Los puentes de Bilbao

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17-abril-1937estampainsertoEstampa, 17 de abril de 1937. Biblioteca Nacional, Hemeroteca Digital (ver reportaje completo abajo)

 

Al ser ocupada el día 12 de mayo de 1937 la ermita de Santa Cruz de Rigoitia por la 5ª Brigada de Navarra, un grito de asombro se escapó de todas las gargantas.
A una distancia de una docena de kilómetros aparecía orondo, brillante, nuevecito, sin que dejara de percibirse ninguno de los detalles de su perfilada obra, el famoso cinturón de hierro bilbaíno que por las crestas del Urrusti y del Berriaga discurría para tranquilidad de los rojos separatistas vascos.

T. Coronel Marías, de Infantería (del servicio de E.M.): Enmascaramiento. Ejército, nº 2, marzo de 1940.

 

180 búnkeres de hormigón, cada uno a unos 400 metros de distancia de su vecino, formando una muralla de 80 kilómetros de perímetro en torno a Bilbao y sus inmensas riquezas. Desde el punto de vista militar, parece que el Cinturón de Hierro era de una pasmosa ingenuidad: las gruesas viseras de hormigón de los búnkeres eran visibles desde kilómetros de distancia, los campos de tiro no estaban bien trazados y se usaba en exceso la línea recta en las trincheras y fortificaciones, pareciendo el conjunto una versión moderna de la muralla medieval de una ciudad.

El cinturón de hierro de Bilbao cayó al primer empuje de las fuerzas facciosas. Ofrecía un blanco muy claro a los aviones y a los cañones, que lo aplastaron sistemáticamente durante un buen rato hasta abrir una brecha por donde entraron los soldados. Casi literalmente, Bilbao se extendió entonces a sus pies, y en unos pocos días todo había terminado.
Solo Bilbao tenía recursos suficientes para abordar semejante obra de construcción, cuya grandeza estaba en proporción con las riquezas que había que guardar: la misma ciudad con sus célebres Siete Calles, la Ría, el aeropuerto, minas de hierro, fábricas, siderurgia, el gran Puerto y hasta las aristocráticas villas de Neguri y Las Arenas. Tenía incluso un puente colgante único en el mundo.

Un día del verano de 1893 quedó inaugurado oficialmente el Puente Colgante entre Portugalete y Guecho. Como parte de la ceremonia, el cura párroco de la iglesia de San Nicolás de Bari, en Algorta, roció la barquilla con agua bendita. Los pasajeros, que entraron en tropel a probar la nueva maravilla de la tecnología, podían ocupar asientos de primera clase en las cabinas laterales o bien viajar de pie en la plataforma central, junto con carros y ganados. Bien es cierto que el viaje sólo duraba poco más de un minuto. La barquilla metálica se separaba de la orilla y flotaba majestuosamente, colgada de gruesos cables, hasta alcanzar la orilla opuesta.

Aquel día de verano de 1893 la prosperidad de la Ría de Bilbao parecía enorme e ilimitada. Ya era en verdad el paisaje industrial más extraordinario de la península Ibérica: veinte kilómetros de tinglados, chimeneas, cargaderos de mineral, grúas, llamaradas en la boca de los altos hornos, almacenes y vertederos, todo ello revuelto con antiguas casas marineras, huertas, ermitas y palacios de nuevos ricos, y bañado el conjunto muchos días al año por la espesa niebla alimentada por los humos de las chimeneas y las torres de calcinación de mineral.

La materia prima principal se sacaba de la tierra pocos kilómetros ladera arriba, en las minas de Triano y Galdames, 20 km al oeste de Bilbao. De allí se había sacado mineral de hierro desde tiempos inmemoriales, que se beneficiaba in situ, empleando como combustible los bosques de la comarca. Era el famoso rubio vizcaíno, una variedad de hematites rica en hierro y pobre en fósforo, una combinación ideal para la siderurgia de finales del siglo XIX. En la segunda mitad de este siglo la revolución industrial inglesa había madurado, y necesitaba cantidades enormes de hierro para convertir en toda clase de productos de acero, desde traviesas de ferrocarril a latas de hojalata, sin olvidar los famosos dreadnougths, acorazados revestidos de gruesas planchas de acero endurecido, y los cañones con los que el Imperio Británico mantenía a raya a los nativos de su extenso imperio.

Esta sed de acero de Inglaterra cambió la Ría de Bilbao, toda Vizcaya (Bizcaia) y por extensión todo el País Vasco. Los antiguos pozos abiertos sin orden ni concierto fueron sustituidos por minas en toda regla, atendidas primero por caballos percherones que pasaban toda su oscura existencia en las galerías de la mina, y más adelante por máquinas de vapor y un ferrocarril especial para llevar el mineral a los cargaderos del puerto. Las nuevas minas también necesitaban gran cantidad de trabajadores, y hubo que llamarlos de fuera cuando se terminaron los naturales del lugar.  Vestidos con los trajes propios de los campesinos de sus lugares de origen, fueron alojados en barracones construidos a toda prisa en La Arboleda, Gallarta o Ciérvana. Pronto adoptaron el uniforme minero y se adaptaron a una nueva vida.

El mineral de hierro vizcaíno comenzó a llegar a las fundiciones británicas en cantidades prodigiosas, del orden los cinco millones de toneladas anuales. Los enriquecidos propietarios de las minas dieron muy pronto el paso lógico, el de crear una potente industria del acero en la misma ría, capaz de abastecer a todo el mercado español. Los altos hornos comenzaron a crecer en Baracaldo y Sestao. Estas enormes estructuras recibían un flujo continuo de coque y de mineral de hierro calcinado para producir coladas de acero líquido, que se vertía en moldes y se laminaba para proporcionar los variados formatos que necesitaba la industria. Fue necesario traer más trabajadores inmigrantes, esta vez para atender los variados oficios del obrero siderúrgico.

Los inmmigrantes eran mayoría en Baracaldo ya en 1895. No venían de muy lejos, pues la mayoría procedía de la misma Vizcaya, a continuación de Guipúzcoa y Álava, seguidas de  sus provincias circundantes y de las pertenecientes a la mitad norte y oeste de la península. Baracaldo era uno más de los pueblos de la Ría que crecían a toda velocidad a medida que se acababa el siglo XIX. Vizcaya en conjunto duplicó su población entre 1860 y 1910, lo que era un acontecimiento inédito en toda su historia. Entre las mismas fechas, Navarra creció un 3% y Álava permaneció incólume. No es de extrañar que ambas provincias consolidaran su papel de guardianas de la tradición y terminaran como bastiones del carlismo, mientras que Bilbao se convertía en un hervidero político donde se daban de cabezadas nacionalistas vascos, socialistas, anarquistas y republicanos. En realidad la zona minera y la Ría habían multiplicado por cuatro su población en apenas 40 años, entre 1857 y 1900. La Vizcaya agrícola y marinera había crecido en ese tiempo sostenidamente, pero a un ritmo veinte veces inferior. Baracaldo tenía en 1900 más de 15.000 habitantes. En 1936 tenía 35.000.

Bilbao y la Ría eran una isla de votantes de izquierdas en un mar de votantes del Partido Nacionalista Vasco, que ocupaba aproximadamente el resto de las provincias de Bizcaia y Gipuzkoa. Todo el resto de Hegoalde (las cuatro provincias vascas españolas) era de las derechas, salvo una franja en el sur coincidente con la ribera del Ebro. El PNV ondeó su bandera en Bilbao, no obstante, en la gran demostración del Aberri Eguna del 27 de marzo de 1932. Hubo un gran desfile desde la Gran Vía a Sabin Etxea, (inaugurada el día anterior) y la noche precedente los mendigoizales (que luego formarían unos cuantos batallones del Eusko Gudarostea) encendieron hogueras en los montes que rodean Bilbao, lo que se justificó como la recuperación de una antiquísima tradición rural, tan del gusto del urbano PNV, pero que quería sin duda enviar un mensaje a las masas obreras de la ría: estáis rodeados, somos nosotros los que mandamos.

Al ser Bilbao una plaza fuerte del socialismo, los desmanes anticlericales no tardaron en aparecer, cuando la República les dio cauce de expresión. En 1933, la mayoría municipal de izquierdas, ante el horror de los católicos bilbaínos, aprobó la demolición del monumento al sagrado Corazón de Jesús de la Gran Vía, que dominaba la ciudad desde su mole de 40 metros de altura. No llegó a funcionar la piqueta, y el monumento ha llegado a nuestros días[102]. La revolución de octubre tuvo un impacto en el País Vasco proporcionado: hubo huelga general en la Ría, pero solo Eibar y Mondragón se sumaron a la revolución. La historia de aquellos días,según el nacionalismo vasco, es que ellos habían ayudado a defender iglesias y conventos de la furia roja.

Tras la proclamación de la república de Euskadi en octubre de 1936, el PNV tomó el control con un ojo siempre puesto en sus incómodos aliados de izquierdas. A ellos se achacaron las matanzas de derechistas en barcos prisiones atracados en la Ría, en septiembre y octubre de 1936 y enero de 1937, que se explicaron como represalias tras bombardeos aéreos. Las masas trabajadoras de la margen izquierda eran principalmente socialistas, secundariamente comunistas y anarquistas. Formaron sus propias unidades militares, miradas con desconfianza por las milicias nacionalistas vascas:  fueron integradas de manera bastante incómoda en el ejército vasco, formando sus propios batallones, que se distinguían nítidamente de los pertenecientes al PNV y asociados nacionalistas vascos, que eran más serios y tenían hasta capellanes. El colmo llegó cuando el Consejero de Gobernación ordenó secuestrar un número de la revista Horizontes, anarquista, “por un artículo en el que se ponía en duda la virginidad de María[103]”.

La Ría seguía siendo el paisaje industrial más extraordinario de España, y por lo tanto los planificadores militares nacionalistas sabían muy bien que su captura en buen estado era de importancia capital, pues equivalía a equilibrar de golpe el casi totalmente agrario estado nacionalista, dotándole de una zona de industria pesada. En junio de 1937, este asunto llegó a su paradójica conclusión cuando el Eusko Gudarostea cumplió su última misión de guerra, consistente en evitar que los rojos (hay que recordar que la prensa franquista distinguía los “rojos” de los “separatistas” entre sus enemigos vascos) destruyesen la valiosa industria que se extendía en los márgenes de la ría. Las fábricas y acerías pasaron pues intactas a manos nacionales, que les dieron en seguida un gran impulso. Fue el batallón Gordexola el que defendió Altos Hornos de Vizcaya y La Naval de los intentos de las hordas rojas (en concreto,  los famosos “dinamiteros asturianos”) de volarlos[104], y a continuación formó en la plaza de los Fueros de Baracaldo y se rindió con toda corrección a las fuerzas italianas[105]. Esta fue la última acción de guerra en Bilbao.

Los altos hornos se salvaron y tampoco se interrumpió la fuerte conexión Bilbao – Inglaterra, que databa desde antes de los tiempos de Shakespeare, que cita en Las alegres comadres de Windsor un bilbo, una espada de acero bilbaíno, famoso por su flexibilidad[106]. La industria y el hierro de Vizcaya había enriquecido a unos ganadores que habitaban en la margen derecha de la ría, en Algorta, Getxo y Las Arenas, justo enfrente de los perdedores de la margen izquierda en Portugalete, Sestao y Baracaldo. Pernoctaban en chalets y palacetes como una parte de la España de la plutocracia. Este grupo consiguió una delimitación social casi tan nítida como las clases altas británicas, con las cuales formaban un grupo estrechamente relacionado. Su estrecha conexión con Gran Bretaña  era una manifestación más de la autopista marítima País Vasco-Inglaterra. Tras el comienzo de la guerra, la conexión se reveló vital: consistía en enviar mineral de hierro a Gran Bretaña, donde las fábricas lo convertían en acero en alguno de los muchos programas de rearme de la época. Los barcos regresaban cargados de alimentos, desesperadamente necesarios porque Vizcaya, semicercada por los nacionalistas, debía alimentar a unas 800.000 personas (la población vizcaína inicial más 100.000 refugiados de Guipúzcoa) en un territorio de apenas 2.500 km2. La densidad de población resultante, unos 320 habitantes /km2, sextuplicaba la media del país y era absolutamente imposible de alimentar con los recursos locales. Los pesqueros se redujeron mucho cuando el bloqueo impidió la pesca de altura.

Se instalaron en Punta Galea, en la desembocadura de la Ría, cinco baterías con quince cañones en total, tres de ellos Vickers de seis pulgadas con un alcance de diez millas[107]. Los cañones impedían a los barcos nacionalistas acercarse mucho al puerto de Bilbao. Mar adentro, la reducida flota de guerra de la República de Euskadi, compuesta de algunos pesqueros (bous) reconvertidos, y dos destructores de la marina republicana hacían frente a los barcos de la marina nacional, que envió allí a sus mayores unidades, como el acorazado España y, una vez hundido este,  el crucero Almirante Cervera.
La marina nacional organizó así un poco firme bloqueo de Bilbao que los barcos mercantes británicos con víveres debían intentar cruzar. Durante varias semanas, en el reducido sector del Kantauri Itaxoa que da a Bilbao se cruzaron mercantes de varias nacionalidades con buques de guerra vascos, republicanos, nacionalistas, británicos y hasta alemanes (el mini-acorazado Graf Spee hizo una visita a la zona).

Los británicos de la Marina Real estaban allí cumpliendo sus obligaciones establecidas por el Comité de no intervención, impedir el tráfico de armas. Eran con mucho la fuerza mayor presente, aunque sin poder hacer uso de sus cañones. En mar abierto o aguas internacionales  los barcos nacionalistas no podían detener a ningún buque extranjero, so pena de atraer la intervención de la Marina Real británica, y las aguas territoriales españolas, donde sí podían, estaban cubiertas en teoría por la flotilla vasca y las baterías de Punta Galea. Al final algunos barcos consiguieron eludir el bloqueo y entrar triunfalmente en el puerto de Bilbao cargados con miles de toneladas de acomida (según algunas fuentes, Euzkadi consiguió importar por vía marítima unas 200.000 tm de alimentos durante su existencia independiente).  La contrapartida de la comida, el mineral de hierro rumbo a puertos ingleses, parece que navegaba sin problemas. Los envíos de 1937, que fueron casi medio millón de toneladas  solo se redujeron un 6% en relación con los de 1935 y un 23% con los de 1936. En 1938 bajaron bastante, pero solo porque comenzaron envíos masivos de mineral de hierro a Alemania[108].

 

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[102] Joaquín Álvarez Cruz:El monumento al Sagrado Corazón de Jesús en Bilbao. Ondare, 22, (2003) (en www.euskomedia.org).
[103] José Luis de la Granja Sainz: El oasis vasco. Tecnos (2007)
[104] Juan Pando Despierto: La derrota de Euzkadi. Biblioteca de la Guerra Civil. Las Autonomías, (I), País Vasco . Folio (1996)
[105] http://servicios.elcorreo.com/auladecultura/candano2.html
[106] http://www.shakespeareswords.com/The-Merry-Wives-of-Windsor
[107] La Royal Navy y el bloqueo de Bilbao. Mariano González-Arnao Conde-Luque. Biblioteca de la Guerra Civil. Las Autonomías, (I), País Vasco. Folio (1996)
[108] La guerra civil en el País Vasco: política y economía. Manuel González Portilla,José Mari Garmendia.  Universidad del País Vasco – Siglo XXI de España Editores. (1988)

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