Construyendo en medio de la destrucción

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30junio1937mundograficoEl ministro de Obras Públicas, Bernardo Giner de los Ríos, con su predecesor Julio Just en la inauguración de la Exposición de Obras Públicas que se celebró en Valencia. Mundo Gráfico, 30 de junio de 1937. Biblioteca Nacional de España – Hemeroteca Digital.

 

Lejos, la guerra, con toda su crueldad. Allí, junto al Júcar, el trabajo fecundo, henchido de porvenir.

Fausto Lamata: “Trascendencia y símbolo de un nuevo pantano”.
Mundo Gráfico, 19 de mayo de 1937.

 

A la una en punto de la tarde explotaron los barrenos, comenzaron a traquetear las perforadoras, y se inauguraron oficialmente las obras del pantano de Alarcón, en la serranía de Albacete. El ministro de Obras Públicas, Julio Just, pronunció un breve discurso. Era el 3 de mayo de 1937. A unos 500 km de allí, hacia el norte, se combatía duramente en Guipúzcoa, donde los facciosos intentaban abrirse paso hasta Bilbao. En el frente de Madrid también hubo disparos, un episodio de la guerra en Carabanchel que el imperturbable general Miaja definió a los periodistas como “lo de siempre”.
Unas semanas después se inauguró en Valencia la Exposición de Obras Públicas. La presidieron el ministro saliente, Just, y el nuevo ministro de O.P., Bernardo Giner de los Ríos. Fausto Lamata, que narró el acontecimiento para la revista Mundo Gráfico, describió a sus lectores como “entre el estruendo de poderosas excavadoras y de incontables hormigoneras” se construían pantanos de los que fluían torrentes de kilovatios, por un lado, y por otro convertían como por arte de magia “extensas porciones del territorio nacional, resecas y polvorientas” en “hermosísimas huertas”.

Era la misma canción que veía sonando desde hacia casi medio siglo, y que habían tocado, entre otros muchos caudillos de progreso, Joaquín Costa, Rafael Gasset, el conde de Guadalhorce y el mismísimo Indalecio Prieto, entregado ahora, en la primavera de 1937, a las ingratas tareas de ministro de Marina y Aire de la República. No había apenas excavadoras y menos hormigoneras, y gran parte del trabajo había que hacerlo a mano, a pico y pala, lo que hacía que las obras de una presa regular durasen décadas. No se hizo gran cosa en Alarcón hasta que las obras se reanudaron algunos años después, ya en la dictadura del general Franco.

El pantano de Alarcón era una más de las centenares de obras hidráulicas proyectadas en todo el país desde comienzos del siglo XX. Formaba parte por lo tanto del gran proyecto de transformación del territorio de España que evolucionó a lo largo de todo el siglo, y que terminó por convertir en irreconocible buena parte del paisaje del país. La idea general consistía en acercar el abrupto y árido paisaje español, al que se reconocía como de poca calidad, al paisaje europeo civilizado, suave y bien cultivado. En el proceso, desaparecieron lagunas y marismas (Doñana se salvó de milagro), se repoblaron montes pelados con árboles de crecimiento rápido, se aplanaron grandes extensiones de terreno, se desecaron terrenos encharcados y se regaron tierras demasiado secas.

Esta última tarea era fundamental, y la creación de grandes depósitos artificiales de agua la actuación panacea del progreso, pues era creencia general que el regadío multiplicaba la cantidad de tierra fértil disponible como por arte de magia, impulsando por lo tanto la civilización y borrando de un plumazo los duros conflictos sociales por la tierra que condujeron, pensaron muchos después, a la guerra civil. Las bondades del regadío era lo único en que estaban de acuerdo todas las fuerzas políticas de España, desde los anarquistas a los carlistas.

La República en guerra, por lo tanto,  reafirmaba su voluntad de progreso y regeneración, aun en circunstancias tan penosas, inaugurando las obras de una presa. Comenzar una obra se podía hacer con cierta facilidad porque la mayoría de las presas y canales llevaban tres o cuatro décadas trazados sobre el papel, en cualquiera de los grandiosos planes de obras públicas que todos los ministros del ramo se creían obligados a presentar desde que D. Rafael Gasset inauguró esa costumbre con el Plan de 1902. En 1933 se puso orden a toda aquella confusión, muy criticada por el “taumaturgo hidráulico” Manuel Lorenzo Pardo. Bajo su experta dirección se publicaron los varios volúmenes del Plan Nacional de Obras Hidráulicas de 1933, que aún hoy asombran por su claridad y prestancia gráfica.

Durante la guerra civil, ambas zonas prepararon planes de obras hidráulicas para la postguerra. En Valencia, Félix de los Ríos  (director general de Obras Hidráulicas) dirigió un equipo de planificación hidráulica para la República, mientras que Alfonso Peña Boeuf trabajaba en San Sebastián por cuenta del gobierno de Burgos. El Plan de Peña se publicó en 1939 y se aprobó en 1940. La parte de obras hidráulicas, redactada por Pedro Costilla, partió de la  situación de las obras incluidas en el Plan de 1933 y también tomó en cuenta algunas ideas del Plan de Félix de los Ríos. Hay que tener en cuenta que la transformación del paisaje de España por vía hidráulica era probablemente la única cosa en la que estaban completamente de acuerdo el estado republicano y el nacional. El Plan republicano de Félix de los Ríos detallaba, en 1937, el trasvase del agua sobrante del Ebro a los regadíos de Levante, un asunto que provocó una famosa “guerra del agua” sesenta años después.

La dificultosa construcción de una obra relativamente pequeña, el canal de Macías Picavea, en Valladolid, es un ejemplo del impacto de la Guerra Civil en esta clase de trabajos. El canal debía servir para aprovechar para el riego las aguas de una gran obra comenzada el siglo XVIII, el Canal de Castilla. En octubre de 1935 se adjudicaron las obras, que deberían ser terminadas en diciembre de 1937. El contratista pronto se vio en apuros: la movilización militar se llevó a sus trabajadores, y dejó de recibir dinero del Estado “desde la iniciación del Glorioso Movimiento Nacional”. En breve tiempo, además, se quedó sin materiales de construcción y sin posibilidad de reponerlos. Tras varias prórrogas, por fin tiró la toalla y pidió la rescisión de la contrata en 1941. El canal se puso en servicio en 1959. Así ocurrió con casi todas las obras públicas que carecían de interés militar inmediato o de algún carácter de urgencia, como la construcción de un muro de defensa de la margen derecha de la presa de San José (Castronuño) en 1937-1938, un ejemplo de las pocas obras que siguieron ejecutándose durante la guerra civil. El muro impidió el rápido derrumbamiento de la ribera y la formación de un meandro que habría hecho desaparecer ricas tierras de labor. La transformación del paisaje español sufriría casi dos décadas de detención hasta que se reanudó con extraordinaria fuerza, casi violencia, a mediados de la década de 1950.

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