad irlandesa y un puñado de soldados de otras nacionalidades. Las Brigadas Internacionales parece ser que sumaron en total unos 50.000 efectivos, y en ellas había gente de todo el mundo, encabezados por franceses, alemanes, británicos, norteamericanos e italianos, un total de más de 40 nacionalidades. A una escala que se podría llamar fractal, la guerra de España fue una guerra mundial, y los soldados extranjeros que participaron son solamente un aspecto de un fenómeno bastante más amplio.

Se puede empezar por Nueva Zelanda. La antípoda de la Puerta del Sol de Madrid está en una zona boscosa casi deshabitada de la Isla del Norte, entre Waipatiki y Waimiro[64], mientras que Auckland cae más o menos en la otra punta de Sevilla. Aproximadamente 30 kiwis neozelandeses estuvieron directamente implicados en la guerra de España, una veintena  como soldados de la Brigadas Internacionales, dos o tres en las filas nacionales y el resto en equipos médicos, en el lado republicano. El gobierno neozelandés, aunque laborista por entonces, adoptó oficialmente la misma postura que el británico, como era tradición. La opinión pública de Nueva Zelanda se dividió entre los partidarios de la República y de Franco, teniendo este último un firme apoyo de la iglesia católica. Al menos seis de los brigadistas murieron en el campo de batalla, y casi todos los demás fueron heridos[65].

Nueva Zelanda, a 20.000 km de la península Ibérica, es el caso extremo del impacto de la guerra civil en el mundo.  En 1936 España ocupaba más o menos el puesto 20 en tamaño entre los estados del mundo (hoy es el 50 aproximadamente) y tenía el 1,2% de la población mundial (hoy esa cifra se ha reducido a la mitad). El estado español mantenía relaciones diplomáticas con todos los del mundo, y relaciones comerciales con muchos de ellos, algunas bastante sustanciosas. Había mucho dinero extranjero invertido en el país, en minas, servicios, industrias diversas, electricidad o telecomunicaciones, a través de grandes empresas como Nestlé, ITT, Rio Tinto, Ford o de empresas más pequeñas que habían establecido conexiones para importar naranjas o latas de sardinas, por ejemplo. Todo esto quedó en suspenso el verano de 1936, hasta que se reanudaron las conexiones, algunas sin cambio aparente, otras muy deformadas.

Marruecos, mucho más cerca que Nueva Zelanda, tuvo una implicación muy distinta que este lejano país. Las conexiones comerciales, bastante menguadas, que mantenía con la España nacionalista continuaron, pero su principal contribución a la guerra fueron los soldados. En el Protectorado español fueron reclutados para el ejército nacionalista prácticamente todos los varones útiles en edad militar, lo que dió un contingente de unos 80.000 soldados, aproximadamente el 10% de la población. Cuando esta cantera se agotó, las autoridades del gobierno nacional comenzaron a reclutar soldados clandestinamente en la zona francesa de protectorado, e incluso en Argelia. Los soldados rifeños y yebalíes se contrataban por la paga, que resultaba tentadora para sus condiciones de vida. Fueron de las tropas más apreciadas en el ejército nacionalista, utilizadas continuamente para abrir brecha, y su porcentaje de muertos y heridos fue probablemente el más alto de todos. También hubo un puñado de marroquíes que lucharon del lado de los republicanos.

Al oeste, el gobierno portugués envió unos 10.000 voluntarios al ejército nacional, aunque la principal contribución portuguesa fue servir de respaldo y retaguardia segura al estado nacionalista, muy útil para toda clase de importaciones de armas y pertrechos que se canalizaron a través de territorio lusitano. Al este, Italia estableció una intenso canal de suministros para el sumidero de la guerra de España, enviando a la España nacional variedad de mercancías útiles y señaladamente gran cantidad de material de guerra, incluyendo toda clase de armas, aviones, submarinos y varias divisiones completamente equipadas, hasta un total de 70.000 hombres. Los soldados italianos del CTV eran mitad milicianos fascistas y mitad soldados de reemplazo. Hay que decir que más de 3.000 italianos ayudaron a la República alistándose en la brigadas internacionales, donde formaron la brigada Garibaldi.

Alemania intensificó sus relaciones comerciales con la España Nacional, tanteó la posibilidad de adquirir posesiones mineras estratégicas y envió un reducido cuerpo de élite, muy profesional, formado principalmente por personal de la fuerza aérea. Los miembros de la Legión Cóndor fueron rotando, para que el mayor número posible de pilotos se aprovechara del aprendizaje in vivo de la guerra de España. Como en el caso italiano, un nutrido contingente de alemanes antifascistas formaba parte de las Brigadas Internacionales. En realidad, casi hubo tantos alemanes en las Brigadas Internacionales (más de 3.000, 4.000 si contamos a los austríacos, cuyo país se integró en Alemania en marzo de 1938) como en la Legión Cóndor (unos 5.000).

Francia y Bélgica tenían muchísimos intereses económicos, comerciales o simplemente humanos en España. Francia tenía la llave de la frontera terrestre de la República, que abrió y cerró varias veces en el transcurso de la guerra con gran impacto sobre las posibilidades de resistencia del EPR. Los franceses formaron el mayor contigente de la brigadas internacionales, hasta un total de unos 8.000.

El Reino Unido no solo tenía mucho dinero invertido, sino incluso comarcas enteras sometidas a su dominio en España, de manera más o menos formal, desde las minas de Riotinto en Huelva a los campos de cebollas del Vallés, en Barcelona. Las conexiones España-Inglaterra, algunas de ellas muy antiguas, se mantuvieron durante la guerra con la mínima cantidad de alteraciones posible. El jerez faccioso siguió llegando, así como las naranjas republicanas. El hierro de Bilbao continuó su camino hacia la industria siderúrgica británica tanto con el gobierno nacionalista vasco como con el gobierno nacionalista español, sin apenas interrupciones.

Los dos estados españoles en guerra enviaron a pesos pesados para cubrir la crucial embajada en Londres. Salamanca colocó allí al duque de Alba, descendiente de Jacobo II, duque de Berwick y pariente lejano de Winston Churchill, que no tuvo ninguna dificultad en conectar largo y tendido con toda la élite britanica, incluyendo al mismo rey Jorge VI, con quien se encontró por casualidad una tarde tomando el té en casa del marqués de Londonderry. Es una hazaña notable, teniendo en cuenta que Alba era el representante oficioso de un estado no reconocido por Gran Bretaña. La República envió a Londres a Manuel de Azcárate, vicesecretario general de la Sociedad de Naciones (segundo puesto ejecutivo en la organización), con una larga y respetada carrera internacional. No consiguió ver al primer ministro, y menos al jefe del estado. Fue recibido por funcionarios subalternos y por el ministro de asuntos exteriores cuando no había más remedio, pues después de todo Azcárate era el representante legal de una potencia reconocida. Las clases altas británicas torcían por Franco y las bajas por la República, en general, aunque existía el extendido prejuicio de que los malditos españoles se estaban cortando el cuello, como de costumbre, y la propaganda republicana y nacional sobre las reales o supuestas atrocidades cometidas por sus enemigos, que llovió regularmente sobre Gran Bretaña, terminó por hastiar a muchos, para quienes las dos partes enfrentadas de la guerra eran poco más que “seis o media docena” en cuanto a la justicia de su causa[66].

Para Islandia, el comienzo de la guerra en la lejana España fue una catástrofe: perdió de golpe su principal mercado de bacalao. En 1929 se llegaron a enviar a España 40.000 toneladas de este pez, aproximadamente un 6% de la necesidades totales de proteínas de la población española. Durante la guerra, la diplomacia islandesa hizo esfuerzos desesperados para reanudar las ventas, con poco éxito. Una de las consecuencias de la guerra civil es que el bacalao dejó de ser un producto de consumo masivo y se convirtió, paradójicamente, en una delicatessen.

Suiza, o mejor dicho el Consejo Federal, hizo todo lo que pudo por hostilizar a la República sin llegar a declararle la guerra. Concedió ya en agosto de 1936 rango de facto de embajador al representante nacionalista y contempló con intensa preocupación las colectivizaciones y otros desmanes anticapitalistas en Cataluña, donde UBS y otras firmas canalizaban cuantiosas inversiones. La toma de Santander fue un momento de alivio, al quedar las grandes fábricas de Nestlé a buen seguro bajo el gobierno de Burgos. La neutral Suiza fue la primer potencia en reconocer al gobierno nacionalista, en febrero de 1939, antes que Francia o Reino Unido.

Tal vez el caso más extraño de todos fue el irlandés. Hubo gente de Irlanda en la Brigadas Internacionales, tantos como para formar una compañía, la Columna Connolly (unos 150 efectivos). Rechazaron de plano unirse a los británicos y prefirieron la compañía de los norteamericanos del batallón Lincoln. Pero, caso raro, el número de irlandeses en las filas nacionalistas fue muy superior. Alentados por la muy influyente Iglesia católica irlandesa, muchos hombres partieron como “soldados de la cruz respondiendo a la llamada del púlpito”. El cardenal McRory había hecho leer en todas las iglesias de Irlanda, el 13 de octubre de 1936, un llamamiento a participar en la “Gran Cruzada” de España pues, como dijo el obispo de Elphin, era una guerra “entre Cristo y el Anti-Cristo[67]”. Capitaneados por Eoin O´Duffy, unos 700 (casi un batallón) llegaron a la zona franquista, donde su rastro se hace confuso. Parece ser que se negaron a participar en el ataque a Euskadi, un reflejo de la secular relación entre el nacionalismo irlandés y el nacionalismo vasco.

 

[64] http://www.antipodemap.com/
[65] New Zealand and the Spanish Civil War (http://www.nzhistory.net.nz/war/spanish-civil-war), con información de Mark Derby (ed.), Kiwi Compañeros: New Zealand and the Spanish Civil War, Canterbury University Press, Christchurch, 2009.
[66] HUGO GARCÍA FERNÁNDEZ: SEIS Y MEDIA DOCENA: PROPAGANDA DE ATROCIDADES Y OPINIÓN BRITÁNICA DURANTE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA. HISPANIA. Revista Española de Historia, 2007, vol. LXVII, núm. 226.
[67] Barrie Wharton: La última cruzada: el papel de Limerick en la Guerra civil española

 

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